lunes, 19 de octubre de 2026

«Bajo la mirada de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


Ahora que he tenido unos días de descanso de los trajines ordinarios he tenido un buen tiempo para meditar contemplando diversas iglesias, para caminar mucho y compartir con mis hermanos sacerdotes viendo gente de todas partes, de todos colores y sabores. Y entre lo que he meditado está el hecho de que vivir humanamente bajo la mirada de Dios es vivir de acuerdo con las opciones vitales que tomemos en nuestra vida y del color con el que veamos las cosas. Vivir con proyectos, con sueños qué realizar, es superar el puro existir humano, es trascender. Hemos podido contemplar infinidad de obras de arte dentro de diversos templos de acá de Europa que expresan el anhelo del hombre de alcanzar la vida eterna. Pero por otra parte hemos pensado cómo en aquellos tiempos el hombre vivía cerca de Dios, sin estar sumergido en tanta clase de distracciones como las que hay ahora.

No es fácil, en medio de un mundo que presenta tantas opciones para alcanzar la felicidad —aunque solo sea de manera pasajera— llevar a cabo una deliberación que seleccione lo conviene hacer para alcanzar la plena realización personal y dar gloria a Dios. Hoy, más que nunca, es necesario establecer primacía entre tan diversos y a veces opuestos deseos, que llegan del exterior y despiertan una infinidad de deseos promocionados por esa fuerte influencia que llega de afuera. Si antes el anhelo y el deseo que predominaba era dejar huella, hoy los sueños van en torno al tener, al acaparar bienes, al alcanzar riquezas…. Lo que el texto del evangelio de hoy (Lucas 12, 13-21) llama codicia, uno de los pecados capitales clásicos. A veces l codicia es tan fuerte, que llega a cegar la mente humana, su capacidad de elección y de búsqueda de Dios.

¡Cuánta ceguera hay en el mundo que no permite ver ni siquiera lo efímero que es lo que va y viene en este mundo! Cuando uno contempla obras tan impresionantes como la Catedral de Munich que la guerra quiso destruir y que sigue en pie gracias a la reconstrucción de sus partes dañadas, contempla ese anhelo, ese deseo de llegar a Dios. Y es que los deseos realmente humanos son más fuertes que la muerte: el amar, el aproximarse a la verdad, el conectar con el Dios que nos trasciende y engrandece. Estos son los deseos de lo que construye nuestra condición humana, nuestra persona; que nos lanzan a la plenitud de lo que somos, que se conseguirá en el más allá que hemos de anticipar, de modo limitado, en el aquí y ahora. Que gusto poder ver en este viaje tantas obras que hablan por sí solas y nos invitan a centrar nuestros sueños, nuestros anhelos, nuestras esperanzas... en Dios. Que la Virgen santísima, Madre de los sacerdotes, nos siga acompañando en nuestro viaje. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

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