jueves, 27 de diciembre de 2018

«Vio y creyó»... Un pequeño pensamiento para hoy

Ayer, contemplando a Jesús niño en el pesebre, recién nacido, a través del martirio de San Esteban, evocábamos el valor de la Redención y la cruz de Cristo. Hoy la liturgia de la palabra nos invita a meditar en la Resurrección, a través del testimonio de San Juan, Apóstol y evangelista. Y es que celebrar la Navidad no es para quedarnos en el «Jesusito, niñito Dios». La fiesta misma de Navidad no es un infantilismo, sino una cuestión de fe, y sólo la vida de fe nos permitirá interpretar y superar los «signos» materiales del Nacimiento, para acceder al «misterio» que se esconde detrás de este niño recostado en un pesebre. El salmista de hoy (Salmo 96, —97 en la Biblia—), habla de Dios porque no puede imaginarse al mundo sin Dios, noción suficiente para apuntalar un seguimiento comprometido del Salvador cuyo nacimiento no es un sueño, un fruto de la imaginación. San Juan en su primera carta nos dice: «Esta vida se ha hecho visible y nosotros la hemos visto y somos testigos de ella. Les anunciamos esta vida, que es eterna, y estaba con el Padre y se nos ha manifestado a nosotros» (1 Jn,1-4). Esta vida eterna que estaba junto al Padre —esta Palabra de vida— mediante la cual Dios se expresa a sí mismo, de una manera absoluta, perfecta, se manifestó, se hizo visible. 

No es de extrañar que el salmo responsorial de la Misa de hoy nos invite insistentemente: «alégrense, justos, con el Señor... Amanece la luz para el justo y la alegría para los rectos de corazón». Para los que se saben amados y salvados por Dios todo es luz y gozo, alegría del corazón en esta Navidad. Al mirar al recién nacido, nos comprometemos a arrancarnos de nosotros mismos y a ponernos en vanguardia de la lucha para hacer crecer en nosotros al hombre nuevo y construir la nueva humanidad que hoy es buscada inútilmente por muchos caminos equivocados. Nuestra alegría está en el Señor, Él nos anima a despertar en nosotros la esperanza, a no dudar, a estar ciertos, porque él ha puesto ya en nosotros y en el mundo la alegría, la justicia, la paz y el amor universal sin límites. Así, al contemplar al pequeño que en el pesebre está envuelto en pañales, no hemos de pensar sólo en la entrañable escena del Divino Niño que nace adorado por pastores y magos. Ese Niño es el que con su muerte pascual nos conseguirá la salvación y la vida. La Navidad, cuando se profundiza, nos lleva necesariamente hasta la Pascua. 

La fiesta del apóstol y evangelista san Juan, celebrada en este tiempo hermoso de la Navidad, nos hace percatarnos de que estos días no se trata sólo de cantar villancicos, ver los adornos de luces e intercambiar regalos, degustar las tradicionales comidas de estos días y gozar de la peña familiar o con amigos. Que todo eso estará bien para quienes se toman en serio su fe de cristianos, si corre parejo con una actitud de un compromiso serio con el Señor, para llevar su Palabra a quienes no la han escuchado o recibido, para testimoniar su amor entre los humildes, los pobres y los sencillos. Todo como lo hicieron los apóstoles. En esta Navidad, la figura ejemplar de Juan el evangelista es un llamado a nuestra responsabilidad de cristianos. Por eso insisto en que no basta cantar y gozarse ante el pesebre; en que no se trata sólo de contemplar la belleza y la ternura de la Navidad, cuando el Hijo de Dios reposa dormido y confiado recostado en el pesebre o en el regazo de su joven madre, la virgen María. Hemos de convertirnos en heraldos, por la vida y por la palabra, del Verbo de Dios hecho ser humano, cuyo nacimiento celebramos en ocho días de fiesta —la octava de Navidad— como si fuera un solo día. Ser «discípulo amado de Jesús» como Juan, es ser experto en el tema de la Navidad. Sabremos descubrir los signos de Jesús resucitado e interpretar los rumores de la Resurrección si vivimos bien la Navidad. Así, como narra hoy el Evangelio (Jn 20,2-9), donde los demás ven contraindicaciones, nosotros veremos síntomas, huellas, signos. Donde otros veían un robo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto», el discípulo amado «vio y creyó» como hacemos nosotros al contemplar a Jesús niño: «vemos y creemos». ¡Bendecido jueves contemplando a Jesús en la Eucaristía! 

Padre Alfredo.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

«Como un Dios escondido»... Un pequeño pensamiento para hoy

En el camino de la fe, desde su inicio hasta las cumbres de la mística, Dios se percibe como un Dios escondido, a quien no podemos poseer pero en quien podemos esperar y confiar. Los salmistas del Antiguo Testamento, tenían pleno conocimiento de esto: «En tus manos encomiendo mi espíritu y tú, mi Dios leal me librarás» apunta hoy el salmo 30 (31 en la Biblia). Dios se revela a través de su misericordia y la palabra lo manifiesta de una forma muy especial en el silencio que lo oculta. Dios se revela necesariamente ocultándose, como se oculta tras la apariencia de un pequeño Niño–Dios recostado en un pesebre. La presencia de Dios puede ser percibida y acogida como ausencia. Por eso experimentar a Dios como ausente es una forma de relacionarse con él. Sentirlo como «carencia», como «vacío», es ya entrar en relación con él. No necesitamos una voz divina que nos ensordezca, sino afinar la sensibilidad espiritual para percibir la misericordia de Dios donde parece no estar y escucharlo en el silencio, como lo escuchó Esteban en su martirio. Ayer fuimos testigos, en la silenciosa aurora de un nuevo día, el nacimiento del Salvador, Cristo, el Mesías esperados desde hacía siglos. Hoy vamos a presenciar el nacimiento del martirio cristiano. 

