martes, 10 de noviembre de 2020

«No somos más que siervos»... Un pequeño pensamiento para hoy


«No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer» no recuerda el Evangelio de hoy (Lc 17,7-10). Servir a Dios, no con el propósito de hacer valer luego unos derechos adquiridos, sino con amor gratuito de hijos es la tarea de todo discípulo–misionero de Cristo. Si hacemos el bien, que no sea llevando cuenta de lo que hacemos, ni pasando factura, como se dice; ni pregonando nuestros méritos personales, porque los humanos tendemos a convertir en heroico lo más ordinario de nuestro deber. Hay quien se llega a considerar héroe por llegar puntual al trabajo o por respetar las señales de tráfico. Los niños creen que se merecen un premio por cumplir con sus deberes escolares, cuando en realidad, sólo estamos haciendo lo que debíamos hacer. Por lo tanto, la parábola de hoy, que solamente viene en el Evangelio de San Lucas, quiere enseñar que nuestra vida debe caracterizarse por la actitud de servicio desinteresado y sin levantarse el cuello.

También como cristianos se nos presenta esta tentación. Aunque nunca lo expresamos así, llegamos a creer que nosotros le hacemos un favor a Dios cuando rezamos, cuando participamos en la Misa dominical, o cuando cumplimos los Mandamientos. Cristo nos ofrece este mensaje para prevenirnos de esta actitud, con la que nos olvidamos de que es Él quien nos ha dado infinitamente más de lo que nosotros podemos ofrecerle. Pero Dios no es un amo déspota y desconsiderado. El Evangelio de hoy nos invita a reconocer nuestra realidad de servidores y a vivir en humildad, pero no pensemos que al final de nuestra vida, después de haber trabajado y luchado sinceramente por Dios, seremos recibidos en el cielo con un seco y frío: «Sólo has hecho lo que tenías que hacer». Eso lo tenemos que decir nosotros, pero no lo dirá Él. Sus palabras las conocemos: dirá a quienes hayan vivido su mensaje: «Vengan, benditos de mi Padre...» (Mt 25,31ss). Y nos sentaremos con Cristo a gozar del banquete eterno. De nuestra parte haremos todo lo mejor que podamos, porque los verdaderos amigos no llevan contabilidad de los favores hechos. Eso sí, seguros de que Dios no se dejará ganar en generosidad: «alégrense y salten de gozo, que su recompensa será grande en el cielo» (Lc 6,23), «porque con la vara con que midas se te medirá» (Lc 6,38).

Hoy celebramos a San León Magno, Papa y Doctor de la Iglesia. San León, nacido en Toscana (Italia), llegó a ser Papa en el año 440 y se convirtió sí en el «Siervo de los siervos». Es recordado en los textos de historia por el prestigio moral y político que demostró ante la amenaza de los Hunos de Atila, a los que logró detener sobre el puente Mincio y de los Vándalos, cuya ferocidad mitigó en el saqueo de Roma del año 455. San Leon, en su afán de servir a la Iglesia y al mundo, nos ha dejado 96 sermones y 173 cartas suyas. León fue el primer Papa que recibió de la posteridad el epíteto de «magno», grande, no sólo por las cualidades literarias y la firmeza con la que mantuvo en vida al decadente imperio de Occidente, sino por la solidez doctrinal que demuestra en sus cartas y la grandeza de su servicio a la Iglesia. Murió un día como hoy en el año 461. A todos los Papas, hasta la fecha, se les sigue dando el título de: «Siervo de los Siervos» dándonos así, el ejemplo de cómo debe ser nuestro servicio desinteresado. Que María Santísima la fiel servidora del Señor interceda por nosotros y nos alcance también esa capacidad de servicio con sencillez. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 9 de noviembre de 2020

«Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy celebramos en la Iglesia la fiesta llamada «Dedicación de la Basílica de Letrán». Esta Basílica que se llama Basílica del Divino Salvador y que está en Roma, es la catedral del Papa y de entre todas las iglesias de Occidente es la primera en antigüedad y dignidad, pues fue construida majestuosamente por el emperador Constantino hacia el año 320 en lo que era el palacio imperial de Letrán. Esta fiesta nos invita a valorar nuestras iglesias —las más antiguas, las más modernas, las más grandes y las más pequeñas— pero que, sobre todo, nos invita a valorar que «el templo de Dios» no son las construcciones materiales sino Jesucristo y los hombres. En las antiguas religiones el templo era con frecuencia el lugar sagrado donde Dios o los dioses se hacían presentes. En el cristianismo ya no es así. Dios se manifestó, se hizo presente en Jesús de Nazaret, su Hijo. Por esto, en el Evangelio (Jn 2,13-22), hemos escuchado cómo Jesús se atreve a decir que él es el «santuario», el «templo» de Dios. Es decir, donde Dios se manifiesta, actúa y habla.

