Algunos de ustedes, que me conocen bien, saben que una de mis pasiones predilectas, junto a la lectura y al deporte, es la música. Cada Viernes Santo, en especial, recuerdo las grandes composiciones en torno a la pasión que escribió Juan Sebastián Bach. Estas pasiones que cantan la resurrección —todas terminan con la sepultura de Jesús—, pero que han sido compuestas gracias a la certeza de la Pascua, de esa certeza de la esperanza, que ni siquiera en la noche de la muerte se apaga. En contraste con esto, está la obra también titulada «La pasión» del compositor polaco Krystof Penderecki, apenas fallecido en el 2020 y en la que desaparece la tranquilidad de una comunidad de creyentes que vive de la Pascua y en su lugar se oyen los gritos atormentados de los presos de Auschwitz y en especial, los gemidos desesperados de los que mueren. Me parece que esta obra de Penderecki, retrata el Viernes Santo del siglo XX: el rostro del hombre infamado, escupido, roto por el hombre mismo. Desde las cámaras de gas de Auschwitz; desde las aldeas arrasadas con niños torturados en Vietnam; desde los suburbios llenos de miseria de la India, de Africa, de Latinoamérica; desde los campos de concentración comunistas; dese los rostros de los niños de Sierra Leona obligados a matar en la guerra civil... pero estamos ya en el siglo XXI y la pasión parece seguir siendo la misma y mucho más cercana: secuestros, violaciones, robos, asaltos, asesinatos, desapariciones.
El momento más terrible de la pasión de Jesús es ciertamente cuando exclama, en el más extremo sufrimiento de la cruz: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» Es una frase de un salmo, en el que Israel, doliente, torturado, despreciado a causa de su fe, le grita a su Dios a la cara su desgracia. Y este grito de oración todo su significado en la boca de aquel que es la misma cercanía salvífica de Dios entre los hombres. Si él se sabe abandonado de Dios, ¿dónde podremos encontrar a Dios? Hoy resuena en nuestros oídos el eco, redoblado, de este grito. Desde algunos barrios cercanos a nosotros, llenos de miseria, donde viven cientos y tal vez miles conciudadanos nuestros faltos de esperanza, se oye decir: ¿Dónde estás, Dios, tú que creaste un mundo en el que continuamente puedes observar cómo tus inocentes criaturas sufren terriblemente, que son conducidas como corderos al matadero y no pueden abrir la boca? Estos tonos, que se dan con demasiada frecuencia, no disminuyen en nada la autenticidad de la pregunta; en la hora actual parece que todos nos hallamos en aquel momento de la pasión de Jesús en que surge la exclamación: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»
Debemos detenernos y contemplar que Jesús no constata la ausencia de Dios, sino que la transforma en oración. Si queremos integrar en el Viernes Santo de Jesús el Viernes Santo de nuestra sociedad actual, tenemos que integrar el grito angustiado de ésta en el de aquél, cambiarlo en una oración dirigida al Dios que, a pesar de todo, sigue estando cerca. La mayor parte de los que estamos aquí, no participamos de grandes horrores más que como espectadores. Hermanos: No es ninguna casualidad que la fe en Dios provenga de un rostro lleno de sangre y heridas, de un crucificado. Tomemos en serio estas palabras de Jesús, que nos amonestan precisamente en el Viernes Santo. Junto a la presencia real de Jesús en la Iglesia gracias a los sacramentos, en especial la Eucaristía, la celebración de hoy nos recuerda que hay otra presencia real de Jesús en los que sufren en este mundo, en los que él quiere que nosotros sepamos encontrarle. Dios quiera que nuestros ojos y nuestro corazón miren a la Dolorosa y que, en medio de cada Viernes Santo de la historia, recibamos el misterio pascual del Viernes Santo de Cristo y en él seamos salvados.
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