lunes, 10 de diciembre de 2018

«Ya llega la misericordia, la fidelidad, la justicia y la paz»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cada Adviento, etapa de preparación a la llegada del Salvador, los católicos nos encontramos con un fragmento del salmo 84 (85) y nos unimos al gozo del salmista que se alegra porque el Señor viene a salvarnos. Al orar con este salmo, afirmamos nuestra esperanza en el Mesías que vino a traernos la esperanza de una vida nueva y que habrá de volver glorioso para llevarnos a gozar de la contemplación eterna en el Cielo. Todo son planes de salvación: «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos». El anhelo de paz, de fidelidad y de salvación que canta el salmo, es el mismo que tenemos que tener en el corazón en estos días previos a la Navidad proclamando y celebrando que «la fidelidad brotó de la tierra y la justicia vino el cielo». ¿Qué necesitaremos hacer en medio de las pequeñas cosas que realizamos cada día en casa para que surjan la fidelidad y la justicia en nuestras acciones que a veces parecen insignificantes pero que son las que construyen nuestro ser y quehacer como hombres y mujeres de fe y esperanza que viven en el amor? En el fondo, esto es el Adviento. El Adviento no son adornos, no son figuritas, no son flores, no son árboles de Navidad, no son dulces. El Adviento es ser capaces de que el Señor venga a nuestra casa y, como precursores, poder ayudar a que los demás se preparen para que también llegue a la suya. 

Definitivamente Dios y su ambiente debe ser nuestro hogar. Nosotros los creyentes debemos ver nuestros hogares como espacio de santificación en donde se pueden encontrar, como dice el autor del salmo «la misericordia y la verdad» y donde «se besan la justicia y la paz» para que «nuestra tierra produzca frutos». Pero, para lograr eso, necesariamente hay que pasar algún tiempo en oración saboreando su Palabra en donde se entrecruzan estas cuatro cosas que nos recuerda el salmo: «misericordia... fidelidad... justicia... paz». El mensaje profético de este salmo, que fue escrito cuando el pueblo había vuelto a Palestina, se cumple con la llegada de Jesús, nacido de la fidelidad refulgente de la Santísima Virgen María, quien surgió de la tierra enviada como don del cielo por el gran amor de Dios por su pueblo. Es en Cristo donde definitivamente se dan cita la bondad y la fidelidad de las promesas de Dios, la justicia y la verdadera paz. Al venir Jesús a este mundo, brotó como un germen de la tierra, salido del seno del Padre y del vientre virginal de María, y el cielo, complacido, se asomó hacia los hombres. 

Jesús es el médico de toda enfermedad, el agua que fecunda nuestra tierra, la luz de los que ansiaban ver, la valentía de los que se sentían acobardados. Jesús es el que salva, el que cura, el que perdona. Como en la escena de hoy, en la que vio la fe de aquellas personas, acogió con amabilidad al paralítico, le curó de su mal y le perdonó sus pecados, con escándalo de algunos de los presentes (Lc 5,17-26). A aquel hombre le dio más de lo que pedía: no sólo le curó de la parálisis, sino que le dio la salud interior. Lo que ofrece Cristo es la liberación integral de la persona. Jesús hizo realidad lo que en las palabras del salmista parecía una utopía, superó nuestros deseos y la gente exclamaba: «hoy hemos visto maravillas» (Lc 5,26). Cristo es el que guía la nueva y continuada marcha del pueblo: el que dijo «Yo soy el camino, la verdad y la vida». El mensaje del Adviento es hoy, y lo será hasta el final de los tiempos, el mismo: «Ya llega la misericordia, la fidelidad, la justicia y la paz», «¡Ánimo! No teman» (Is 35,1-10), «Amigo mío, se te perdonan tus pecados»... «levántate y anda». Cristo Jesús nos quiere curar a cada uno de nosotros, y ayudarnos a salir de nuestra situación, sea cual sea, para que pasemos a una existencia viva y animosa. Es necesario que en Adviento alimentemos la espiritualidad y religiosidad en nuestros hogares, en nuestros grupos, en nuestras parroquias, desde el convencimiento de que es posible salir de la enfermedad de la parálisis o de la ceguera ante las necesidades del resto, o de la mudez en la predicación, o de la sordera ante los reclamos de los que nos necesitan. Sigamos caminando con María, a la espera de Jesús. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

domingo, 9 de diciembre de 2018

«Se vale soñar»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hay acontecimientos, en la vida de una persona, de una comunidad o de un pueblo que quedan marcados con una alegría indecible que deja una huella imborrable. Para los hebreos, la restauración de su vida ordinaria, después de la cautividad, fue un contento indecible, aunque seguido, como muchas veces sucede, de tristes realidades que hubieron de enfrentar. Pero, aún con eso, las mismas naciones paganas circunvecinas que los habían visto sufrir, no salían de su estupor al ver lo que el Señor obraba a favor de aquel pueblo tan especial. El pueblo soñaba con la restauración completa simbolizada en la alegría y frescura de los torrentes que en el tiempo de las lluvias se desbordaban en las tierras áridas del Negeb, al sur de Palestina y en el tiempo de la cosecha, en que los campos resuenan con cantos de alegría. Así, de esta manera, el alegre recuerdo de aquel acontecimiento, invita, en la voz el salmista, a soñar, a esperar con ansias el tiempo mesiánico... «entre gritos de júbilo cosecharán aquellos que siembran con dolor... al regresar, cantando vendrán con sus gavillas». Tres metáforas expresan el gozo inefable del regreso de la cautividad: un sueño placentero, el agua refrescante de los arroyos en el área desértica meridional, y las festividades de la cosecha. 

