lunes, 17 de diciembre de 2018

«El buen juicio y la justicia llegarán»... Un pequeño pensamiento para hoy


El buen juicio y la justicia verdadera son dos cosas que sólo pueden venir de Dios. Hoy el salmo responsorial es el 71 (72 en la Biblia) y trata precisamente este tema del buen juicio y la justicia. El salmista ora por el rey y pide tres cosas: a) que el rey traiga justicia; b) que traiga vida y abundancia a la tierra; y c) que su poder se extienda a todos los confines de la tierra. Desde nuestra perspectiva del Adviento, ¿quién será ese rey? Aunque el Nuevo Testamento no cita éste como un salmo mesiánico, el lenguaje y lo que el salmista pide para el rey perfectamente lo podemos aplicar al Salvador que esperamos venga a reinar en nuestras vidas: «De mar a mar extenderá su reino y de un extremo a otro de la tierra... que él sea la bendición del mundo entero y lo aclamen dichoso las naciones». La realidad desnuda de la inestable situación de un mundo en donde falta precisamente el buen juicio y la justicia se abre ante nuestros ojos. Los poderes del mundo, por si solos, no lograrán nunca nada si no dejan un espacio grande a Cristo nuestro salvador, el Rey de reyes y Señor de señores. 

Desde una perspectiva universal, el salmo responsorial de la liturgia de hoy pone claramente de manifiesto las esperanzas que el pueblo de Israel tenía en la llegada de un Mesías que implantara la justicia. El rey de buen juicio y justo liberará al menesteroso, socorrerá al afligido, y tendrá misericordia de los pobres y los salvará. En su misión de implementación de la justicia, con un fuerte tinte de misericordia, el Salvador esperado eliminará el engaño, erradicará la violencia y redimirá el alma de las personas indefensas porque vendrá a implantar un reino justo (vv. 1-4), un reino universal (vv. 5-11), un reino compasivo (vv. 12-14), un reino próspero (vv. 15-17), un reino glorioso (vv. 18-20). ¡Qué visión la del salmista! La envergadura de la composición del salmo y sus horizontes rebasan las de un simple personaje histórico y vemos que se refieren más bien al Mesías esperado para restaurar en la tierra el reinado pacífico de Dios. Pero el horizonte tan amplio de este salmo no se queda circunscrito a la primera venida de Cristo, porque nosotros también caminamos, al igual que los fieles del Antiguo Testamento, hacia la gloriosa venida del Mesías al final de los tiempos. 

El evangelista san Mateo nos invita a acercarnos a este Mesías esperado desde la antigüedad y tiene el detalle de narrarnos su genealogía. Reconocido como Hijo de Dios por la comunidad cristiana, el Mesías tiene un origen humano estrechamente vinculado a su pueblo y a la historia de la humanidad. Jesús no es el fruto de un azar caído, así, sin saber desde dónde. El se enraiza en un linaje de antepasados concretos, de este modo es un verdadero «Hijo del hombre», que participa con buen juicio de la condición humana menos en el pecado, con sus límites y sus particularidades. Los nombres de esta genealogía no son precisamente una letanía de santos. Hay personas famosas y otras totalmente desconocidas, hombres y mujeres que tienen una vida recomendable, y otros que no son nada modélicos. El Mesías esperado, el Hijo de Dios, la Palabra eterna del Padre, se ha encarnado plenamente en la historia humana, está arraigado en un pueblo concreto, el de Israel. No es como un extraterrestre o un ángel que llueve del cielo. Pertenece con pleno derecho, porque así lo ha querido, a la familia humana y por eso nosotros, como él, podemos ser hombres y mujeres de buen juicio que busquen establecer la justicia. Jesús es hijo de María, pero también es hijo de un pueblo, de una gran tradición viva e incluso biológica. En aquella mentalidad, toda la responsabilidad de la generación recaía en los varones. ¡Eran ellos los que engendraban! ¡Eran ellos los que ponían el nombre al hijo! ¡Eran ellos los que transmitían de generación en generación la bendición de Dios! A través de ellos llegará el Mesías. En esta genealogía la figura de José tiene la clave. Él es el esposo de María. Él es el que impone el nombre al Hijo de María. De este modo, lo asume como propio suyo, quien asumió a María como esposa. José tiene que ver mucho en el Adviento, será para Jesús un padre espiritual que le transmitirá la gran tradición del pueblo, y hará de Jesús un hijo espiritual del pueblo de Israel. Nosotros también tenemos que ver mucho en el Adviento porque somos familia del Redentor, nuestra genealogía tiene que ver con la suya, por eso en nuestro corazón permanece vibrante un anhelo de buen juicio y de justicia para este mundo que en unos cuantos días revivirá la llegada del Salvador y no sabes cuando, vivirá el gozo del encuentro en su segunda venida. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

domingo, 16 de diciembre de 2018

«Domingo Gaudete»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Ya estamos en el tercer domingo de Adviento! Un domingo llamado «domingo de gaudete», o de la alegría. Hay dos domingos en el año que se distinguen por el uso del color rosa en la vestimenta y en algunos otros signos, estos son el cuarto domingo de Cuaresma (laetare) y el tercer domingo de Adviento (gaudete) porque en medio de la «espera», recordamos que ya está próxima la alegría de la Pascua o de la Navidad, respectivamente. En la corona de Adviento hoy se suele encender una vela rosada y en la parroquia, gracias a la generosidad de una de las familias de la comunidad, hoy estrenamos ornamento rosa, porque no teníamos. ¡Dios se los pague! El tercer domingo de Adviento nos hace una cordial y sentida invitación para que nadie desespere de su situación, por difícil que ésta sea, dado que la salvación se ha hecho presente en Cristo Jesús y por eso la liturgia, en el Salmo Responsorial, nos remite no a uno de los 150 salmos del salterio sino al capítulo 12 del profeta Isaías que se parece a un salmo, y esto es lo que realmente es. Es como una hermosa joya entre este maravilloso libro profético. Tenemos ante nuestros ojos la alabanza de un pueblo que se expresa en dos breves cánticos de alabanza en los que el autor sagrado nos invita a contemplar la salvación en una persona y no un programa, ni tampoco en un ritual o en una liturgia. La salvación es una persona, y esa «Persona» es el Señor Dios, es decir, el Señor Jesucristo. En ese texto se nos pide responder con alegría y júbilo porque Dios está con nosotros: «El Señor es mi Dios y salvador». 

