domingo, 1 de abril de 2018

«¡Resucitó! ¡Aleluya, aleluya!»... Un pequeño pensamiento para hoy


Celebramos hoy, después de vivir anoche la bellísima ceremonia de la Vigilia Pascual con el anuncio del Pregón Pascual, el hecho central de nuestra fe: que Cristo, tal como decimos en el Símbolo de la fe, después de su crucifixión, muerte y sepultura, «resucitó al tercer día». Tengo muy fresco, en esta mañana con todo y el cambio de horario, el grato sabor de anoche en la Vigilia Pascual, que es, siempre, una gran fiesta de luz y de oración. Pero esta mañana las cosas han cambiado, la —«Misa del Día» vuelve a ser como las demás Misas. Las lecturas de hoy domingo no son muchas como anoche, son menos –muchas menos—que en la Vigilia, y aunque destaca poderosísimamente el bello texto de la Secuencia de Pascua, parece como si quedaran atrás esos relatos completos de la Pasión, como el Domingo de Ramos o el Jueves Santo, o las diez lecturas con sus correspondientes salmos de anoche. Y, sin embargo, la conmemoración de hoy «Domingo de Pascua», tiene la importancia de abrir otro periodo prodigioso de nuestro ser y quehacer de cristianos: el «Tiempo Pascual», un tiempo para dirigir nuestros ojos, nuestro pensamiento, nuestro corazón y todo nuestro ser hacia el cielo para proclamar el poder de nuestro Dios: ¡Has resucitado a Jesús, Señor nuestro! ¡Lo has resucitado! ¡Nos has resucitado a todos! (cf. Col 3, 1). Hoy, en esta mañana florecida por la luz de Cristo, en donde junto al gozo de la Pascua, un nuevo horario, el horario de verano —en México— nos ayuda a ver todo nuevo, apostamos fuerte por Aquel que nos lo ha dado todo. Hoy, en estas horas refulgentes y celestes, levantamos también nuestra victoria (1 Cor 5,6-8). 

Ahora, aunque lloremos, sabemos que nuestro llanto no será definitivo. Ahora, aunque la muerte siga sorprendiéndonos, sabemos que es algo pasajero. Ahora, aunque la prueba más dura nos sobrecoja, sabemos que no será la que tenga la última palabra. ¡Dichosa mañana de resurrección que nos trae tan gran noticia! Que el grito, que desde hace veinte siglos decimos los cristianos ¡Resucitó! ¡Aleluya, aleluya!, siga cruzando fronteras y continentes. Pero, sobre todo, que ahora nosotros vivamos y estemos convencidos de la presencia del Señor resucitada y resucitadora. Cristo ha resucitado. Y nosotros, los que creemos en Él y le amamos, también hemos resucitado. Hemos despertado del sueño de la muerte que es la vida humana, hemos comenzado, aunque parcialmente aún, la grandiosa aventura de vivir la vida misma de Dios, la vida que dura siempre. Y por eso hemos de vivir proyectados hacia lo alto, pisando en la tierra, pero aspirando a las cumbres del cielo. Han pasado ya los días tristes de la Pasión, están lejos aquellos momentos amargos del Getsemaní y de la flagelación. Jesús se dejó atar, se entregó al traidor sin la más mínima resistencia; maniatado y silencioso soportó el dolor y la burla de sus enemigos, pero ahora, esa pasividad ha terminado. «Este es el día en que actuó el Señor» (Salmo 117). Pero ni los evangelios ni los demás textos que nos hablan de la resurrección de Jesús describen el modo como sucedió este acontecimiento. Así entendemos que la acción sobrenatural por la que Dios resucitó a Jesús es algo absolutamente indescriptible por ser un objeto de fe y no de visión humana. 

La primera profesión de fe cristiana confiesa que Jesús ha resucitado verdaderamente y se ha aparecido a Simón Pedro. San Pablo nos cuenta que ha visto al Señor. Los evangelios abundan en escenas de apariciones del Resucitado a sus discípulos. Pero la resurrección en sí misma, el hecho maravilloso que hoy celebramos, sucede en lo más oculto de la acción de Dios, como para el mundo de Dios ante el que no cabe más respuesta que la fe del discípulo–misionero que «cree» que «resucitó al tercer día». Quizás por esta razón, el Evangelio de este domingo no describe la primera confesión de fe en la resurrección en un ambiente de apariciones, sino en la tumba vacía (Lc 24,13-35) como para hacernos partícipes de la que sería última bienaventuranza que Jesús nos deja: «Bienaventurados los que creen, sin haber visto» (Jn 20,29). En la Pascua de 1978, la beata María Inés, en su felicitación de Pascua escribía: «¡Cristo ha resucitado! ¡Alegrémonos, Aleluya! Y es al gozo de que Jesús ha resucitado que yo uno mis saludos, mis felicitaciones y mis más grandes deseos de que la celebración de este gran Misterio de la Pascua del Señor, de la Resurrección de Cristo, haya renovado en cada uno el fervor y la alegría» (Carta Circular del 26 de marzo de 1978). Sí, hoy, el fervor y la alegría de la fiesta de la Pascua inundan el corazón. Vivamos este domingo, el primero de la Pascua, al estilo del fervor y la alegría que inundó el corazón de María la Madre del Señor, el de Magdalena, el de Pedro, el de Juan, el de todo aquel que sin ver, tiene la dicha de creer que el Señor ha resucitado. Dejemos que nuestras voces se unan a ese hermoso canto que la tradición cristiana dirige a la Virgen santísima por haber sido testigo privilegiada de la resurrección de Cristo y signo de la humanidad, que espera lograr su plena realización mediante la resurrección: «Regina caeli, laetare. Alleluia». «¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!». Prolonguemos así, junto a ella, aquel «¡Alégrate!» que le dirigió el ángel en la Anunciación, para que se convirtiera en «causa de alegría» para la humanidad entera que celebra la resurrección sin ocaso del Rey de reyes y Señor de señores. ¡Felices Pascuas para todos! 

Padre Alfredo.

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