miércoles, 4 de julio de 2018

«REFUGIO DE LOS PECADORES, RUEGA POR NOSOTROS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Una de las advocaciones más veneradas de la Santísima Virgen entre los católicos de diversas partes del mundo es la de Nuestra Señora del Refugio, cuya fiesta se celebra hoy, pues el 4 de julio de 1719 fue coronada con ese nombre por el Papa Clemente XI bajo ese título de «Nuestra Señora del Refugio de Pecadores». Era el tiempo de los errores cismáticos de los jansenistas que tanto enfriaron la piedad y devoción de los fieles, y tiempos también de grandes enfermedades y epidemias que dejaron muchas muertes en Europa; especialmente en Italia y Francia. Desde los inicios de la devoción a esta advocación mariana, propalada por el Beato Antonio Baldinucci, se hablaba ya del rasgo peculiar que distinguía a Nuestra Señora del Refugio, por su intercesión y mediación como seguro refugio de nuestro peregrinar en este mundo. Y, además, muy especialmente, como refugio para alcanzar la gracia de la conversión de los pecadores, muchos de ellos empedernidos, que buscan, hasta el día de hoy, su arrepentimiento y refugio en la Virgen durante el proceso de su conversión.

Y por cierto que el profeta Amós, en la primera lectura de hoy (Am 5, 14-15.21-24) nos impulsa hoy a «buscad el bien, no el mal». Sabemos que lo que agrada a Dios es la búsqueda del bien, tanto en la vida personal como en el plano social y comunitario. Amós nos recuerda que una civilización de abundancia puede, por desgracia, encubrir muchas injusticias: la corrupción del derecho es, para el profeta, un crimen profesional... porque cuando más potente es uno, cuanto más poder tiene, más fácilmente puede perjudicar a las gentes humildes que no pueden defenderse. «Buscar» (el darash hebreo, con el que se significaba la consulta de la voluntad de Dios, tanto por procedimientos rituales como por reflexión sobre la Torá) solicita todo el ser para comprometerse totalmente. A esta búsqueda queda vinculada una promesa de vida de una debida relación vital con Dios, tal como deja entender la misma Escritura: «Mira, hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces los mandatos de Yahvé, tu Dios, que hoy te promulgo, amando a Yahvé, tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus mandamientos... vivirás» (Dt 30,15). La liturgia de hoy nos recuerda, también, que buscar a Dios sólo en el culto e ignorarlo en la vida ética constituye la más abominable de las idolatrías y hoy, por desgracia, algunas personas viven así, de mucho golpe de pecho —como dicen por ahí— y totalmente desinteresados de la búsqueda de la justicia y del ejercicio de la caridad.

En el Evangelio de hoy (Mt 8, 28-34), al poner Jesús sus reales en la región de los habitantes de Gadara, van a su encuentro dos hombres poseídos por un espíritu inmundo; no aguardan a que Jesús se les acerque, ellos toman la iniciativa... «le buscan»; acuden a Jesús desde el cementerio, un lugar de muerte donde han mantenido un tipo de combate, de violencia e impureza permanente; desean salir de su estado y ven en Jesús una posibilidad de vida; y en efecto, Jesús los libera, haciendo que los espíritus inmundos, «malos», se alejen de los posesos y, se vayan a unos cerdos (signo de gran impureza), para terminar despeñándose en el mar, donde se ahogan. El poder de la bondad de Dios vence cualquier otro tipo de poder. Refugiándonos en María, la Madre del Señor y Madre nuestra, agradezcamos los dones del Señor, incluido el envío de profetas de la talla de Amós, y rompamos para siempre el velo de nuestras infidelidades al Señor que de verdad nos ama: «Refugio de los pecadores, ruega por nosotros». ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

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