lunes, 11 de marzo de 2019

«HAZ, SEÑOR, QUE TE BUSQUE»... Un pequeño pensamiento para hoy


«Haz, Señor, que siempre te busque», clama hoy el autor del salmo 18 [19], y es que Cuaresma es un tiempo privilegiado para buscar al Señor. Pero bien nos vendría, al ver la liturgia de la palabra del día de hoy, cómo lo buscamos y dónde lo buscamos. El evangelio de este día, casi al arranque del camino cuaresmal, nos marca que debemos buscarlo en las obras de misericordia, tan propicias para practicarlas en estos 40 días. Jesús nos recuerda que, al final de nuestro andar por esta tierra, seremos juzgados sobre el «amor» (Mt 25,31-46). «Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo». Esta era ya la enseñanza del Levítico, el libro del Antiguo Testamento del que hoy tenemos la primera lectura (Lv 19,1-2.11-18). La consigna, total, es clara: «amarás a tu prójimo como a ti mismo». Todo ello tiene una motivación: «yo soy el Señor». Dios quiere que seamos santos como él, que le honremos más con las obras que con los cantos y las palabras. 

Para algunos cristianos, esta de las obras de misericordia es una de las páginas más incómodas de todo el evangelio. Una página que se entiende con demasiada claridad y que no ocupa de explicación alguna. No podemos poner cara de extrañados o aducir que no lo sabíamos: ya nos ha avisado el mismo Cristo lo que tenemos que hacer. Desde las primeras pautas de la cuaresma, se nos pone delante el compromiso del amor fraterno como la mejor preparación para participar de la Pascua de Cristo, y se trata de un programa exigente. Tenemos que amar a nuestro prójimo: a nuestros familiares, a los que trabajan con nosotros, a los miembros de nuestra comunidad religiosa o parroquial y sobre todo a los más pobres y necesitados. Si la lectura del Levítico nos pone una medida fuerte —amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos—, el evangelio nos lo motiva de un modo todavía más serio y con un gran compromiso: «Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron». Tenemos que ir viendo a Jesús mismo en la persona del prójimo. San Mateo nos invita hoy a recrear la solidaridad, a estar vigilantes y preparados. 

Todo el itinerario cuaresmal ha de consistir en una cosa: vivir el amor; sí, «vivirlo». Es que a veces se nos da muy bien en Cuaresma ser una especie de teóricos aletargados. Se nos da bien lo de hablar sobre el tema, pero olvidamos fácilmente que el camino cuaresmal hacia la Pascua se decide en el amor en acción. El proyecto cuaresmal ha de consistir en la imitación de Cristo para entregar, como él, la propia vida en favor de los hermanos, especialmente —claro está— de los que más lo necesitan y de los que son víctimas de la injusticia. La parábola, en toda su solemnidad y pretensión de universalidad (el «juicio de las naciones») trata de expresar en este tiempo cuaresmal, el compromiso que todos debemos tener para llegar triunfantes a la Pascua. Por eso me gusta esa pequeña frase que dice hoy el salmista y la quiero entender así, como debe ser: «Haz, Señor, que siempre te busque». La elocuencia de estas pocas palabras del salmista, iluminadas por lo que dice el Levítico y las palabras de Cristo en el evangelio de San Mateo, me parecen suficientes para entender esta búsqueda, cómo y en dónde debe ser. El Levítico y el Evangelio son concordes al decir que para buscar a Dios hay que ir al prójimo y al prójimo más necesitado. Si decimos seguir a Cristo es que queremos aprender a buscar a Dios. Revisar con qué conciencia le buscamos es propio de la cuaresma. Pidamos a María, la Madre del Señor que nos ayude a buscar bien, como Ella, que lo supo encontrar en un «sí» perenne que se mantiene vivo hasta hoy. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

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