sábado, 22 de agosto de 2026

«AMOR Y LIBERTAD. LA INDEPENDENCIA DE INDONESIA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Ayer las hermanas me llevaron al centro de Yakarta y, en especial, a admirar el Monumento Nacional de Indonesia, conocido popularmente como «MONAS». Este es el símbolo más icónico de Indonesia y conmemora la lucha del país por su independencia. Se trata de una imponente torre tipo obelisco que mide 132 metros de altura y se ubica justo en el centro de la Plaza Merdeka, una de las plazas urbanas más grandes del mundo. La cima está coronada por una estructura en forma de llama que mide 14 metros de altura por 6 de diámetro y está revestida de 50 kilogramos de oro puro. Se puede subir hasta el mirador, a 115 metros de altura y contemplar de allí lo poco que se alcanza a ver a causa de la contaminación que es extrema. Una gran parte de este oro fue donada por el empresario Teuku Markam, de la isla de Sumatra. Aunque la flama tiene 50 kg del precidao metal, el MONAS alberga otros 22 kilogramos restantes en el interior, en la Sala de la Independencia, decorando el escudo de la Garuda Pancasila, las puertas de acceso y el mapa del archipiélago conformado por  17,504 islas.

El Evangelio de hoy (Mateo 22,34-40), apenas a unos días —el lunes pasado— de haber celebrado la independencia de este maravilloso país, ilumina esta reflexión que comparto con mis 13 lectores. Porque hablar del alcance de una independencia es pensar en la solidaridad de un pueblo que, puesto en marcha, es hablar del alcance del Amor. Sí, el Amor con mayúsculas, que es Dios que, en el caso de la independencia que hace 81 años alcanzó esta nación, cuida de las garantías de libertad de sus hijos. Muchos misioneros pioneros como el jesuita holandés Frans van Lith transformaron la educación en estos lugares a principios del siglo XX. Otro, por amor a Dios y a todos, crearon escuelas abiertas a todas las etnias y religiones, formaron líderes que posteriormente organizarían el camino a la independencia y el nuevo Estado. Fueron aquellos misioneros, llenos de amor por Indonesia, quienes comprendieron pronto que la Iglesia no sobreviviría si seguía siendo europea. 

En 1940, poco antes de la independencia, el Papa Pío XII nombró a Albertus Soegijapranata como el primer obispo nativo de Indonesia, quien con su testimonio de vida, desgastándose en el amor, fue un puente hacia la libertad. Impulsó a miles de jóvenes católicos a unirse a las milicias independentistas de Sukarno y trasladó su sede episcopal a Yogyakarta —la capital revolucionaria— para acompañar físicamente al gobierno republicano asediado. La Santa Sede, atenta a los informes de los misioneros que constataban la irreversibilidad del movimiento nacionalista, actuó con rapidez. En 1947, el Vaticano se convirtió en uno de los primeros Estados en reconocer oficialmente la independencia de Indonesia, ayudando a garantizar la libertad religiosa en un país de abrumadora mayoría musulmana, alejando a la Iglesia de los privilegios coloniales y forzándola a encarnarse en la cultura local. Esta historia de independencia nos deja ver que el amor a Dios y a los hermanos no puede separarse nuestro ser y quehacer como bautizados. Que María nos ayude a vivir amando. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

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