Decir que Cristo es el Templo de Dios significa creer que en Él se manifestó Dios. El Dios que —como dice el Evangelio de San Juan— nadie vio jamás, nos fue revelado por Jesucristo. Y esto significa que todos los que nos llamamos cristianos no podemos hacernos nuestro «dios» a imagen y semejanza nuestra, según nuestros criterios y modos de actuar, sino según lo que nos dice Cristo. Podríamos decir que cristiano no es tanto aquel hombre o mujer «que va a la iglesia» o «que va a misa» sino aquel que vive, cada día, en todas partes, como discípulo–misionero de Jesucristo, intentando vivir —a pesar del pecado que todos tenemos— como nos enseñó el Señor. Porque solamente Él es el camino de vida, el camino de verdad. Solamente en Él conocemos al Dios verdadero, no el «dios» que nos hacemos nosotros. Todos estamos llamados a ser «templo de Dios». Mejor dicho, para Dios, lo somos todos. De lo que se deduce que todo hombre merece respeto, estimación, valoración. Lo cual significa que cada hombre y cada mujer es sagrado. 

Ningún hombre puede ser considerado solamente como un instrumento, un productor o un objeto de placer para nosotros. Cada hombre y cada mujer, sea barrendero o artista de cine, sea gobernante o un obrero sin trabajo, sea viejo o niño, sea un ejecutivo triunfante o alguien con capacidades diferentes, sea una mujer llena de belleza o una mujer feíta, sea un policía o un terrorista, todos siempre a pesar de todo son «sagrados», son templo de Dios. Merecedores de todo amor, de todo respeto, de toda comprensión. La comunidad cristiana es, entonces, el ámbito de la presencia del Verdadero Templo que es Jesús. «Donde dos o tres estáis reunidos, allí estoy yo en medio de ustedes». «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos, sin mi no pueden hacer nada». Tenemos vocación de templo en el Cuerpo de Cristo. Tenemos, por eso también, vocación de con-templa-tivos. Toda realidad se convierte para nosotros en presencia del Espíritu del Señor que llena la tierra. Todo rostro humano lleva la impronta del verdadero templo. Pidamos por intercesión de la Madre de Dios y Madre de la Iglesia que la reflexión de este día nos haga vivir más intensamente los cimientos de nuestra fe. Que siempre que entremos en la iglesia, o siempre que pasemos por delante de la misma, se renueven estos cimientos. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 8 de noviembre de 2020

«Vigilar»... Un pequeño pensamiento para hoy


«Vigilar» no es estar siempre con miedo, ni dejarse atenazar por la angustia. Un discípulo–misionero de Cristo no deja de vivir, y de gozar la vida, y de incorporarse seriamente a las tareas de la sociedad y de la Iglesia manteniéndose vigilante. Lo que pasa es que se distingue de los demás porque vive con responsabilidad, con la atención puesta en los verdaderos valores, los que valen en verdad la pena, sin dejarse amodorrar por las innumerables drogas de este mundo, por la pereza, por los acontecimientos dolorosos como la pandemia por la que la humanidad atraviesa, por el miedo o por la inercia. Vivir de manera cristiana es vivir en tensión gozosa. Los pocos años que vivimos —porque en medio de la eternidad la vida en la tierra siempre será corta— hay que vivirlos de modo que acertemos en la clave fundamental de su existencia. La presencia —invisible— de Cristo Esposo y su vuelta —visible y gloriosa— le sirven al seguidor de Cristo de focos que iluminan cada uno de sus pasos.

