viernes, 25 de agosto de 2017

El sacerdote, un nuevo Moisés...

Que fuertes e impactantes suenan las palabras que Yahvé dirigió a Moisés en el capítulo 32 del libro del Éxodo: «¡Anda, baja! Porque tu pueblo, el que sacaste de la tierra de Egipto, ha pecado. Bien pronto se han apartado el camino que yo les había prescrito. Se han hecho un becerro fundido y se han postrado ante él; le han ofrecido sacrificios y han dicho: "Este es tu Dios, Israel, el que te ha sacado de la tierra de Egipto."» (Ex 32,7-8). Son palabras que bien vendrían al hombre de hoy, que, en un mundo que busca globalizar todo, menos el amor, ha querido fabricarse un dios talismán, un dios amuleto, un dios pirámide mágica o piedra de la suerte, un dios que sea refugio de peticiones imposibles, un dios que fácilmente consiga novia o que haga volver al esposo que se fue por arte de magia, un dios becerro de oro que ocupe el lugar del auténtico Dios, que cada vez está menos presente en el mundo de hoy.

Dios no da seguridad en las cosas materiales, Dios no da seguridad en el aferrarse a algo cambiante, y entonces, el hombre busca y se fabrica un dios más seguro, un dios que dé confianza y que ate el presente y el futuro de forma mágica e instantánea... ¡Qué tentación tan grande!, quererse construir un Dios a nuestra propia imagen y semejanza a quien dar gracias pocas veces y a quien se le pueda acusar por las injusticias que se viven en el mundo.

El hombre de hoy vive la terrible tentación de querer construir un dios a su propia imagen y semejanza. Un dios baratero que exija poco y que dé mucho, un dios de manga ancha, curandero que de salud y milagrero que dé prosperidad a cambio de unas cuantas cosillas. Yahvé también dijo a Moisés: «Veo que este pueblo es un pueblo de cabeza dura. Déjame ahora que se encienda mi ira contra ellos y los devore; de ti, en cambio, haré un gran pueblo» (Ex 32,9-10). Entonces Moisés trató de aplacar al Señor su Dios diciéndole: «¿Por qué, oh Yahvé, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, el que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte?» (Ex 32,11)... «Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel, siervos tuyos, a los cuales juraste por ti mismo: Multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo; toda esta tierra que les tengo prometida, la daré a sus descendientes, y ellos la poseerán como herencia para siempre» (Ex 32,13). Y entonces el Señor renunció al castigo con que había amenazado a su pueblo.

El hombre de hoy no tiene por qué fabricarse «diositos». El mundo de hoy necesita más bien nuevos Moisés que sepan implorar al verdadero Dios, auténticos hombres y mujeres de fe que no caminen en la modalidad del «te doy para que tú me des». El mundo necesita hombres y mujeres que no se queden en la tristeza del hijo pequeño de la parábola del padre misericordioso (Lc 15,11-32), que cree que el padre jamás lo volverá a tratar como hijo, porque él mismo no ha aprendido a perdonar; hombres y mujeres que no se queden como el hijo mayor, que siente todo, menos alegría —más bien envidia y reproches— por una mala y triste relación con su hermano. Hombres y mujeres que no se sientan como una oveja perdida por inútil (Lc 15,3-7), sola y a punto de perecer porque cree que el pastor la ha olvidado. Hombres y mujeres que no se queden como moneda que se ha tirado (Lc 15,8-10) y que cree que nadie la levantará porque es de poco valor.

La vida que Dios nos ofrece es de otra lógica. Es la vida del gozo y de la alegría de saberse amados por Dios y seguros de que Él nos escucha siempre. Es la vida del gozo y de la alegría de saberse llamados y considerados dignos de ponerse a su servicio y vivir para Él. San Pablo a Timoteo se lo dice: «Dios tuvo misericordia de mí… porque la gracia de nuestro Señor se desbordó sobre mí al darme la fe y el amor que provienen de Cristo Jesús... para que fuera yo el primero en quien Él manifestara toda su generosidad, y sirviera yo de ejemplo a los que habrían de creer en Él, para obtener la vida eterna» (cf. 1 Tim 1, 12-17).