Celebramos el martirio de Esteban porque este Niño que nace es aquel que, por fidelidad al camino de Dios, llegará hasta la cruz; y como él, sus seguidores serán llamados a ser testigos —«mártires»— de la Buena Nueva con la totalidad del testimonio de su vida como discípulos–misioneros de Cristo. Este martirio, no obstante lo cruento, lo celebramos como una fiesta gozosa. Es que, desde la perspectiva de la Navidad, la muerte de Esteban es su nuevo nacimiento, es la participación de la Pascua de Jesús. Recordamos hoy quién fue Esteban y por qué lo lapidaron: él es el hombre abierto que comprende que la Buena Noticia de la fe cristiana significa apertura a todo el mundo, rompiendo el círculo de normas y leyes del judaísmo. Y eso, los fundamentalistas de su tiempo no se lo podían tolerar. Y Esteban destaca porque personalmente creía y vivía totalmente el mensaje de Jesús: él, como Jesús, hace aquello tan difícil de amar a los enemigos con la fuerza de la oración, porque la oración nos hace pedir lo que nosotros no sabríamos pedir sin que Cristo se hubiera encarnado y nacido entre nosotros. «Esteban lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios» (Hch 6,8-10, 7,54-60). ¡Qué hermoso día para pedir en la oración esa «mirada interior» que nos ayude a ver lo invisible!: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Esta es la novedad del Evangelio, capaz de suscitar una pregunta, pues hace al hombre capaz de orar y amar a quien le destruye. 

Jesús había anunciado las dificultades de la misión que confiaba a sus discípulos. Todo aquel que proclama el Reino de Dios debe estar dispuesto a afrontar la oposición, la contestación. Jesús decía a sus discípulos: «No se fíen de estos hombres. Pues los delatarán a los tribunales y los azotarán... y por mi causa serán conducidos ante los gobernadores y los reyes...» Cuando Sam Mateo escribe esto, que escuchamos hoy en el Evangelio, la persecución era el lote cotidiano de los cristianos, en la Iglesia primitiva. ¡Qué misterios de Dios! ¿Por qué el mundo rehúsa constantemente a Dios? ¿Por qué el mundo rehúsa a los que hablan de Dios y de su misericordia? ¿Por qué los hombres persiguen a los que no desean otra cosa sino comunicarles una buena noticia con el anuncio el Evangelio? El discípulo–misionero de Jesús sólo tiene por tarea hacer el bien y decir cosas buenas. Y sin embargo, suscita la oposición. El caso es que Dios aparece siempre, desde el exterior, como un intruso, alguien para quien en la mayoría de los corazones no hay posada. Aparece como alguien que viene para ocupar todo el espacio, como un inoportuno a pesar que solo está recostado en un olvidado pesebre. El egoísmo del hombre, su deseo de independencia son la causa del rechazo. Se rechaza al amor. Es el rechazo a dejarse tomar por Dios. Rechazo a someterse a Dios. Cuando Dios verdaderamente «reina», como en el corazón inmaculado de María su Madre, que no se lo deja sólo para sí, sino que lo recuesta en el pesebre para que sea de todos, se acaban entonces las pretensiones orgullosas del hombre. No es la ocasión de desarrollar este tema de tono pascual. Simplemente, en silencio, contemplemos el valor del martirio, del testimonio que queremos acerca de este Jesucristo que ahora nos mira simplemente desde el pesebre con sus ojitos bien abiertos... ¡Bendecido miércoles y yo muy de mañana en la inolvidable Sala B del caótico aeropuerto de CDMX esperando mi vuelo a Monterrey! 

Padre Alfredo.

martes, 25 de diciembre de 2018

«En el día de la Navidad»... Un pequeño pensamiento para hoy

«Toda la tierra ha visto al Salvador» canta hoy la Iglesia en el salmo responsorial acompañando algunos versículos del salmo 97 (98 en la Biblia). Con la mirada puesta en Cristo, la Iglesia se llena de acción de gracias invitando a reconocer al Señor Jesús como Mesías e invitando a alabar al Señor con todos los medios: la voz humana, los instrumentos de cuerda y de viento. Toda la tierra proclama a Dios como «Señor de señores y Rey de reyes» y canta las maravillas que nos ha traído en su Hijo Jesús que seguramente cantó este salmo a boca llena para alabar a su Padre celestial por sus maravillas, obradas con el pueblo escogido y con su propio Hijo. Al arribar a la Navidad, nosotros igualmente celebramos las hazañas de Jesús a favor de su pueblo: «La tierra entera ha contemplado la victoria de nuestro Dios». El salmista empieza con energía y gozo su alabanza que nos hace ir en pleno a la escena de la Navidad contemplando esta maravillosa escena. Hemos de acercarnos al pesebre y cantar a Dios por las maravillas que ha hecho. Ante los ojos de todas las naciones, se manifiesta la maravilla más grande que el Señor ha hecho al enviarnos a su Hijo nacido para nuestra salvación. Dios quiere que todas las naciones le conozcan y le amen. El salmista da a su alabanza un tinte misionero como el que debemos tener todos los que ya conocemos al Señor y hemos sido objeto de su amor. 