¿Quién de nosotros no ha soñado? De niños jugando con un cochecito de plástico uno se sentía ya en la fórmula uno y las chiquillas se soñaban ocupando el espacio de las princesas de Disney. De adolescentes ellas se sentían ya esposas de los galanes de moda y los chicos tapizábamos el closet con posters de Farra Fawcett y los otros Ángeles de Charlie. En la juventud uno sueña con un futuro según lo que quiere estudiar, generalmente se siente gerente, jefe de departamento o ya con maestría y doctorado. Todos, todos soñamos con un futuro mejor en todas las edades, incluso ya entrados en años y con los achaques comunes, soñamos con que la pastilla será milagrosa y nos quitará el dolor... «Creíamos soñar» expresa el salmista, pero, ciertamente, muchos de los sueños que tenemos se hacen realidad, tal vez no como exactamente lo pensamos, sino como está en los planes de Dios. yo soñaba de seminarista con ser sacerdote misionero y aquí estoy, pero en la manera y de la forma que Dios quiere. En este marco del Adviento, junto a este salmo que es una joya de la literatura, el Evangelio nos pone el testimonio de un gran soñador: Juan el Bautista (Lc 3,1-6), un hombre que retomando las predicciones del profeta Isaías sueña con el panorama que debe encontrar en nuestras vidas al llegar el Señor, a quien estamos esperando en este Adviento. 

El sueño de Juan, como el sueño del autor del salmo con el que hoy oramos, es una esperanza que no es vana, una esperanza que se basa en una realidad que va haciendo historia. Yo creo que, en nuestros tiempos, a los católicos y en general a todos los cristianos, nos hace falta soñar para llenarnos de esperanza activa, dinámica, eficaz, que nos impulse a trabajar para transformar nuestro mundo; tener sueños que nos inquieten por impulsar a la humanidad hacia el Reino de la libertad y de la vida. Juan soñó: «todos los hombres verán a Dios» (Lc 3,6), María Santísima soñó: «Me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48), La beata María Inés soñó: «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero»... ¿Por qué no soñar nosotros con que Cristo al volver encuentre un mundo mejor? Pero para soñar se necesita dejar de ser gente instalada, personas escépticas respecto al camino de la humanidad. No podemos soñar con esperanza si somos luz que no ilumina y sal que no sala. En este tiempo de Adviento deberíamos revisar cómo y con qué soñamos. Porque cuando él vuelva nos pedirá cuentas: ¿qué haz hecho de tus sueños? Y da pena pensar en la nimiedad que sin soñar con esperanza se pueda sacar de nuestro equipaje. ¡Bendecido segundo domingo de Adviento! 

Padre Alfredo.

sábado, 8 de diciembre de 2018

«La Inmaculada Concepción»... Un pequeño pensamiento para hoy


La fiesta de la Inmaculada Concepción, irrumpe el Adviento que estamos celebrando como para que todos nos llenemos de alegría y esperanza por las maravillas que hace el Señor. Hoy no sólo es la fiesta de una mujer, María de Nazaret, concebida por sus padres ya sin mancha alguna de pecado porque iba a ser la madre del Mesías. Es la fiesta de todos los que nos sentimos de alguna manera representados por ella. La Virgen, en este momento inicial en que Dios la llenó de gracia, es el inicio de la Iglesia, o sea, el comienzo absoluto de la comunidad de los creyentes en Cristo y los salvados por su nacimiento, cuya fecha ya se acerca y por la promesa que nos hizo por su Pascua, de volver a retornar glorioso para llevarnos a contemplarle cara a cara cuando se clausuren los siglos y comience la eternidad. La Virgen María, en el momento de su elección radical y en el de su «sí» a Dios, fue —como diremos en el prefacio de hoy— «comienzo e imagen de la Iglesia». Cuando ella aceptó el anuncio del ángel, de parte de Dios, se puede decir que empezó la Iglesia: la humanidad, representada en ella, empezó a decir «sí» a la salvación que Dios le ofrecía con la llegada del Mesías. ¡Qué maravilla! Tenemos en María una buena Maestra para este Adviento y para la próxima Navidad. 

Como cada día de este ciclo litúrgico 2018-2019, quiero ir al salmo responsorial, que hoy es el 97 (98 en la Biblia) y contemplar desde el corazón del salmista el gozo de esta fiesta mariana. El salmo 97, está metido en un conjunto de salmos —del 96 al 99— que alaban la grandeza de Dios y su obra creadora: «Cantemos al Señor, un canto nuevo, pues ha hecho maravillas» dice el salmista. La Iglesia recurre a este salmo en la fiesta de la Inmaculada porque, ¿a poco no es una maravilla la elección que el Señor ha hecho de María como Madre del Salvador? ¿a poco no es una maravilla que la haya preservado de pecado teniéndola toda pura para ser el recipiente del Mesías libertador? Ante nosotros tenemos la soberanía y santidad de Dios en este salmo que nos dice que «la tierra entera ha contemplado la victoria de nuestro Dios» y hoy reconocemos que la ha contemplado en el regalo maravilloso que nos ha hecho a través de María Inmaculada al habernos dado a Jesús. Gracias a la respuesta de María a la voluntad del Padre, por una parte, Jesús comenzó su reinado y su triunfo y por otra esperamos, con Ella, la venida definitiva de su Hijo al final de los tiempos, cuando lo aclamaremos como Rey Juez triunfador ante la conclusión definitiva de su obra salvífica, y en esto nos asemejamos a ese pueblo de Israel al que Dios ha demostrado «su amor y su lealtad». 

