Nuestra fe no es una fábula, no es una serie de recuerdos melancólicos del pasado, sino una historia de salvación que es continuada porque acontece en momentos concretos, con acontecimientos salvíficos, como éste de la Transfiguración del Señor, cuando por un momento fulgurante, dejó ver su gloria a Pedro, Santiago y Juan y solamente a ellos y no a todos, porque, este «cuadro chico», debía recibir un fuerte testimonio íntimo de la divinidad de su Maestro para confirmar a sus hermanos en la fe. Este trío cercano presenció momentos clave para fortalecer su fe antes de la cruz. Recordemos que la ley judía exigía un mínimo de tres testigos para validar un hecho extraordinario. Ciertamente no fue algo que estos discípulos merecieran, no fue un regalo por un logro alcanzado, fue una revelación del ser divino del Señor, que se grabó a fuego en el corazón de Pedro, Santiago y Juan.
Valdría la pena preguntarnos qué momentos de transfiguración hemos tenido en nuestro camino de fe. Si hemos escuchado la Palabra del Padre en nuestra vida dictándonos que hay que escuchar a Jesús para seguirlo. Cuando Pedro, Santiago y Juan contemplaron la divinidad de Jesucristo, no acertaron a descubrir qué es lo que estaba pasando, sería más tarde, «cuando el Hijo del hombre resucite de entre los muertos», cuando comprendan el abismo de generosidad que ha tenido el Padre al manifestar a su Hijo. Como dice San Juan Damasceno comentando este texto: «Hoy se manifiesta lo que los ojos de carne no pueden ver: un cuerpo terrestre irradiando esplendor divino, un cuerpo mortal rebosando la gloria de la divinidad. Las cosas humanas pasan a ser las de Dios y las divinas las de los hombres». Que María santísima nos ayude a estar atentos a la voz del Padre que nos recuerda en el ser y quehacer de cada día que hay que escuchar a su Hijo muy Amado, especialmente en la mesa de la palabra y en la mesa de la eucaristía. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.
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