jueves, 5 de julio de 2018

«El profeta incómodo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy continuamos el recorrido por el libro del profeta Amós que hemos iniciado en estos días en la primera lectura de Misa (Am 7,10-17) y lo hacemos con una confesión valiente de Amós ante una complicada situación en la que lo envuelve: «El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo, Israel”» (Am 7,15). La voz el profeta muchas veces es «incómoda». En el tiempo de Amós, como en el de Cristo y el nuestro, no faltaban «profetas de oficio», profetas hijos de profetas que se ganaban la vida atendiendo las consultas de la gente, ávida en todas las épocas de conocer el porvenir. Pero Amós, como Cristo después, es alguien muy distinto. El no vivía su vocación de profeta como negocio y en la aclaración que da se lee claramente su convicción de «elegido» por Dios para tal oficio. Amós no se sintió nunca tentado a acaramelar la Palabra de Dios para evitarse disgustos o persecuciones. Él profetizó corriendo el riesgo como lo correría luego Juan y el mismo Cristo sin buscar ventajas o ganancias personales. «La Palabra de Dios no está encadenada» dirá mucho tiempo después san Pablo (2 Tim 2,9). 

¡Qué visión tan diferente tiene el mundo! No sabe leer o no quiere aprender a leer los signos de los tiempos sin acomodos o conveniencias. Así sucedía en los tiempos de Amós, de Cristo, de Pablo y también en los nuestros. Los dirigentes de muchos pueblos hacen lecturas distintas, acomodadas a sus conveniencias para sacar provecho y ganancias personales. Pero, ciertamente también nosotros corremos el peligro de hacernos un Dios a nuestra medida; con toda honradez debemos pararnos a escrutar y discernir quién es nuestro Dios, cómo es: ¿Es el mismo que predicó Jesús, o es una caricatura de él hecha a nuestra medida? Debemos autoexaminarnos para ver si, como los letrados que reclamaban el bien que Cristo hacía curando al paralítico que en el Evangelio de hoy es curado (Mt 9,1-8), somos esclavos de un sistema ideológico que nos hemos formulado según esto muy acomodado a la ley. Si esto ocurre —y siempre que ocurra esto— el hombre se precipita en un abismo de un fanatismo fundamentalista que le lleva a la autodestrucción o al cataclismo de hacerle matar por amor a Dios, en nombre de Dios y para servirle. 

Resulta apasionante tratar de vivir y de hacer vivir al auténtico Dios, al Dios que muchas veces incomoda porque desinstala. Lo que tenemos que buscar en nuestro ser y quehacer de discípulos–misioneros de Cristo no es la comodidad, el interés propio o las ganancias económicas, sino la voluntad de Dios. Con el salmo responsorial de hoy (Sal 18,8-11) tenemos que recordar que «La ley del Señor es perfecta del todo y reconforta el alma... y que en los mandatos de Dios hay rectitud y alegría para el corazón». Además, si vamos tras Cristo que es «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6), hemos de escuchar lo mismo que dijo al paralítico: «Ten confianza» (Mt 9,2). El que nos ha llamado para ser transparencia de su amor misericordioso, no nos abandonará, aunque a veces sintamos que remamos contracorriente. Confiemos siempre en el Señor en quien creemos y esperamos como confió María, como confiaron los santos y los profetas. Acerquémonos hoy a Jesús Eucaristía porque es ahí, en él y bajo la mirada materna de su Madre, en donde nuestra confianza se afianzará. ¡Bendecido jueves eucarístico y sacerdotal! 

Padre Alfredo.

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