En María Inmaculada, llena de gracia, plenamente santa, comienza la victoria. Ella fue preparada por el Señor de manera única y extraordinaria, haciéndola Inmaculada. Tanto le importa a Dios preparar nuestros corazones para recibir las manifestaciones de su presencia y todas las gracias que Él desea darnos, que vemos lo que hizo con la Santísima Virgen María. Ella fue concebida inmaculada, sin mancha de pecado, sin tendencias pecaminosas, sin deseos desordenados, su corazón totalmente puro, espera, ansía y añora solo a Dios. Toda esa acción milagrosa del Espíritu Santo en ella tuvo un propósito: prepararla para llevar en su seno al Salvador del mundo. Eso es lo que requiere ser la Madre del Salvador. Todos los acontecimientos de la vida de María Santísima, desde el anuncio del ángel que hoy nos narra la liturgia (Lc 1,26-38) hasta la perseverancia en oración con los Apóstoles antes de su muerte y de ser llevada al cielo, pueden comprenderse a la luz de un corazón puro, limpio, inmaculado, que le hace palpar el sentido de las cosas y el signo de la presencia de Dios incluso en donde, humanamente, podía parecer que no había ningún sentido o que Dios se había ocultado de alguna manera. Incluso antes de que el arcángel la visitara en Nazaret, la podemos contemplar toda pura, sin mancha alguna esperando la venida del Redentor. Si las Escrituras nos dicen que Simeón «esperaba la consolación de Israel» y que José de Arimatea «esperaba el reino de Dios», podemos imaginarnos como María, la Inmaculada, esperaba tan ardientemente al Mesías del que los salmos hablaban maravillas. Lo esperaba con tanta fuerza y anhelo que mereció ser la escogida para tenerle en su seno, siendo así la más «bendita entre las mujeres». Hoy quiero invitarles a dirigirnos a Ella celebrando las maravillas que el Señor ha hecho gracias a la pureza de su corazón y quiero hacerlo con ustedes recurriendo a unas palabras de San Juan Pablo II: «Ruega por nosotros, Madre de la Iglesia. Virgen del Adviento, esperanza nuestra, de Jesús la aurora, del cielo la puerta. Madre de los hombres, de la mar estrella, llévanos a Cristo, danos sus promesas. Eres, Virgen Madre, la de gracia llena, del Señor la esclava, del mundo la Reina. Alza nuestros ojos, hacia tu belleza. Amén» ¡Feliz y bendecida fiesta de la Inmaculada! 

Padre Alfredo.

viernes, 7 de diciembre de 2018

«En un mundo de ciegos»... Un pequeño pensamiento para hoy

Yo creo que muchos recordamos ese canto tradicional que dice: «El Señor es mi luz y mi salvación, el Señor es la defensa de mi vida, si el Señor es mi luz, a quién temeré, quién me hará temblar...» Pues es el salmo responsorial de hoy viernes, el salmo 26 (27 en la Biblia). El mundo en el que vivimos, es un mundo de ciegos en el que hace falta la luz, pero no toda esa que se desborda ante nuestros ojos en estos días de Adviento y Navidad en fulgurantes colores que crepitan por doquier, sino la luz interior que solo trae Aquel a quien esperamos. Muchos hombres y mujeres de hoy, van ciegos por la vida, sumergidos en la oscuridad de sus nebulosos corazones, viviendo al margen de Dios. Ciertamente que todos somos barro si vivimos desde nosotros mismos, pero podemos ser hombres y mujeres con vida y con luz, cuando vivimos estos días en la espera del Señor. El salmista reconoce hoy que la luz solo puede venir del que se acerca a nosotros como a los dos ciegos del Evangelio (Mt 9,27-31) para calmar sus ansias de ver. 

Sin la luz del Señor, no nos conocemos, no sabemos quiénes somos, no tenemos identidad ni podemos ver quiénes son los otros. Sin su luz es imposible salir de las tinieblas a la luz maravillosa que llena de esperanzas la vida. Sin su luz es imposible contemplar su divino rostro. En Cristo Jesús, a quien esperamos esta Navidad y quien vendrá por segunda vez a juzgar nuestras vidas según nuestras obras, podemos ver ese divino rostro que en la antigua alianza nadie podía contemplar y permanecer con vida. Inspirados por el salmista, podemos pensar en estos días de Adviento en los que buscamos la luz: «¿Qué otra cosa puedo hacer el resto de mis días, si no es buscar ese rostro y desear esa presencia? ¡Ven Señor Jesús, ven y abre nuestros ojos, llénalos de luz para que podamos ver tu divino rostro! Hace poco leí en un libro el testimonio de una señora invidente llamada Dolores que decía: «Soy invidente. A los 12 años mis padres me internaron en la obra de «Santa Lucía». Allí recibí todo lo que ahora soy. Tengo fe, humor y alegría. Siempre estoy cantando o tarareando alguna que otra canción y a punto de reírme y ofrecer una sonrisa. A veces me pregunto: «qué hubiera sido de mí sin la ayuda de la fe y sin la alegría que siento en mi interior, ante la infinidad de dificultades de todo orden que he debido soportar y superar, siendo invidente desde tan joven?». ¡Esta mujer ve con mucha más claridad que mucha gente de nuestro tiempo! 