Hoy el Evangelio (Mt 25,1-13) nos pone el ejemplo de las diez vírgenes. Cinco prudentes que esperaban vigilantes la llegada del Esposo y cinco imprudentes, o «arrastradas» como se dice en el norte de México que no estaban listas a la llegada del Esposo. Este relato nos invita a recordar este hecho: nuestra vida es una espera de la llegada del esposo. Y este tener presente que la vida tiene un momento culminante que es la muerte, es algo que hay que recordar de vez en cuando y que en nuestros tiempos, con toda esta terrible calamidad de la Covid 19 palpamos muy de cerca. Hoy puede ser un buen día para meditar en la muerte y en la calidad de preparación que tenemos para el momento. Un detalle destaca en el relato y nos viene muy bien reflexionar; la imagen que utiliza Jesús para hablar de cómo hay que estar preparados no es una imagen negativa que invite a no hacer tal o cual cosa —por ejemplo «no pecar» para salvarse—, sino que va más allá a una actuación activa, una imagen que nos invita a actuar: hemos de almacenar aceite, hemos de poner nuestra vida en acción.

Juan Duns Escoto es un beato que se celebra hoy. Nació en Duns, en Escocia, hacia 1265, entró en la Orden de los Hermanos Menores hacia 1280 y fue ordenado sacerdote el 17 de abril de 1291. Completó los estudios entre 1291 y 1296 en París. Enseñó en Cambridge, Oxford y París, como bachiller. Tuvo que abandonar la universidad, por no haber querido firmar una apelación al Concilio contra Bonifacio VIII, promovida por Felipe el Hermoso, rey de Francia. Regresó allí el año siguiente para obtener el doctorado. Quizás no hay doctor medieval más sobresaliente que este franciscano escocés que supo mantener la lámpara encendida todo el tempo. Murió en Colonia, a la edad en que los otros filósofos comienzan a producir, como si la llama del pensamiento le hubiese quemado la juventud el 8 de noviembre de 1308. Se le da el título de «Doctor Sutil» que habla de toda su sublimidad. Después de Jesús, la Virgen Santísima ocupó el primer puesto en su vida. Que la Santísima Virgen nos acompañe para que sepamos vivir, sabiamente, el tiempo en que estemos en esta tierra, en un clima de espera. Que sepamos buscar la llegada del Señor, anhelarla, porque en cualquier instante llamará a la puerta. Que Dios avive nuestra lámpara y que esta lámpara ilumine a los que nos rodean para que muchos le conozcan, le amen y se salven; que sea sólo como un pasaporte para cruzar la Puerta. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 7 de noviembre de 2020

«El dinero no es un fin»... Un pequeño pensamiento para hoy

En medio de una sociedad tan consumista como la nuestra —basta ver ahora dentro de la pandemia la oferta de mascarillas de todas formas y colores para vender— Jesús nos habla en el Evangelio de hoy (Lc 16,9-15) y nos enseña que «el dinero, tan lleno de injusticias» es un medio y no un fin. Ciertamente que el dinero y todos los demás bienes de este mundo son buenos. Para la familia, para la comunidad, para las obras de la Iglesia, necesitamos apoyos materiales. Pero depende del uso que hagamos de ellos. Nos pueden ayudar a conseguir nuestras metas fundamentales, o nos pueden estorbar atrapándonos hasta ahogarnos. Según el tono de todo el evangelio de san Lucas, este buen uso que tenemos que hacer del dinero es compartirlo con los demás. Lo contrario de lo que hicieron el terrateniente que soñaba con ampliar sus graneros o el rico Epulón que ignoraba al pobre que tenía a la puerta de su casa.

El dinero no tenemos porqué convertirlo en un fin. Es un medio y, como tal, relativo, no absoluto. No podemos participar en la desenfrenada carrera que existe en este mundo por poseer cada vez más dinero y cosas materiales. La ambición, la codicia y la avaricia no pueden caber en el corazón de un discípulo–misionero de Cristo. No podemos «servir al dinero», porque entonces descuidaremos las cosas de Dios. No podemos servir a dos señores, nos recuerda también Jesús de quien se burlaban los fariseos. No entendían ese desapego del dinero que él predicaba. También se podrán burlar de nosotros si renunciamos, por conciencia ética y cristiana, a hacer los negocios sucios y las trampas que otros hacen, al parecer impunemente. Recordemos el aviso que Jesús repite sobre el peligro de las riquezas: nos bloquean para las cosas del espíritu. Los que aceptan el Reino son los que no están llenos de sí mismos ni de ambiciones humanas, los que viven en la libertad de los hijos de Dios. 

