Volviendo al relato del que me salí para dar la vuelta al mundo en mi pensar en los gobiernos, en medio de la fiesta aparece la hijastra del rey, quien baila encerrada en su propia vanidad. Ella representa la falta de criterio y la superficialidad: posee, seguramente una belleza exterior —el baile luce más con un cuerpo que lo luzca—, pero la muchacha carece de una orientación interior capaz de guiarla hacia una decisión recta. Aunque el rey le ofrece incluso la mitad de su reino como premio, ella elige complacer a su madre. Herodías, por su parte, manifiesta un corazón endurecido, arrogante y vacío, capaz de manipular, cegar y conducir a otros hacia la injusticia al retorcer los planes de Dios. Su objetivo era acallar la voz incómoda de quien invitaba a cumplir la voluntad divina, pero fracasó en su intento.
Hoy en día, el mundo sigue hablando de Herodes, de Herodías e incluso ha dado el nombre de Salomé a aquella bailarina casquivana. Sin embargo, nada de lo que ellos representaban resuena positivamente, pues han quedado en la historia como una escena de opulencia, manipulación y crueldad que raya en el ridículo. En contraste, la voz de Juan sigue resonando con fuerza en la eucaristía, en la liturgia de las horas, en los estudios bíblicos... y nos recuerda que vivir en la verdad exige valentía, libertad interior y fidelidad a Dios. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo —nos lo dijo él— y somos dichosos al acercarnos a la mesa de la palabra y de la eucaristía en cada misa. Que María nos ayude a abrir los ojos para elegir lo correcto y aquello que más nos acerque a la verdad, que es su Hijo Jesús. ¡Bendecido sábado!
Padre Alfredo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comenta aquí: