lunes, 10 de febrero de 2020

«HERMANA ALTAGRACIA OCAMPO SÁMANO»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XLII

En 1984, mis superiores me enviaron a estudiar a Roma, había que pasar por Los Ángeles primero, por varios motivos y después volar de allí a Madrid para estar unos días y volar de allí a Roma. Los viajes, en aquellos años, no eran tan fáciles como ahora. El caso es que en esos días de estancia en la Madre Patria, conocí a algunas hermanas Misioneras Clarisas que volví a ver el año siguiente tanto en Madrid como en Pamplona. Entre ellas estaba la hermana Altagracia, una monjita de una sonrisa sensacional de esas que uno graba para siempre. 

La volví a ver muchas veces más y hace días, el 23 de enero de este 2020, en Los Ángeles, California, la hermana Altagracia fue llamada a la Casa del Padre, luego de un tiempo de estar enferma ofreciendo todo su ser al Señor y quiero compartir algo de su vida misionera, tan fecunda como la de todas nuestras hermanas Misioneras Clarisas que se nos han adelantado a la Casa del Padre.

Altagracia nació en la Ciudad de México —mi querida selva de cemento— el 7 de abril e 1931. Ingresó a la congregación religiosa de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 12 de diciembre de 1955, cuando la recibió la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento en su comunidad de la Casa Madre en Cuernavaca, Morelos, México. Allí mismo, el 9 de junio de 1956 inició allí mismo su etapa de noviciado.

Siendo novicia de segundo año, fue enviada a la región de Estados Unidos, a la comunidad de San Gabriel y allá, el 2 de febrero de 1959 hizo su primera profesión religiosa comprometiéndose a vivir en castidad, pobreza y obediencia. 

La obediencia la llevó a Monterrey, Nuevo León, en México, en 1962 para luego ser trasladada a la Ciudad de México en 1965 en donde estuvo dos años en la comunidad de Talara. En ese lapso, el 2 de febrero de 1964, emitió su compromiso definitivo, haciendo estos tres votos para toda su vida, recibiendo su profesión perpetua la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. En 1967 nuevamente la obediencia la llevó a Puebla y en 1972 regresó a la Casa Madre, donde había iniciado su vida religiosa.

En 1974, la hermana Altagracia parte a la Madre Patria, en concreto a Pamplona, a donde fue destinada al Colegio Mayor Santa Clara, una residencia de jóvenes estudiantes españolas y de otros puntos de Europa que realizan sus estudios en la Universidad de Navarra. Allá permaneció hasta 1985 en que regresó a la Casa Madre en Cuernavaca. En 1984, allá en la comunidad de Pamplona, celebró sus Bodas de Plata.

Al año siguiente, allá en Navarra, en concreto en Loyola, compartimos la experiencia de los Ejercicios Ignacianos de un mes y, aunque es un mes de silencio, cada lunes que era el día de paseo en que se permitía hablar, compartíamos algo y sobre todo ella nos hablaba de Madre Inés, de sus encuentros con ella y del carisma que tanto la había enamorado en la congregación. 

Altagracia era una experta chofer. Allá en España nos llevó a conocer varios lugares históricos y siempre con su «chispa» tan especial para contar chistes y anécdotas. Ese mismo año, era 1985, regresamos juntos a México, ella a la Casa Madre y yo a Monterrey para continuar mis estudios de Teología en el Seminario de Monterrey. pero, el mundo es tan pequeño como un pañuelo —así suele decir mi padrino monseñor Juan Esquerda— así que en 1990 llegó Altagracia a formar parte de la comunidad de Misioneras Clarisas de Monterrey y nos volvimos a encontrar. Ahora yo era un joven sacerdote y sus consejos me caían de perlas, a la vez que la fui conociendo más en su interior gracias a mi ministerio sacerdotal.

Cinco años después, en el 2005, la hermana fue destinada a la comunidad de Sylmar en California, una comunidad muy querida por mí. Allí en esa casa estuvo 10 años para luego pasar a la comunidad de Los Ángeles y celebró sus bodas de Oro en el 2009 y finalmente ya muy enferma, formó parte de la comunidad de Gardena, allí mismo en California.

En tantos años y con tantos cambios, Altagracia desempeñó una infinidad de servicios y tareas apostólicas de diversa índole: Fue maestra de primaria, catequista, ecónoma, chofer, encargada de asuntos de casa y asesora de Van-Clar. Por cierto que muchos Vanclaristas la recuerdan con cariño por su entrega y generosidad. Siempre amante de la vida de comunidad ponía «su salero» con el buen humor que siempre la caracterizó.

Los últimos años de su vida, como digo, estuvieron marcados por el apostolado silencioso de la enfermedad, que poco a poco fue avanzando hasta arrebatarle todas sus fuerzas con la llegada del doloroso Alzheimer que, junto a otras complicaciones, fue deteriorando todo su ser hasta irse consumiendo como una lamparita que se apaga. En sub querida casa religiosa de Gardena, rodeada de sus hermanas de comunidad, recibió la unción de los enfermos y esperó el momento del encuentro con el Señor. Sus últimas palabras: «Estoy muy agradecida... la Madre —refiriéndose a la Virgen a quien tanto amó— reflejan la gracia de haber tenido un corazón agradecido y un inmenso amor mariano. 

Padre Alfredo.

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