Felipe y Bartolomé eran dos discípulos aventajados que profundizaban en el sentido pleno de las Escrituras. Descubrieron con prontitud los rasgos de identidad del mesías en Jesús de Nazaret. Los dos tenían integrado en su esperanza a un Mesías lleno de bondad, aún más, la plena bondad. La bondad desde la antigüedad judía se atribuye a Dios, que es rico, grande en este atributo, lo muestra y con ella guía al pueblo rescatado, su mano es bondadosa, muestra su bondad en su misericordia y en el perdón. El «Ven y verás» que mueve el corazón del apóstol en cuestión, es ahora una invitación a que vayamos al Evangelio a conocer más a Jesús y a seguirle con la misma pasión de la Beata María Inés que en su Testamento Espiritual nos abre los ojos y el corazón diciéndonos: «Que nunca, nunca nos salgamos, ni se salgan —aunque yo no viva— del espíritu del Evangelio, el que debemos practicar con tanto amor».
Como Bartolomé, todos necesitamos de una experiencia viva de Jesús. Aunque normalmente la vida cristiana comience con el anuncio que nos llega a través de uno o varios testigos que nos dicen: «¡Ven y verás!», es importante llegar pronto a una relación personal con Jesús. La franqueza de este israelita intachable lleva al Señor a alabarlo en voz alta abriendo un diálogo que acaba por conquistar el corazón del nuevo discípulo. Jesús conoce la vida íntima de Bartolomé y la nuestra. Su llamada nos recuerda la libertad de Dios, que sorprende nuestras expectativas apareciendo precisamente donde no lo esperábamos, a veces en nuestra tranquilidad, debajo de una higuera o aquí en Yakarta al hacer una Lectio Divina como me acaba de suceder. Si nos dejamos conquistar por Jesús, llegaremos a ver «cosas mayores». Pero eso hay que reconocerlo, como María, que confesó ante todos que el Señor hizo cosas grandes en Ella, por eso le pedimos que nos ayude a estar atentos al «¡Ven y verás!». ¡Bendecido lunes!
Padre Alfredo.
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