Estos dos cánticos del capítulo 12 de Isaías son una pura alabanza de corazones que se saben redimidos y se rinden ante Dios por su elección y su salvación. Isaías está convencido de que Dios liberará a los fieles de Israel de sus opositores políticos y de las consecuencias espirituales de sus pecados: «Con él estoy seguro y nada temo. El Señor es mi protección y mi fuerza y ha sido mi salvación». Hoy nosotros, como aquel pueblo —especialmente en este tiempo de Adviento— debemos ser hombres y mujeres llenos de esperanza en el Mesías que viene a liberarnos, de confianza en él, de alegría espiritual. También nosotros como aquellas gentes del Antiguo Testamento, tenemos dificultades materiales, sociales, políticas, espirituales, pero no nos desanimarnos, debemos pedir todos estos días del Adviento a nuestro Mesías que el amor misericordioso del Padre, que lo envía, inunde un día sí y otro también nuestros corazones. Precisamente en esto se basa el gozo de este tercer domingo de Adviento, en la certeza de que nuestro Señor Jesús, nuestro Mesías, ha venido a salvarnos, a liberarnos y a llenarnos de alegría. En medio de la crisis que el mundo vive, saber que Dios tiene la clave de la historia en su mano y sabrá sacar a flote toda esa tremenda situación, nos da paz y nos debe mantener en una alegre espera. No una alegría de, mundo, de placeres pasajeros y falsas alegrías que los hombres llaman felicidad y que no son más que amargura y zozobra. Es la alegría auténtica que produce paz de Dios en el corazón y que se resume en el darse. Alegría que se puede tener aun en medio de las tribulaciones, porque es una alegría que dimana de la redención del que lo dio todo para salvarnos. 

Por eso Juan el Bautista, en el Evangelio de hoy (Lc 3,10-18) dice: «Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo» e iba señalando a todos sus propios deberes según su propia situación pero siempre invitando a la conversión para alcanzar la verdadera alegría. Al hombre que de veras se convertía le llevaba a las aguas del Jordán y le bautizaba. Si alguien no quería dejar sus malos caminos no podía bautizarse. Juan Bautista, daba así un signo de conversión para alegrar el corazón. Esta llamada a la alegría llena la liturgia de este «domingo gaudete». Por eso desde la primea lectura, del profeta Sofonías (Sof 3,14-18), escuchamos una esperanzadora invitación a estar alegres y San Pablo lo repite: «Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense! (Flp 4,4-7). En este tercer domingo de Adviento, domingo de la alegría, vivamos con María, «Causa de nuestra alegría», por ser la Madre del Salvador, el gozo de la cercanía del Señor que viene a salvarnos. Pero que esta alegría sea no una alegría fugaz y superficial, sino una alegría en el Señor, pues Dios viene a nosotros, a traernos la paz y la confianza en Él. ¿Cómo estamos preparando la fiesta de la Navidad? Preparemos esta venida del Señor dejando atrás todo aquello que es paja en nuestra vida, para sacar a relucir el buen fruto que Dios espera de nosotros. ¡Bendecido domingo! 

Padre Alfredo.

sábado, 15 de diciembre de 2018

EL DIEZMO, QUÉ ES Y PARA QUÉ SIRVE...


¿QUÉ ES EL DIEZMO?

El diezmo (del angolsajón «teotha», que significa una décima), es una práctica de la antigüedad (tanto entre los babilonios, persas, griegos y romanos, como entre los hebreos). También es ley en la actualidad entre los musulmanes, judíos y muchos grupos cristianos.

Para los católicos el diezmo es la forma de colaborar con el plan de Dios en el establecimiento de su Reino de amor, de vida, de justicia y de paz al compartir los bienes recibidos de Dios para ayudar a la Iglesia en sus necesidades, en esfuerzos de evangelización y apoyo a la comunidad.

EL DIEZMO EN EL ANTIIGUO TESTAMENTO.

En la Biblia, el diezmo (décima parte) aparece en el Antiguo Testamento. Estaba reservado antes que nada para los miembros de la tribu de Leví (sacerdotes y levitas), que, por dedicarse al culto, habían quedado sin parcela al repartirse la tierra de Canaán (Núm 18,21-33; 2 Cro 31,5-19). Después, estaba destinado también para ayudar a los más necesitados, especialmente las viudas y los huérfanos: «El tercer año, el año del diezmo, cuando hayas acabado de apartar el diezmo de toda tu cosecha y se lo hayas dado al levita, al forastero, a la viuda y al huérfano, para que coman de ello en tus ciudades hasta saciarse» (Dt 26, 12-14).  

En su sentido literal, el diezmo era la décima parte de todos los frutos adquiridos, que se debe entregar a Dios como reconocimiento de su dominio supremo (Cf. Lv 27,30-33). El diezmo se le ofrecía a Dios pero se transfería a sus ministros (Cf. Núm 28,21). Siempre que se habla en la Escritura del diezmo se trataba de una entrega en especie, ya sea de fruta ó de animales. Así aparece ya en Génesis 14 cuando Abraham ofrece el diezmo al sacerdote Melquisedec. En Génesis 28, Jacob da el diezmo de todas sus posesiones al Señor.

En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas (año jubilar, prohibición del préstamo a interés, retención de la prenda, obligación del diezmo, pago cotidiano del jornalero, derecho de rebusca después de la vendimia y la siega) corresponden a la exhortación del Deuteronomio: «Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra» (Dt 15,11). Jesús hará suyas estas palabras en el Evangelio: «Porque a los pobres siempre los tendrán con ustedes; pero a mí no siempre me tendrán» (Jn 12, 8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos antiguos: «comprando por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias...» (Am 8,6), sino que nos invita a reconocer su presencia en los pobres que son sus hermanos (Catecismo de la Iglesia Católica 2448-2449).

EL DIEZMO EN EL NUEVO TESTAMENTO.

En el Nuevo Testamento no se habla del diezmo como obligación. Cristo no rechaza el diezmo, pero enseña una referencia nueva: Dar ya no el 10% sino darse del todo por amor, sin tener en cuenta porcentajes ni costos. En ninguna de las cuatro veces que el diezmo aparece en el Nuevo Testamento (Mt 23,23; Lc 11,42; 18,12; Hb 7,2-9) se habla de esta práctica como obligatoria. Y es que la Nueva Alianza no se limita a la ley del 10% sino que nos refiere al ejemplo de Jesucristo que se dio sin reservas. Jesús vive una entrega radical y nos enseña que debemos hacer lo mismo. El Corazón traspasado de Jesús es el modelo de entrega total. Se entregó hasta la muerte en el Calvario, hasta la última gota de Su Preciosa Sangre. Él nos da Su gracia para saber dar y darnos como Él se dio. Todo le pertenece a Dios y somos administradores de nuestros recursos según el Espíritu Santo ilumina la conciencia.

El mismo Cristo nos da el siguiente modelo en el Evangelio: «Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: "Les digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba. Ha dado todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,42-44).

San Pablo enseña y vive la misma entrega radical: «Pues conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por ustedes se hizo pobre a fin de que se enriquecieran con su pobreza» (2 Cor 8,9). Y habla  del deber de mantener a los ministros: «¿No saben que los ministros del templo viven del templo? ¿Que los que sirven al altar, del altar participan?» (1 Cor 9,13).

EL DIEZMO HOY.