Hoy celebramos a san Ernesto, que nació en un lugar de Alemania —que en aquel entonces era parte de Suiza— en el siglo XII. La historia cuenta que en su juventud, dejándolo todo, entró de monje en la abadía de Zwiefalten y que lo eligieron abad durante cinco años para dirigir humana y espiritualmente a los sesenta y dos monjes que la habitaban. Al término de su mandato, se marchó a la cruzada con el ejército alemán, comandado por el emperador Conrado III. Predicó en Persia y Arabia. Fue apresado por los sarracenos, torturado y murió en La Meca en 1148 martirizado Cuando se despidió de sus hermanos religiosos, les dijo: «Creo que no volveré a verlos en esta tierra, pues Dios me concederá que vierta mi sangre por él. Poco importa la muerte que me reserva, si me permite sufrir por el amor de Cristo». Sus predicciones se cumplieron. En hombres como él el Evangelio se hace vida y a través de los santos, Dios muestra cómo el camino para la realización del ser humano pasa por la libertad de conciencia, la solidaridad con los hermanos y la búsqueda del bien común. Que él y María Santísima intercedan por nosotros para que demos al dinero y a los bienes materiales el lugar que les corresponde. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 6 de noviembre de 2020

«Rendir cuentas»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy en el Evangelio escuchamos nuevamente una parábola (Lc 16,1-8). Y de hecho san Lucas es el único que narra esta parábola. Esta parábola del administrador infiel pero listo, puede parecernos un poco extraña. Hay que leerla con detenimiento para entenderla. A prima vista perecería como si Jesús —o el amo del relato— alabara la actuación de ese empleado injusto. Pero lo cierto es que no alaba su infidelidad: ¡por eso le despide! Lo que le interesa a Jesús subrayar aquí es la inteligencia de ese gerente que, sabiéndose despedido, consigue, con nuevas trampas, granjearse amigos para cuando se quede sin trabajo. De esta manera, esta perícopa evangélica nos recuerda que no somos propietarios de lo que tenemos, sino solamente administradores y habremos de dar cuenta a Dios de todo. Lo que poseemos: nuestros bienes, nuestras cualidades, las riquezas intelectuales y morales, las facultades afectivas, los aspectos del carácter personal... De todo ello, se nos pedirá cuentas. No somos más que el «administrador» de todo esto que nos ha sido «confiado» por Dios, y que continúa perteneciendo a Dios. 

En nuestra vida, debemos hacer los oportunos cálculos para conseguir nuestros objetivos. El Señor nos amonesta con el ejemplo de este administrador, para que sepamos dar importancia a lo que la tiene de veras y, cuando nos toque dar cuentas de nuestra gestión al final de nuestra vida, ser ricos en lo que vale la pena, en lo que nos llevaremos con nosotros, no en lo que tenemos que dejar aquí abajo. Hoy pienso mucho en el padre Osvaldo Rentería, que acaba de morir. ¡Cuánta riqueza de este sacerdote que se entregó generosamente en todo tiempo y lugar viviendo la espiritualidad de los cursillos de cristiandad en profundidad! Ojalá y el Señor, cuando venga por nosotros nos encuentre preparados y gozosos de haber administrado los bienes del Señor. La repentina muerte del padre Osvaldo me recuerda que en nuestra vida de discípulos–misioneros —evangelización, catequesis, construcción de la comunidad— debemos mantenernos despiertos, ser inteligentes para buscar los medios mejores para nuestra santificación y la salvación de las almas. Al menos con la misma diligencia que ponemos para los negocios materiales.

El día de hoy se celebra la memoria de 498 mártires, beatificados el 28 de octubre de 2007 en Roma y que derramaron su sangre por la fe durante la persecución religiosa en España, en los años 1934, 1936 y 1937. Entre ellos hay obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos, mujeres y hombres; tres de ellos tenían dieciséis años y el mayor setenta y ocho. Estos, y todos los mártires, no consiguieron la gloria sólo para sí mismos y en un momento. Su sangre, que empapó la tierra, fue riego que produjo fecundidad y abundancia de frutos que igual hubieran dado sin ser mártires, con la administración de los bienes recibidos de Dios. Así lo expresa, invitándonos a conservar la memoria de los mártires, el San Juan Pablo II en uno de sus discursos: «Si se perdiera la memoria de los cristianos que han entregado su vida por confesar la fe, el tiempo presente, con sus proyectos y sus ideales, perdería una de sus características más valiosas, ya que los grandes valores humanos y religiosos dejarían de estar corroborados por un testimonio concreto inscrito en la historia» (3 de noviembre de 2003). Que este gran número de beatos y María Santísima, que supo administrar muy bien lo recibido por Dios para darlo a los demás, nos ayuden. Descanse en paz el padre Osvaldo Rentería y que nosotros, a la luz de esta Palabra de Dios, hagamos de nuestra vida lo que el Señor quiere y espera. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 5 de noviembre de 2020