Todo el clamor del escritor sagrado inspirado por el mismo Dios y dirigido a Yahvé como Rey, aumenta de tono con el agregado de los instrumentos musicales a la voz que lo reconoce por sobre toda la tierra. El arpa y los clarines que se utilizaban ordinariamente en el templo para el culto (1 Cro 16,5; 2 Cro 5,12; Esd 3,10-13). El Señor es el Rey y merece la honra y gloria como Rey de todo lo creado. La Iglesia utiliza hoy, en el día de la Navidad, este salmo, para manifestar su adoración a Jesús Niño como Rey del universo entero. Adora a Cristo porque es su Rey ahora y adora a Cristo que nace cada día y que reinará para siempre en el corazón de cada hombre. Sí, Navidad es también nuestro nuevo nacimiento y por eso canta la Iglesia las maravillas del Señor. Leyendo detenidamente el salmo uno se da cuenta de que la Navidad habla abiertamente de Dios Padre, de fraternidad universal, de una dignidad de la persona superior a toda ley, del hombre libre en la justicia y el amor, de la paz sin ningún límite, de una vida inmortal que llega mucho más allá de la muerte. Hoy, día de Navidad, al contemplar al «Divino Niño», portador de las maravillas del Padre de las Misericordias, uno se queda con una fiesta muy especial en el corazón que quiere hacer a un lado tantas cosas como el perder el tiempo en tonterías o en aferrarse a falsas seguridades, porque, como dice Augusto Cury en su libro «El sentido de la vida»: «Nunca alguien tan grande se hizo tan pequeño para volver grandes a los pequeños». 

Sí, por eso hay fiesta en el corazón. Él viene hoy para hacernos grandes, Él ha venido para hacer crecer en nosotros al hombre nuevo y construir la nueva humanidad que hoy es buscada inútilmente por caminos extraviados que no llevan al hombre a Belén, a pesar de las aparentes maravillas de la tecnología moderna que no ha sido capaz de inventar un GPS que oriente al hombre para llegar a la sencillez del Nacimiento, a la sencillez del «Pasito» como lo llaman en mi querida Costa Rica. El «Divino Niño» nos anima a despertar en nosotros la esperanza, a no dudar, a estar ciertos, porque Él ha puesto ya en nosotros y en todos los pueblos y naciones que han de adorarle, la fuerza de la autentica libertad, de la justicia, de la paz, del amor universal sin límites que leyendo el prólogo de San Juan en el Evangelio (Jn 1,1-18) brota como algo maravilloso aunque el hombre no haya sabido que hacer con ese amor. ¡Corramos al pesebre a ver a María y su fiesta en el corazón al recostar a su Hijo en el pesebre y darlo a la humanidad, vayamos con José y descubramos que su silencio ante el pequeño niño es gozo y alegría! Encontremos nosotros también allí a Cristo y saludemos la Navidad como el nuevo nacimiento de la humanidad con todos los que, aún sin conocer todavía a Cristo, trabajan por la libertad, por la paz, por la justicia; construyamos el futuro del hombre, seguros de que la última palabra de la historia le pertenece a Dios y a los que lo buscan y quieren seguirle, amarle y hacerle amar del mundo entero. «Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas»... y ¡feliz, muy feliz Navidad! 

Padre Alfredo.

lunes, 24 de diciembre de 2018

«PROCLAMARÉ SIN CESAR LA MISERICORDIA DEL SEÑOR»... Un pequeño pensamiento para hoy


El hombre y la mujer de fe saben que Dios está en el centro de la vida. Él es quien ha tomado la iniciativa de toda esa aventura de existir. Se ha acercado, ha visitado a la humanidad con su infinita misericordia. Es lo que hoy, en la víspera de la Navidad el escritor sagrado canta con este salmo mesiánico (88 —89 en la Biblia—) que es, un salmo que canta en su primera parte el amor, la misericordia y la fidelidad del Señor como Creador, anotando de paso la elección davídica en una glosa en una segunda parte, del oráculo del profeta Natán, que aparece en la primera lectura de hoy (2 Sam 7,15.8-12.14.16) y que es el punto de arranque de todo el mesianismo regio; finalmente en la última parte, se presenta la lamentación nacional ante el desastre que cuestiona el amor y la fidelidad de Yahvé, en el aparente incumplimiento, o el cumplimiento raquítico de las promesas divinas a la monarquía. El leit-motif del salmista en el fragmento que hoy tenemos en la liturgia de la palabra es el amor, la misericordia y la fidelidad del Señor, que son, tan inmutables como lo es Él mismo. El salmo nos hace cantar nuestro agradecimiento a la fidelidad de Dios: «Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor». Y recuerda expresamente: «Un juramento hice a David, mi servidor, una alianza pacté con mi elegido: “consolidaré tu dinastía par siempre y afianzaré tu trono eternamente”». 

Este salmo va a tener, como en todas las composiciones mesiánicas, su pleno cumplimiento en Jesús, a quien ya esperamos con ansia a unas cuantas horas de celebrar la Navidad de este 2018. Él es el Cristo, el Ungido del Señor, como lo atestiguan numerosos pasajes del Nuevo testamento, así como el título de «Hijo de David» para invocarle. La vida de Jesús se vio también sometida a la dura prueba del incumplimiento de las promesas y del aparente incumplimiento de sus promesas. Pero la resurrección de quien esta noche contemplaremos como un niño pequeño a quien su Madre Santísima recostará envuelto en pañales, vendrá a dar una contestación a este escándalo y a glorificar para siempre al Ungido, demostrando así su misericordia, su amor y su fidelidad inquebrantable a toda la humanidad. No todos llegamos a la Navidad en la misma condición de fiesta, hay quienes arriban al portalito de Belén en medio de pruebas que ponen en crisis la comprensión de la misericordia, el amor y la fidelidad divinas que se han de manifestar en la oscuridad de la noche, en una joven pareja y en un pequeñito que será recostado en un pesebre. Allí se fundirá nuestra miseria con l infinita misericordia de Dios que eternamente cantará la humanidad. La beata María Inés dirá: «Cuando la Misericordia y la miseria se encuentran y se comprenden y se funden, ya no queda mas que la Misericordia». (Lira del Corazón, Segunda Parte, Cap. III). Walter Kasper, en uno de los libros preferidos del Papa Francisco escribe: «En la misericordia revela Dios su amor; la misericordia es, por así decir, el espejo de la esencia divina». (Walter Kasper, La Misericordia) y la veremos esta noche hecha carne en Cristo. 

