Esta visión sobrenatural sobre los acontecimientos naturales de nuestra historia nos permite comprender que quienes nos parecen malos y sin posibilidad de cambio, en realidad no lo son y en ellos también es posible encontrar la semilla del bien. Por eso en el evangelio de hoy (Lucas 13,31-35) vemos que los fariseos, tradicionales oponentes de Jesús, muestras algún aprecio por Él, cuando le advierten de las aviesas intenciones de Herodes. Este mismo, déspota, adúltero, degenerado y débil, demostraba un cierto deseo de bien en el aprecio que tenía por Juan y el gusto con el que lo escuchaba (Marcos 6, 20), aunque su sola voluntad no fue bastante para salvarlo, precisamente por la debilidad que suponía la falta de asistencia de la gracia.
El que acepta y se deja guiar por la gracia de Dios es capaz de hacer el bien, incluso cuando esto implica consecuencias negativas, como nos enseña hoy Jesús, que no se deja amedrentar, y afirma, frente a las amenazas de muerte, su voluntad de perseverar en su misión de luchar contra el mal —expulsar demonios, las fuerzas que nos tientan— y de hacer el bien —curar—, hasta ese final, que será su propia muerte, y que no será sino la suprema expresión del amor, la entrega libre de la propia vida. Hoy podemos quedarnos con el recuerdo de lo que hace mucho aprendimos la mayoría de nosotros: La voluntad humana es esencial para la realización del bien, pero para ello es necesario que se abra libremente a la gracia, por la que se hace capaz de ver al Señor en los acontecimientos de la historia y en la espera de su venida definitiva. Miremos a la Virgen, a quien llamamos «Refugio de los pecadores» para que ella nos aliente a vencer el mal que a veces quiere anidarse en nuestro corazón y nos ayude a recobrar la gracia de Dios. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.

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