martes, 9 de abril de 2019

«El Señor no abandona»... Un pequeño pensamiento para hoy

El autor del Salmo 101 [102] es un hombre pobre gravemente enfermo, pero un pobre que no ha perdido la confianza de ser salvado de su enfermedad, pues conoce las frecuentes visitas de Dios a su pueblo. Por profundo que sea nuestro abatimiento, el salmista nos invita a alzar nuestros ojos a Dios, como Israel los levantó al signo que le presentaba Moisés en el desierto (Num 21,4-9) y contemplemos a Jesucristo, nuestra salvación, en la Cruz (Jn 8,21-30). El Señor nos librará, aunque por nuestros pecados nos sintamos condenados a muerte: «Señor, escucha mi plegaria; que a tu presencia lleguen mis clamores. El día de la desgracia, Señor, no me abandones. Cuando te invoque, escúchame y enseguida respóndeme... Esto se escribirá para el futuro y alabará al Señor el pueblo nuevo, porque el Señor, desde su altura santa, ha mirado a la tierra desde el cielo, para oír los gemidos del cautivo y librar de la muerte al prisionero». Nuestras súplicas al Señor no terminan nunca en la desolación y en el abandono, sino que tienen siempre un horizonte de esperanza; Dios escucha nuestras súplicas y nos da lo que mejor nos conviene porque es compasivo y misericordioso. En medio de sus dolores, preocupaciones y aflicciones —que también nosotros tenemos día a día— el salmista alude a su situación personal, a su sufrimiento individual, a su congoja particular, pero no se hace ajeno a la crisis de la comunidad. 

El salmista se allega hoy ante Dios con humildad para implorar su misericordia y para pedir su favor para con él y para con todos. Aunque no entiende plenamente lo que sucede, el autor del salmo espera la intervención restauradora del Señor y confía en la adecuada y pertinente respuesta divina. Su esperanza se fundamenta principalmente en los recuerdos de las intervenciones salvadoras del Señor a través de la historia, que nunca ha abandonado a su pueblo. Los discípulos–misioneros tenemos urgencia de descubrir esto para hacer de Cristo el primero, el único y fundamental punto de referencia; criterio, centro y modelo de toda nuestra vida cristiana, apostólica, espiritual y familiar, para que verdaderamente Él pueda redimir nuestra vida personal, para que Él pueda redimir la vida conyugal de los esposos cristianos, para que Él pueda redimir la vida familiar, para que Él pueda redimir la vida social de los seglares cristianos, porque si Cristo no se convierte en punto de referencia, no podrá redimirnos. De tal manera que así como el salmista refiere hoy todo a la misericordia divina, así debemos de hacerlo nosotros. Cada Evangelio, cada salmo, cada lectura, cada oración, cada Misa durante esta Cuaresma que estamos por concluir, no ha sido otra cosa sino un constante insistir de Dios en la necesidad que todos tenemos de convertirnos y de volvernos a Él para gozar de su misericordia. Sin embargo, pudiera ser que nos hubiésemos acostumbrado incluso a eso; como quien se acostumbra a ser amado, como quien se acostumbra a ser consentido y se transforma en caprichoso en vez de agradecido, porque así es el corazón humano... ¡Dios nos libre de no sacar provecho de la Cuaresma para llegar a la Pascua renovados! 

El ejemplo de la Serpiente de Bronce que nos pone el Libro de los Números en este día, no es otra cosa sino una llamada de atención respecto a lo que significa alejarse de Dios. Cuando el pueblo se aleja de Dios aparece el castigo de las serpientes venenosas. Dios, al mismo tiempo, les envía un remedio: la Serpiente de Bronce. En la vida no tenemos más que dos opciones: abrirnos a Dios en el modo en el cual Él vaya llegando a nuestra vida, o morir en nuestros pecados. Es la diferencia que hay entre levantarse o quedarse tirado; entre estar constantemente superándose, siguiendo la llamada que Dios nuestro Señor nos va haciendo de transformación personal, de cambio, de conversión personal y comunitaria, o vernos encerrados, encadenados cada vez más por nuestros pecados, debilidades y miserias. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, a quien hoy me toca ver en el Tepeyac, que nos conceda la gracia de retornar arrepentidos, en estos días que quedan de la Cuaresma, a Cristo, para que recibiendo de Él el perdón de nuestros pecados, vivamos ya desde ahora como criaturas nuevas, y podamos encaminarnos, con nuestra cruz a cuestas, a la participación de la exaltación gloriosa del Hijo de Dios: «Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy». ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

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