Queridos hermanos:
Hemos iniciado nuestra celebración en la plaza unidos a la muchedumbre de discípulos que acompañaron al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, nosotros también ensalzamos con nuestras palmas al Señor. En esta procesión recordamos que Cristo es nuestro Rey: profesamos su realeza fundada en su misericordia. Celebrándolo a él, nos llenamos de esperanza como peregrinos en esta tierra que juntos, en sinodalidad, atravesamos hasta nuestra eterna que es la Jerusalén celestial.
Este Domingo nos abre las puertas de la Semana Santa que envuelve los días en los que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la Cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos ofreciendo a todos el don de la redención. Sabemos por los evangelios que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce, y que poco a poco se había ido sumado a ellos una multitud creciente de peregrinos como recordamos al inicio de nuestra celebración.
La liturgia de la palabra de este día, une a la procesión de los Ramos la lectura de la pasión de Nuestro Señor en el Evangelio, este año tomada de san Mateo que recalca la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén como el cumplimiento de las profecías mesiánicas, destacando su naturaleza humilde y su identidad como rey servidor antes de entrar en su pasión.
El crítico literario alemán más importante de la primera mitad del siglo XX, el filósofo Walter Benjamin, dice en su libro El Narrador, que «cuanto más olvidado de sí mismo está el que escucha, tanto más profundamente se imprime en él lo escuchado» (1). Yo espero que hayamos escuchado con atención para que se imprima en nuestros corazones el sello de la Pasión que nos lleve a tomar la decisión de acoger al Señor y de seguirlo hasta el final, haciendo de su Pascua de muerte y resurrección el sentido mismo de nuestra vida de cristianos.
Pidámosle a la Virgen, la Madre que escuchaba y guardaba las cosas en el corazón, que nos ayude a abrir nuestros corazones para que, siguiendo a su Hijo en su Pasión, nos convirtamos en auténticos peregrinos que no solo aplaudan a Cristo como la muchedumbre que luego lo dejó, sino que caminemos a su lado en todo tiempo y lugar.
Domingo de Ramos 2026.
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