Este «pequeño pensamiento» lo empecé a escribir tranquilamente el día 27 en el escritorio de mi habitación del hotel en el que me tocó acompañar a 14 obispos de la provincia eclesiástica del noreste de México en un encuentro con más de 200 sacerdotes que estaban instalados en otro lugar. Inocentemente pensé que allí me podría explayar, pero poco duró el encanto... ¡Qué curiosos somos los humanos! Mientras que Jesús, en el Evangelio de ese día (Mc 10,32-45) enseñaba a sus discípulos que el Reino de Dios no se establecería mediante el poder humano, sino a través de la entrega, el sacrificio y el amor llevado hasta el extremo, como él lo demostraba con sus acciones y actitudes, las expectativas de sus seguidores estaban muy marcadas por una visión humana. Los discípulos, en su mayoría, soñaban con un reino de gloria visible, de poder y de prestigio, y aspiraban a ocupar los primeros puestos. Les resultaba sumamente difícil y complicado aceptar que el camino del Mesías debía pasar por la cruz y no por el triunfo inmediato. Así, mientras Jesús hablaba de entrega, ellos pensaban en privilegios e instalación.
He pensado, desde ese día mucho en esto y le he estado pidiendo a Dios que yo «no me instale», que tenga siempre claro que como misionero soy un peregrino cuya casa temporal es el mundo sin querer encontrar un espacio para eternizarme. De hecho los días han pasado «desinstalado», creo yo, pues llegué a ese encuentro luego de un curso para sacerdotes en el otro extremo de mi México lindo y querido y hoy domingo estoy escribiendo en la terminal 1 del desdichado y deschistado aeropuerto Benito Juárez de la Selva de Cemento (CDMX para quienes no recuerdan), esperando la inmensa aeronave de KLM que me hará cruzar —si Dios no dispone otro destino— el charco para pasar mañana lunes unas horas en Amsterdam y continuar a Cracovia y Varsovia en Polonia, de paso a Vilnius, la capital de Lituania a «chambear» de misionero de la misericordia en el Congreso Internacional de la Divina Misericordia que tiene por lema: «Construir la Ciudad de la Misericordia profundizando en el tema de la misión urbana en las grandes metrópolis.
Me da gusto que este domingo en que la Iglesia celebra a la Santísima Trinidad, me sirva de preparación para esta tarea que busca que la reivindicación de la construcción de una nueva Torre de Babel —de la que habla el Papa León en Magnifica Humanitas— no se haga realidad. La solemnidad de la Santísima Trinidad nos hace dirigir nuestra mente, nuestro corazón y en general todo nuestro ser, hacia el único Dios verdadero lleno de misericordia y bondad entrañables en tres personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esta realidad de Dios, ya pergeñada en el Antiguo Testamento, nos ha sido plenamente revelada en el Nuevo con la gracia del misterio pascual. Cristo, el Verbo divino hecho carne, nos ha revelado al Padre y nos ha hablado del Espíritu Santo que a su vez nos ha prometido, el Espíritu que nos hace comunidad, familia en la fe que camina en sinodalidad con la plena consciencia de que somos peregrinos en este mundo. Que el Dios uno y trino, lleno de amor, que «tanto nos amó» nos espere en nuestra patria definitiva y que no queramos instalarnos con la falsa ilusión que tenían los de la Torre de Babel. Yo, por mi parte, le pido a María Santísima, que nos abra los ojos. ¡Bendecida tarde de domingo!
Padre Alfredo.
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