El sufrimiento, la pena y el dolor, siempre acompañan la Vida el hombre y la mujer de Dios. Una pequeña muestra de esto es esto que el profeta Jeremías expresa dejándonos ver su sentir: «¿Por qué mi dolor no acaba nunca y mi herida se ha vuelto incurable? ¿Acaso te has convertido para mí, Señor, en espejismo de aguas que no existen?» (Jer 15,18). Jeremías dice que el Señor le respondió: «Si te vuelves a mí, yo haré que cambies de actitud… seguirás siendo mi profeta»... es decir, el Señor seguirá estando con Jeremías siempre, en medio del dolor y de la adversidad, en medio de los fracasos y las crisis por las que todo ser humano puede atravesar.
El Señor es fiel y abrazó él mismo el dolor... la cruz. La cruz de la pobreza y de la soledad: «El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza»... «¿No han podido velar conmigo?».
La cruz de la incomprensión de los que tenía más de cerca: «¿También ustedes van a dejarme?». «¿De qué venían discutiendo por el camino?». La cruz de la traición del apóstol: «¿Judas, con un beso entregas al amigo?» La cruz de la crítica del pueblo: «Este come con pecadores y prostitutas»...
Nuestro Dios es siempre fiel y sabe de penas, de abandono y de desierto. Su bondad da un sabor especial al sufrimiento y al sacrificio y cada día se entrega por nosotros en oblación, en un sacrificio que se realiza incesantemente en todo el mundo: La Eucaristía, el sacrificio de amor por excelencia en el que nuestro Dios se nos da por completo dejándonos su Cuerpo y su Sangre quedándose con nosotros para siempre.
Quien le encuentra, halla un tesoro; quien le descubre, le valora más que una perla de gran valor. En medio de las dificultades y de los problemas de toda vida de dedicación a Dios, el padre Pedro Julián Eymard, uno de los santos no muy conocidos, encontró en la Eucaristía la fuerza y el sostén de su incansable ministerio sacerdotal. En la Eucaristía, san Eusebio de Vercelli encontró eso mismo que también Nuestra Madre la Beata María Inés gustó: «La Eucaristía, fuerza y sostén de mi alma».
Cada vez que celebramos la Eucaristía, Jesucristo viene a nuestro encuentro para darnos valor ante el sacrificio, el dolor, la Cruz. Cada vez que participamos en este banquete, la llamada a darlo todo también nosotros, se hace nueva y nos invita a reestrenar la vocación.
La Virgen Madre, a quien contemplamos en una advocación especial y la llamamos «Nuestra Señora de los Dolores» y también «La Virgen de la Soledad», está a nuestro lado y con una discreta sonrisa en medio de este valle de lágrimas nos da la clave para perseverar con amor y avanzar de la Cruz a la luz. Ella, dirigiéndose a Cristo nos dice: «Hagan lo que Él les diga».
No hay comentarios:
Publicar un comentario