«No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer» no recuerda el Evangelio de hoy (Lc 17,7-10). Servir a Dios, no con el propósito de hacer valer luego unos derechos adquiridos, sino con amor gratuito de hijos es la tarea de todo discípulo–misionero de Cristo. Si hacemos el bien, que no sea llevando cuenta de lo que hacemos, ni pasando factura, como se dice; ni pregonando nuestros méritos personales, porque los humanos tendemos a convertir en heroico lo más ordinario de nuestro deber. Hay quien se llega a considerar héroe por llegar puntual al trabajo o por respetar las señales de tráfico. Los niños creen que se merecen un premio por cumplir con sus deberes escolares, cuando en realidad, sólo estamos haciendo lo que debíamos hacer. Por lo tanto, la parábola de hoy, que solamente viene en el Evangelio de San Lucas, quiere enseñar que nuestra vida debe caracterizarse por la actitud de servicio desinteresado y sin levantarse el cuello.
El blog del padre Alfredo / Fr. Alfredo's blog
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martes, 10 de noviembre de 2020
«No somos más que siervos»... Un pequeño pensamiento para hoy
«No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer» no recuerda el Evangelio de hoy (Lc 17,7-10). Servir a Dios, no con el propósito de hacer valer luego unos derechos adquiridos, sino con amor gratuito de hijos es la tarea de todo discípulo–misionero de Cristo. Si hacemos el bien, que no sea llevando cuenta de lo que hacemos, ni pasando factura, como se dice; ni pregonando nuestros méritos personales, porque los humanos tendemos a convertir en heroico lo más ordinario de nuestro deber. Hay quien se llega a considerar héroe por llegar puntual al trabajo o por respetar las señales de tráfico. Los niños creen que se merecen un premio por cumplir con sus deberes escolares, cuando en realidad, sólo estamos haciendo lo que debíamos hacer. Por lo tanto, la parábola de hoy, que solamente viene en el Evangelio de San Lucas, quiere enseñar que nuestra vida debe caracterizarse por la actitud de servicio desinteresado y sin levantarse el cuello.
lunes, 9 de noviembre de 2020
«Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán»... Un pequeño pensamiento para hoy
domingo, 8 de noviembre de 2020
«Vigilar»... Un pequeño pensamiento para hoy
Hoy el Evangelio (Mt 25,1-13) nos pone el ejemplo de las diez vírgenes. Cinco prudentes que esperaban vigilantes la llegada del Esposo y cinco imprudentes, o «arrastradas» como se dice en el norte de México que no estaban listas a la llegada del Esposo. Este relato nos invita a recordar este hecho: nuestra vida es una espera de la llegada del esposo. Y este tener presente que la vida tiene un momento culminante que es la muerte, es algo que hay que recordar de vez en cuando y que en nuestros tiempos, con toda esta terrible calamidad de la Covid 19 palpamos muy de cerca. Hoy puede ser un buen día para meditar en la muerte y en la calidad de preparación que tenemos para el momento. Un detalle destaca en el relato y nos viene muy bien reflexionar; la imagen que utiliza Jesús para hablar de cómo hay que estar preparados no es una imagen negativa que invite a no hacer tal o cual cosa —por ejemplo «no pecar» para salvarse—, sino que va más allá a una actuación activa, una imagen que nos invita a actuar: hemos de almacenar aceite, hemos de poner nuestra vida en acción.
Juan Duns Escoto es un beato que se celebra hoy. Nació en Duns, en Escocia, hacia 1265, entró en la Orden de los Hermanos Menores hacia 1280 y fue ordenado sacerdote el 17 de abril de 1291. Completó los estudios entre 1291 y 1296 en París. Enseñó en Cambridge, Oxford y París, como bachiller. Tuvo que abandonar la universidad, por no haber querido firmar una apelación al Concilio contra Bonifacio VIII, promovida por Felipe el Hermoso, rey de Francia. Regresó allí el año siguiente para obtener el doctorado. Quizás no hay doctor medieval más sobresaliente que este franciscano escocés que supo mantener la lámpara encendida todo el tempo. Murió en Colonia, a la edad en que los otros filósofos comienzan a producir, como si la llama del pensamiento le hubiese quemado la juventud el 8 de noviembre de 1308. Se le da el título de «Doctor Sutil» que habla de toda su sublimidad. Después de Jesús, la Virgen Santísima ocupó el primer puesto en su vida. Que la Santísima Virgen nos acompañe para que sepamos vivir, sabiamente, el tiempo en que estemos en esta tierra, en un clima de espera. Que sepamos buscar la llegada del Señor, anhelarla, porque en cualquier instante llamará a la puerta. Que Dios avive nuestra lámpara y que esta lámpara ilumine a los que nos rodean para que muchos le conozcan, le amen y se salven; que sea sólo como un pasaporte para cruzar la Puerta. ¡Bendecido domingo!