En la actualidad, la Iglesia Católica mantiene la enseñanza de San Pablo sobre la obligación de los fieles de contribuir generosamente con las necesidades de la Iglesia según sus posibilidades, pero la manera en que lo hacen no esta definida por la ley, debe entenderse según el espíritu evangélico de una entrega de corazón por amor. Personas con recursos podrían dar mucho mas, mientras que para un pobre y sin trabajo, dar el 10% podría significar negarle a sus hijos el alimento.

El diezmo, en la actualidad, es una cooperación diocesana «anual» que los creyentes ofrecen a la Iglesia para la realización de sus tareas pastorales como la caridad, la evangelización, la promoción humana y el sostenimiento de proyectos de formación de agentes de pastoral. Es una manera de expresar la alegría de ser cristianos y pertenecer a una familia en la fe católica tomando conciencia de que todos somos corresponsables en la construcción de la Iglesia y su misión evangelizadora. De manera que actualmente el diezmo permite que juntos hagamos efectiva la caridad y solidaridad con nuestra Madre la Iglesia especialmente hacia los más pobres. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 2043 dice: «El quinto mandamiento (ayudar a la Iglesia en sus necesidades) señala la obligación de ayudar, cada uno según su capacidad, a subvenir a las necesidades materiales de la Iglesia (cf. CIC can. 222)».

A todo miembro de la Iglesia Católica le debe entonces quedar bien claro que, al no precisar una cuota, la Iglesia Católica no exime de la obligación de contribuir; al contrario, la Iglesia enseña que el cristiano debe dar a la medida de Cristo y por amor a Él, según las necesidades de la Iglesia y sus propias posibilidades. Dar es una obligación y también un privilegio, un gozo, porque es parte integral de nuestra vocación de discípulos–misioneros de Cristo de hacer todo lo necesario para propagar el Reino de Dios. La Nueva Evangelización no puede prescindir de una reestructuración del aspecto económico, si quiere hacer frente a los nuevos retos que se presentan. Lo importante es que cada uno dé con generosidad, «cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría» (2 Cor 9, 7).

Cada Conferencia Episcopal establece la manera de cumplir con el diezmo. En México, por ejemplo, el diezmo corresponde a un día de salario anual.

¿PARA QUÉ ES EL DIEZMO?

Con el diezmo la Iglesia busca lograr que todas las parroquias sean misioneras, para llegar a las periferias que necesitan la luz del Evangelio.

Gracias a las aportaciones del diezmo la Iglesia impulsa las obras de asistencia y promoción humana a favor de los más necesitados: los pobres, los adultos mayores (incluidos los pastores enfermos o ancianos), las viudas, los migrantes, los presos, etc. para que vivan con dignidad.

Cierta parte del diezmo se destina a apoyar la formación de los miembros de la Iglesia (Sacerdotes, seminaristas, religiosos y laicos) para que sean sal y luz en las realidades temporales.

La Iglesia, apoyada por estas ayudas del diezmo, puede tener medios suficientes para atender a los niños y jóvenes ofreciéndoles espacios dignos para la catequesis y la formación, además de la posibilidad de servir, en el caso de los jóvenes, en espacios y actividades de voluntariado.

Parte del diezmo sirve a la Iglesia para promover actividades que acompañen a las familias en sus problemas y necesidades, de manera que sea más fácil realizar su vocación en la Iglesia y la sociedad.

A MANERA DE CONCLUSIÓN.

Para todo católico el mensaje bíblico del significado del diezmo es muy claro. Se trata de abrirse con valentía al compartir. El diezmo es la cooperación que los feligreses dan para el sostenimiento de la Iglesia Diocesana y es distinto a la colecta que se hace en las misas, que es para el sostenimiento de los gastos de cada parroquia.

Llevar a cabo su misión evangelizadora es la principal tarea de la Iglesia diocesana. Para realizarla se requieren estructuras, formación pastoral de agentes, personal, y todo lo que cualquier institución necesita. Pero para cubrir lo anterior la Iglesia se vale en buena parte del diezmo, sin cuya ayuda, el funcionamiento de la Iglesia, en muchos de estos campos sería imposible. Por ello cada año se realiza una campaña intensiva del diezmo conscientes de que la vida de la Iglesia, su caminar, su misión y la luz del evangelio recae en manos de todos sus miembros.

El diezmo lo damos no es por un motivo bíblico que sea obligatorio, sino por amor a Jesucristo y a su Iglesia como fruto de la madurez en la fe. Ojalá y diéramos eso y más, pues es mucho más lo que Dios nos ha dado y nos ha bendecido.

Padre Alfredo.

«Vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala»... Un pequeño pensamiento para hoy


Ya sabemos que la palabra Adviento significa «venida». Y sabemos también que, si Dios «viene» al hombre, lo hace porque en su ser humano ha puesto una «dimensión de espera» por cuyo medio el hombre puede «acoger» a Dios, es capaz de hacerlo. La posibilidad de que el mundo pueda ser transformado depende de cuánto el hombre pueda ponerse frente a Dios y recuperar su identidad desde Él, que viene a salvarlo. Hoy el autor del salmo 79 (80 en la Biblia) parece decirle al Señor junto con nosotros: «No te canses de llamar, Señor, no te canses de llegar, no te canses de venir... «vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala», Señor, que aquí estamos caminando, Señor, a tu encuentro en este Adviento. El propósito del salmista es suplicar e implora a Dios su intervención redentora y liberadora para traer la restauración al pueblo que se sentía herido, cautivo y deprimido en medio de una grave crisis nacional. La oración del escritor sagrado es intensa y sentida, y transmite un sentido profundo de urgencia, que se revela claramente en los imperativos que utiliza: «Escúchanos... manifiéstate, despierta tu poder y ven a salvarnos... vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la mano plantada por tu mano... que tu diestra defienda al que elegiste... consérvanos la vida». 

El salmista solicita la intervención del Dios misericordioso y pide que venga a establecer orden. Él es el pastor y sembrador. De hecho es la única vez que en la Biblia Dios recibe este apelativo de «Pastor de Israel»; por eso estamos ante un salmo muy propio de este tiempo de Adviento. Jesús de Nazareth, cuya llegada anhelamos, se identificó mucho con estas imágenes del pastor y el sembrador de este salmo. Desde la perspectiva del pastor, se presenta como el pastor verdadero que da la vida por sus ovejas (Jn 10) y afirma que el es el verdadero sembrador, que hace que la vid de mucho fruto (Jn 15). Hoy la liturgia nos pone este salmo porque el Adviento nos lleva a aspirar ver al Salvador y experimentar su gracia y su perdón. Al orar con este salmo en la Misa de hoy reconocemos que tenemos necesidad de clamar al Padre que envíe al Salvador de quien queremos ser fieles discípulos–misioneros en medio de este mundo que ha sido atacado por la esterilidad y las plagas que el nuevo orden mundial quiere insertar queriendo « hackear» a la Iglesia. 