Si queremos disfrutar de la luz que nos trae la salvación, necesitamos abrir los ojos y vivir en la atmósfera de este salmo de confianza, que comienza con el primer párrafo en el que el escritor sagrado deja ver que ha perdido todo temor. Solo cuando se tiene la luz deja de haber temor alguno que nos invada o moleste y es cuando se puede ver con claridad y tener el coraje de arriesgarse, sufrir y vencer, como Dolores y muchos más que, como el salmista, con la luz del Señor, encuentran el equilibrio entre los altibajos de la vida real. El salmista «abre los ojos de su corazón agradecido» y conversa consigo mismo acerca de sus privilegios (vv. 1-6); conversa con el Señor acerca de sus problemas (vv. 7-12) y conversa nuevamente consigo mismo acerca de la perseverancia (vv. 13-14). En Adviento vamos de camino y vivimos a la espera. El salmista nos dice: «Ármate de valor y fortaleza y en el Señor confía». Seamos tan valientes como lo fue María, pidámosle a Ella que sostenga con la claridad de su «sí» nuestro vacilante y a veces ciego corazón, en una anhelante y paciente espera de la llegada del Señor que viene a abrir nuestros ojos, conforme a nuestra fe, como a los dos cieguitos del Evangelio de hoy. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

jueves, 6 de diciembre de 2018

«Demos gracias al Dios bueno y misericordioso»... Un pequeño pensamiento para hoy



¡Que cosa tan maravillosa es la gratitud! Leo el salmo responsorial de hoy —117 en la liturgia de la Palabra, 118 en la Biblia— y me viene a la mente aquella canción que me gustaba saborear en la voz de Mercedes Sosa y que vuelvo a escuchar una y otra vez: «Gracias a la vida que me ha dado tanto...» pensando que a Cristo que es «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6) le debo todo. El autor del salmo no conoció a Cristo, pero sí al Padre Misericordioso que es quien nos ha dado la vida y con ella la posibilidad de poder agradecer lo que en ella nos ha dado. Ya lo dice el libro de Job: «El Espíritu de Dios me ha hecho, y el aliento del Todopoderoso me da vida» (Job 33,4). Inspirado por el mismo autor de la vida, el salmista se siente agradecido por la eterna misericordia que el Señor tiene para con nosotros (vv. 1,2,3,4,29) y para expresar esa gratitud emplea imágenes vivas y coloridas, situaciones vitales y ha creado todo un cuadro vivo y rico de acción litúrgica como ambiente festivo para expresar su propia gratitud y crear así una fórmula existencial con la cual dar gracias al Señor por todos los beneficios que nos confiere en la vida convidando al mismo tiempo a todos sus hermanos de raza y de fe. 

Aunque como digo, el autor de este salmo no conocía a Cristo, es un salmo que de por sí es sumamente mesiánico y es el más citado en el Nuevo Testamento (Mt 21,9.42; 23,39; Mc 11,9-10; 12,10-11; Lc 13,35; 19,38; 20,17; Jn 12,13; Hch 4,11; Hb 13,6; 1 Pe 2,7). Lo evangelistas aplican a Cristo la imagen de la «piedra angular» y de la «puerta». También dicen expresamente que Jesús cantó los himnos pascuales —el Hallel—, esa oración judía basada en los salmos del 113 al118, que es utilizada como alabanza y agradecimiento y recitada por los judíos en las festividades, con lo que nos dan la seguridad de que este salmo estuvo en labios de Cristo. Dios en sus designios, lo sabía el salmista, quería hacer del pueblo elegido la piedra angular del edificio de la salvación para toda la humanidad. Pero sabía también que si Israel iba a ser la bendición de todas las naciones, como le fue prometido a Abraham (Gn 22,18), lo sería por medio de un personaje, el Rey-Mesías. Por eso Jesús se aplicó a sí mismo las palabras de los versículos 22 y 23, relativos a la piedra angular (Mt 21,42-44; Mc 12,10ss; Lc 20,17ss) y se las aplicaron también los Apóstoles (Hch 4,11; Rm 9,33; Ef 2,20-22; 1 Pe 2,4-8) y por eso pudieron las turbas aclamar al Señor el Domingo de Ramos con palabras de este salmo: «Bendito el que viene en el nombre del Señor». 