Padre Alfredo.
sábado, 7 de noviembre de 2020
«El dinero no es un fin»... Un pequeño pensamiento para hoy
El dinero no tenemos porqué convertirlo en un fin. Es un medio y, como tal, relativo, no absoluto. No podemos participar en la desenfrenada carrera que existe en este mundo por poseer cada vez más dinero y cosas materiales. La ambición, la codicia y la avaricia no pueden caber en el corazón de un discípulo–misionero de Cristo. No podemos «servir al dinero», porque entonces descuidaremos las cosas de Dios. No podemos servir a dos señores, nos recuerda también Jesús de quien se burlaban los fariseos. No entendían ese desapego del dinero que él predicaba. También se podrán burlar de nosotros si renunciamos, por conciencia ética y cristiana, a hacer los negocios sucios y las trampas que otros hacen, al parecer impunemente. Recordemos el aviso que Jesús repite sobre el peligro de las riquezas: nos bloquean para las cosas del espíritu. Los que aceptan el Reino son los que no están llenos de sí mismos ni de ambiciones humanas, los que viven en la libertad de los hijos de Dios.
Hoy celebramos a san Ernesto, que nació en un lugar de Alemania —que en aquel entonces era parte de Suiza— en el siglo XII. La historia cuenta que en su juventud, dejándolo todo, entró de monje en la abadía de Zwiefalten y que lo eligieron abad durante cinco años para dirigir humana y espiritualmente a los sesenta y dos monjes que la habitaban. Al término de su mandato, se marchó a la cruzada con el ejército alemán, comandado por el emperador Conrado III. Predicó en Persia y Arabia. Fue apresado por los sarracenos, torturado y murió en La Meca en 1148 martirizado Cuando se despidió de sus hermanos religiosos, les dijo: «Creo que no volveré a verlos en esta tierra, pues Dios me concederá que vierta mi sangre por él. Poco importa la muerte que me reserva, si me permite sufrir por el amor de Cristo». Sus predicciones se cumplieron. En hombres como él el Evangelio se hace vida y a través de los santos, Dios muestra cómo el camino para la realización del ser humano pasa por la libertad de conciencia, la solidaridad con los hermanos y la búsqueda del bien común. Que él y María Santísima intercedan por nosotros para que demos al dinero y a los bienes materiales el lugar que les corresponde. ¡Bendecido sábado!
Padre Alfredo.
viernes, 6 de noviembre de 2020
«Rendir cuentas»... Un pequeño pensamiento para hoy
En nuestra vida, debemos hacer los oportunos cálculos para conseguir nuestros objetivos. El Señor nos amonesta con el ejemplo de este administrador, para que sepamos dar importancia a lo que la tiene de veras y, cuando nos toque dar cuentas de nuestra gestión al final de nuestra vida, ser ricos en lo que vale la pena, en lo que nos llevaremos con nosotros, no en lo que tenemos que dejar aquí abajo. Hoy pienso mucho en el padre Osvaldo Rentería, que acaba de morir. ¡Cuánta riqueza de este sacerdote que se entregó generosamente en todo tiempo y lugar viviendo la espiritualidad de los cursillos de cristiandad en profundidad! Ojalá y el Señor, cuando venga por nosotros nos encuentre preparados y gozosos de haber administrado los bienes del Señor. La repentina muerte del padre Osvaldo me recuerda que en nuestra vida de discípulos–misioneros —evangelización, catequesis, construcción de la comunidad— debemos mantenernos despiertos, ser inteligentes para buscar los medios mejores para nuestra santificación y la salvación de las almas. Al menos con la misma diligencia que ponemos para los negocios materiales.