Ojalá pudiéramos escuchar hoy sábado y de la mano de María que espera ansiosa la llegada del Salvador, que se eleva de una multitud de «corazones marianos» el mismo clamor: «Despierta tu poder y ven a salvarnos» y que de esta misma multitud brota el gozo de anunciar su venida a los demás, como nos recuerda el Evangelio de hoy que hizo Juan el Bautista (Mt 17,10-13). Cristo, a quien esperamos, nos propone admirar e imitar, tanto como podamos, el desprendimiento del Bautista, su pasión por la justicia y la verdad, su humildad tan sincera ante la presencia de aquel cuyas sandalias no se considera digno de llevar. Como Elías —a quien Jesús hace referencia hoy en el Evangelio—, Juan Bautista es testigo de los derechos de Dios, su santidad, la gloria soberana del «Pastor de Israel» que no puede ser confundida con la efímera belleza de ninguna de sus creaturas. No cerremos nuestro corazón al Redentor que se acerca a nosotros no sólo para protegernos sino para renovarnos como criaturas nuevas, como hijos de Dios. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de prepararle el camino al Señor con un corazón libre de maldades, injusticias y odios, y lleno del amor que venido de Dios, nos haga ser una digna morada para Él y un signo del amor fraterno para cuantos nos traten. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 14 de diciembre de 2018

«Como un árbol plantado junto al río, que da fruto a su tiempo y nunca se marchita»... Un pequeño pensamiento para hoy


Vivimos en una sociedad en la que es inevitable el contacto con estructuras malvadas y con personas corruptas y sin principios de fe, con gente que se burla de los que rezamos y de todo lo que es sagrado. A veces me llama la atención que voy en el metro o en el metrobús de esta singular selva de cemento en CDMX y salen algunos que, con creencias diferentes, visión diversa de las manifestaciones afectivas o comportamientos que no se como definirlos, al ver a alguien con el traje de cura «se lucen» con caricias y comportamientos irreverentes, no se si como burla o como provocación. Yo los hago parte importantísima de mi oración y los encomiendo. A veces los noticieros o editoriales de los periódicos entran en conflicto con la doctrina del Evangelio y las redes sociales procuran ensalzar los malos comportamientos de uno que otro padrecito despistado por cuya causa todos los miembros de la Iglesia somos juzgados con la misma medida que se le aplica al susodicho. Yo creo que en este ambiente tan difícil que vivimos se hace necesario ser como el autor del salmo 1 nos dice: «como un árbol plantado junto al río, que da fruto a su tiempo y nunca se marchita». A veces veo que esa combinación de ataques de fuera y malos testimonios de dentro, pudieran hacer que se perdiera la confianza en la fe que se nos ha inculcado y en todo lo que con ella tiene que ver. 

Hoy hay mucha gente que, incluso dentro de la Iglesia, quieren acomodarse a los criterios del mundo. Y es que a veces eso resulta más fácil y práctico para evitar sentirse perseguido o criticado. Sin embargo, el salmista nos recuerda hoy que «los malvados serán como la paja barrida por el viento» y que «el Señor protege el camino del justo y al malo sus caminos acaban por perderlo». El salmo 1 nos invita este día a tener el Evangelio siempre en los labios y a vivirlo con intensidad y no como niños que no saben lo que quieren, según nos dice el Evangelio de hoy (Mt 11,16-19). Viene Juan el Bautista con toda su austeridad y lo ven mal, lo critican y le acusan de extraño endemoniado; viene Cristo, revestido con una sencillez impresionante, se sienta a compartir la vida y la comida de los hombres, y le dicen que es un borracho y un comilón cualquiera. Venga quien venga, haga lo que haga, diga lo que diga, donde no hay sensibilidad, ni honradez, ni capacidad de creer y amar, habrá siempre salidas infantiles y excusas para no creer. ¿Cuántos Advientos hemos vivido ya en nuestra historia? ¿De veras acogemos al Señor que viene porque creemos en Él? Cada año se nos invita a una opción: dejar entrar al Señor que viene en nuestra vida, con todas las consecuencias. Pero nos resulta más cómodo disimular y dejar pasar el tiempo. 

Lo que un hombre cree acerca de Dios es la cosa más importante de su vida, y hoy hay muchos que no creen porque quieren fabricarse un diosecillo a su medida. Incluso algunos de los que creen piden cosas extrañas. Alguien ha dicho que los creyentes de hoy, asustados por ver tantas realidades que se salen de los criterios de la moral y de las reglas de la convivencia humana, piden a Dios sendas más fáciles de recorrer, en lugar de pedir, como conviene... «un calzado más resistente» para «no guiarse por mundanos criterios». ¡Cuán hábil es la humanidad para rehusar las llamadas de Dios! Encontramos siempre buenas razones para quedarnos con nuestra testarudez infantil. En este Adviento de preparación para celebrar el nacimiento de Jesús, dejémonos tocar un poco por la predicación penitencial de Juan, revisémonos un poco a ver si no hay algunos males que extirpar de nuestras vidas para que el mundo no nos contagie. Y dejémonos arrastrar por la corriente de amor y calurosa simpatía que siente Jesús por toda clase de personas, sobre todo por los pobres, los humildes, los pequeños y los que buscan incomodarnos o se burlan de nuestra fe. Caminemos en este Adviento con María que debió afrontar tantas dificultades y tal vez mucho más duras que las nuestras. Con ella envía pidamos que venga sobre nosotros en este Adviento la fuerza, el rayo del Espíritu Santo que la cubrió con su sombra, para que seamos transformados en hombres valientes como el Bautista, auténticos discípulos misioneros de Jesús que oran por todos. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

jueves, 13 de diciembre de 2018

«Reconocer nuestra pequeñez»... Un pequeño pensamiento para hoy

El Adviento es un momento para reconocer nuestra pequeñez y suavizar las asperezas del orgullo y de la vanidad haciendo espacio para que venga Jesús a nuestras vidas. A lo largo del camino del Adviento, la luz que disipa la oscuridad nos va revelando poco a poco que Dios es Padre y que su paciente misericordia y fidelidad es más fuerte que las tinieblas y que la corrupción que invaden este mundo. Dios no conoce los arrebatos de las prisas del hombre y la impaciencia que parece llenar su corazón; Dios está siempre ahí, como Padre bueno y cariñoso que nos ama, esperando que hagamos un alto en el vertiginoso devenir de nuestros días. «Bueno es el Señor para con todos», cantamos hoy en el salmo responsorial tomado del salmo 144 (145 en la Biblia). Por eso, como digo, el Adviento es un tiempo para reconciliarnos con nuestra pequeñez, porque solo desde esta condición es como podemos captar la bondad del Padre que nos envía a su Hijo para salvarnos. Me parece que la mentalidad reinante nos lleva a no estar contentos con nuestra pequeñez y porque por ahí va la línea que sigue hoy el salmista para alabar a Dios reconociendo sus proezas, su esplendor y la gloria de su reino. 

