viernes, 14 de agosto de 2026

«EL SELLO DE LA ALIANZA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Al leer una y otra vez la primera lectura del día de hoy (Ezequiel 16,1-15.60.63), impresiona la fuerza tan expresiva que lleva la narración, los matices y la acción apasionada de Dios en todo el desarrollo. Este relato de Ezequiel nos confronta con la cruda realidad de la historia compartida de muchas parejas que no han captado que el matrimonio no nace de la perfección de dos seres idílicos, sino del encuentro de dos vulnerabilidades que Dios decide abrazar. Así como Jerusalén fue recogida del abandono en su nacimiento, cada matrimonio tiene un origen bendecido por una gracia que le precede; los esposos no se unen porque son perfectos, sino porque han sido amados primero por Dios que los acompaña en las diferentes etapas de la vida —en el entusiasmo de la juventud, en la madurez de los compromisos y en los momentos de fragilidad—.

El Señor, en cada matrimonio, sella con los esposos una alianza que transforma la debilidad en dignidad real. Dios invita a los esposos a volver siempre al primer amor, a reconocer que la belleza y la fuerza de su unión no provienen de sus propias fuerzas, sino de un compromiso sagrado y gratuito que sostiene sus vidas desde el principio. Pero, a medida que el tiempo transcurre y el matrimonio alcanza estabilidad, prosperidad o reconocimiento, surge el peligro latente que llevó a Jerusalén a la perdición: la soberbia de creer que el éxito es un logro exclusivamente humano. El texto profético denuncia con dolor cómo la riqueza, el esplendor y los dones recibidos pueden transformarse en armas de doble filo si los esposos olvidan de dónde los rescató el Señor, cayendo en la ingratitud, el desprecio mutuo y la infidelidad a la promesa original. El pecado en el matrimonio muchas veces no comienza con grandes rupturas, sino con el sutil orgullo de la autosuficiencia. 

El esplendor de la vida matrimonial es un don prestado que requiere de un buen aderezo de humildad diaria para no prostituir la confianza ni traicionar al Amor que los unió. Creo que si todos los matrimonios cristianos le echaran un buen vistazo a esta fidelidad conyugal y reflexionaran el hecho de que es una bendición, entenderían que la cuestión fundamenta no es ser mágicamente perfectos, sino dejar que sea la fidelidad de Dios la que sane y bendiga. Al final del camino, el perdón no es el premio al esfuerzo humano, sino la obra maestra de un Dios fiel que abraza la fragilidad de los esposos para recordarles que, por encima de cualquier caída, el amor siempre tiene la última palabra. Como el matrimonio, la historia de salvación es en esencia una historia de amor. No somos nosotros los que nos transformamos en buenos ciudadanos de este mundo, es Dios quién con visión va haciendo su obra en nosotros como la hizo en san Maximiliano Kolbe, porque Dios es fiel. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

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