«Las parábolas de la oveja perdida y la moneda encontrada»... Un pequeño pensamiento para hoy


El capítulo 15 de san Lucas ha sido llamado por muchos: «el corazón del Evangelio». Nos transmite unas parábolas muy características, las de la misericordia: hoy leemos la de la oveja perdida y la de la moneda perdida. (Lc 15,1-10) La del hijo pródigo, la más famosa, que viene a continuación, la leemos en Cuaresma. En estas dos parábolas de hoy, podemos ver que la aritmética y la lógica de Dios no son las nuestras. Y digo que la aritmética y la lógica de Dios no son las nuestras porque tal vez parezca absurdo dejar 99 ovejas por una sola. En la aritmética de Dios uno es igual a noventa y nueve y, en cuanto a la lógica, cómo hace tanto alboroto con sus amigas y vecinas la mujer que encuentra una moneda que se le perdió. La aritmética y la lógica de Dios se fundan en la alegría, por eso el Papa Francisco habla de la alegría del Evangelio. Dios se siente alegre por quien se había perdido y regresa al redil, por el que estaba extraviado, como la moneda, y ha sido recobrado. Es el pecador que se convierte lo que alegra el corazón de Dios. 

Son hermosas, pues, estas imágenes del pastor que, lleno de alegría, se carga sobre los hombros a la oveja perdida, y la de la mujer que reúne a sus amigas y vecinas para comunicarles su alegría por la moneda encontrada. Así es la alegría de Dios de «los ángeles de Dios» dice el Evangelio de hoy, «por un solo pecador que se convierte». A pesar de que nosotros, a veces, por distintas causas y motivos, nos alejemos de él, nos busca hasta encontrarnos y se alegra aún más que el pastor por la oveja y la mujer por la moneda. Dios es rico en misericordia y esa misericordia la emplea, ante todo, con nosotros mismos, que también tenemos nuestros momentos de alejamiento y despiste. Y también con todos los demás pecadores. Hay que fijarnos en la alegría de Dios que expresan estas dos parábolas: «La carga sobre los hombros lleno de alegría»... «Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido»... «En el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierte»... Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido»... «Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte».

La alegría del Evangelio inunda la vida de todo aquel que se siente amado y recuperado, es la alegría que viven todos los santos, desde los más conocidos hasta los que casi no conocemos, como san Teófimo, a quien hoy la Iglesia celebra y que es el patrono del Seminario de Monterrey en donde realicé gran parte de mis estudios como seminarista. De san Teófimo poco, o nada se sabe, solamente que murió mártir en tiempos de la persecución de los primeros cristianos y que su vida quedó como testimonio de entrega a Cristo con una placa que, en las catacumbas de Roma fue encontrada junto a sus restos. Seguramente san Teófimo vivió del todo alegre, pero no en la alegría al estilo del mundo, sino al estilo de Dios cuya alegría, al igual que su aritmética y lógica. Agradezcamos a Dios el amor misericordioso que nos busca, la fortaleza de fe que nos mantiene, el ejemplo de los mártires como san Teófimo que nos interpela y la alegría de la Santísima Virgen María que nos invita a alegrarnos con el Señor. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

«Tomar la Cruz y seguir a Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy

Ya sabemos que Jesús quiere que amemos a los nuestros. El amor filial, el amor conyugal, el amor fraterno son «sagrados», pero el amor de Dios, que los sostiene y los anima, debe ser mayor todavía y ocupar el primer lugar. Hoy en el Evangelio (Lc 14,25-33) Jesús nos lo recuerda con palabras fuertes: «Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo». Jesús pide una renuncia total, para que nuestra entrega a Él sea también total. Por lo mismo podemos darnos cuenta de que el seguimiento de Jesús no va a ser fácil si anteponemos algo a Él. Ya lo decía san Cipriano: «No anteponer nada a Cristo». Seguir a Jesús, entonces, es algo serio que comporta renuncias y cargar con la cruz posponiendo otros valores que también nos son muy queridos. Se trata, sin lugar a duda, de un camino novedoso. Camino que muchos han seguido en la historia y que se muestra como una propuesta radical para realizar el designio divino.

