Jesús se presenta ante ellos de forma valiente Jesús, desenmascarando las actitudes de las clases dirigentes de su época. En su discurso nombra a Abel, sacrificado por su hermano Caín (Gn 4) y a Zacarías, el hijo del sacerdote Yoyadá, a quien mataron por encargo del rey Joás (cf. 2 Cro 24). Jesús los nombra como primero y último de una serie de profetas que acabaron igual. Es lo que van a hacer con él también, porque presenta una fe y un Dios muy distintos del que ellos están acostumbrados. Jesús sabiendo esto, habla también con claridad a los doctores de la Ley que tienen la llave del saber y de la interpretación de la ley, pero no han hecho buen uso de esa llave: «no han entrado y han cerrado el paso a los que intentaban entrar». ¿Para eso tantas llaves? estos doctores de la Ley son acusados de haberse transformado en dueños del saber de Dios, identificándolo con sus propias perspectivas e intereses. El mismo peligro amenaza a la Iglesia de nuestros días: la verdad de Jesús está condicionada por los seres humanos que la anunciamos y la comentamos; somos un factor de la mediación que puede volverse manipulación.
La confrontación de Jesús con las autoridades de Israel ya ha tenido su prólogo en la historia profética del Antiguo Testamento y continúa en la historia de la Iglesia, volviéndose una constante de toda existencia auténtica. El tema es clásico en la tradición y retomado por la Iglesia desde el testimonio trágico de Jesús y pasando por todos los justos que han sufrido por su honestidad, sus ideas o su solidaridad con las causas justas y nobles de la humanidad. Sabemos que su martirio no fue inútil, ya que es recogido en el mártir Jesús culminado en su Pascua gloriosa (Flp 2, 8-10). Quien cree en Jesús y, de modo especial, quien lo anuncia, vive amenazado por la violencia de este mundo. Todo discípulo–misionero de Cristo ha de ser veraz, sencillo, humilde y cumplidor de la Ley que se analiza en un corazón misericordioso y se vive en la caridad. Que María Santísima nos ayude a vivir así. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.
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