lunes, 17 de febrero de 2020

«Sin espectáculos cósmicos»... Un pequeño pensamiento para hoy

A Jesús no le gusta que le pidan signos maravillosos o espectaculares. Así lo demostró desde el inicio, cuando el diablo tentándolo en el desierto le pedía signos rimbombantes de que era el Hijo de Dios. Así le piden en el Evangelio de hoy los fariseos «una señal del cielo» (Mc 8,11-13), un hecho cósmico grandilocuente que les demostrara que Él era Dios. ¡Qué poco entendían de los milagros de Jesús! Estos hechos no eran simples fantocherías o curaciones cualquiera, eran signos claros de que el Padre Misericordioso se hacía presente en su Hijo para dar la total liberación a las almas, por eso los milagros se dan para liberar de la enfermedad, de la muerte, de la angustia. A Cristo se le descubre no en signos exagerados que se salen de lo ordinario, Él hace los milagros a quien quiere y donde quiere por alguna razón especial, pero a Él se le encuentra presente en esas cosas tan sencillas y profundas como son la comunidad reunida, la Palabra proclamada en Misa, en los humildes elementos del pan y vino que se convierten en su Cuerpo y Sangre en la Eucaristía y permanecen igual a la vista. A Él se le ve en el ministro que nos perdona, en la comunidad eclesial que es pecadora pero es el Pueblo santo de Cristo, en la persona del prójimo, en el débil, en el enfermo y en el hambriento. Esas son las pistas que él nos dio y nos sigue ofreciendo para que le reconozcamos presente en nuestra historia. 

Jesús no tiene afán de convencer a quienes miden la grandeza de las personas por su capacidad de mando o de dominio pidiendo cosas raras. Jesús con sus actos siempre quiso demostrar cómo la entrega y el servicio, dentro de un marco de amor y misericordia, son los principales requisitos para saberse sus discípulos–misioneros. Él no habló de un Dios que ostenta poderío y que está del lado de los fuertes haciendo espectáculos cósmicos que dejen a todos con la boca abierta, habló de un Dios que acompaña y apoya a los débiles, a los enfermos, a los pequeños. En el siglo XIII, siete jóvenes adinerados provenientes de Florencia decidieron abandonar sus riquezas para entregarse a Cristo, su Evangelio y a la Virgen María. Más tarde fundaron la Orden de los Siervos de María, cuya memoria conmemoramos hoy 17 de febrero. Este es el único caso en la historia de la Iglesia Católica en el que siete personas fundaron una orden religiosa. 

El día 15 de agosto de 1233 (fiesta de la Asunción de María) la Virgen se les apareció a estos siete varones y les pidió que renunciaran al mundo y se dediquen exclusivamente a Dios. Fue entonces que Bonfilio, Bonayunta, Amadeo, Hugo, Maneto, Sosteño, y Alejo, quienes por ese entonces conformaban una cofradía de laicos con el nombre de Laudenses, repartieron todo su dinero a los pobres y se retiraron al Monte Senario, cerca de Florencia, a rezar y a hacer penitencia. Allí construyeron una Iglesia y una ermita, en la que llevaron una vida austera. Tiempo después fueron ordenados sacerdotes por petición del Cardenal, delegado del Sumo Pontífice. Todos excepto San Alejo, el menor de ellos, que por humildad quiso permanecer siempre como hermano. La vida de cada uno de ellos fue sencilla y ordinaria, con la única señal de invitar a la conversión y a darse a los demás en ese mismo dinamismo de Cristo de amor y misericordia Qué María Santísima nos ayude a nosotros también a vivir así. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

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