domingo, 23 de agosto de 2026

«LOS ENCARGADOS DE LAS LLAVES»... Un pequeño pensamiento para hoy


La primera lectura de este domingo (Isaías 22, 19-23) nos presenta la imagen de la llave confiada a Eliaquín. Un signo de autoridad puesta al servicio del pueblo, porque en el antiguo Oriente, el mayordomo no era el rey, pero gobernaba la «casa» con la autoridad total del rey en su ausencia. Llevaba la llave literal y metafóricamente sobre el hombro como signo de su cargo. Él decidía quién entraba a ver al monarca, administraba los tesoros reales y cuidaba de la casa. Su autoridad era incuestionable, pero siempre subordinada al verdadero rey. En el Evangelio (Mateo 16, 13-20), hemos visto que Jesús entrega a Pedro una misión semejante. Jesús, el legítimo heredero del trono de David y Rey del Universo, está instituyendo su propia «casa», que es la Iglesia. Y al igual que los antiguos reyes davídicos, nombra a un mayordomo, a un vicario: Pedro. Las llaves que recibe Pedro no lo convierten en el dueño de la Iglesia —el dueño sigue siendo Cristo—, pero sí lo constituyen en el administrador supremo, el garante de la unidad y el custodio de la verdad.

Pero conviene recordar que Pedro es un hombre que tiene debilidades y fortalezas. Es débil porque es cobarde, niega a Jesús y luego llora amargamente. Pero es fuerte, porque es arrojado y audaz. La elección que Jesús hace de él, no procede de sus cualidades personales sino del amor que el Señor le tiene. Los Evangelios muestran sus debilidades, sus miedos y hasta sus negaciones, pero también su energía y su ardor. Ante el mundo que le rodea, sabe que hay amenazas, pero busca oportunidades. Lo que en definitiva le sostiene, es la fe en Cristo. Jesús, en este encuentro con los suyos, interrogándoles sobre quién creen que es él y designando a Pedro como el responsable de las llaves, nos enseña que toda comunidad, incluida por supuesto la comunidad eclesial, no se construye sobre la perfección de los hombres, sino sobre la confesión de que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. Esa es la roca que permanece firme a través de los siglos.

Cada domingo es un día de gracia, porque nos damos cuenta de que, en el bautismo, el Señor nos ha entregado «las llaves». Nosotros no somos el dueño de la casa, pero hemos de cuidar la misión que se nos ha confiado y estamos llamados a edificar nuestra vida, nuestra vida sobre esa misma roca. No sobre nuestras seguridades, nuestros éxitos o nuestras fuerzas, sino sobre Cristo. A él lo escuchamos en la mesa de palabra y lo recibimos en la mesa e la Eucaristía. Que María santísima nos ayude a trabajar nuestras debilidades, a hacer crecer nuestras fortalezas, a aprovechar las oportunidades y a vencer, con la gracia del mismo Cristo, las amenazas que se puedan presentar. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

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