Enseguida, en esta misma perícopa evangélica, Jesús pone dos ejemplos de personas que hacen cálculos, porque son sabias, y buscan los medios para conseguir lo que vale la pena. Uno que ajusta presupuestos para ver si puede construir la torre que quiere y otro que hace números, para averiguar si tiene suficientes soldados y armas para la batalla que prepara. Con esto nos deja ver que así deberían ser de avispados los que quieren conseguir la salvación. A la luz de esto pueden venir varias preguntas: ¿Hemos hecho bien los cálculos sobre lo que nos conviene hacer para alcanzar la vida eterna? ¿a qué estamos dispuestos a renunciar para ser discípulos–misioneros de Cristo y asegurarnos así los valores definitivos? ¿somos inteligentes al hacer bien los números y los presupuestos, o nos exponemos a gastar nuestras energías en la dirección que no nos va a llevar a la plena felicidad? Estas y otras preguntas más pueden surgir de la meditación de este trozo del Evangelio.

Hoy es día de San Carlos Borromeo, un santo que tomó muy en serio estas palabras de Jesús: «El que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo». San Carlos fue Cardenal y arzobispo de Milán. Nació en el seno de una familia noble. Su madre era Margarita de Médicis, hermana del papa Pío IV. Estudió latín en Milán y en 1522 pasó a la Universidad de Pavía, donde en 1529 obtuvo el grado de doctor en derecho civil y derecho canónico. Un año después su tío, el papa Pío IV, le llamó a Roma para que fuera su secretario y administrador de los Estados Pontificios. El mismo año, cuando sólo contaba veintidós, fue nombrado cardenal y protector de Portugal, los Países Bajos y los cantones católicos de Suiza, así como de varias órdenes religiosas. Desde su posición en la Iglesia combatió activamente la Reforma protestante y promovió las ideas establecidas en el entonces reciente concilio de Trento (1545-1563). Promovió cambios en los libros litúrgicos y la música religiosa (él mismo tocaba el laúd y el violoncelo como aficionado), y con este fin encargó la Misa del papa Marcelo a Giovanni Pierluigi da Palestrina. El Papa Paulo V lo canonizó en 1610. Pidamos la intercesión de este hombre santo y de María la Madre del Señor para que no antepongamos nada a Cristo y lo mantengamos siempre en el primer lugar. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 3 de noviembre de 2020

«San Martín de Porres»... Un pequeño pensamiento para hoy

El tema del Evangelio del día de hoy se desarrolla en torno a una comida, un gran banquete que un Rey ha preparado. Jesús propone esta parábola de los invitados al banquete del Reino (Lc 14, 15-24) con una alusión muy clara: los del pueblo de Israel eran los que antes que nadie recibieron la invitación para el «banquete del Reino de Dios». Pero Dios no cierra la puerta del convite: invita a otros, los que los israelitas consideraban «pobres, lisiados, ciegos y cojos». Dios quiere «que se le llene la casa» (cf. 1 Tim 2,4: Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad). 

Esta parábola del banquete del Reino, muestra cómo los que están empeñados exclusivamente en sus negocios —«Compré un campo y es necesario que me disculpes»—, en el frenesí de su trabajo —«Compré cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas»— o en la exclusividad del círculo familiar, no pueden entrar a participar plena y gozosamente en la vida comunitaria a la que se invita en el banquete del Reino. Ésta exige, una disponibilidad generosa y la aspiración de construir algo más grande que los pequeños negocios y trabajos familiares. Por estas razones, aquellos que están empeñados en sus propias preocupaciones sin mirar el horizonte de los pueblos, sin valorar las utopías históricas no están aptos para participar del banquete del Reino. Éste necesita de una apertura a todos los seres humanos y a todos los ideales de humanización. Por esto, los invitados son aquellos que realmente tienen esperanza histórica y confían en que pueden construir la nueva casa del Señor. Ésta es un proyecto alternativo, un mundo donde no hay excluidos y donde lo importante no es la productividad ni el lucro, sino la máxima expresión de la creación: el ser humano.

