jueves, 10 de octubre de 2019

«El árbol plantado junto al río»... Un pequeño pensamiento para hoy

Qué necesario se hace en nuestras vidas de discípulos–misioneros que hagamos cada día un espacio para sentarnos a los pies del Señor para escuchar su Palabra y ponerla en práctica. Es la manera en que no equivoquemos el camino que lleva a la santidad. El autor del salmo 1 nos dice que si eso hacemos, si nos dejamos cautivar y mover por la Palabra, seremos como árbol plantado junto al río y no como paja que se lleva el viento. En este salmo se nos habla de dos clases de personas que son diametralmente opuestas. Por un lado tenemos al hombre dichoso y por otro al malvado. Ambos son considerados por Dios, y descritos de maneras precisas por el salmista: El dichoso es aquel «que no se guía por mundanos criterios, que no anda en malos pasos ni se burla del bueno, que ama la ley de Dios y se goza en cumplir sus mandamientos. El malvado es «como la paja barrida por el viento y sus caminos acaban por perderlo». 

Las 150 oraciones, cánticos y poemas que componen el libro de los Salmos, fueron que conocemos compuestas en distintos tiempos y lugares y por autores muy distintos entre sí. La compilación final, en el orden que ha llegado hasta nosotros se remonta al siglo III antes de Cristo (de hecho, el libro de los salmos es citado por el Eclesiástico y se encuentran copias en los escritos de Qumrán). El salmo que hoy tenemos como salmo responsorial, no es que haya sido el primero que se haya escrito, es simplemente que ocupa este lugar porque el compilador de todos estos maravillosos escritos lo vio como una obertura de todo el libro por la forma en que, literalmente, está compuesto. En su idioma original, la primera palabra del salmo comienza con la primera letra del alfabeto hebreo «aleph» y la última palabra comienza con la última letra del alfabeto hebreo «tab». Por eso el compilador ve que el salmo se presenta como un resumen de todo el libro y de toda la Sagrada Escritura. Es como si nos dijeran a nosotros: «aquí tienen un compendio de todo lo que tienen que saber, de la «a» a la «z». Todos buscamos la felicidad, pero en un mundo tan complicado, hemos de poner atención para no tomar el sendero equivocado. Hay un camino que nos lleva a la felicidad, a la plenitud de vida, que el salmista simboliza en un árbol siempre verde, plantado junto al río y hay otros caminos que parecen más fáciles, pero sólo llevan al sinsentido y a la nada, simbolizado esto por la paja que se lleva el viento. El hombre que confía en el Señor es el único sabio, mientras que el malvado es un necio». 

Es por eso que no debemos de cansarnos de pedir al Señor que nos mantenga como un árbol que está plantado junto al río. Él nos dará lo que sea necesario para conservarnos así. En el Evangelio de hoy (Lc 11,5-13) nos lo asegura diciéndonos: «Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca, encuentra y al que toca, se le abre». Pero haciendo una reflexión con este pasaje evangélico y el salmo 1, es importante recordar que una de las principales puertas que debemos tocar es la de nuestro propio corazón para que este se abra a la acción de Dios en nuestra vida. Dios quiere darnos, desea que hallemos, anhela que crezcamos junto al río de «Agua Viva» que es su Hijo Jesús que se ha quedado en la Eucaristía. Pidamos a María Santísima, la de gran corazón, que nos ayude a buscar, a llamar al Señor las veces que haga falta, no quedaremos defraudados si lo hacemos con fe y confianza. Dios nos ama y quiere lo mejor para nosotros. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico! 

Padre Alfredo.

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