domingo, 30 de septiembre de 2018

«No podemos aliarnos ni aislarnos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Un cristiano que no se duela ante la corrupción y los abusos de quienes se aprovechan de los demás no puede llamarse discípulo–misionero de Cristo. Y las fuertes y duras palabras del mismo Jesús, en el apóstol Santiago y en muchos otros profetas bíblicos, son para aplicárnoslas también cada uno de nosotros, aunque no seamos económicamente millonarios. Cualquiera de nosotros que abuse de su superioridad, en el trato con los que son inferiores a él, es corrupto y está explícitamente condenado por las palabras bíblicas contra los ricos corruptos (St 5,1-6). El Apóstol Santiago nos sigue insistiendo, a lo largo de su carta, que no se puede vivir la fe sin obras. Hemos estado leyendo esta carta en las últimas semanas y en los últimos párrafos de su Carta —que son los de este domingo— y vemos cómo condena toda clase de opresión y corrupción. La acumulación de riquezas lleva al abuso, nos hace ver el apóstol y escritor sagrado. Es el amor a Cristo y al hermano en él, lo que tiene que dirigir nuestro corazón y no el amor al dinero ni al lugar privilegiado que en la sociedad se pueda ocupar. El amor profundo y sincero a Dios y al prójimo impide la injusticia, pero también el engaño, la mentira y el escándalo. La dureza de las palabras de Santiago, responden a la crueldad y dureza de los delitos de quienes al tener el poder abusan de los más débiles. 

Probablemente las palabras de Santiago que hoy leemos en la segunda lectura de Misa, son las líneas más fuertes contra la riqueza en el Nuevo Testamento, pues no es solamente una simple exhortación, sino una imprecación o escarnio, con un acento extremadamente duro al denunciar esta situación que, tristemente, subsiste hasta nuestros días en aquellos que se aferran de un modo culpable a sus bienes (St 5,2-3) hasta el extremo de no pagar debidamente a sus obreros (St 5,4) y de oprimir, por añadidura, a las personas menos afortunadas. Santiago adopta contra estos ricos el estilo de las invectivas empleado por los profetas en el Antiguo Testamento (cf. Mal 3,5; Eclo 31,4; 34,21-27. Ver también el pasaje de la viña de Nabot, 1 Re 21). Muchos de los pocos que viven bien, deben su bienestar a que más de dos mil millones de personas viven en la miseria alrededor del mundo. La defensa de los privilegios de ese pequeño porcentaje de gente bien, trae cada año como consecuencia inevitable la muerte injusta de millones de personas por hambre, represión y guerras. Alrededor de 795​ millones de personas en el mundo no tienen suficientes alimentos para llevar una vida saludable y activa. Eso es casi uno de cada nueve personas en la tierra. 66 millones de niños en edad escolar primaria asisten a clases con hambre en los países en desarrollo. Sólo en África —en donde está nuestra querida misión de Mange Bureh en Sierra Leona— hay 23 millones (fuente es.wfp.org). Muchos defensores, según ellos de los derechos de Dios, se defienden y tratan de sostener en realidad defendiendo su propio recinto. Y todo lo que tienen basándose en la premisa de que nadie escogimos dónde ni en que condiciones nacer. 

El hombre, si quiere de veras amar a Dios y a sus hermanos siguiendo los caminos por el trazados, necesita de vez en cuando advertencias distintas que parece que son contradictorias pero que vienen de Dios y abren el corazón. La sentencia con la que Jesús cierra la enseñanza del Evangelio del día de hoy (Mc 9,38-43.45.47-48) es sorprendente: «El que no está contra nosotros, está con nosotros». Y es exactamente lo contrario de otra sentencia de lo que él enseña (Mt 12, 30; Lc 11, 23): «El que no está conmigo, está contra mí». En la guerra de César contra Pompeyo, éste último consideraba enemigos a cuantos no estaban abiertamente con él; pero César, mucho más generoso e inteligente, consideró aliados suyos a cuantos no luchaban en contra suya. Jesús, como digo, adopta en sus enseñanzas una u otra actitud de acuerdo a las circunstancias. En los tiempos de César, de Cristo y en los tiempos de todos habrá siempre quienes, con el peso de su autoridad y con la fascinación de su prestigio, se llenen de vacilaciones y de excusas demasiado fáciles para no hacer nada por cambiar la realidad. Para nosotros, que somos hombres y mujeres de fe, queda claro que el seguimiento de Cristo prohíbe toda cerrazón ortodoxa que nos acomode o nos instale sin pensar en el otro. La Palabra de Dios que vamos escuchamos en cada celebración de la Eucaristía nos va educando, nos ayuda a abrir los ojos para confrontar nuestra escala de valores con la mentalidad de Cristo. A veces esta Palabra es incómoda, pero es necesaria, para que no conformemos nuestra vida según este mundo, sino según la voluntad de Dios que nos enseña Jesús. Hoy cerramos septiembre recordando a San Jerónimo, un hombre nacido en Dalmacia —hoy Yugoslavia— en el año 342. Un hombre rico, cuyos padres de muy buena posición económica, pudieron enviarlo a estudiar a Roma. Un hombre lleno de Dios y amante incansable de María que escuchaba la Palabra y la ponía en práctica. Un hombre que nos dejó una sencilla frase que lo doce todo: «Ignorar la Escritura, es ignorar a Cristo». ¡Bendecido domingo, fin de mes y día de nuestra kermés parroquial en Fátima de la colonia Prohogar! 

Padre Alfredo.

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