Para celebrar esta fiesta, el Evangelio nos narra la elección de los doce apóstoles (Lc 6,12-19) y es que evidentemente hay que hacer referencia al llamado por Cristo a seguirle como algo importantísimo en sus vidas. Los demás datos de cada uno de los dos que demos, sean pocos o sean nada, no son relevantes en comparación con la dicha de haber sido elegidos directamente por el Señor Jesús. El evangelista nos deja ver que el Señor llamó a sus discípulos y colaboradores de los más diversos estratos sociales y religiosos, sin exclusiones. Es que a él le interesan las personas, no las categorías sociales o las etiquetas. Jesús mismo es el motivo de cohesión, en el que todos se encuentran unidos. Esto constituye claramente una lección para nosotros, que con frecuencia tendemos a poner de relieve las diferencias y quizá las contraposiciones, olvidando que en Jesucristo se nos da la fuerza para superar nuestros conflictos.
El grupo de los Doce, entre los que están Simón y Judas, es la prefiguración de la Iglesia, en la que deben encontrar espacio todos los carismas, pueblos y razas, así como todas las cualidades humanas, que encuentran su armonía y su unidad en la comunión con Jesús. Por eso celebrar a alguno de los apóstoles es celebrar nuestra pertenencia a la Iglesia. Pero volvamos a los dos festejados de hoy. La tradición nos cuenta que los dos iban siempre juntos en su rico y fecundo apostolado y según la historia los dos murieron martirizados de forma cruel. Seguro desde que fueron llamados por el Señor le siguieron generosa y fielmente, cumpliendo su misión de apóstoles. También nosotros, en nuestro Bautismo, fuimos llamados a la imitación de Cristo. Y desde entonces, Dios repite y renueva esta invitación muchas veces y de muchas maneras. También hoy Dios vuelve a llamarnos, en la fiesta de estos grandes apóstoles. Que María, reina de los apóstoles, nos ayude a responder al llamado. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.
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