Los hebreos llaman a todo el Salterio —conjunto de los salmos— «Tehilím», que quiere decir «Alabanzas», este salmo es el único que lleva en el título esta palabra, pues el escritor sagrado lo titula: «Alabanza de David» y con él se inicia la última serie de salmos en la Biblia —que va del 145 al 150— cuyo tema central es la alabanza al Señor. El salmista, desde su pequeñez, hace una oda magnífica a la omnipotencia, pero sobre todo a la bondad sin límites del Señor; por eso algunos rabinos, al hablar a nuestros hermanos judíos de la recitación de este salmo en sus alabanzas dicen: «El que recite tres veces al día la “Alabanza a David”, puede estar seguro de que es hijo del mundo por venir”, por eso para el cristiano, es un salmo muy propicio para rezar en el tiempo de Adviento. Contemplar a Jesús, que viene a meterse en nuestra historia, viviendo su pequeña vida singular, tejida con los hilos de las circunstancias casuales con que se teje toda historia, hace nacer la esperanza de este tiempo que la liturgia nos marca para prepararnos a celebrar la Navidad y para alentarnos a anhelar la segunda venida de Cristo. Porque es precisamente el tiempo para ver la bondad del Señor y no exigirle para sí nada especial, sino el vivir una vida completamente ordinaria y común como cualquiera, esperando su venida, lo que le da a toda la existencia, a la de cada uno, un valor inmenso. 

Desde esa pequeñez del salmista puedo ver al pueblo de deportados, despreciados, explotados, perdidos en la gran Babilonia pagana y del mundo actual. La pequeñez de María, una chiquilla de una aldea casi desconocida, portadora del Misterio de Dios. La pequeñez de los «Anawin», los pobres de Yahvé, gente humilde y sencilla entre la que se encontraba Juan el Bautista, que esperaba ver la bondad del Señor en la llegada del Mesías al que le toca anunciar. La pequeñez de los que somos creyentes y caminamos en este Adviento contemplando la bondad del Señor. El papel del Bautista (Mt 11,11-15) en la obra redentora de Dios vuelve a cobrar viva realidad en cada Adviento, «pues la fuerza de Juan va delante de nosotros cuando nos disponemos a creer en Cristo» (San Ambrosio , Comentario a Lc 1,17); y cuando nos disponemos, llenos de fe, a celebrar en la liturgia la venida de Cristo y, como Juan, nos hacemos heraldos de la bondad del Señor. En el mensaje de Adviento de la Iglesia no reinan ya las tinieblas que reinaron durante tantos miles de años de irredención, sino que arde jubilosa la luz de una salvación que viene de la bondad de Dios en la gloria de su Reino. La bondad de Dios se hace visible en Cristo. Así, en el Adviento esperamos y a la vez anunciamos lo que ya poseemos: la bondad de Dios, que se manifiesta en medio de las potencias del mal que están activas hasta el final de los tiempos. Juan Bautista, desde su pequeñez, al igual que el salmista que nos invita a alabar al Señor desde nuestra pequeñez, nos invita, como a sus discípulos, al combate, dándonos ejemplo de una vida dura y asceta, porque no se construye el Reino en la facilidad, la molicie, o el dejar hacer. Su Reino, que es para siempre —como nos recuerda el salmo de hoy—, su imperio, que es para siempre, se construye desde nuestra pequeñez. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico! 

Padre Alfredo.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

«Nuestra Señora de Guadalupe»... Un pequeño pensamiento para hoy


Desde el siglo XVI hasta ahora, 26 papas de la Iglesia han tenido un gesto hacia nuestra Señora de Guadalupe, «La dulce Morenita del Tepeyac». Entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531, diez años después de la conquista del imperio Azteca por los españoles, la Virgen de Guadalupe se apareció en cuatro ocasiones al indio Juan Diego, en el Cerro del Tepeyac, al norte de la capital mexicana, para solicitarle que en ese lugar se le erigiera un templo y, desde 1644, los papas han tenido gestos de veneración a la Virgen de Guadalupe comenzando con el papa Urbano VIII, quien concedió la indulgencia plenaria a los que visitaran el Santuario durante la fiesta del 12 de diciembre. En 1754 Benedicto XIV proclamó la fiesta del día 12 de diciembre como patrona de México. El 24 de agosto de 1910, San Pío X la declaró «celestial Patrona de la América Latina». Pío XI la hizo patrona de todas las Américas y la declaró también como patrona de Filipinas. Pío XII la llamó «Emperatriz de las Américas». Juan XXIII dijo que ella era «la misionera celeste del Nuevo Mundo y la Madre de las Américas». Pablo VI, en 1970, envió un mensaje televisivo, vía satélite, como homenaje a la Virgen y en ocasión del 75 aniversario de la Coronación Pontificia. En 1999, san Juan Pablo II declaró el 12 de diciembre «Fiesta para todo el continente de las Américas». Benedicto XVI la invocó en los jardines vaticanos como Madre de los hombres y mujeres del pueblo mexicano y de América Latina y para el Papa Francisco la devoción por la Guadalupana es algo «inexplicable» que «viene de Dios», pues «hasta los ateos mexicanos —expresa el Papa— dicen que son guadalupanos». 

Con razón la liturgia de este día recurre al salmo 66 para expresar, basándose en las palabras del salmista, el amor universal a la Madre de Dios. Los salmos, en la liturgia de la Iglesia, son al mismo tiempo memoria y celebración. Son cánticos y poemas que señalan los puntos fuertes de una acción salvífica. De alguna manera podemos decir que son una recapitulación del inmenso amor que Dios, en su infinita misericordia tiene a la humanidad. Este salmo 66 (67 en la Biblia) es uno de los que más se abre al horizonte de todos los pueblos. Yahvé «el verdadero Dios por quien se vive» no es un dios local de Israel, sino el Dios de todos lo pueblos. Al desear que todos los pueblos conozcan y alaben a Yahvé, el salmista anhela compartir con toda la humanidad los tesoros del Creador. ¿Y qué tesoro más grande que su Madre puede haber? Este salmo es entonces el salmo de la bendición del amor de Dios que la Iglesia toma en este día guadalupano para agradecer el regalo de las apariciones de su Madre en América y el regalo de su imagen en donde ha quedado perennemente el sello de su amor: «La tierra ha dado su fruto» (Sal 66,7). En esta imagen del salmo los Padres de la Iglesia han sabido reconocer a la Virgen María y a Cristo, su Hijo. Ellos nos dicen que «la tierra es santa María, la cual viene de nuestra tierra, de nuestro linaje, de este barro, de este fango, de Adán. Esta tierra ha dado su fruto: primero produjo una flor, luego esa flor se convirtió en fruto, para que pudiéramos comerlo, para que comiéramos su carne: «el Hijo, de la Madre; el fruto, de la tierra» (S. Jerónimo, Breviarum in Psalm. 66: PL 26,1010-1011). También nosotros hoy, exultando por el fruto de esta tierra, decimos: «Que te alaben, Señor, todos los pueblos» (Sal 66,4. 6). Proclamamos el don de la redención alcanzada por Cristo, y en Cristo, reconocemos su poder y majestad divina. 

