En aquellos tiempos sucedía lo mismo que hoy en día acontece entre nosotros y en la sociedad en general, porque no solo se trata de mirar las guerras y violencias más o menos cercanas, sino también de mirar nuestra actitud ante el mundo que nosotros mismos estamos edificando a nuestro alrededor. El profeta contempla la caída de una ciudad que parecía invencible, como muchas de las de ahora. Nínive representaba la fuerza de los imperios que someten a los débiles y creen que su poder durará eternamente. No obstante, la Palabra de Dios nos recuerda que ningún imperio construido sobre la injusticia puede ser eterno. Todo aquello que se sostiene sobre la violencia acaba derrumbándose. Pero en medio de este panorama aparece una buena noticia: «El Señor restaura la dignidad de Jacob y de Israel». Dios no permanece indiferente ante el sufrimiento de su pueblo. Ve las heridas, conoce las humillaciones y trabaja callado para devolver la esperanza perdida. La restauración comienza cuando alguien vuelve a creer que la paz es posible.
También hoy vivimos rodeados de noticias que hablan de guerras, de enfrentamientos, de ausencia de paz. También hoy somos escuchas de discursos agresivos que fracturan nuestros pueblos, comunidades y familias. A veces parecería que la violencia tiene más fuerza que la bondad. Sin embargo, esta lectura nos abre los ojos para mirar más lejos. Dios sigue suscitando mensajeros de paz y si queremos esos podemos ser nosotros. No solo Nehemías nos alienta... El Evangelio siempre nos llama a ser mensajeros. No porque tengamos grandes discursos o tengamos soluciones instantáneas a tantas penas, angustias y conflictos, sino porque en la oración y en la acción de una vida comprometida, nos hemos dado cuenta de que Dios sigue restaurando la vida allí donde parecía derrotada. Que María nos enseñe a desinstalarnos y a pensar siempre en que fácilmente podemos ser portadores de la paz. ¡Bendecido viernes!
Padre Alfredo.
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