Ahora que estamos en Adviento, nosotros también le pedimos al Padre misericordioso que nos envíe a su Hijo y por eso nos viene bien orar recordando que en cada Misa, al momento de rezar o entonar el Santo decimos: «Bendito el que viene en nombre del Señor» y recordar que ser agradecidos con el Padre Misericordioso que nos ha dado la vida y con ello la posibilidad de conocer a Cristo, es mucho más que decir «¡Señor, Señor!» como nos hace ver hoy San Mateo en el Evangelio (Mt 7,21.24-27). Ser agradecidos es andar por la vida haciendo visible esa gratitud en signos concretos que nos enlazan con el gozo de vivir el querer de Dios, ya que la acción de gracias no es porque el Señor me da o nos da lo que queremos, sino lo que Él, en su infinita bondad y misericordia sabe que nos conviene. Vivimos en el mundo de las prisas, de las urgencias, de los imprevistos y de lo superfluo que nos saque del apuro. ¡Qué tentación tan grande de construir rápidamente, aunque sea sobre arena para aparentar! Pidámosle al Señor que nos libre de esa tentación y que, desde su templo nos bendiga y nos ilumine. Pidámosle a Dios, en unión con María, la mujer elegida para estar unida a este gran misterio de la bondad y misericordia del Señor, que en este tiempo de espera seamos agradecidos por eso, por su gran bondad y por su eterna misericordia y emprendamos un camino juntos hacia la liberación que Dios nos propone en su Hijo Jesucristo, la puerta, la piedra angular, el esperado por los pueblos. ¡Bendecido jueves haciendo un espacio para la adoración de Jesús en la Eucaristía y pidiendo por los sacerdotes, que nos acarrean esa bondad y misericordia del Señor! 

Padre Alfredo.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

«Desde el corazón del Buen Pastor»... Un pequeño pensamiento para hoy

El libro de los Salmos siempre ha tenido un atractivo especial para los creyentes, tanto judíos como cristianos. En cada salmo encontramos las experiencias de los creyentes del Antiguo Testamento que también vivieron en medio del devenir de este mundo. A nosotros, discípulos–misioneros de Cristo no nos resulta difícil identificarnos con ellos, y usar estos cánticos y poemas para acercarnos a Dios y obtener el mismo consuelo y fortaleza que ellos encontraron en él. De entre todos los Salmos, el 22 (23 en la Biblia) es sin duda uno de los más conocidos y apreciados. En sus versos encontramos aliento y confianza para afrontar las diferentes etapas de la vida. La imagen del pastor, que el autor de este salmo utiliza, era una efigie muy común en el Antiguo Testamento (Sal 77,21; 78,52.70; Is 40,11; Ez 34 entre otras citas). Los Santos Padres han aplicado este salmo a Cristo como Buen Pastor que vela por su Iglesia y la alimenta con los sacramentos. De hecho en la Biblia podemos ver una unidad de este salmo con los dos que lo rodean. El 22 nos hace pensar en Cristo como «Salvador», el 23 —que hoy leemos— nos lo muestra como «Pastor» y el 24 como «Rey». Así, la cruz, el cayado y la corona se entremezclan en esta especie de profecía sobre lo que será el Mesías que el pueblo esperaba. 

Estamos en Adviento, y esperamos a ese Mesías, Salvador, Rey y Pastor que vendrá a dar su vida por nuestra liberación. Cristo es el Buen Pastor al que acudía «mucha gente que llevaba consigo tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros enfermos» para que los curara, como nos dice hoy el evangelista (Mt 15,29-37). Cristo es el Buen Pastor que nos acompaña en todas las etapas de la vida, como podemos ver en este salmo: La vida presente, en la que toda necesidad es suplida por el pastor. (ver. del 1 al 3). El paso por la muerte donde su compañía nos libra de todo temor (ver. 4). Y, finalmente, el deleite de la eternidad donde todo deseo será cumplido. (ver. 5 al 6). Nuestro Dios se preocupa no solamente de darnos el alimento material, como nos recuerda también hoy Mateo, él nos da todo y «nada nos faltará» si permanecemos fieles en su rebaño. Como vemos a lo largo del Salmo, la provisión divina incluye cosas tan variadas como alimento y bebida, descanso, protección, restauración, compañía, aliento, dirección, consuelo, gozo, felicidad y gloria. El salmista percibe que el hombre tiene necesidades más profundas que las del cuerpo, y sabe que sólo en Dios pueden ser satisfechas. Siempre es alentador saber que Dios conoce nuestras circunstancias y las dificultades por las que atravesamos en la vida, y podemos estar seguros de que a su tiempo nos conducirá en su sabiduría y bondad hasta su gracia reparadora. 

Nuestro mundo moderno necesita darse cuenta urgentemente de este hecho: el hombre es mucho más que un cuerpo, a quien tan idolatrado lo tiene hoy. El hombre tiene también alma y espíritu, y nuestra cultura materialista y de consumo siempre fracasará en traer la felicidad al hombre solamente con cosas tangibles, porque no tiene en cuenta estas otras facetas y las ignora para centrarse en exclusividad de las necesidades del cuerpo. La única forma de tener la vida en plenitud es volviéndonos a Cristo, sólo en él podemos estar completos (Col 2,9-10) y con él «nada nos faltará», porque el pastor alimenta sus ovejas y cuida de ellas para que tengan buena calidad de vida: «yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Jn 10,10). La gracia del Adviento y de la Navidad, con su convocatoria y su opción por la esperanza, nos viene ofrecida desde el corazón del Buen Pastor. Vamos en este Adviento como la gente que acudía al Señor y que él siempre atendía: enfermos, tullidos, ciegos. Gente con un gran cansancio en su cuerpo y en su alma, gente desorientada, con experiencia de fracasos y de éxitos. Pero, la gracia del Adviento y la Navidad es también el que nosotros imitemos a Jesús, aprendamos a ser «pastores» a compartir el pan y a saborear los frutos del amor; que aprendamos a darnos nosotros mismos y multipliquemos nuestra preocupación por los demás como Él, como María su Madre que anhela que nazca en cada uno de nuestros corazones, como los santos que al pasar por el mundo dejaron en sus huellas los rasgos del Buen Pastor y viven ahora «en la casa del Señor por años sin término». ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