El día de hoy se celebra la memoria de 498 mártires, beatificados el 28 de octubre de 2007 en Roma y que derramaron su sangre por la fe durante la persecución religiosa en España, en los años 1934, 1936 y 1937. Entre ellos hay obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos, mujeres y hombres; tres de ellos tenían dieciséis años y el mayor setenta y ocho. Estos, y todos los mártires, no consiguieron la gloria sólo para sí mismos y en un momento. Su sangre, que empapó la tierra, fue riego que produjo fecundidad y abundancia de frutos que igual hubieran dado sin ser mártires, con la administración de los bienes recibidos de Dios. Así lo expresa, invitándonos a conservar la memoria de los mártires, el San Juan Pablo II en uno de sus discursos: «Si se perdiera la memoria de los cristianos que han entregado su vida por confesar la fe, el tiempo presente, con sus proyectos y sus ideales, perdería una de sus características más valiosas, ya que los grandes valores humanos y religiosos dejarían de estar corroborados por un testimonio concreto inscrito en la historia» (3 de noviembre de 2003). Que este gran número de beatos y María Santísima, que supo administrar muy bien lo recibido por Dios para darlo a los demás, nos ayuden. Descanse en paz el padre Osvaldo Rentería y que nosotros, a la luz de esta Palabra de Dios, hagamos de nuestra vida lo que el Señor quiere y espera. ¡Bendecido viernes!
Padre Alfredo.
jueves, 5 de noviembre de 2020
«Las parábolas de la oveja perdida y la moneda encontrada»... Un pequeño pensamiento para hoy
El capítulo 15 de san Lucas ha sido llamado por muchos: «el corazón del Evangelio». Nos transmite unas parábolas muy características, las de la misericordia: hoy leemos la de la oveja perdida y la de la moneda perdida. (Lc 15,1-10) La del hijo pródigo, la más famosa, que viene a continuación, la leemos en Cuaresma. En estas dos parábolas de hoy, podemos ver que la aritmética y la lógica de Dios no son las nuestras. Y digo que la aritmética y la lógica de Dios no son las nuestras porque tal vez parezca absurdo dejar 99 ovejas por una sola. En la aritmética de Dios uno es igual a noventa y nueve y, en cuanto a la lógica, cómo hace tanto alboroto con sus amigas y vecinas la mujer que encuentra una moneda que se le perdió. La aritmética y la lógica de Dios se fundan en la alegría, por eso el Papa Francisco habla de la alegría del Evangelio. Dios se siente alegre por quien se había perdido y regresa al redil, por el que estaba extraviado, como la moneda, y ha sido recobrado. Es el pecador que se convierte lo que alegra el corazón de Dios.
Son hermosas, pues, estas imágenes del pastor que, lleno de alegría, se carga sobre los hombros a la oveja perdida, y la de la mujer que reúne a sus amigas y vecinas para comunicarles su alegría por la moneda encontrada. Así es la alegría de Dios de «los ángeles de Dios» dice el Evangelio de hoy, «por un solo pecador que se convierte». A pesar de que nosotros, a veces, por distintas causas y motivos, nos alejemos de él, nos busca hasta encontrarnos y se alegra aún más que el pastor por la oveja y la mujer por la moneda. Dios es rico en misericordia y esa misericordia la emplea, ante todo, con nosotros mismos, que también tenemos nuestros momentos de alejamiento y despiste. Y también con todos los demás pecadores. Hay que fijarnos en la alegría de Dios que expresan estas dos parábolas: «La carga sobre los hombros lleno de alegría»... «Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido»... «En el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierte»... Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido»... «Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte».
