sábado, 17 de octubre de 2026

«Lo que decimos, lo que hacemos y lo que somos»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Siempre debe haber una congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos, sobre todo quienes predicamos, porque podemos proclamar muy bonitos sermones, pero si actuamos de otra manera, ¿de qué nos sirve y que podemos dejar sinceramente en los oyentes? Claro que este compromiso nos obliga a pensar con claridad, a orar mucho, a reflexionar, tratando de profundizar lo más posible. Estos días he estado lejos de casa y lejos de la tarea de predicar, porque comparto unos días de descanso con un grupo de sacerdotes amigos. Sin embargo, los diversos templos en los que he estado en Bohemia, en Baviera y sus alrededores, me han dado la oportunidad de estar en misa y orar detenidamente pensando mucho en esto: ¿qué predico y cómo predico? Le estoy pidiendo a Dios que cuide siempre que la superficialidad no atrape mi corazón y lo haga ser incongruente; que no busque en las homilías lucirme ante los demás. 

Hoy, en la primera lectura (Efesios 1, 15-23) san Pablo escribe a los suyos que están en Éfeso y les dice que los recuerda en su oración. Yo también así estoy en estos días de vacaciones. El Código de Derecho Canónico reconoce el derecho de los sacerdotes —específicamente párrocos y vicarios parroquiales— a tener un tiempo anual de descanso —de hasta un mes continuo o interpolado— porque nos recuerda que somos seres humanos con necesidades físicas, psicológicas y espirituales, y no solo «instrumentos de trabajo eclesial», como nos ve la mayoría de la gente (canon 283 § 2 y 533 § 2). Las leyes de la Iglesia aseveran que es muy importante conservar la salud física y mental del sacerdote porque el ministerio pastoral conlleva una gran carga de estrés, soledad y desgaste emocional. El descanso del sacerdote —afirma la Iglesia— previene problemas como el agotamiento extremo —burnout— o la fatiga crónica. En los Evangelios, el propio Jesús invitaba a sus apóstoles a retirarse a un lugar tranquilo para descansar cuando la muchedumbre los abrumaba —«Vámonos aparte, a un lugar retirado, y descansarán un poco» Mc 6,31—.

Un sacerdote descansado, equilibrado y en paz puede ejercer de forma mucho más fructífera y saludable su labor al frente de la comunidad parroquial. En tiempo, que corre tan rápido como el agua de un riachuelo, mucho nos ha ayudado el convivir, el reír juntos, el conocer lugares, el rezar... Cada momento de estos días refuerza nuestro sacerdocio en el don de la amistad sacramental que nos une. Quiero ahora, en este mal tramado escrito volver a done inicié tocando unas palabras de san Pablo a los Efesios para decirles que así como nosotros los tenemos muy presentes en la oración, pidan ustedes a Dios que nos de siempre el espíritu de sabiduría y revelación para que podamos entrar con sencillez cada día en el misterio de Dios y preparemos muy bien —con una vida coherente— el mensaje que de parte de Dios queremos compartir. Pidamos juntos a María que nos alcance de Cristo la fuerza para seguir creciendo en la fe dando testimonio con nuestro ser y quehacer sacerdotal al pueblo santo de Dios en cada una de nuestras comunidades y a toda la humanidad.

Padre Alfredo.

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