Hoy nos sentimos bendecidos por el Señor ante la imagen de su Madre vestida de Guadalupana y como Isabel y con ella exclamamos: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1,39-48). Millones acuden su la Insigne Basílica y cada día del año parece ser de fiesta en este bendito lugar en el que he pasado hasta esta madrugada largas y deliciosas horas. Desde ayer, como ríos, ha corrido la gratitud de millones de fieles que peregrinan para alabar al Señor que nos ha dejado a su Madre viviendo en este cerrito del Tepeyac. En su Basílica y más allá de sus muros, no solo en este día, sino siempre, desde aquel venturoso 12 de diciembre de 1531, ella reúne a todos los pueblos de América y a gente de muchas otras partes del mundo para celebrar en la mesa del Señor, en donde todos sus hijos podemos compartir y disfrutar, la unidad de toda la humanidad en la diversidad de sus pueblos, lenguas y culturas. Ella nos conducirá siempre a su divino Hijo, el cual se revela como fundamento de la dignidad de todos los seres humanos, como un amor más fuerte que las potencias del mal y la muerte, siendo también fuente de gozo, confianza filial, consuelo y esperanza. A Él esperamos en esta Navidad recordando su primera venida y hacia su encuentro nos dirigimos cuando vuelva a venir. ¡Bendecida fiesta guadalupana! 

Padre Alfredo.

martes, 11 de diciembre de 2018

«Ochenta y dos años de una vida hecha donación»... Padre Abundio Camacho

Hace unos días el padre Abundio Camacho «el bueno» cumplió 82 años de edad. Lo celebró con una Misa a la que nos invitó a Monseñor Pedro Agustín y a mí, que somos sus compañeros en el ministerio en esta parroquia de Nuestra Señora de Fátima y a un nutrido grupo de amigos a festejar con él y agradecer el don de la vida. ¡Me dejó admirado con la reflexión que nos hizo y se la pedí para compartirla con ustedes en este blog como un ejemplo de amor y gratitud al Señor de la vida. Disfruten leyendo y meditando estas sabias palabras inspiradas por el Señor:

"Están viendo el rostro de un hombre en su vejez. Fíjense en sus ojos: ¿imploran?, ¿desconfían?, ¿acusan? Limítense a dar fe de ochenta y dos años de vida. ¿Qué son al cabo ochenta y dos años? La quiebra de un estrechamiento de metabolismos; su estatura ha comenzado a disminuir; nada hay de singular en ello, al gradual estrechamiento de los discos intervertebrales. En estos momentos mi sentimiento es el cansancio de haber vivido ya tantos años y tener que vivir veinticuatro horas más. Soy un «fue» y un «será» y un es «cansado». Reúno los tiempos idos, me alimento de ellos. Mis recuerdos son susceptibles de ser enriquecidos indefinidamente; de convertirse en recuerdos de unos recuerdos.

Me abandonan las fuerzas; necesito imperiosa y constantemente a los demás. Ochenta y dos años me han convencido de que es mucha la dureza de juicios humanos. Ustedes tienen derecho a opinar, a elegir el adjetivo, constantemente escogemos: le dicen a uno mezquino, en lugar de ahorrador; le dicen a uno obstinado, cuando se podría decir tenaz: estéril en lugar de casto; derrochador, en lugar de magnánimo. No importa. Lo que importa es que, aún en la más avanzada edad, un hombre puede considerarse todavía útil, dado su largo conocimiento de la vida. Da consejos; pero, ¿quién está dispuesto a escucharlos? ¡Si los jóvenes supieran... si los viejos pudiéramos!

Ochenta y dos años han sido más que suficientes para gozar de ciertos privilegios: moverse con lentitud, reposar unas horas en la butaca preferida, escoger un programa de T.V., un guiso especial. Creo que estos derechos adquiridos, merecen cierto «respetillo» para el que, tal vez, pronto será derrotado. No me quejo de ingratitud, de incomprensión o de abandono. Me pregunto delante de Dios y de ustedes qué saldo arroja hoy un corazón vacilante, que sabor de dudas o de frágiles esperanzas. La vejez no es sólo un estado de agostamiento físico determinado por la genética. Es también la imposibilidad de renunciar a mi época, a una bebida, a un horario o una compañía. Pertenezco —lo digo con mucha alegría, impregnada de orgullo cronológico— al pasado. He llegado a creer que en mí se consuma toda una serie de procedimientos que ya no son válidos en el mundo presente.

Todos aspiramos a una vida larga. Quien diga lo contrario tendría que retractarse más tarde. les cuento la anécdota de un sentenciado a la pena capital. Le dijo el juez: «Mire, han concurrido en su caso muchos atenuantes; por esta razón le concedo a usted que elija entre las varias formas de afrontar la pena capital. ¿Cómo quiere usted morir?» Contestó el reo: «Señor juez: lo más viejo que se pueda». Raramente se llega a renunciar a la idea de que uno sigue siendo joven. Una forma de no envejecer consiste en aceptar de corazón, sin ningún resentimiento, el peso y pesadumbre de los años, sabiendo, por ejemplo, retirarse en el momento oportuno, sabiendo ceder el lugar, el mando y la función; sabiendo ser para las nuevas generaciones y promociones, en lugar de estorbo, una ayuda, un aliento, no un rival.

Ser viejo, en el peor sentido de la palabras, es el modo en que es viejo un vino no añejo, sino avinagrado. Hablando de edificios, de damascos o de consolas diríamos viejos, no antiguos. Viejo es lo que es ruinoso, lo que tiene desconchados. Antiguo es el que tiene pátina, solera o majestad. Me considero antiguo, un «clásico», un «vintage» apreciado, e valor estimativo inapreciable, en la sala de un coleccionista. En el ocaso de la vida, la vejez posee sus valores propios que nuestro mundo desestima o los ignora. La sabiduría del buen sentido que es, incluso, reconocimiento documentado de la propia ignorancia, olvido sabio de lo que un día se aprendió, la fidelidad y la aceptación, la convicción de que más vale perdonar que tener razón, la serenidad que no es indiferencia, la benignidad que no es falta de coraje, cierta oposición que no es sistemática, sino oposición razonada; no se inspira en resentimiento, sino en la experiencia, no es mordaz; cierta oposición a las nuevas generaciones, que no es hostilidad sino orgullo cronológico, una forma tal vez penosa, pero muy útil, de cooperación. La vejez, que no es vejez, sino una vida renovada durante más tiempos. «Yo no he envejecido; solo he conocido varias juventudes sucesivas» (Lacordaire). Hay una porción de cosas que el tiempo nos las vuelve muy apreciada; una joya, una biblioteca, una madera, ¡la amistad!

La Biblia estima que llegar a viejo, es una de las mayores bendiciones del cielo. «Esfuérzate con tiempo para llegar a ser viejo, si deseas ser viejo durante mucho tiempo» (Cicerón). Nada importa, bien lo sabemos, vida larga o breve. «La verdadera ancianidad es una vida inmaculada» (Sab 4,9). Nada importa tampoco el paso del tiempo para quien cree en la eternidad. ¡Queda tanto porvenir en la otra vida... la fe promete tanto futuro, que los años transcurridos, por muchos que sean, sólo ofrecen una medida infinitesimal de contraste. Tampoco importa nada que el hombre exterior se corrompa, si el hombre interior se renueva.

