sábado, 23 de julio de 2016

Hacer vida el Evangelio... Tarea de todos para encarnar a Jesús

En la época en que vivimos, el mundo de los creyentes, el mundo de los católicos, tiene miedo de muchas cosas. El mundo globalizado, tiene miedo, por ejemplo, de una guerra nuclear que que pueda llegar a estallar en cualquier momento; tiene miedo de la sobrepoblación que encarece los bienes materiales; tiene miedo de la contaminación pero no tiene miedo de no hacer vida el evangelio.

El mundo actual, el mundo que nos rodea, rechaza el Evangelio, lo esconde, lo ignora, porque así trata a Cristo... ¡Este mundo va de prisa y no tiene tiempo de atender al Señor y sus intereses! ¿Qué nos diría Cristo si llegara ahora de repente a nuestras vidas y viera cómo vivimos el Evangelio los católicos de hoy? Yo creo que no tendría nada nuevo que decirnos, el Evangelio de Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, porque Él, nuestro Redentor, el Señor de la Misericordia, Cristo: «es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8).

Ese Evangelio, que es la fuerza de Dios; ese Evangelio, que abre cadenas, que quita los yugos, que muestra el camino, que siembra libertad y habla de esperanza. Evangelio que es paz y lucha, compartir, amar, mirar y reír. Evangelio que es vivir como un pobre que mira al cielo con ojos de niño, que ama sin egoísmos y perdona al enemigo. Evangelio que es dar gracias al Padre como el Hijo, inundado por el amor del Espíritu Santo. Evangelio que es mirar al Hijo en brazos de su Madre Santísima al nacer y al morir. Evangelio que es continuar la misión de Cristo y convertirse en testigos por excelencia.

El mundo, hoy, no quiere saber mucho del Evangelio... pero es que no sabe que vivir el Evangelio no es un pasatiempo, sino páginas que no se pueden arrancar de la historia y que tenemos que vivir. El Evangelio no puede cesar jamás de ser verdadero y posible. No es un libro de anécdotas sino vida. Detrás de cada palabra y detrás de cada hecho hay que encontrar un mensaje teológico, una doctrina y una enseñanza para la vida. Jesús sigue hablando aunque el mundo no quiera escuchar. Jesús sigue enseñando, aunque el mundo no tenga tiempo para aprender. El Evangelio sigue siendo gracia y conquista, palabra del Señor para todos.

Vivir el Evangelio es de todos, como dice constantemente el padre Esquerda: «Aquí no hay rebajas para nadie», porque en esto, la iniciativa no es del hombre. En el hecho evangélico es Dios quien tiene siempre la iniciativa, quien decide salir al encuentro del hombre para establecer con él una alianza que excluye toda posible idea de mérito y que supone gratuidad absoluta. El Evangelio es un don. Sí, en el Evangelio todo comienza siendo iniciativa divina, don gratuito de Dios, amor del Padre manifestado visiblemente en Jesucristo. Así, vivir el Evangelio es creer en Jesús, acogerle como Camino, Verdad y Vida (Jn 14,16).

El don del Evangelio transforma todo el ser y el obrar del ser humano, lo convierte en una nueva creación (cf. 2 Cor 3,17). Transformado por el Evangelio en hijo de Dios, recreado en Cristo como hombre nuevo y vivificado por su espíritu, el hombre queda convertido en «sacerdote» de un nuevo culto, pudiendo ofrecer «sacrificios espirituales» para adorar al Padre en espíritu y en verdad (cf. 1 Pe 2,9; Jn 4,23). La vivencia del Evangelio es don libre del hombre, ofrenda y sacrificio espiritual de su propio sacerdocio bautismal.

Cuando alguien va conociendo a Jesús y va viendo el Evangelio, siente que en su ser se va imprimiendo el semblante de Jesús como el del ser al que más se ama... Él llama y uno se va configurando con Él en respuesta a un llamado, una vocación, la vocación a ser como Él.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

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