Mientras espero mi conexión viendo pasar por enfrente de mí a trabajadores, pilotos, azafatas, policías, empresarios, familias y turistas; aprovecho la oportunidad para hacer un rato de oración y contemplando el ir y venir de tanta gente —casi 6,5 millones de personas pasaron por aquí en julio— agradezco al Señor que seamos agraciados por la misericordia sin límites de nuestro Dios. Y es que la parábola de este jueves, en el Evangelio (Mateo 18,21–19, 1) habla de la inmensidad de la donación de Dios que se entrega a sí mismo a nosotros, entre otras formas, en la del perdón generoso que trata de infundir alegría al que es perdonado. Pienso en esa belleza de nuestra fe cristiana que es el saber que Dios no nos perdona sólo una o dos veces; sino cada vez que acudimos a Él con pureza de corazón y rectitud de intención, buscando el perdón a toda velocidad, como la gente que veo correr aquí para que el avión no los deje.
El Señor nos enseña que el perdón que recibimos de nuestro Padre Dios conlleva una responsabilidad: extender esa misma gracia a los demás. ¿Cuánta de esta gente conocerá a Dios y será consciente del perdón que nos otorga? Así como recuerdo las tantas veces que he pisado este aeropuerto desde 1984, quiero recordar las acciones de Dios —a lo que nos invita el salmista hoy—, para que reconozcamos las infinitas veces en que hemos sido perdonados. Si Dios nos perdona todo a todos, nos perdona siempre, y nunca nos pasa factura. Que la Virgen María, que también fue viajera para ir a Belén, a Ain Karem, a Egipto y a Nazareth, nos acompañe en el viaje por este mundo, buscado el perdón de Dios hasta llegar al Cielo, nuestro destino final. ¡Bendecido jueves eucarístico y sacerdotal!
Padre Alfredo.
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