Mi edad avanzada me ha enseñado a preterir la quimera del «hubiera sido otro» más de acuerdo con el Abundio Camacho Miranda que debí haber sido. ¿Quién hubiera deseado ser? Ningún otro. Sólo Abundio Camacho Miranda, sacerdote por una dignación de Dios. La edad me ha dejado claro que «saber» es fácil. Te llenas la cabeza de información, el alma de frases hechas, los nervios de reflejos condicionados y con esos esquemas vas recibiendo y acomodando las experiencias. Vivir es lo difícil. Me pasé la vida estudiando, pensando, aprendiendo; esto es y sigue siendo fácil. Todo lo que amas es fácil, porque lo eliges. pero no eliges vivir... por eso es difícil, es la sorpresa de la ocurrencia, eso que te salta y te asalta, que te abraza, que te araña. Difícil. Y mucho más, aprender a vivir. para eso vivimos, para aprender a vivir captando, alerta, cada instante, cual plenitud de eternidad aquí y ahora.

Decía un sabio budista que nosotros, los occidentales, nunca vivimos. Alguien sorprendido y lastimado preguntó: «¿Por qué se expresa así?» «Es que corren constantemente —contestó el maestro—; aun cuando aparentemente descansan, la cabeza corre, siempre está en el momento siguiente, en el próximo éxito, en la conquista de mañana, en la ganancia del fin de mes, en el viaje de vacaciones. De modo que nunca viven lo que viven. Cuando están en la playa y se dejan acariciar por el sol, la brisa marina y el límpido cielo, en realidad, la cabeza está en otro lado, en alguna oficina, en alguna compra y venta, en alguna transacción o en quién ganará la competencia». «Y usted maestro, ¿cómo vive?», pregunta confundido alguien de los presentes. El maestro contesta: «Yo, cuando como como; y ahí me concentro porque soy yo y eso es ser yo. Cuando bailo, soy el baile, nada más que ese baile. Y cuando juego, juego y lo hago con plenitud y no como medida para pasar el tiempo y no aburrirme». El que vive lo que hace, nunca se aburre, porque alcanza la plenitud en todos los momentos del suceder existencial.

Me considero un constante mimado de la gracia de Dios. Me regocijo en los últimos fulgores esplendentes de mi ocaso. El atardecer de la vida trae consigo su lámpara; trato de conservar, por mis «tardes» la frescura de mis «mañanas». Me entrego en sus manos y me acojo a su amparo. Señor, hermano Sol, cuando te plazca, coloca mi tarde donde tú concluyas. Sé que la vida es un incesante juego de ajedrez y un constante jaque de la muerte; ésta, solo el mate. Mientras dura el juego, me dispongo a que en mí se cumpla la voluntad de Dios. Acato el designio que tenga para mí. A él me dirijo para confiarle el último acto de mi libertad".

No me canso de leer y releer estas líneas escritas por el padre Abundio que me invitan a amar la vida y creo que vale la pena que no solo yo, sino todos, cualesquiera que sea nuestra condición de edad y de salud, las leamos y las hagamos oración.

¡Gracias padre Abundio «el bueno» por tu testimonio, tu alegría y tu juventud acumulada en ese gran corazón!

Padre Alfredo.

«En el día del Vanclarista»... Este 12 de diciembre


«María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel» (Lc 1,39). Isabel, sin necesidad alguna de la Virgen hablara, comprendió quién estaba en su casa. La alegría de la «Sierva del Señor» se proyecta en esta visita.

Hoy recordamos la visita que hace muchos años María hizo a nuestro continente americano, a México en concreto en el cerrillo del Tepeyac. Y hoy, también ella nos visita para repetirnos aquellas palabras que dijo a san Juan Diego: «¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?». ¿Sabremos corresponder a su maternal protección en un mundo que cambia de un modo tan rápido y profundo y que parece hacer a un lado el cúmulo de valores evangélicos que Cristo vino a dejarnos?

Las debilidades y los errores de los hombres a lo largo de tantos años no han impedido a la protección materna de la Morenita del Tepeyac, que comenzó casi con la conquista, extenderse por todo el continente y por muchas partes más. Es más, Ella, la «Dulce Morenita del Tepeyac» como la llamaba la beata María Inés Teresa, ha marcado profundamente la conciencia y los corazones de muchos hombres y mujeres no sólo americanos, sino de los otros continentes. La espiritualidad mariana y guadalupana se extiendo por el mundo entero.

La espiritualidad mariana es algo muy especial de todo Vanclarista. Precisamente la beata María Inés, al fundar Van-Clar, quiso que el día del Vanclarista se celebrara precisamente el 12 de diciembre, recordando que cada uno debe vivir par Cristo bajo el amparo de Ella. En cada miembro de Van-Clar el ser mariano es una postura permanente de fidelidad a Jesús Eucaristía, a la Palabra de Dios, a la acción del Espíritu Santo, a María y a sí mismo por su compromiso misionero.


Sé que en muchas partes se reúnen en torno a este día para celebrar a la Madre Dios y para celebrar el «sí» que cada uno ha dado al aceptar la invitación a dar testimonio de vida cristiana en el lugar en donde se encuentren. Esta fiesta es, de esta manera, algo entrañable, pues al dejarla como Patrona Principal no solo de Van-Clar sino de toda la Familia Inesiana, Madre Inés ha querido dejarla como modelo de vida que se encamina presurosa a llevar a Cristo, quedando ligada indisolublemente a la historia de nuestra familia misionera invocada constantemente, como lo hacía ella, como amiga y compañera que nos visita y se queda con nosotros. 

En el Evangelio se narra que María visita a Isabel, Ella, la que ha comenzado a ser la Madre de Dios, la sierva del Señor, se encamina presurosa a compartir su dicha en el servicio, comunicando a Cristo la dicha de la que será siempre su misión de servicio al Padre: ¡Dar a Cristo a la humanidad!

Ella, la redimida y asociada al redentor, la humilde sierva y la que llaman dichosa todas las generaciones, es nuestra Patrona Principal, nuestra amiga y compañera, nuestro modelo de apóstol, por eso la beata solía repetir constantemente y con sencillez: «¡Vamos María!»

«¡Vamos María!», porque el apóstol, no puede prescindir de quien Cristo no ha querido prescindir. «¡Vamos María!», porque los sentimientos de Jesús acerca de su Madre deben estar presentes en la vida de todo apóstol: María en el Adviento, María en Belén, María en Nazareth, María en el Calvario, María en la Pascua. «¡Vamos María!», porque las devociones y medios de piedad marianos que vivimos, se transforman en actitudes profundas y convencidas que duran toda la vida. «¡Vamos María!», porque Ella nos habla de silencio fecundo, de servicio que edifica, de responsabilidad que conduce a la santidad.