Hoy el evangelista nos presenta el cántico del Benedictus (Lc 1,67-79), que probablemente era también de la comunidad, pero que san Lucas pone en labios de Zacarías, el que nos ayuda a comprender el sentido que tiene la venida del Mesías. Los nombres de la familia del Precursor son todo un programa: Isabel significa «Dios juró», Zacarías, «Dios se ha acordado», y Juan, «Dios hace misericordia». En el Benedictus cantamos que todo lo anunciado por los profetas se ha cumplido «en la casa de David, su siervo», con la llegada de Jesús. Que Dios, acordándose de sus promesas y su alianza, «ha visitado y redimido a su pueblo», nos libera de nuestros enemigos y de todo temor, y que por su entrañable misericordia «nos visitará el sol que nace de lo alto». Cada día, en la «Liturgia de las Horas» rezamos este cántico en la oración matutina de Laudes, y ciertamente con coherencia, recordando «el sol que nace de lo alto», que para nosotros es Cristo Jesús, el Salvador que quiere iluminar a todos los que caminamos en la tiniebla o en la penumbra, y comprometiéndonos a servirle «en santidad y justicia en su presencia todos nuestros días», y «guiar nuestros pasos en el camino de la paz» a lo largo de la jornada. Hoy, cantando eternamente la misericordia del Señor con el salmista, en esta víspera de la Navidad, tras la preparación de las cuatro semanas de Adviento, este himno nos llena particularmente de alegría, pregustando ya la celebración del nacimiento del Señor esta próxima noche. ¡Feliz y bendecida Navidad para todos! 

Padre Alfredo. 

P.D. Permítanme que hoy transcriba entero el cántico del Benedictus. Yo creo que independientemente de los Laudes, podemos tomarnos un tiempo para leerlo con calma y convertirlo en oración preparatoria para la fiesta de esta noche: 

«Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abraham. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.»

domingo, 23 de diciembre de 2018

«Como el imán que atrae al hierro»... Un pequeño pensamiento para hoy

Estamos llegando ya al final del tiempo del Adviento, este es el cuarto domingo. Durante este tiempo hemos ido encendiendo nuestra «Corona de Adviento» que hoy llega a la última semana preparando la venida del Señor a nuestras vidas y en esta semana se atravesará ya, la anhelada noche del 24, pues poco margen tenemos, en este año, entre el IV Domingo de Adviento y la Navidad. Aunque esta cercanía de las fechas navideñas nos apremie a ir culminando todos los preparativos de las fiestas, no hemos de olvidar que todavía estamos en Adviento, en espera del «Pastor eterno de las almas» que venga a apacentar nuestras almas. ¡Qué gran pórtico de Navidad nos prepara el salmista hoy (salmo 79 —80 en la Biblia—) al traer a nuestras mentes la figura del pastor de Israel rodeado de querubines que vendrá a salvarnos! El autor del salmo pide a Dios que nos mire y venga a salvarnos. Es la única vez en la Biblia que se le reconoce a Dios con el apelativo de «pastor de Israel». En Israel, al igual que en otros lugares del antiguo «Cercano Oriente», el título de «pastor» se utilizaba, no solamente para designar a una persona que cuidaba ovejas, sino también a los líderes políticos y religiosos del pueblo 

Siendo que la llegada de malos líderes que más bien se han servido de las ovejas (Jer 10,21; Ez 34) el salmista hoy anhela la llegada del verdadero «Pastor de Israel» que venga a salvar al pueblo, así como lo hizo en los días en que sacó a Israel de Egipto y guió a sus ovejas a través del desierto hacia los verdes prados y junto a las tranquilas aguas en la tierra en la que fluyeron la leche y la miel. El salmista implora al «Pastor de Israel» pidiendo que escuche la plegaria de sus ovejas, porque él es el único que puede venir a guiar a guiar al pueblo de José «como a un rebaño» y contempla a ese que ha de venir reinando «entre querubines». Tal vez el autor imagina el arca de la alianza con las imágenes de los querubines que tenía a los cuatro costados y al Salvador acompañando a su pueblo desde allí, como hoy, el Salvador anhelado nos acompaña desde el Sagrario. Este es entonces un excelente domingo para hacer una visita especial al Sagrario y agradecer que viene a salvarnos, a la vez que, contemplándolo allí, pedimos que ya llegue por segunda vez a darnos la plenitud de la gracia. Y podemos acudir al Sagrario con María, que este domingo aparece como la mujer del Adviento que también, como el salmista, espera con ansias la llegada del Salvador que lleva en su seno y se encamina «presurosa» a llevarlo a Isabel y su casa (Lc 1,29-45). Con ella y junto al Sagrario, podemos dar los últimos pasos para preparar, nosotros también, la venida del Redentor. 

