Tanto la prisa del servicio como el canto de la pequeñez, relucen en el Evangelio de este día de fiesta (Lucas 1,39-56). Este relato de san Lucas nos regala el encuentro de dos madres y el canto más hermoso de la Escritura: «El Magníficat». María no se queda mirándose a sí misma tras el anuncio del ángel, sino que se levanta y se encamina presurosa a la montaña para servir a su prima Isabel. Esta actitud de María define la esencia de la vida consagrada. La prisa de la Virgen no es ansiedad; es la urgencia del amor que no puede guardarse el don que ha recibido de lo alto. Nuestra vocación de misioneros nació de un encuentro con el Señor que nos puso en camino hacia los demás como María. Al igual que ella, nuestra misión es llevar a Cristo en el silencio del corazón y derramarlo en el servicio alegre de una misión marcada por el «Oportet Illum Regnare» —porque debe Él reinar— que nos recuerda la segunda lectura (1 Cor 15,20-27a). Cuando María llega con Isabel, portadora de Jesús en su vientre, proclama su alma la grandeza del Señor. Ella no canta sus propias virtudes, sino la fidelidad de Dios que ha mirado la pequeñez de su sierva.
Esta fiesta, por lo tanto, me recuerda que la vida religiosa florece cuando se vive desde la humildad, desde la pequeñez, desde la aceptación de la propia miseria. Dios no hace grandes obras en los soberbios, sino en los corazones que se reconocen pequeños y necesitados de su gracia y ponen su miseria —como dice madre Inés— al servicio de su misericordia. Por eso este día, año con año, me alienta para que cuando el cansancio o la rutina quieran apagar mi alegría de consagrado, vaya al Magníficat y recuerde con María las maravillas que el Poderoso ha hecho en mi historia personal y en la de todos los consagrados. Contemplemos hoy a la Madre y Hermana mayor en la Iglesia —como nos ayuda a verla el Apocalipsis 11,19a;12,1.3-6a.10ab): «Asunta al cielo». Que ella sea siempre el faro de nuestra vida. Que nos enseñe a servir con prisa evangélica, a orar con profunda humildad y a mantener los ojos fijos en la meta del cielo. No caminamos solos. La misma que fue asunta a la gloria nos acompaña en cada jornada. ¡Bendecido sábado, fiesta de la Asunción de María!
Padre Alfredo.
P.D. Felicito a todos mis hermanos y amigos sacerdotes que hoy, en especial en la arquidiócesis de Monterrey, celebran su aniversario de ordenación sacerdotal. ¡Ad multos annos vivant!
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