Si los que vamos a misa los domingos, si los que nos congregamos para celebrar la eucaristía queremos ser el verdadero pueblo de Dios, hemos de aceptar a Dios verdaderamente como los judíos. Pero tenemos que aceptar, como dirá más adelante san Pablo, que Cristo es el final de la ley (Rom 10,4). Nuestra práctica de la fe no es un juego o un rato de entretención cada domingo, sino una vida comprometida que habla de la verdad sobre Dios y sobre la salvación. Los cristianos nunca podremos olvidar que hemos conocido al Dios de la salvación por medio de un judío como Jesús de Nazaret. Nunca debemos olvidar que ese pueblo ha mantenido la antorcha religiosa por mucho tiempo. Pero es el mismo Dios quien ha decidido otra cosa y esto es muy significativo: ¡Cristo, el Señor, es el centro de nuestras vidas!
San Pablo plantea esta «cuestión judía» de la que poco hablamos y que es importante meditar. Por el pueblo judío es que tenemos a Cristo que dio cumplimiento a la Ley. Hay que recordar aquella famosa frase que llama a los judíos «nuestros hermanos mayores» y que fue acuñada por san Juan Pablo II durante su histórica visita a la Sinagoga de Roma en abril de 1986. Pero hay una cosa y espero no decir una herejía... ¡Hay hermanos mayores que se empeñan en querer tener la razón a la fuerza! El pueblo judío —nuestros hermanos mayores— está llamado a no «exigirle» a Dios que lo salve, sino a dejarse salvar por amor. Su ley no les garantiza nada, porque Dios no salva por cualquier cosa, sino porque ama y hay que dejarse amar. A eso venimos cada ocho días a la celebración eucarística, a dejarnos amar por Dios que nos dio a su Hijo Jesús, nacido de María para nuestra salvación. Ella, por supuesto nos acompaña. ¡Bendecido domingo!
Padre Alfredo.
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