Su visita, vestida de guadalupana, nos llenó de alegría en el Tepeyac, pero nos dejó también un compromiso, una tarea que cumplir... Su presencia entre nosotros en su santa imagen y en la casa que nos pidió que le construyéramos para allí mostrar todo su amor, nos invita a imitar, como discípulos–misioneros y como hijos de Madre María Inés, su actitud de paz, de consuelo, de gozo, de alegría.

En la Familia Inesiana su imagen y su casa las hemos reproducido ampliamente. Ella está en todas nuestras casas como estandarte de paz, de dicha, de amor, re reconciliación entre Dios y la tierra.

«María de Guadalupe será el alma del alma de este instituto» dijo nuestra amada fundadora. En el Tepeyac tenemos a nuestra Madre amorosa que nos ama como a un hijito tierno y delicado. Ella, con su calor maternal nos vivificará, Ella será la maestra por excelencia de cada Vanclarista. Ella infundirá en cada uno su mismo espíritu, aquel su amor que la hizo descender del cielo a esta tierra de Anáhuac para acoger, tierna y cariñosa, al pequeñito hijo que en la fe le había nacido.

Quien dice «Tepeyac» dice Madre amorosísima y tierna, Madre que arrulla y que acaricia, Madre que sonríe y protege; Madre que, en la cima de ese cerro bendito, quiso manifestar toda la ternura que encierra su corazón hacia un ser pequeñito y aparentemente insignificante.


Dice Madre Inés que todo en esta obra misionera que ella, inspirada por Dios fundó: «tiene el sello guadalupano». Pues ahora, con ese sello, quisiera terminar esta reflexión repitiendo unas palabras que dijo Madre Inés en una ocasión, según lo testimonia uno de sus escritos:

«Hoy, renovando mis donaciones anteriores, pongo en tus manos pastora y rebaño: mira que hay en él almas muy hermosas que viven sólo de Dios y por las almas: hay otras que, aun no valorizan como deben la gracia insigne de su vocación: sé de éstas aun mas Madre que de aquellas, porque te necesitan más: tú sabes que, a pesar de todo, todas tienen buena voluntad: en tus manos las dejo, en tu corazón purísimo las guardo: presérvalas del mal, ayúdalas, santifícalas, anímalas a realizar su ideal» (Ejercicios Espirituales de 1950).

Padre Alfredo.

«Cantemos al Señor un canto nuevo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cuando nos faltan las palabras para expresar lo que sentimos y vivimos, viene en nuestra ayuda la Palabra de Dios. Anoche recibí casi de inmediato de que el hecho aconteció, la noticia de la muerte de Almita. Una mujer maravillosa que el Señor puso en mi camino y en el de mis hermanos Misioneros de Cristo desde hace muchos, muchos años allá en Villa Universidad y a quien nuestro Señor visitó de una manera intempestiva hace tres años con una enfermedad que desde ese entonces la mantuvo en coma. Todavía recuerdo aquella visita que le hice en aquellos días al hospital de La Raza sin pensar que luego viviría yo tan cerca con la oportunidad de recordarla cada vez que paso en el Metrobús por ahí. La última vez que la vi fue en su casa, allá en Monterrey, en donde al hablarle sentí un apretón de manos que me resumió el gran cariño y respeto que nos unió por años a su familia y a mi vocación misionera. Almita fue una misionera desde el hogar que entendió y vivió plenamente el «ser pan partido para los demás», una mujer que fue a la raíz de las bienaventuranzas y de la vivencia del Evangelio y que ahora, en el marco del Adviento y entre las fiestas de la Inmaculada y Guadalupe, ha sido invitada a dejar este mundo para ir al encuentro del Padre misericordioso a quien tanto amó y cuya bondad concretó en una vida sencilla, callada y llena de acción escondida tras una discreta y encantadora sonrisa. 

Y digo que cuando las palabras faltan llega la Palabra de Dios porque las primeras líneas del salmo 95, este que la liturgia de hoy nos pone como responsorial, me topo con el primer verso que dice: «Cantemos al Señor un canto nuevo, que le cante al Señor toda la tierra; cantemos al Señor y bendigámoslo, proclamemos su amor día tras día»... ¿Y que hizo Almita de su vida? Eso, sí, cantar cada día al Señor un canto nuevo, cantar al Señor y bendecirlo con un corazón que latió en esta tierra siempre al unísono del corazón misericordioso del Señor y con la inocencia del corazón de su Madre Santísima. Anoche, en medio del dolor que es natural y que nos embarga siempre por la separación, Chuy su esposo me decía al teléfono: «Estamos contentos padre Alfredo y estamos agradecidos con el Señor». Sí, yo también estoy contento y agradecido reviviendo desde anoche muchos momentos en los que se cruzaron la alegría y el dolor, el contento y la pena, la esperanza y el sinsabor, la zozobra y la confianza... «Alégrense los cielos y la tierra —proclama hoy el salmista— retumbe el mar y el mundo submarino. Salten de gozo el campo y cuanto encierra, manifiesten los bosques regocijo», porque el Padre celestial, que «no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños» (Mt 18,12-14) nos habla a través de vidas como la de Almita y seguramente a través de muchas vidas más de quien, como ella, caminaron siempre en el redil del Señor. 

Creo y espero que Almita está llamada a vivir en la presencia de Dios, y estoy seguro que va interceder por este padrecito que conoció desde seminarista, un poco más flacucho que ahora y a quien acompañó en los primeros pasos como párroco de mi querida comunidad de «Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás». Se que a pesar de estar en cama estos tres años, su presencia se hacía notar en su misma ausencia física y que la parroquia a la que tanto quiso y sirvió la acompañará en el último adiós a este mundo. Estoy cierto que los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal guardaremos su recuerdo en un lugar muy especial de la historia de nuestro instituto... Muchos, de aquí y de allá, nos quedaremos un poco huérfanos de esta gran mujer, la vamos a recordar mucho, vamos a rezar por ella y junto a ella. Que el Señor le conceda la vida eterna a quien tanto amó y que este Adviento ya lo viva en la sola espera de la resurrección del último día, esperando esa segunda venida del Señor que nos volverá a reunir, porque el cristiano se sabe siempre peregrino, caminante sin fin hasta encontrarse definitivamente con Dios para vivir siempre y eternamente unido a Él. La hora de nuestra muerte marca definitivamente nuestro destino. Hoy me toca ir a la Basílica como cada martes, pero esta vez será una visita especial: Las Vísperas, la Noche Guadalupana, la Misa de medianoche... pienso ahora en el continuo oleaje de avemarías que inundaron el corazón de Almita, y pienso también que hoy la Morenita estará a su lado. Al ver la dulce mirada de María, que esta noche lucirá radiante, encomendaré el alma de Almita, pero también pediré por Chuy su esposo y por sus hijos Chuy (Empa), Erika, Juan Pablo, Joel y los suyos... es que con Almita y gracias a ella y a tantos años... se han hecho mi familia también. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.