En Adviento el Sagrario puede ser como el imán que nos atrae a anhelar más y más esa presencia del «Pastor» en nuestras vidas. El Sagrario es el imán, nosotros el hierro que se siente atraído a él. San Francisco de Sales decía: «cuando un alma no es atraída por el imán de Dios se debe a tres causas: o porque ese hierro está muy lejos; o porque se interpone entre el imán y el hierro un objeto duro, por ejemplo una piedra, que impide la atracción; o porque ese pedazo de hierro está lleno de grasa que también impide la atracción». Estamos en las últimas horas del Adviento, es la preciosa oportunidad de limpiar el hierro de nuestros corazones y acercarnos al Señor. Que nos apuremos estas últimas horas, que preparemos, por supuesto, el encuentro familiar del 24 o 25: la mesa, los dulces, el calor, el nacimiento y el árbol. Pero que, entre todo ello, no olvidemos lo más importante, el imán del Sagrario que nos atraiga a Jesús Eucaristía. Dios para nacer, necesita de un corazón bien dispuesto y enamorado de la Eucaristía, la Víctima, la Hostia Santa que nos trae la salvación. Que cuando llegue en las próximas horas encuentre también que del Sagrario hemos llevado su fuerza, su gracia, su amor con María a nuestras casas. Que los villancicos, los aguinaldos, las piñatas, sean un distintivo musical y festivo de estas jornadas, que además de familiares, son días de fe. En definitiva, ya que Dios, sale a nuestro encuentro en un Niño que es el «Pastor eterno de las almas» y se mueve en los fondos de Santa María, que salgamos también nosotros alegres, llenos de fe, preparados con la oración ante el Sagrario, convertidos y dispuestos a que tengamos una navidad santa y cristiana. ¡Bendecido domingo con una visita especial a Jesús en el Sagrario! 

Padre Alfredo.

sábado, 22 de diciembre de 2018

«María, la Virgen del silencio»... Un pequeño pensamiento para hoy

En el camino de la fe de toda persona, desde su inicio, hasta las cumbres de la mística, Dios se percibe como un Dios escondido a quien no podemos poseer pero en quien podemos esperar y confiar porque se hace encontradizo. Dios se revela al hombre a través de la palabra que lo manifiesta y del silencio que lo oculta, ese silencio que siempre alegra el corazón y lo hace sentirse amado, fuerte y seguro. Es lo que el salmo responsorial de hoy nos recuerda en un trozo entresacado del capítulo 2 del primer libro de Samuel. El contexto de esto es el hecho de que Ana se regocijó en el hecho de que Dios, actuando así, silenciosamente y de forma escondida, le había dado un hijo: Samuel, cuyo nombre significa «escuchado por Dios», porque Ana lo obtuvo por medio de la oración silenciosa al Señor. Ella resultó victoriosa sobre los que se burlaban de su condición por ser estéril, y se alegró en su salvación. La presencia de Dios puede ser percibida y acogida así después del silencio que se hace en el corazón para orar a él sin distracción alguna. A Dios hay que percibirlo como una «caricia silenciosa», para entrar en relación con él en la oración. No necesitamos una voz divina que nos ensordezca, sino afinar la sensibilidad espiritual para avizorar a Dios donde parece no estar y escucharlo en el silencio del corazón en una alegría íntima que nadie puede arrebatar. 

Estamos en Adviento, un tiempo privilegiado de oración en donde esperamos que la bondad y la providencia de Dios se revelan totalmente en el silencio. Y, a ese silencio, al silencio de Dios, corresponde el silencio expectante del hombre y puede ser signo de desconcierto, porque no sabemos ni el día ni la hora en que vendrá de nuevo el Señor, es algo que tiene callado, pero ciertamente vendrá para alegrar el corazón. El silencio de Dios, no a pesar, sino precisamente por su complejidad y ambivalencia, se convierte entonces en un espacio de crecimiento espiritual en donde se juega la libertad y la dignidad del hombre que vive de frente ante el misterio de la Navidad y de la Parusía. Este silencio es el de María, que se desborda solamente en la intimidad de la casa solariega de Isabel a la llegada de su visita en que exclama, y en unas cuantas palabras, todo lo que está guardado en el corazón por la grandeza que el Señor ha hecho al haberla llamado a ser la Madre de Dios (Lc 1,46-56). María, nuestra Madre, en realidad recurrió poco a la palabra. Ella vivía la alegría en el corazón y, realmente —sin ser de Monterrey— ¡cuántas palabras se ahorró! Pero, cuánto escuchó al Señor en su corazón y cuánto dejó dicho sin palabras. Cuánto dejó escrito con su vida. Cuánto testificó con sus obras. 

María, la Virgen del Silencio, nos enseña a vivir en estos últimos días del Adviento un silencio fecundo y humilde, cuajado de obras y realizaciones que queremos ofrendar al pequeño Niño cuando nazca en Belén y que queremos que encuentre en obras fecundas cuando regrese por segunda vez. Las parcas y profundas palabras del Magníficat que hoy escuchamos, nos aleccionan magistralmente en el difícil arte de decir poco, hacer mucho y orar desde el corazón guardando allí, en primer lugar, lo que es para Dios. Sí, en los umbrales de la Navidad, mientras José y María buscan posada, pienso en el silencio de esta mujer sorprendente que calló para que hablaran las obras del Creador, y para que hablase Dios mismo en ella y en los demás. Su silencio estaba hecho de oración y acción. Un silencio lleno, no vació ni hueco. Un silencio colmado de Dios, de sus palabras, de sus maravillas. María «guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón» afirma el evangelista (Lc 1,52). Porque sólo en silencio se pueden comprender las palabras de Dios y «sus cosas». Me quedo pensando: ¡Si yo fuera capaz de lograr más silencios en mi vida, más abierto estaría a la voluntad del Padre y mejor sacerdote sería! Sí, seguro que sí. ¡Me encomiendo y un feliz sábado de la mano de María! 