Hoy en México se celebra a san Martín de Porres, un hombre sencillo que se supo invitado al banquete. Nació en Lima, Perú, en 1579. Desde niño sintió predilección por los enfermos y los pobres. Aprendió el oficio de barbero y algo de medicina. A los quince años pidió ser admitido como «donado», es decir, como terciario, en el convento de los Dominicos. En su servicio de enfermero no hacía diferencia entre pobres y los que más tenían, aunque tuvo que pasar por experiencias de incomprensión y envidia. Con ayuda de Dios, realizaba algunos milagros de curaciones instantáneas o en ocasiones bastaba su presencia para que el enfermo desahuciado empezara a recuperarse. Hay quienes lo vieron entrar y salir de recintos con las puertas cerradas, mientras que otros aseguraron haberlo visto en dos lugares distintos a la misma vez. Era tanto el cariño y admiración que le tenían al humilde Fray Martín que hasta el Virrey de aquel entonces fue a visitarlo en su lecho de muerte para besar su mano. Partió a la Casa del Padre un 3 de noviembre de 1639, besando el crucifijo con gran alegría. San Juan XXIII al canonizarlo en 1962 dijo: «¡Ojalá que el ejemplo de Martín enseñe a muchos lo feliz y maravilloso que es seguir los pasos y obedecer los mandatos divinos de Cristo!». Que María Santísima y san Martín de Porres intercedan por nosotros para que alcancemos loa gloria del cielo. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.


lunes, 2 de noviembre de 2020

«La conmemoración de todos los fieles difuntos»... Un pequeño pensamiento para hoy


En este día, en que la Iglesia celebra la conmemoración de todos los fieles difuntos, nuestro recuerdo y nuestras oraciones, se dirigen especialmente hacia aquellos familiares, amigos y conocidos, amigos y familiares nuestros que han dejado este mundo. El recuerdo de su muerte nos hace sentir con mayor hondura la precariedad de la vida presente y el misterio de la muerte, que nosotros, como discípulos–misioneros de Cristo, sólo podemos iluminar con la fe, con la luz que surge de este doble acontecimiento:  Jesús murió; Jesús resucitó. Jesús expiró realmente, fue amortajado y lo pusieron en un sepulcro. Muriendo él mismo nos enseñó a morir y nos aclaró el sentido de la muerte. ¿Cómo no hacer un paralelismo entre la muerte de Cristo y la muerte de aquellos que hoy recordamos? Y este paralelismo tiene una razón profunda de ser, por cuanto deriva de una ley esencial de la fe cristiana: la muerte de Cristo está necesariamente vinculada a la muerte de todos y cada uno de los cristianos.

La liturgia del día propone tres Evangelios y en general tres Misas que se pueden elegir. Yo tomo para mi reflexión el pasaje de san Lucas (Lc 23,44-46.50.52-53;24,1-6) que habla de la muerte y resurrección de Jesucristo, porque la muerte de Cristo es el modelo supremo de la muerte cristiana. Y ello en dos aspectos principales: Primero: Cristo aceptó voluntariamente su muerte como prueba de obediencia amorosa a la voluntad del Padre; Cristo murió por los demás, por todos los hombres, como culminación de una vida totalmente entregada al servicio de los demás. Y segundo: En el plano de la eficacia. Para nosotros, que somos creyentes practicantes de nuestra fe, la muerte de Cristo no es sólo un ejemplo, sino la causa real y eficaz de nuestra salvación, nuestra esperanza, porque sabemos que después de morir Cristo resucitó. Jesús es «El que vive». Su historia no terminó con la muerte. En aquel domingo, las mujeres que buscaban el cuerpo de Jesús encontraron el sepulcro vacío: «Por qué buscan entre los muertos al que vive». Aquel que murió y fue sepultado, recibe ahora el titulo significativo de «El que vive» —El Viviente—, denominación que el Antiguo Testamento reservaba sólo para Dios. Repetir hoy que Jesucristo es «El que vive» es, pues, un pleno acto  de fe en Él como Hijo de Dios y redentor nuestro.

Proclamar que a la muerte de Jesús siguió su gloriosa resurrección, es colocar el más sólido fundamento de nuestra esperanza cristiana. A la luz de esta reflexión, nos queda claro que el amor es más fuerte que la muerte y por ello el Señor Jesús no se podía quedar en el sepulcro. La fuerza del amor por cada uno de nosotros le llevó a levantarte de la tumba y salir vivo a hacerse encontradizo de cada uno de nosotros y esperar nuestro amor. Por el ejemplo de Cristo y por su fuerza, los cristianos podemos pasar por la muerte de un modo que transforma totalmente sus aspectos negativos. ¡Qué triste sería nuestra vida si todo terminara con la cruz! Pero Jesús está vivo. Él nos promete una resurrección en la cual podamos recibir su amor y amarle sin medida. En este día, la esperanza se coloca en lo más hondo de nuestro ser mientras recordamos a quienes ya han partido de este mundo, entre ellos, como he dicho, nuestros familiares, amigos y conocidos; pero también a aquellos a quienes nadie recuerda. Acompañemos, pues, con nuestro recuerdo a quienes ya nos han dejado y unidos a Jesucristo, nuestro hermano mayor, que ha muerto y ha resucitado y nos ha enseñado el camino que conduce a nuestra casa, a la casa de Dios, a la casa del Padre y la Madre, a la casa donde todos nos hemos de reunir para siempre, pidamos también para nosotros, una buena muerte. Que el Señor nos encuentre como un fruto maduro cuando venga por nosotros. ¡Bendecido lunes, día de todos los fieles difuntos!