La alegría del Evangelio inunda la vida de todo aquel que se siente amado y recuperado, es la alegría que viven todos los santos, desde los más conocidos hasta los que casi no conocemos, como san Teófimo, a quien hoy la Iglesia celebra y que es el patrono del Seminario de Monterrey en donde realicé gran parte de mis estudios como seminarista. De san Teófimo poco, o nada se sabe, solamente que murió mártir en tiempos de la persecución de los primeros cristianos y que su vida quedó como testimonio de entrega a Cristo con una placa que, en las catacumbas de Roma fue encontrada junto a sus restos. Seguramente san Teófimo vivió del todo alegre, pero no en la alegría al estilo del mundo, sino al estilo de Dios cuya alegría, al igual que su aritmética y lógica. Agradezcamos a Dios el amor misericordioso que nos busca, la fortaleza de fe que nos mantiene, el ejemplo de los mártires como san Teófimo que nos interpela y la alegría de la Santísima Virgen María que nos invita a alegrarnos con el Señor. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.
miércoles, 4 de noviembre de 2020
«Tomar la Cruz y seguir a Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy
Enseguida, en esta misma perícopa evangélica, Jesús pone dos ejemplos de personas que hacen cálculos, porque son sabias, y buscan los medios para conseguir lo que vale la pena. Uno que ajusta presupuestos para ver si puede construir la torre que quiere y otro que hace números, para averiguar si tiene suficientes soldados y armas para la batalla que prepara. Con esto nos deja ver que así deberían ser de avispados los que quieren conseguir la salvación. A la luz de esto pueden venir varias preguntas: ¿Hemos hecho bien los cálculos sobre lo que nos conviene hacer para alcanzar la vida eterna? ¿a qué estamos dispuestos a renunciar para ser discípulos–misioneros de Cristo y asegurarnos así los valores definitivos? ¿somos inteligentes al hacer bien los números y los presupuestos, o nos exponemos a gastar nuestras energías en la dirección que no nos va a llevar a la plena felicidad? Estas y otras preguntas más pueden surgir de la meditación de este trozo del Evangelio.
Hoy es día de San Carlos Borromeo, un santo que tomó muy en serio estas palabras de Jesús: «El que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo». San Carlos fue Cardenal y arzobispo de Milán. Nació en el seno de una familia noble. Su madre era Margarita de Médicis, hermana del papa Pío IV. Estudió latín en Milán y en 1522 pasó a la Universidad de Pavía, donde en 1529 obtuvo el grado de doctor en derecho civil y derecho canónico. Un año después su tío, el papa Pío IV, le llamó a Roma para que fuera su secretario y administrador de los Estados Pontificios. El mismo año, cuando sólo contaba veintidós, fue nombrado cardenal y protector de Portugal, los Países Bajos y los cantones católicos de Suiza, así como de varias órdenes religiosas. Desde su posición en la Iglesia combatió activamente la Reforma protestante y promovió las ideas establecidas en el entonces reciente concilio de Trento (1545-1563). Promovió cambios en los libros litúrgicos y la música religiosa (él mismo tocaba el laúd y el violoncelo como aficionado), y con este fin encargó la Misa del papa Marcelo a Giovanni Pierluigi da Palestrina. El Papa Paulo V lo canonizó en 1610. Pidamos la intercesión de este hombre santo y de María la Madre del Señor para que no antepongamos nada a Cristo y lo mantengamos siempre en el primer lugar. ¡Bendecido miércoles!
Padre Alfredo.
martes, 3 de noviembre de 2020
«San Martín de Porres»... Un pequeño pensamiento para hoy
Esta parábola del banquete del Reino, muestra cómo los que están empeñados exclusivamente en sus negocios —«Compré un campo y es necesario que me disculpes»—, en el frenesí de su trabajo —«Compré cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas»— o en la exclusividad del círculo familiar, no pueden entrar a participar plena y gozosamente en la vida comunitaria a la que se invita en el banquete del Reino. Ésta exige, una disponibilidad generosa y la aspiración de construir algo más grande que los pequeños negocios y trabajos familiares. Por estas razones, aquellos que están empeñados en sus propias preocupaciones sin mirar el horizonte de los pueblos, sin valorar las utopías históricas no están aptos para participar del banquete del Reino. Éste necesita de una apertura a todos los seres humanos y a todos los ideales de humanización. Por esto, los invitados son aquellos que realmente tienen esperanza histórica y confían en que pueden construir la nueva casa del Señor. Ésta es un proyecto alternativo, un mundo donde no hay excluidos y donde lo importante no es la productividad ni el lucro, sino la máxima expresión de la creación: el ser humano.