Padre Alfredo.

viernes, 21 de diciembre de 2018

«Los proyectos de Dios duran para siempre»... Un pequeño pensamiento para hoy



Dice el salmo 32 (33 en la Biblia): «Los proyectos de Dios duran para siempre...» ¡Qué sublime es ver estos proyectos plasmados en una vocación que se entrega y dura para siempre! Ayer pasé buena parte de la tarde en «La Casa del Tesoro», esa hermosa comunidad de la que ya he hablado en ocasiones anteriores y que está conformada por un nutrido grupo de religiosas Misioneras Clarisas enfermas y ancianas en esta bella ciudad de Guadalajara que desde ayer y hasta mañana me acoge. Cada una de las hermanas, más de 50 a las que pude saludar de una por una, me muestra, cada vez que tengo la dicha de estar con ellas, eso que el salmista canta hoy acompañado del son del arpa: «Los proyectos de Dios duran para siempre». La vocación es un llamado que definitivamente no es para una entrega temporal, es un llamado que el Dios–Hombre que esperamos en estos días previos a la Navidad, hace a un alma para que le siga para siempre. La vida consagrada de estas mujeres, algunas de las cuales las conozco desde pequeño, revela la íntima naturaleza de cada vocación cristiana a la santidad y la tensión de toda la Iglesia-Esposa hacia ese Cristo, «su único Esposo» a quien esperamos en estos días de Adviento. La profesión de los consejos evangélicos está íntimamente conectada con el misterio de la espera de Cristo. El testimonio de las almas consagradas, viviendo los votos de castidad, pobreza y obediencia como valor absoluto y escatológico, nos ayudan a entender la austeridad de este tiempo del Adviento que se entrelaza con la alegría de saber que el Señor está cerca. 

La vocación de cada una de estas hermanas —muchas de ellas con más de 40 o 50 años de vida consagrada— es un don precioso y necesario no solo a nuestra familia misionera, sino a la Iglesia y al mundo; mujeres que atestiguan hoy, acompañadas del dolor y del peso de los años el seguimiento del proyecto absoluto de Dios y el servicio a la humanidad en la entrega de su oración y de su oblación en los pequeños y grandes sacrificios que la enfermedad acarrea. En cada una de estas mujeres llenas de Dios, estalla la vida que viene a traer el Mesías esperado. Es él quien, poseído y poseedor a la vez, atrae ahora y mueve a vivir la vocación. Sofonías, en la primera lectura de hoy, nos recuerda el motivo claro de la perseverancia de estas maravillosas mujeres: Dios está cerca: «el Señor tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva». Dios sigue amando a su pueblo: «él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta». La vida que no está animada por un amor, por una ilusión, por una pasión, corre el peligro de resecarse y hacerse extraña. 

El salmo 32 me hace valorar los sentimientos de júbilo de estas hermanitas que siguen «al pie del cañón» a pesar de los cientos y miles de adversidades que se puedan ver y que a algunas ya las tienes postradas en cama, sujetas a una silla de ruedas, ayudadas para caminar por una andadera o apoyadas en un bastón. A la luz del valioso e impresionante testimonio de fidelidad de mis hermanas de «La Casa del Tesoro», resuena en mi ama cada palabra de este salmo que parece escrito, no solo para ellas, sino para que todos lo recemos en los últimos días del Adviento: «En el Señor está nuestra esperanza, pues él es nuestra ayuda y nuestro amparo y en él hemos confiado». Son actitudes que nos preparan a una Navidad vivida desde dentro. Los que, como ellas, tienen espíritu de pobre, no se envanecen al verse favorecidos por Dios con la salud o con cualidades de belleza exterior; al contrario, de inmediato se vuelven sencillos y reconocen dentro de cualquier condición de vida la acción de Dios. María, movida por la solidaridad, viaja en el Evangelio de hoy (Lc 1, 39-45) a toda prisa por los montes para acompañar a su prima anciana que está en avanzada gravidez. ¡Qué le impide a aquella mujer joven, si lo que iba era a comunicar era el gozo de que Dios naciera para el mundo! María va a ver a su prima porque no cabe de gozo y porque ella lo necesita, como nuestras hermanas ancianas y enfermas necesitan de quien les atienda. Al contemplar hoy a la Virgen María en esta actitud, renuevo mi andar en el Adviento y me lleno de gratitud al Señor por el testimonio de alegría de mis hermanas que comunican, desde su condición, un poco de esperanza para este pobre padrecito y para que el mundo se caliente y sonría. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

jueves, 20 de diciembre de 2018

«DE CORAZÓN LIMPIO Y MANOS PURAS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Las dos interrogantes que hoy tenemos en el salmo responsorial, tomado del salmo 23 (24 en la Biblia): «¿Quién subirá hasta el monte del Señor? ¿Quién podrá entrar en su recinto santo? Nos dan a entender que estamos ante un himno que se entonaba cuando el pueblo subía a Jerusalén para entrar en el santuario de Dios. El que entrará a adorar a Yahvé, el Rey de reyes y Señor de señores, será «el de corazón limpio y manos puras...» Sí, no bastarán para acercarse ante el Mesías las manos limpias, la pureza exterior para tomar entre los brazos al pequeño Niño que nacerá ya dentro de unos cuantos días; se necesita además un corazón limpio, un corazón puro, libre de pecado, libre de la codicia, libre del orgullo que pululan en nuestra sociedad de consumo; un corazón que está inundado del deseo de orar, de transmitir los misterios de la fe y de llenar el mundo del amor del Mesías. Los de corazón limpio no pueden ser como muchos que veía el autor del salmo en misma aquellos tiempos y que pretendían adorar a Dios y se iban tras de Baal a la vez. Los de corazón limpio no pueden ser como algunos que se dicen cristianos el domingo en Misa y entre semana recurren a la santería, a la lectura de cartas y al tarot. 

