Aquí viene muy bien el núcleo del mensaje de Jesús en el Evangelio de este domingo (Mateo 15,21-28) que es una llamada a sentirnos hermanos unos de otros para actuar en consecuencia desde el amor, que es el corazón de la identidad cristiana. El relato, que destaca por la referencia que Jesús hace «a los perritos», empieza desde la perspectiva judía de aquellos tiempos que levantaba una barrera que impedía ir al encuentro de «los gentiles», los que no pensaban igual. Las palabras de Jesús, duras al principio como una piedra, no son suyas, sino de la teología oficial judía. Los discípulos querían quitarse de encima a la mujer que inoportuna y Jesús les dio una lección majestuosa. Hoy sucede lo mismo en estas naciones musulmanas de la península arábiga, bañados por el golfo pérsico e impregnados por una doctrina que hace menos a los cristianos. Cristo rompió con aquella forma de pensar en este encuentro en el que la cananea, comparándose con los perritos que comen de lo que cae de la mesa de los amos, tocó el corazón misericordioso de Cristo que transformó una forma de pensar y de vivir.
Después de tantos años, parecería que en el corazón del ser humano sigue habiendo un instinto de división, un miedo a aceptar al que es distinto, una cierta incapacidad para mirarnos desde el respeto, el diálogo y la fraternidad. ¡Qué gran lección nos da también la mujer! Ella se comportó mejor que los judíos, fue más que una hija de Israel, una pagana capaz de mover el mundo y llegarse al corazón de Dios. Jesús sabe, como experiencia personal que en realidad «ha sido enviado para salvar a todos». Jesús muestra quién es y qué ha venido a hacer: llamar a todos, salvar a todos. La fe de la cananea fue capaz de mover montañas y eso, precisamente, no ocurría ni en la religión ni en la patria de Jesús. La lección está dada. El demonio de la incomprensión, de la incomunicación, de la inhumanidad entre pueblos y religiones ha de ser expulsado. El reino de la salvación debe llegar a todos aunque aún ahora, después de siglos, las religiones extremistas nos separen. Que el encuentro con el Dios de Jesús, que hoy se me revela en este lugar tan lejano a mi tierra natal, abra mi corazón para ser más misionero y me haga ver, en verdad y con implicaciones reales, que todos somos hermanos en Cristo.
Padre Alfredo.
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