Hoy amanecí con la inmensa alegría de que mi compañero de seminario, amigo, padrino de ordenación diaconal y obispo de la diócesis de Matehuala, Mons. Margarito Salazar Cárdenas, ha sido elegido por el Papa León XIV para ser de ahora en adelante obispo de Tampico Tamaulipas. ¡Acabo de colgar el teléfono para congratularme con él y ofrecerle mis oraciones! Sé que con él Tampico se ha sacado la lotería, luego de que Mons. José Armando Álvarez Cano, antiguo obispo de Tampico, fuera nombrado arzobispo de nuestra querida diócesis de Morelia, en donde está nuestro noviciado y misión en el poblado de El Tigre, en la sierra michoacana. Un obispo en su diócesis actúa como maestro, pastor y santificador, siendo el líder que enseña la fe y preside la vida sacramental. Él gobierna pastoralmente su territorio, organizando parroquias, nombrando sacerdotes y cuidando de los fieles laicos y los consagrados, especialmente los necesitados, todo en comunión con el Papa y el magisterio de la Iglesia.
A la luz de esto —a sabiendas de que mi reflexión hoy será casi tan larga como la Cuaresma que ya esta a la puerta— me viene compartir hoy un poco de las cosas prácticas que hace un obispo recordando que varias veces me han lanzado la pregunta. Un obispo —un arzobispo es lo mismo, con la diferencia que el arzobispo funge también como coordinador de una provincia eclesiástica, o sea un conjunto de diócesis— predica la Palabra de Dios y defiende la doctrina católica, explica las verdades de la fe y promueve el diálogo como responsable de la evangelización de su diócesis. Es el principal administrador de los misterios de Dios, administra los sacramentos de la confirmación y ordena sacerdotes y diáconos. En la Misa Crismal es él quien bendice los óleos sagrados para los sacramentos. Como pastor de su diócesis, guía a su rebaño organizando la vida pastoral, estableciendo parroquias y nombrando párrocos. Cuida la formación y el bienestar de sus sacerdotes y visita periódicamente las comunidades. El obispo es un vínculo para la sinodalidad de la Iglesia, porque representa a Cristo y es un signo de unidad para la diócesis, en comunión con la Iglesia universal y el Papa. El obispo es padre y mentor espiritual de sus sacerdotes y laicos. En resumen, el obispo es la cabeza visible de una Iglesia local, con la plenitud del sacramento del Orden, encargado de velar por la doctrina, la liturgia y la disciplina de su pueblo, como un verdadero pastor que da la vida por sus ovejas.
Pero la vida de un obispo, como la de todo ser humano, es a veces muy compleja, a todos se nos torna muchas veces difícil, se van sucediendo situaciones que nos cuesta comprender, muchas veces cosas que nos parecen absurdas, insensatas y contradictorias del mundo que nos rodea y camina a la deriva de Dios, lejos de él muchas veces. Ese es el gran reto de un obispo, de un sacerdote, de un consagrado y de cualquiera de los fieles laicos que quiera hacer presente a Cristo a su alrededor. Eso em recuerda el evangelio de hoy, en el que san Marcos, en el capítulo 6 nos narra el martirio de Juan el Bautista, aquel profeta del desierto a quien a Herodes le gustaba escuchar pero sin sentirse comprometido a cambiar de vida. Marcos nos relata todo lo sucedido en aquel cumpleaños y fiesta de Herodes. Su euforia con sus juramentos ofreciendo hasta la mitad de su reino a la hija de Herodías que tan magníficamente les había alegrado la fiesta con el baile. —¡Pide la que quieras! Le dijo. Ella instigada por su madre pidió la cabeza de Juan Bautista. Los que nos sabemos discípulos–misioneros de Cristo caminamos muchas veces junta vidas llenas de superficialidad y de vanidad como la de Herodes y su corte. Como Juan el Bautista y como Pablo Miki y sus compañeros mártires a quien celebramos hoy —martirizados junto a san Felipe de Jesús— hemos de establecer muy bien nuestra vida en unos valores que nos den profundidad y nos den certeza de alcanzar la salvación para nosotros y para muchos aunque el precio aquí en este mundo sea dar la vida. Dejémonos envolver por el evangelio de manera que empape totalmente nuestra vida, pidamos a María Santísima que nos ayude para que de nuestra vida comprometida broten por gracia frutos de vida eterna. ¡Felicidades querido monseñor Margarito y bendecido viernes para todos!
Padre Alfredo.
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