Hoy en México se celebra a san Martín de Porres, un hombre sencillo que se supo invitado al banquete. Nació en Lima, Perú, en 1579. Desde niño sintió predilección por los enfermos y los pobres. Aprendió el oficio de barbero y algo de medicina. A los quince años pidió ser admitido como «donado», es decir, como terciario, en el convento de los Dominicos. En su servicio de enfermero no hacía diferencia entre pobres y los que más tenían, aunque tuvo que pasar por experiencias de incomprensión y envidia. Con ayuda de Dios, realizaba algunos milagros de curaciones instantáneas o en ocasiones bastaba su presencia para que el enfermo desahuciado empezara a recuperarse. Hay quienes lo vieron entrar y salir de recintos con las puertas cerradas, mientras que otros aseguraron haberlo visto en dos lugares distintos a la misma vez. Era tanto el cariño y admiración que le tenían al humilde Fray Martín que hasta el Virrey de aquel entonces fue a visitarlo en su lecho de muerte para besar su mano. Partió a la Casa del Padre un 3 de noviembre de 1639, besando el crucifijo con gran alegría. San Juan XXIII al canonizarlo en 1962 dijo: «¡Ojalá que el ejemplo de Martín enseñe a muchos lo feliz y maravilloso que es seguir los pasos y obedecer los mandatos divinos de Cristo!». Que María Santísima y san Martín de Porres intercedan por nosotros para que alcancemos loa gloria del cielo. ¡Bendecido martes!
Padre Alfredo.
lunes, 2 de noviembre de 2020
«La conmemoración de todos los fieles difuntos»... Un pequeño pensamiento para hoy
En este día, en que la Iglesia celebra la conmemoración de todos los fieles difuntos, nuestro recuerdo y nuestras oraciones, se dirigen especialmente hacia aquellos familiares, amigos y conocidos, amigos y familiares nuestros que han dejado este mundo. El recuerdo de su muerte nos hace sentir con mayor hondura la precariedad de la vida presente y el misterio de la muerte, que nosotros, como discípulos–misioneros de Cristo, sólo podemos iluminar con la fe, con la luz que surge de este doble acontecimiento: Jesús murió; Jesús resucitó. Jesús expiró realmente, fue amortajado y lo pusieron en un sepulcro. Muriendo él mismo nos enseñó a morir y nos aclaró el sentido de la muerte. ¿Cómo no hacer un paralelismo entre la muerte de Cristo y la muerte de aquellos que hoy recordamos? Y este paralelismo tiene una razón profunda de ser, por cuanto deriva de una ley esencial de la fe cristiana: la muerte de Cristo está necesariamente vinculada a la muerte de todos y cada uno de los cristianos.
La liturgia del día propone tres Evangelios y en general tres Misas que se pueden elegir. Yo tomo para mi reflexión el pasaje de san Lucas (Lc 23,44-46.50.52-53;24,1-6) que habla de la muerte y resurrección de Jesucristo, porque la muerte de Cristo es el modelo supremo de la muerte cristiana. Y ello en dos aspectos principales: Primero: Cristo aceptó voluntariamente su muerte como prueba de obediencia amorosa a la voluntad del Padre; Cristo murió por los demás, por todos los hombres, como culminación de una vida totalmente entregada al servicio de los demás. Y segundo: En el plano de la eficacia. Para nosotros, que somos creyentes practicantes de nuestra fe, la muerte de Cristo no es sólo un ejemplo, sino la causa real y eficaz de nuestra salvación, nuestra esperanza, porque sabemos que después de morir Cristo resucitó. Jesús es «El que vive». Su historia no terminó con la muerte. En aquel domingo, las mujeres que buscaban el cuerpo de Jesús encontraron el sepulcro vacío: «Por qué buscan entre los muertos al que vive». Aquel que murió y fue sepultado, recibe ahora el titulo significativo de «El que vive» —El Viviente—, denominación que el Antiguo Testamento reservaba sólo para Dios. Repetir hoy que Jesucristo es «El que vive» es, pues, un pleno acto de fe en Él como Hijo de Dios y redentor nuestro.
