martes, 5 de marzo de 2019

«Gratitud a Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


«Quien las gracias me da ese me honra, y yo salvaré a quien cumple mi voluntad» canta el salmista (Sal 49 [50]) en el salmo responsorial de hoy y es que nuestra vida tiene que ser una constante acción de gracias a Dios de quien procede todo, a quien debemos lo que somos y lo que tenemos. La palabra «gracias» es corta, solo tiene siete letras, pero tiene un enorme poder en nuestra relación con Dios y con quienes nos rodean. El agradecimiento se ha de demostrar, no es que solo pueda llevarse por dentro, como mucha gente que dice «yo le doy gracias a Dios a mi manera, por eso no necesito ir a Misa los domingos». Damos gracias a Dios por sus bendiciones y nuestro agradecimiento alimenta el favor de Dios. A mayor oración y agradecimiento a Dios, menor afán y más paz. La gratitud a Dios es una expresión de fe que trae paz al corazón. Una vida de santidad fluye de un corazón lleno de agradecimiento a Dios por las gracias recibidas, por la misericordia, por el amor y la salvación de Dios. Así, el que se siente agradecido, en vez de vivir para sí mismo y para sus propios placeres, lo deja todo a un lado y busca exaltar a Dios en todo lo que hace, dice y piensa. Y al permitir que el Espíritu de Dios le controle —por así decir—, se capacita para vivir de una manera agradable que honra a Dios. 

La gratitud a Dios no se da solamente en la sucesión de ritos litúrgicos escrupulosamente cumplidos, da a entender el salmista hoy, sino en la entrega de la vida cotidiana. La verdadera liturgia grata a Dios no es solo el ratito en el que se celebra solemnemente la misa del domingo, sino la que prolonga esa hermosa celebración en la calle, en la casa, en la escuela, en el ambiente de trabajo todos los días de la semana para apartarse del mal, para combatir la injusticia, para esparcir la misericordia... ¡Esto es lo que agrada al Señor! Por eso hay que pedirle constantemente al Señor, que ayude a cada uno de los cristianos a redescubrir sin cesar el valor de la vida cotidiana, de las pequeñas cosas, de las ocupaciones diarias como «ofrenda espiritual» y como culto verdadero. San Pablo tomará esta misma idea y la expresará así: «Los exhorto, hermanos a que ofrezcan sus cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios, tal será su sacrificio espiritual.» Rm 12,1-2). 

Las gentes vivimos entre la memoria y la profecía, entre el ayer y el mañana. Pero los cristianos debemos vivir sobre todo en la vivencia del presente, del hoy, atentos a los valores fundamentales de nuestra salvación, la salvación que nos ofrece Dios por Cristo y agradecer esto como el tesoro más grande que tenemos. Si miráramos más de dónde venimos y a dónde vamos, viviríamos más lúcidamente nuestro presente con una inmensa gratitud a Dios honrándolo con nuestro comportamiento y nuestro testimonio de vida. No sólo porque nuestra existencia está transida de esperanza, sino también porque asumimos con decisión el compromiso de vivir vigilantes, no dormidos ni indolentes, sino con gratitud y disponibilidad absoluta, guiados por Cristo, con la consigna de no amoldarnos a los criterios de este mundo sino a los de Dios. Cada Eucaristía nos hace ejercitar esta acción de gracias. Por eso la Eucaristía, con la luz de la Palabra y la fuerza de la comunión, nos va ayudando a ordenar nuestros pensamientos, a ir creciendo en la unidad interior y a ser agradecidos. Jesús es «la única realidad», como decía la beata María Inés Teresa y por eso, por gratitud a él, por gratitud a nuestro Dios, es que hay que dejarlo todo por él (Mc 10,28-31). Pidámosle a la Santísima Virgen María que sepamos ser siempre agradecidos, así como ella lo fue. Ella dejó todo por seguir la voluntad de Dios, sus ideas, sus decisiones, sus proyectos y, con gratitud, no tiene otra realidad a la que nos pueda llevar, sino al encuentro con su Hijo Jesús, por eso en el Tepeyac quiso un templo, para en él mostrar todo su amor y con ello, invitarnos a vivir la gratitud a nuestro Dios que nos ha dado lo mejor que tiene: su Hijo Jesús. ¡Bendecido martes, con mi recuerdo y mi bendición en la Basílica de Guadalupe en esta tarde! 

Padre Alfredo.

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