miércoles, 5 de agosto de 2026

«LOS HIJOS Y LOS PERRITOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este miércoles nos topamos con un evangelio que de entrada es un poco desconcertante (Mateo 15,21-28) en el que Jesús se encuentra con una madre extranjera —una cananea— que le suplica sanar a su hija que está enferma. Tras un duro diálogo inicial donde Jesús, haciendo una fuerte comparación prueba su persistencia, elogia la valentía de la mujer exclamando: «¡Grande es tu fe!». Y creo que a todos nos llama la atención la mención de los «hijos» y los «perritos». Esta metáfora refleja tanto la percepción social de la época como una estrategia pedagógica en el diálogo con el Maestro. Los perros, en la antigüedad, en la mayoría de las culturas, eran considerados animales callejeros e impuros. 

En el antiguo Israel, a diferencia de otras culturas como las grecorromanas, donde existían más perros de compañía, la mayoría de los perros eran salvajes o callejeros que se alimentaban de desperdicios. Era un uso cultural frecuente que los judíos de la época llamaran «perros» a los gentiles —personas de naciones no judías— para denotar una separación religiosa y moral respecto al pueblo considerado el «elegido» de Dios. El matiz que Jesús le da al término es especial, porque utiliza un diminutivo. En lugar de usar la palabra para perro salvaje —kuon, emplea un diminutivo —Kynarion—, que evoca al perro pequeño o cachorro que vive dentro de la casa junto a la mesa familiar. Con esta frase sobre el pan de los hijos y los perritos, se alude a que la misión terrenal inmediata de Jesús que estaba enfocada en primer lugar en la concientización del pueblo de Israel, estableciendo un orden temporal —«primero»— antes de extender formalmente el mensaje a los gentiles. Por su parte, la respuesta de la mujer al replicar que los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos, deja ver que aun una pequeña porción de la gracia o poder de Jesús es suficiente para sanar a su hija, lo que lleva a Jesús a elogiar su gran fe. 

El pasaje me parece muy apropiado para la gente joven. Porque los jóvenes son «luchones» y no se rinden ante el silencio de Dios y a luchar por los demás. La mujer suplica algo que no es para ella, es para su hija, y sabe Jesús ha salido de su zona cómoda cruzando a tierras paganas. Él rompe las barreras que separaban a su pueblo de los demás sin dejo alguno de discriminación. Creo que los jóvenes pueden encontrar aquí una clara muestra de que el amor de Dios no es exclusivo de un grupo «perfecto» o cerrado. Dios acoge a todos sin importar de dónde vengan. La insistencia vence el silencio cuando Dios parece callar. A veces parace que Dios no contesta o que el cielo está mudo. La cananea insiste, grita y se humilla por amor a su hija. La fe real no se apaga por un «no» temporal o por el silencio, sino que se vuelve más terca y sincera. El reto para muchos jóvenes hoy es interceder por sus amigos que sufren en silencio —depresión, ansiedad, problemas familiares— y llevarlos en oración ante Jesús con la misma fuerza de esta mujer. Que María, joven también, y atrevida como muchos jóvenes esté con todos para decir con determinación: «¡Hagan lo que él les diga!» ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

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