El Evangelio de hoy (Mateo 15, 1-2. 13-14) nos presenta una confrontación entre Jesús y las tradiciones humanas de los fariseos. Ellos se preocupaban por la pureza externa, por el lavado de manos, mientras descuidaban lo esencial: el corazón. Y creo que yo, poniendo mi granito de arena, he podido llegar al corazón de miles de personas y sembrar o mantener vivo el amor de Dios. Digo miles, pero debo decir «millones», pues el uso de internet a lo largo de varios años me ha permitido atravesar muchísimas fronteras y tener seguidores de diversos lugares del mundo a los cuales físicamente nunca hubiera llegado.
A lo largo de tantos años he aprendido que el sacerdocio no consiste en el cumplimiento de ritos externos o en el prestigio de una posición. El peligro de la rutina, del ritualismo vacío o de perder la vista espiritual es real y tengo treinta y siete años de luchar contra ello. La lectura constante de la Palabra de Dios, la oración y la espiritualidad inesiana, impregnada de un gran amor entrañable a María me han cuidado de instalarme y volverme ciego a la gracia, corriendo el riesgo de guiar a las almas por caminos equivocados. Por eso, este aniversario es, ante todo, una invitación a ser más humilde y a seguir purificando el corazón. ¡Bendecido martes!
Padre Alfredo.
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