Todos los bautizados hemos de aspirar a una verdadera santidad aunque si echamos un vistazo a nuestro corazón, muchas veces experimentamos nuestras propias debilidades y nos parece inalcanzable ser santos. Pero san Pablo dice que no es santo aquel que es perfecto en virtudes y obras, sino que santo es aquel que invoca el nombre de Cristo con fe y camina fiándose de Dios y su promesa. Si experimentamos hoy nuestra pobreza, nuestra pequeñez, si vemos que nuestros límites nos impiden caminar…no hay que temer, ¡aún podemos ser santos! Porque es así como Dios revela sus misterios, a los pequeños y humildes de corazón que esperan con amor la salvación.
Hoy, con el salmista, podemos proclamar las grandezas de Dios en nuestra vida, en nuestro ser y quehacer, de manera que, desde la realidad que vivimos, podamos narrar al mundo que Dios nos ama y nos llama a ser santos e inmaculados por su amor misericordioso. Alabemos al Señor día tras día, aun cuando nuestro entorno sea cada día más difícil. Aun cuando las pruebas de la vida intenten ahogar nuestra alegría, no dejemos que las dificultades apaguen el fuego vivo del amor que Dios ha puesto en nosotros. Hagamos memoria de Jesucristo, detengámonos un rato largo acompañados de María y demos gracias al Señor por la historia de amor que está haciendo con nosotros y a través de nosotros. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.
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