El Evangelio de San Lucas nos presenta a María, como una jovencita de Nazaret, un pueblo minúsculo de Israel. En esa muchacha de aquel pueblecito lejano, alejada de los focos del mundo, se posó la mirada del Señor, que la había elegido para ser la madre de su Hijo. La historia de la Virgen es la historia de un Dios que, como digo muchas veces, siempre sorprende. Ella se deja sorprender ante el anuncio del Ángel, no oculta su admiración. Es el asombro de ver que Dios quiere hacerse hombre, y que la ha elegido precisamente a ella, para ser su madre. La expresión, “llena de gracia”, tan familiar para el pueblo cristiano, es un saludo de gran profundidad, porque le recuerda la grandeza de su vocación: Ella ha sido elegida para ser la Madre de Dios y por ello ha sido preservada del pecado original en el instante mismo de su Concepción. La "llena de gracia" es el nombre que Dios mismo le da para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, el amor encarnado de Dios.
Dios nos sorprende siempre, rompe nuestros esquemas, pone en crisis nuestros proyectos, y nos dice: fíate de mí, no tengas miedo, déjate sorprender, sal de ti mismo y sígueme. Él espera que nos dejemos sorprender: en la sencillez, en la humildad de nuestra vida. Ahí quiere manifestarse. Contemplando a María Reina podemos reconocer nuestro destino verdadero, nuestra vocación más profunda: ser amados, ser transformados por el amor, por la belleza de Dios. Dios ha puesto su mirada de amor sobre cada uno de nosotros, con nombre y apellidos. De la misma manera que a María, Él nos ha elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en el amor y para ser también nosotros reyes desde el bautismo al estilo de Jesús y al de ella, a quien le pedimos interceda ante el Señor. ¡Bendecido sábado!
Padre Alfredo.
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