Pero conviene recordar que Pedro es un hombre que tiene debilidades y fortalezas. Es débil porque es cobarde, niega a Jesús y luego llora amargamente. Pero es fuerte, porque es arrojado y audaz. La elección que Jesús hace de él, no procede de sus cualidades personales sino del amor que el Señor le tiene. Los Evangelios muestran sus debilidades, sus miedos y hasta sus negaciones, pero también su energía y su ardor. Ante el mundo que le rodea, sabe que hay amenazas, pero busca oportunidades. Lo que en definitiva le sostiene, es la fe en Cristo. Jesús, en este encuentro con los suyos, interrogándoles sobre quién creen que es él y designando a Pedro como el responsable de las llaves, nos enseña que toda comunidad, incluida por supuesto la comunidad eclesial, no se construye sobre la perfección de los hombres, sino sobre la confesión de que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. Esa es la roca que permanece firme a través de los siglos.
Cada domingo es un día de gracia, porque nos damos cuenta de que, en el bautismo, el Señor nos ha entregado «las llaves». Nosotros no somos el dueño de la casa, pero hemos de cuidar la misión que se nos ha confiado y estamos llamados a edificar nuestra vida, nuestra vida sobre esa misma roca. No sobre nuestras seguridades, nuestros éxitos o nuestras fuerzas, sino sobre Cristo. A él lo escuchamos en la mesa de palabra y lo recibimos en la mesa e la Eucaristía. Que María santísima nos ayude a trabajar nuestras debilidades, a hacer crecer nuestras fortalezas, a aprovechar las oportunidades y a vencer, con la gracia del mismo Cristo, las amenazas que se puedan presentar. ¡Bendecido domingo!
Padre Alfredo.
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