martes, 4 de diciembre de 2018

«Justicia, rectitud y sencillez»... Un pequeño pensamiento para hoy

En las diversas culturas de la antigüedad, el rey ocupaba un cargo intachable. En el pueblo de Israel todos comprendían que dicho cargo era considerando que le venía dado por designio divino. Al rey le correspondía, sobre todo, asegurar un orden social justo y defender el derecho de los más débiles; por eso, lo primero que la comunidad de creyentes pedía para él era la justicia y rectitud. Es muy probable que la tradición judía haya atribuido este salmo al rey Salomón, porque el obtuvo del Señor gran sabiduría para hacer justicia y nada tiene eso de extraño, dado el estilo y la abundancia de sentencias y de floridas imágenes. La tradición dice que al escribir el salmo, Salomón estaba pensando en el príncipe heredero legítimo y que por eso le suplica a Dios los dones espirituales que constituyen un buen jefe de Estado. De esta manera, la justicia y la paz florecerán bajo su gobierno como una mies exuberante que cubra hasta las más altas montañas; su reino durará sin fin, y la dicha de los súbditos será comparable al refrigerio que recibe la árida Palestina con el rocío y la lluvia. El Papa Francisco, hace poco más de un año dijo que «es una pena confesar no rezar por los gobernantes». Y esta oración —afirmaba el Papa— debe hacerse sobre todo para no dejarlos solos. Pero también dijo: «los gobernantes deben rezar para pedir la gracia de servir lo mejor posible al pueblo que se les ha confiado» (Homilía del lunes 18 de septiembre de 2017). 

Al ver el salmo responsorial de hoy (Sal 71 – 72 en la Biblia), y leerlo detenidamente me pregunto: ¿Qué tanto rezamos por nuestros gobernantes? ¿Qué tanto pedimos los creyentes que la sabiduría de lo alto les de justicia y rectitud? Yo recuedo con mucho gusto, que a mi Cantamisa, en aquel ya lejano 1989, asistió en ese entonces el alcalde del municipio de San Nicolás, Don Juan Angel Ochoa Sáenz (+) con su esposa y su familia. Don Juan Angel fue vecino de mis papás y me conocía desde niño y gracias a esa presencia, desde aquella primera Misa, no he olvidado nunca pedir por los gobernantes del municipio, alcaldía, estado y país en donde me encuentre. Me da mucho gusto recordar ahora a varios políticos sobre todo alcaldes de ese mi terruño natal, como Don Jesús Hinojosa (+) y Don Adalberto Núñez Ramos, que, en su momento, participaron en varias de las celebraciones eucarísticas que celebré. Al recordar a estos gobernantes, revivo momentos de su sencillez y cercanía, y pienso en cómo debe un gobernante abrir sus oídos y su corazón al Señor para escucharle con sencillez. No es fácil el gobierno de un pueblo, ya decía el santo cura de Ars «San Juan María Vianney— que un alma es una diócesis muy difícil de gobernar. Hoy el Evangelio alaba a la gente sencilla que escucha la Palabra (Lc 10,21-24) y creo que para un gobernante, la sencillez es vital sea o no creyente, pues como quiera que sea sabemos que toda autoridad viene de Dios (Dn 2,37-38; Jn 19,11; Rm 13,1-2). 

La Iglesia no participa en Política, en el sentido de que no participa en la lucha política de los países, ni favorece un régimen político por sobre otro, pero sí está llamada a rezar y orientar a los gobernantes, a enseñar y corregir las acciones políticas que puedan afectar la salvación de los fieles. El pontificado de San Juan Pablo II, fue un hermoso ejemplo de este tipo de acción frente a los gobiernos más poderosos del mundo, y demostró que se puede enfrentar a las tiranías más despiadadas solo con la fuerza del Amor, y vencer. Benedicto XVI continuó con eso afirmando que los gobernantes necesitan más que nadie la ayuda de Dios para que sus conciencias sean iluminadas y puedan obrar a favor del bien común de todos. Hoy mi oración es por eso por los gobernantes, suplicándole a Dios con el salmista que florezca la justicia y reine la paz. En México estamos estrenando gobernantes, desde el presidente de la república hasta alcaldes en los lugares más recónditos del país. Recemos por ellos, pidámosle a la Santísima Virgen de Guadalupe —a quien visitaré hoy como todos los martes— que ella interceda por ellos para que se dejen guiar por el Espíritu de Dios y con María, la Virgen Morena digamos: Espíritu consolador, que te complaces en derramar tus dones sobre el mundo: Te pedimos que te dignes iluminar a nuestros gobernantes y unirlos en un solo corazón, en el de Jesús. Luz y unión venimos a implorar de Ti, Espíritu Santo, Tú que eres la tranquilidad infinita, la paz serena y la unión cumplida, escúchanos y concédenos estas gracias que humildemente te pedimos. Penetra en las inteligencias de quienes representan la autoridad divina para que en ellos reine el amor. Dales los dones de sabiduría y de consejo, para que, destruido el espíritu del error y de la discordia, se empeñen en crear y mantener en nuestra patria el orden, la justicia y la paz. Sé Tú, Espíritu Santo, el indisoluble vínculo que una a Ti y a todos los pueblos de la tierra; concédenos la gracia de triunfar sobre la desunión y de la discordia para que todos vivamos para servir a Dios y a nuestros hermanos en un estrecho abrazo de caridad. Amén. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