Padre Alfredo.

domingo, 1 de noviembre de 2020

«La solemnidad de todos los santos»... Un pequeño pensamiento para hoy

La gente de nuestro tiempo, siempre de prisa y con mil ocupaciones —aunque esté sumergida en la pandemia tan terrible que vivimos— ve, ante todo, en torno a sí, cosas, ideas, negocios, máquinas, cosas que van y vienen con y sin valor; y distraída y ligeramente, alrededor y con ocasión de esa madeja de estructuras materiales, burocráticas o mentales, percibe personas, de las que apenas se preocupa. Hoy celebramos la solemnidad de todos los santos, estos hombres y mujeres que han modificado lentamente su mirada y puesta su sensibilidad selectiva en la escala verdadera de valores: su universo se ha personalizado. Lo primero que el santo ve en la red humana en la que está sumido son las personas, son incluso hermanos «por quienes Cristo ha muerto» (1Co 8,11); y simplemente, en torno y al servicio de esas personas, todas las estructuras terrestres que les permiten o no alcanzar el Reino de Dios.

Hoy celebramos la solemnidad de todos los santos, la gran fiesta de estos hombres y mujeres maravillosos que han venido a abrirnos los ojos para más allá de las cosas la acción de Dios, su amor, su misericordia y su compasión. Esta fiesta celebra la santidad común de todos aquellos y aquellas que, después de la muerte, participan plenamente, cada uno en el puesto que se ganó, de los gozos abundantes de la Familia del Padre. Esta fiesta de «Todos los Santos», debe ser para nosotros, como discípulos–misioneros, la ocasión de percibir mejor la naturaleza profunda de la santidad que hemos recibido en el bautismo y que debemos hacer fructificar a lo largo de nuestra vida. Así, lo que hoy celebramos, no viene a ser la celebración de una santidad meramente externa, sino de una santidad «en verdad» adquirida por el sacrificio de Cristo y dada en participación mediante la fe y el bautismo. La fuente de esta santidad es la acción del Espíritu; pero, por haber sido santificados en Cristo Jesús, todo discípulo–misionero debe ajustar su vida a la obediencia ejemplar de Cristo; la santidad ontológica de los cristianos exige imperativamente su santidad moral. 

El Evangelio de hoy, en esta fiesta, nos recuerda que la fidelidad a las bienaventuranzas debe ser la regla de conducta de todo aquel que quiera ser santo. Las bienaventuranzas que san Mateo nos presenta (Mt 5,1-12) no son propiamente una enseñanza sino una declaración. Jesús declara dichosas a todas aquellas personas que se encuentren en las siguientes situaciones: pobreza voluntaria, no violencia, llanto, ansia de justicia, ayuda a los demás, limpieza de miras, búsqueda de la paz y, por último, persecución por causa de la justicia o por seguir a Jesús. Las personas que Jesús declara dichosas son todas ellas activas y comprometidas en la consecución de un orden de cosas diferente al habitual. A todas ellas Jesús les abre un futuro y una esperanza: el futuro y la esperanza que tienen su origen en el orden de cosas en el que Dios en persona está comprometido. Desde esta perspectiva, El misterio de los santos está en que ellos han llegado a la plenitud viviendo estas bienaventuranzas. Dios nos ha hecho sus hijos, nos ha incorporado —ya ahora— a su misma vida. Aunque la comunión con él será total sólo al final del camino. Al final está el triunfo y la comunión perfecta. En la fiesta de Todos los Santos, sintamos la alegría de querer caminar por el camino de las bienaventuranzas y de pertenecer a esta muchedumbre inmensa de hombres y mujeres que han querido ser pobres, que han querido amar, que han querido mantener encendida la llama del Espíritu de Dios. Que María Santísima, la Reina de todos los santos, interceda por nosotros para que haciendo vida las bienaventuranzas alcancemos la santidad. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.