También el Señor nos dice que hay que mantener las lámparas encendidas, es decir, la llama de la fe y el amor. Una lámpara encendida en medio de la noche requería en aquellos años lejanos aceite constante —recordemos la parábola de las 10 vírgenes—. Ese aceite es nuestra vida de oración, los sacramentos y, de manera muy especial, nuestras obras de misericordia, caridad y servicio al prójimo. Estar preparados no es cruzarse de brazos a esperar que el tiempo pase; es hacer que nuestra fe brille con fuerza en un mundo que a veces parece sumido en la oscuridad, perdido en el consumo y el sin sentido. Pero tal vez la parte más conmovedora de la parábola les parezca la misma que a mí y a la que ahora voy en el último párrafo:
En lugar de exigir ser atendido, cuando el señor regresa, Jesús narra que él mismo se ceñirá, hará sentar a sus siervos a la mesa y se pondrá a servirles. Esto rompe toda lógica humana y más en la época actual, cuando nadie quiere mover ni un dedo para hacer algo por el otro. Ese es el mismo Cristo que lavará los pies a sus discípulos y nos invitará a hacer lo mismo: nuestro Dios no es un tirano que busca esclavos, sino un Padre amoroso que premia la fidelidad haciéndose nuestro servidor. El premio a la espera vigilante es la comunión íntima y plena con Él. Jesús menciona que el señor puede llegar a medianoche o de madrugada, momentos donde el sueño y el cansancio son más pesados. Hoy, la invitación es a no dormirnos en la fe, a no dejar que el egoísmo apague nuestra luz. Pidámosle a María que nos acompañe para estar dispuestos siempre, con un corazón y una mente abierta olvidándonos de condicionantes, horarios y apetencias. ¡Bendecido martes!
Padre Alfredo.

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