lunes, 3 de diciembre de 2018

«Al encuentro del Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Adviento es un tiempo que no puede estar marcado mas que por una «alegre espera» que aspira al encuentro con el Señor. En el Adviento salimos del confort y nos ponemos en camino para buscar al Señor que ya llega en una Navidad más de nuestras vidas sin olvidar que regresará al final de los tiempos. Entre el ir y venir de la euforia de este mes de diciembre en los días previos a los festejos navideños, cargados de tanta parafernalia, escuchamos las voces y las pisadas de tantos hombres y mujeres que sienten dentro un deseo de algo más de lo que el mundo ofrece y por eso no se quedan cautivados, caminan buscando. Lo que alcanzamos a ver con nuestros ojos no agota lo que Dios nos tiene preparado al encontrarnos con él. El Espíritu nos empuja, en estas cuatro semanas, a caminar con capacidad de sorpresa. «¡Vayamos con alegría el encuentro del Señor!», nos dice hoy el salmista (Sal 121) invitándonos a subir a Jerusalén, cuyo nombre significa «Ciudad de paz». Este salmo, que está entre los conocidos como «salmos de las subidas o de la peregrinación», expresa el sentimiento del caminante que va al encuentro del Señor y, en concreto, a Jerusalén, en donde estaba en aquellos tiempos el Templo en donde se entraba en comunión con Dios y con los hermanos en la fe. 

Los judíos piadosos amaban la ciudad de Jerusalén, no solo por su belleza arquitectónica tan especial —que aún en la vieja Jerusalén se conserva— ni por lo imponente que resultaban algunas de sus edificaciones, sino también porque era el corazón de la vida religiosa del pueblo con su asombroso Templo al que todos debían peregrinar porque allí estaba el tabernáculo y el arca de la alianza de forma permanente. Hacia ella se dirigían en peregrinaciones cantando salmos acompañados de la cítara, el pandero, el arpa y el laúd entre otros instrumentos. Jerusalén era como el faro que iluminaba a todos los integrantes del pueblo de Israel. Como un faro situado en una montaña alta, para que todos lo vieran desde lejos. Ellos entendían que desde allí, Dios enseñaba sus caminos, y el pueblo se llenaba de contento al peregrinar a la Ciudad Santa dispuesto a seguir los caminos de Dios, la palabra salvadora que brotaba de Jerusalén. Hoy los discípulos–misioneros de Cristo sabemos que Dios quiere salvar a todos, sea cual sea su estado anímico, su historia personal o comunitaria. En medio del desconcierto general de la sociedad y sus distractores, él quiere orientar a todas las personas de buena voluntad y señalarles los caminos de la verdadera salvación. El faro es —debe ser— ahora la Iglesia, la comunidad de Jesús que anuncie al mundo la Buena Noticia de su Evangelio. 

Nosotros también, como aquel pueblo, somos caminantes, viajeros, miembros de una Iglesia «peregrina», una comunidad que va en camino hacia el encuentro con el Padre que nos abre su corazón en su Hijo Jesús, nuestro Salvador. Siempre estamos caminando a su encuentro y en el tiempo de Adviento acentuamos esto más. ¡Qué maravilloso será encontrarse con él cara a cara!, aunque sabemos que, como repetimos al unísono cada vez que celebramos la Eucaristía: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa». Hoy nos recuerda esto san Mateo en el Evangelio (Mt 8,5-11). EL evangelista nos dice que ante la actitud del oficial romano que reconocía su indignidad, Jesús se quedó «admirado». Eme parece que es la única ocasión en que el Evangelio dice que Jesús se halla admirado. Más bien era él el que despertaba la admiración de sus conciudadanos. Recordemos cómo su padre y su madre estaban «admirados» de las cosas que se decían de Él (Lc 2,46-48). O cómo los discípulos se quedaron «admirados» al verle secar la higuera (Mt 21,18-19) o mandar a los vientos aquietarse (Mc 4,35-40). O cómo dejó admirados a fariseos y herodianos cuando respondió a su pregunta de si era lícito pagar el tributo al César (Lc 20,22)... pero ahora, es él quien se admira. Y se admira de un pagano, no de ninguno de sus discípulos, no de ningún acontecimiento espectacular, no de ningún superdotado. ¿Qué es lo que hace que Jesús se admire? La fe. La fe es lo único capaz de despertar su más profunda admiración. Y también la nuestra. Porque la fe es un milagro, creer en la omnipotencia de Dios. Como el centurión. Hace falta tener fe para admirarnos, hace falta meditar en la fe de aquellos peregrinos que subían a Jerusalén para llegar a los atrios de su Templo, hace falta tener fe para vivir el Adviento en plenitud, si lo hacemos, puede que también nosotros dejemos admirado a Jesús. Que el Señor abra nuestros oídos y nuestros corazones y que María Santísima no acompañe en nuestro peregrinar de cada día. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