Dios mismo es quien nos comunica esa alegría. El Padre de la parábola del hijo pródigo, se alegra —más que los hijos— y celebra un banquete, lo mismo que hace fiesta el pastor por su oveja recobrada y el ama de casa que encuentra su moneda perdida. Esta es la lógica de saberse amados y llamados por Dios. Él nos ama y nos escuchará siempre, dará a nuestro corazón lo que más convenga. El buen Dios escuchará a su nuevo Moisés que le implora y le suplica de nuevo. Este es nuestro Dios, el Dios de Jesucristo, el Padre, el Pastor, el Ama de casa que deja ser libre, que espera, que confía, que se alegra, que perdona... «Dios, —decía el siervo de Dios Juan Pablo I— es padre; pero, sobre todo, es madre». En el brevísimo lapso de su pontificado, esta frase quedó grabada en el corazón de la Historia de la Iglesia, una frase pronunciada en el Ángelus del domingo 10 de septiembre de 1978. ¿Cómo entrar en esta lógica que sustituye a la triste lógica de los diosecillos inventados, de los becerrillos de oro, fantasía y oropel?

Es necesario dejarse amar por Dios, saber descubrir su presencia de padre, de pastor, de ama de casa, de nuestra casa, de nuestro corazón. Saber reconocer su presencia y los beneficios que nos da. Dejarnos querer por él, que se hace presente en signos tal vez pobres, incomprensibles, indescifrables o en grandes manifestaciones en las que es fácil reconocerle.

El Señor nos ha mostrado su amor y nos invita a vivir en esta lógica de su amor en la persona de nuestros pastores, sobre todo. El sacerdote —como pastor o cura de almas— es un signo elocuente del amor de Dios, presencia de un nuevo Moisés que habla al Señor en nombre del pueblo. Alguien que nos invita a dejarnos conquistar por Dios que abre sus brazos como el Padre de la parábola que corre al encuentro del hijo. En el sacerdote contemplamos a alguien que nos dice que no tengamos miedo a la libertad de Dios, ya que parece que para todos es más fácil tener un becerro de oro que tener a Dios, por lo menos es más seguro, parece. El sacerdote nos guía hacia Dios, nos ayuda a que demos el salto a confiar en Él, a que perdamos el miedo de hablarle y confiar en que nos dará lo mejor. El sacerdote nos lleva a vivir en la alegría del Señor, esa alegría del padre, del pastor y del ama de casa. Esa alegría que vive bajo la mirada dulce de María, que como Madre del Buen Pastor, va alentando a cada sacerdote para que sea siempre imagen y transparencia de Jesucristo.

El sacerdote es el primero que entre el pueblo y ante Dios reconoce su pequeñez con las mismas palabras de la Primera carta a Timoteo: «Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero (1 Tim 1,15). Éste es el sacerdote, un hombre tomado de entre los hombres para el servicio de todos; un nuevo Moisés que dialoga con Dios a favor del pueblo, para alcanzar para todos, el auténtico amor. El sacerdote es un hombre consagrado a Dios y puesto a su servicio para ir a donde Él le envíe. Un hombre que pasa por el mundo como un peregrino que invita a todos a vivir en la libertad de los hijos de Dios. Un hombre que no es un dios, pero pertenece a Dios y recorre el mundo en su nombre para llevar a todos hacia la tierra prometida, convencido él mismo de que no pertenece a nadie más que a Dios, ni siquiera a él mismo y en cuyo corazón hay espacio para todos, para el hijo pequeño y para el mayor, para la oveja extraviada y la moneda perdida... por algo a los sacerdotes les decimos comúnmente: «Padre».

Por amor, Dios nos da a sus sacerdotes, y con ellos el perdón y la paz, el gozo y la celebración, la esperanza y el amor, en una palabra, todo lo que crea comunión de vida y alegría para los de cerca y los de lejos.

Me vienen ahora, para terminar esta reflexión, unas palabras que la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento dirigió a uno de los primeros seminaristas del incipiente instituto misionero que fundara y del que vio solamente las primeras vocaciones camino a la ordenación sacerdotal. La Madre escribe a uno de estos jovencitos y le deja estas palabras que hace 28 años pude en la invitación a mi ordenación sacerdotal: «¡Qué hermosa vocación!... ser misionero y Misionero de Cristo. “Otro Cristo” en la plenitud sacerdotal, misionero a ejemplo de Él, que pasó por el mundo haciendo el bien. Tú deberás asimilar al mismo Cristo para que seas transparencia de Él en todos los momentos de tu vida, ya sea que duermas o comas, que prediques la Palabra de Dios, que consagres, impartas cualquier sacramento; en cualquier momento, deberás obrar como Él, esa es tu hermosa vocación, con el espíritu del Evangelio y las características de tu familia misionera, entregado con generosidad, sencillez, alegría, abandonado completamente en manos del Padre».

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

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