Dicen algunos historiadores que en la religión egipcia de aquellos tiempos en que los judíos esperaban el Mesías, los corazones de las personas muertas eran colocados en una balanza para ser pesados con el fin de ver si eran dignos de entrar en la vida eterna... Y me pregunto: ¿Cuánto pesará mi corazón?, es decir, ¿cuán limpio está? Los judíos sabían que el de corazón puro y manos limpias, al acercarse al santuario, recibía la bendición (berakah) y el beneplácito de la justicia divina (tzedakkah). Nosotros no subiremos al Templo de Jerusalén a recibir la bendición y la justicia, sino que nos acercaremos al pesebre de un pequeño niño, el Niño Dios y, si somos honestos con nosotros mismos, tendremos que confesar que no somos dignos de acercarnos. En el tiempo del Adviento, nos preparamos para acercarnos a Aquel que si es plenamente limpio de corazón y de manos puras, a ese Dios todopoderoso que se hace pequeño pata dejarse abrazar por nuestra miseria queriendo ser también nosotros como Él, de manos limpias y puro corazón. 

La Iglesia entona este salmo responsorial en Adviento anhelando la venida del Logos eterno al seno de la Virgen y al corazón del creyente. Precisamente el Evangelio de hoy nos presenta como figura central a María, la joven mujer de Nazaret, en la Anunciación (Lc 1,26-38). El evangelista nos la presenta sin títulos, sin currículo, incluso sin méritos. San Lucas, tan atento siempre en adjuntar a la presentación de cada personaje un breve currículo, al presentar a María, no dice nada. Sin embargo, esta mujer, como lo sabemos, es de corazón limpio y manos puras que gozan de la gracia de Dios. Dios pone en ella sus ojos y se deja embelesar por ella. No se sabe si María está llena de gracia por su inmediato futuro o por todo su pasado. Quizá para Dios todo forme una unidad. Pasado, presente y futuro están incluidos en la expresión: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Así como la Virgen abrió las puertas de su vida para dejar entrar al Verbo encarnado, así también dejemos entrar al Rey que ya llega a nuestras vidas. Que la condición humilde de Cristo que viene en un pequeño Niño para ser el siervo sufriente, traiga bendición y justificación a nuestras manos que quieren ser puras y a nuestros corazones que quieren estar limpios. ¡Bendecido jueves día en que Jesús Eucaristía, el Dios de manos limpias y corazón puro es adorado en muchos templos del mundo entero! 

Padre Alfredo.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

«Recuerdos del Adviento»... Un pequeño pensamiento para hoy

Del mismo modo que el pueblo de Israel esperaba la venida del Mesías, que llegaría como el cumplimiento de la promesa hecha por Dios a nuestros primeros padres, renovada a los patriarcas y reiterada una y mil veces por la palabra de los profetas, así también hoy nosotros nos preparamos intensamente para celebrar el recuerdo actualizado de aquel gran acontecimiento, que significó el comienzo de nuestra salvación. Estos días de las posadas nos recuerdan que sólo si disponemos nuestro corazón para acoger al Señor, como lo hicieron María y José, los pastores y los magos, el Adviento y la Navidad serán para nosotros un espacio de gracia y salvación. A lo largo de las cuatro semanas de Adviento meditamos con un conjunto de salmos que dirigen nuestra oración agradecida hacia el Señor que viene a redimirnos y volvemos a ser niños, un poco o un mucho, según cada quien. Sí, yo creo que de una u otra manera todos nos trasladamos estos días a las épocas de nuestra niñez, sea hace pocos o muchos años, hay momentos que se graban para siempre a pesar de que los años se van quedando atrás. 

Hoy la lectura y reflexión del salmo 70 —71 en la Biblia— me han llevado a recordar algunos Advientos desde que era pequeñito en casa con mi hermano Eduardo y esas prácticas que mamá nos ponía para ir decorando el árbol de Navidad y para preparar el caminito de Adviento con aquellos pequeños pergaminos con ofrecimientos que hacíamos cada día. Y me invita el salmo a eso porque se ve que el autor del salmo ha crecido en un ambiente de fe desde pequeño: «Desde que estaba en el seno de mi madre, yo me apoyaba en ti y tú me sostenías» dice. Yo también, desde que tengo memoria de mi existencia recuerdo el Adviento, las posadas, la envoltura de regalos con papá y mamá para los de la fábrica y los aguinaldos que había que preparar para los niños pobres con ayuda de las asistentes que en esos días trabajaban mucho más arduamente en casa que en otras fechas. ¡Cómo olvidar a Ercilia, a quien tanto le debemos por su arduo trabajo en estos días de diciembre por años sin término y a quien tengo siempre presente en la oración con sus hijos! Cada Adviento nos lleva necesariamente a la alabanza, pero también a la gratitud, y yo creo que, de cierta manera, este tiempo tonifica y renueva nuestra vida. En el salmo de hoy reconocemos humildemente que Dios es nuestra roca y nuestro refugio, el que nos libra de las dificultades, el que ya desde el seno de nuestra madre nos conoce v nos acompaña a lo largo de nuestra vida y eso nos lleva a recibirlo en esta próxima Navidad con inmensa gratitud. 

