Mientras tanto hoy estoy aquí de fiesta. Las Misioneras de los Sagrados Corazones de Jesús y de María me invitaron a presidir —en ausencia del señor cardenal Carlos Aguiar Retes— la misa de acción de gracias por los 50 años de la partida a la Casa del Padre, de su fundadora que murió en olor de santidad: La madre Sofía Garduño Nava. Así que por ser una fiesta especial, las lecturas fueron estas que hacen referencia a lo que fue y vivió la madre Sofía (Os 2, 16.17–21-22; Ap 19, 5-9 y Lc 10,38-42). El profeta Oseas nos lleva al misterio de la vocación mística: «La llevaré al desierto y le hablaré al corazón» expresa con gozo y esperanza. Y es que el desierto no es solamente un lugar geográfico, el espacio del silencio, del despojo y del encuentro nupcial con Dios. La Madre Sofía escuchó esa voz del en el desierto de su tiempo y como joven catequista, comprendió que, antes de ser una mujer de acción, era una mujer amada por Dios. El Señor, fijando su mirada en ella, la coronó de compasión y misericordia, como promete esta profecía de Oseas.
El pasaje de San Lucas nos sitúa en Betania, donde Marta y María reciben a Jesús. Es allí donde el Maestro pronuncia esas palabras eternas: «Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y hacen que te agites, y sin embargo, haz de comprender que pocas son necesarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada». La Madre Sofía fue una de esas intrépidas mujeres que supieron amalgamar perfectamente estas dos dimensiones Ella no fue una Marta activista sin espíritu, pero tampoco una María aislada de las necesidades, los dolores y los gritos del mundo. La escucha atenta de la Palabra a los pies del Maestro, como María, la llevaron a contemplar el amor herido del Corazón de Cristo y el dolor traspasado del Corazón de María. Cincuenta años después de su partida el desafío para cada uno de nosotros y de manera especial para sus hijas misioneras, sigue siendo el mismo: no perder la frescura del primer amor manteniéndonos firmes junto al vaivén de un mundo que, acorralado por el relativismo, el materialismo y una clara cultura de la muerte, parece anegarse en aguas turbias que reclaman nuestro rescate con la oración, el sacrificio y la disponibilidad para ser enviados. Que María y la madre Sofía, a quien poco a poco voy conociendo más, intercedan por nosotros. ¡Bendecido sábado!
Padre Alfredo.
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