Proclamar que a la muerte de Jesús siguió su gloriosa resurrección, es colocar el más sólido fundamento de nuestra esperanza cristiana. A la luz de esta reflexión, nos queda claro que el amor es más fuerte que la muerte y por ello el Señor Jesús no se podía quedar en el sepulcro. La fuerza del amor por cada uno de nosotros le llevó a levantarte de la tumba y salir vivo a hacerse encontradizo de cada uno de nosotros y esperar nuestro amor. Por el ejemplo de Cristo y por su fuerza, los cristianos podemos pasar por la muerte de un modo que transforma totalmente sus aspectos negativos. ¡Qué triste sería nuestra vida si todo terminara con la cruz! Pero Jesús está vivo. Él nos promete una resurrección en la cual podamos recibir su amor y amarle sin medida. En este día, la esperanza se coloca en lo más hondo de nuestro ser mientras recordamos a quienes ya han partido de este mundo, entre ellos, como he dicho, nuestros familiares, amigos y conocidos; pero también a aquellos a quienes nadie recuerda. Acompañemos, pues, con nuestro recuerdo a quienes ya nos han dejado y unidos a Jesucristo, nuestro hermano mayor, que ha muerto y ha resucitado y nos ha enseñado el camino que conduce a nuestra casa, a la casa de Dios, a la casa del Padre y la Madre, a la casa donde todos nos hemos de reunir para siempre, pidamos también para nosotros, una buena muerte. Que el Señor nos encuentre como un fruto maduro cuando venga por nosotros. ¡Bendecido lunes, día de todos los fieles difuntos!
Padre Alfredo.
domingo, 1 de noviembre de 2020
«La solemnidad de todos los santos»... Un pequeño pensamiento para hoy
Hoy celebramos la solemnidad de todos los santos, la gran fiesta de estos hombres y mujeres maravillosos que han venido a abrirnos los ojos para más allá de las cosas la acción de Dios, su amor, su misericordia y su compasión. Esta fiesta celebra la santidad común de todos aquellos y aquellas que, después de la muerte, participan plenamente, cada uno en el puesto que se ganó, de los gozos abundantes de la Familia del Padre. Esta fiesta de «Todos los Santos», debe ser para nosotros, como discípulos–misioneros, la ocasión de percibir mejor la naturaleza profunda de la santidad que hemos recibido en el bautismo y que debemos hacer fructificar a lo largo de nuestra vida. Así, lo que hoy celebramos, no viene a ser la celebración de una santidad meramente externa, sino de una santidad «en verdad» adquirida por el sacrificio de Cristo y dada en participación mediante la fe y el bautismo. La fuente de esta santidad es la acción del Espíritu; pero, por haber sido santificados en Cristo Jesús, todo discípulo–misionero debe ajustar su vida a la obediencia ejemplar de Cristo; la santidad ontológica de los cristianos exige imperativamente su santidad moral.
El Evangelio de hoy, en esta fiesta, nos recuerda que la fidelidad a las bienaventuranzas debe ser la regla de conducta de todo aquel que quiera ser santo. Las bienaventuranzas que san Mateo nos presenta (Mt 5,1-12) no son propiamente una enseñanza sino una declaración. Jesús declara dichosas a todas aquellas personas que se encuentren en las siguientes situaciones: pobreza voluntaria, no violencia, llanto, ansia de justicia, ayuda a los demás, limpieza de miras, búsqueda de la paz y, por último, persecución por causa de la justicia o por seguir a Jesús. Las personas que Jesús declara dichosas son todas ellas activas y comprometidas en la consecución de un orden de cosas diferente al habitual. A todas ellas Jesús les abre un futuro y una esperanza: el futuro y la esperanza que tienen su origen en el orden de cosas en el que Dios en persona está comprometido. Desde esta perspectiva, El misterio de los santos está en que ellos han llegado a la plenitud viviendo estas bienaventuranzas. Dios nos ha hecho sus hijos, nos ha incorporado —ya ahora— a su misma vida. Aunque la comunión con él será total sólo al final del camino. Al final está el triunfo y la comunión perfecta. En la fiesta de Todos los Santos, sintamos la alegría de querer caminar por el camino de las bienaventuranzas y de pertenecer a esta muchedumbre inmensa de hombres y mujeres que han querido ser pobres, que han querido amar, que han querido mantener encendida la llama del Espíritu de Dios. Que María Santísima, la Reina de todos los santos, interceda por nosotros para que haciendo vida las bienaventuranzas alcancemos la santidad. ¡Bendecido domingo!
Padre Alfredo.