Por otra parte, el texto del Evangelio que hoy nos ocupa (Lc 1,5-25) narra la anunciación del nacimiento de Juan. Zacarías e Isabel son ancianos, y ella estéril. Representan así al pueblo de Dios, al «resto» justo y fiel que esperaba la liberación y que agradece al Señor ese gesto de envío. Ellos son el pueblo pobre, que sin poder recurrir a nadie más, depende de Dios y de sus designios divinos viviendo de su gratitud. Así comienza la Buena Nueva: en un rincón del mundo, con una pareja de ancianos que no han tenido hijos y que sólo confían, esperan y agradecen a Dios tan grande bendición. Tener capacidad de «agradecer» es absolutamente imprescindible para la fe. El conformismo con lo dado cierra la posibilidad de sueños y visiones. Hoy, Zacarías es un visionario un tanto escéptico, pero no importa demasiado su duda. Aceptó la posibilidad. Nosotros también podemos abrirnos a lo imposible y agradecer el envío del Salvador. Y tú, ¿cómo recuerdas estos días previos a la Navidad? ¿Qué te viene a la mente de tu niñez? ¿Qué piensas al contemplar en estos días las figuras de María y José y el pesebre en espera del Niño Dios? ¿Qué y a quién regalas y por qué? ¿A quiénes agradeces en estos días de fiesta? Para Ercilia y para todos, mi saludo fraterno y mi bendición en este miércoles, cuarto día en la novena de Navidad. 

Padre Alfredo.

martes, 18 de diciembre de 2018

«EN PLENAS POSADAS»... Un pequeño pensamiento para hoy


No nos puede quedar duda de que el salmo 71 (72 en la Biblia) es un salmo mesiánico. La liturgia de la palabra insiste en él. Ayer lo leímos y ahora vuelve a aparecer repitiendo el responsorio y algunos de sus versículos. Con ansia exclamamos con el salmista: «¡Ven, Señor, rey de justicia y de paz!» No puedo negar que soy mexicano, y al volver a ver este salmo y contemplar en él la esperanza que aviva el corazón del salmista, pienso en mi país y en las posadas que en estos días se celebran por muchas calles y rincones desde las grandes ciudades hasta los pueblos más pequeños. Pero pienso también en lo que el salmo nos dice en torno a la justicia y la paz y la forma en que vivimos la justicia y la paz, pero no a al estilo del mundo, sino al estilo de la justicia y la paz que nos viene a traer Jesús y que brillan en José y María en una alegre espera. México, en una encuesta realizada en este 2018 en 180 países para evaluar la corrupción en los mismos, ocupa el lugar 135, en donde el «0» lo tiene el menos corrupto y el «180» el más. ¿Qué nos dice esto al celebrar las posadas en estos días? Y la realidad es que hay derroche, malgasto, mundanidad, frivolidad, comilonas, borracheras... corrupción. Y no es por el gobierno, ni por algunas instituciones... es por nuestro mezquino corazón. Un país en donde la mayoría aún es cristiana ha dejado a un lado valores que ayudan a establecer la justicia porque ha sacado al Mesías Salvador de las posadas y parece celebrar en éstas el gozo de que para él no hay posada. 

Las posadas son una tradición muy mexicana y muy religiosa, pero... ¿Cómo se celebran la mayoría hoy? ¿Hacia dónde conducen a los participantes? ¿Hay buen juicio en ellas? Acabo de leer que la posada que se realizó a los elementos de seguridad pública del municipio de Santiago, en mi natal Nuevo León, terminó en tragedia, cuando un elemento en estado de ebriedad al regresar de la fiesta invadió el carril de circulación contraria y se impactó con un vehículo, muriendo un policía y dejando a otro elemento en estado delicado... En Cd. Juárez, Chihuahua, agentes municipales detuvieron a 253 menores de edad, 148 mujeres y 105 hombres ebrios en una posada de una escuela en la que los padres de familia manifestaron que no tenían conocimiento de que habría alcohol... En Martínez de la Torre, Veracruz, mientras se realizaba una posada, hombres armados protagonizaron un ataque armado que dejó como saldo a tres personas lesionadas... Las posadas las trajeron los misioneros a nuestras tierras para acompañar a José y a María en la espera del «Señor, rey de justicia y de paz». Pero la inmensa mayoría de las posadas de hoy no se parece a la dulce espera de María y de José. 

La espera de José y de María era una espera que no era egoísta como la de muchos en las apócrifas posadas de hoy. Su espera no se basaba en la expectación simplemente de su hijo, sino del Mesías, el Salvador del mundo, quien venía por amor a los hombres a salvarlos y a llenarlos «de justicia y de paz». Es por esto que desde el principio hasta el final, José y María tendrán siempre una disposición interior de escucha al Señor, de atención a su voluntad, de caridad y pobreza como nos narra el Evangelio de hoy (Mt 1,18-24), nunca poseyendo al hijo, sino entregándolo. Por lo tanto, en su espera por el hijo que nacerá, José, un hombre justo, aceptará la voluntad de Dios sin protagonismo alguno y consciente de que María ha sido elegida para traer al mundo al Salvador y no para que ella lo posea o lo presuma. Es por eso que veremos en las Escrituras, que, en la Navidad, María lo colocará en el pesebre y lo acostará allí, en vez de estrecharlo para sí en sus brazos. Qué pena que muchas de las posadas que se realizan en estos días, son fiestas que celebran la corrupción, la injusticia, el abuso, la extorsión... ¿Tú, como celebras las posadas? 

Padre Alfredo. 

P.D. ¡Bendecido martes! Yo voy a la Basílica aquí en mi selva de cemento a visitar a la Madre de Dios y a esperar con Ella la llegada del Salvador, «Rey de justicia y de paz» al corazón de quienes acudan a la cajita feliz de 2 a 6 de la tarde.