jueves, 29 de octubre de 2026

«Malos que no son para siempre malos»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


La primera lectura de la misa de hoy (Efesios 6, 10-20) da la impresión de ser un texto mítico, que utiliza categorías en desuso, pero es que el bien solo puede hacerse libremente, pero la libertad humana no es suficiente, sea por nuestra imperfección inicial o por nuestra inclinación al mal. Incluso muchos que no aceptan la doctrina del pecado original están de acuerdo en que el ser humano actúa muchas veces en contra del deber ser más por debilidad que por mala voluntad. De ahí que San Pablo presente la batalla contra el mal como una lucha espiritual que trasciende nuestra psicología, sin negarla, y requiere poner en juego armas espirituales, como el cinturón de la verdad, la coraza de la justicia, el escudo de la fe, el casco de la salvación, la espada del Espíritu y la Palabra de Dios. Todas estas imágenes bélicas nos hablan de una verdadera batalla, pero que no tiene como enemigo a otros, sino a aquello que nos enemista entre nosotros, y tiene como meta el Evangelio de la paz y la reconciliación. Bien decía el papa Francisco que la Iglesia es un hospital en un campo de batalla.

Esta visión sobrenatural sobre los acontecimientos naturales de nuestra historia nos permite comprender que quienes nos parecen malos y sin posibilidad de cambio, en realidad no lo son y en ellos también es posible encontrar la semilla del bien. Por eso en el evangelio de hoy (Lucas 13,31-35) vemos que los fariseos, tradicionales oponentes de Jesús, muestras algún aprecio por Él, cuando le advierten de las aviesas intenciones de Herodes. Este mismo, déspota, adúltero, degenerado y débil, demostraba un cierto deseo de bien en el aprecio que tenía por Juan y el gusto con el que lo escuchaba (Marcos 6, 20), aunque su sola voluntad no fue bastante para salvarlo, precisamente por la debilidad que suponía la falta de asistencia de la gracia.

El que acepta y se deja guiar por la gracia de Dios es capaz de hacer el bien, incluso cuando esto implica consecuencias negativas, como nos enseña hoy Jesús, que no se deja amedrentar, y afirma, frente a las amenazas de muerte, su voluntad de perseverar en su misión de luchar contra el mal —expulsar demonios, las fuerzas que nos tientan— y de hacer el bien —curar—, hasta ese final, que será su propia muerte, y que no será sino la suprema expresión del amor, la entrega libre de la propia vida. Hoy podemos quedarnos con el recuerdo de lo que hace mucho aprendimos la mayoría de nosotros: La voluntad humana es esencial para la realización del bien, pero para ello es necesario que se abra libremente a la gracia, por la que se hace capaz de ver al Señor en los acontecimientos de la historia y en la espera de su venida definitiva. Miremos a la Virgen, a quien llamamos «Refugio de los pecadores» para que ella nos aliente a vencer el mal que a veces quiere anidarse en nuestro corazón y nos ayude a recobrar la gracia de Dios. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

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