domingo, 2 de diciembre de 2018

«Descúbrenos, Señor, tu caminos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Comienza un año litúrgico. Un tiempo de espera y de preparación en el que iremos preparando la venida del Señor que nace hecho niño en Belén. Pero, además, el tiempo de Adviento es un espacio para recordar la segunda venida de Cristo, cuando vendrá lleno de gloria y majestad al final de los tiempos. También hemos de esperar esta nueva venida del Señor y nos hemos de preparar para ello. Podríamos decir que las palabras que encabezan el salmo 24 —25 en la Biblia*— nos invitan a abrir la liturgia del Adviento. En efecto, con estas comienza la antífona de entrada de la misa del día de hoy, además de ser el salmo responsorial. De hecho, este salmo expresa lo que han de ser siempre nuestros deseos y anhelos, levantar el alma hacia lo alto, hacia Dios, conocer el camino del Señor para alcanzar la felicidad en esta vida y en la otra, porque, como nos hace ver el salmista, nadie como Dios sabe lo que nos conviene. Él nos ha creado, conoce nuestro pasado y nuestro futuro. Él, sin duda alguna, ve con una diáfana claridad desde su alta atalaya cuál es la ruta a seguir, en este laberinto de la vida, para llegar a la meta soñada. 

A pesar de que este salmo, en la Escritura tiene un tiente de súplica individual, en la liturgia de hoy brota de la comunidad de creyentes que anhela el amor de Dios y celebra su fidelidad. El Señor no quiere soltarnos de su mano dice el salmista, «indica a los pecadores el sendero, guía por la senda recta a los humildes y descubre a los pobres sus caminos». El escritor sagrado nos deja en claro que el Señor es compasivo con quien, aun habiendo pecado, se vuelve a él lleno de contrición. Podemos ser felices si tememos a Dios, lo adoramos y hacemos las cosas que Él ha planeado para nosotros sin tratar de imponer nuestros propios proyectos o luchar para hacer lo que nosotros queremos hacer al margen de la voluntad divina pidiéndole a Dios que le ayude. Es el corazón limpio y sin ataduras, el que puede estar dispuesto a recibir al Señor, que vendrá de nuevo, lleno de gloria y es el corazón sin ataduras el que puede acercarse a recordar y revivir en el alma la primera venida del Salvador. No sólo las cuatro semanas del Adviento, sino cada día, debemos mirar al Hijo del hombre, que vino a salvarnos y regresará con poder y gloria al final de los tiempos, porque durante toda nuestra vida, debemos vivir esperando la segunda venida de nuestro Señor, que vendrá a liberarnos definitivamente del pecado y de la maldad. 

No podemos permitir que en este Adviento Jesús, pase de largo. No podemos consentir que, el Señor, cuando nazca y cuando vuelva de nuevo, nos encuentre desalentados por los acontecimientos que nos acosan. No puede haber peor cosa para un discípulo–misionero que relajar de tal manera la vida y el compromiso cristiano en estos días para quedarse viendo al Señor, que nazca, que pase y que vuelva, encontrándose embobado por las apariencias, por el brillo de las luces crepitantes de los adornos navideños, colapsado por el desaliento o estrujado por los problemas que nunca faltan y despistarse para no disfrutar de su llegada. El Evangelio de hoy (Lc 21,25-28.34-36) con un tinte escatológico en las palabras de Jesús, que anuncia un final de un mundo, remarca la apertura de otro más venturoso con su segunda llegada, con la Parusía. Ojalá que nuestro Adviento se ilumine y encienda nuestro corazón con la misma ilusión con la que María esperó al Mesías. Lo esperamos como Divino Niño, que viene a salvarnos. Pero tenemos además la esperanza de su segunda venida. No sabemos cuándo será, pero tampoco nos importa, porque hay mucho trabajo aquí en la tierra y con los hermanos. Como dice el salmista: «Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos a la verdad de tu doctrina». ¡Bendecido primer domingo de Adviento! 

Padre Alfredo. 

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* Seguramente, en más de alguna ocasión han observado que en la Biblia ciertos salmos presentan doble numeración. Esto es particularmente evidente a partir del Salmo 11, que en muchas versiones de nuestras Biblias aparece como Salmo 11 (10). Más de algún buen católico se pregunta el por qué de esta doble numeración. Los judíos antes de Jesucristo, tenían dos versiones del Antiguo Testamento: El «Texto Masorético», que hace referencia a los libros sagrados escritos en los idiomas originales: hebreo y arameo. Y una versión llamada: «Septuaginta» o de los LXX (70), que hace referencia a los setenta sabios —aunque en realidad eran 72— que tradujeron los textos sagrados al griego, un par de siglos antes de Cristo. Esta versión será la más utilizada por las primitivas comunidades cristianas. El asunto de la doble numeración sucede que en cada una de las versiones, la numeración de los Salmos, a partir del Salmo 9 cambia, pues en la Septuaginta (LXX) los Salmos 9 y 10 según la numeración hebrea, forman uno solo. Por lo que, a partir del Salmo 11, los siguientes Salmos tienen un número menos que en la numeración de la Biblia hebrea. Así, el Salmo 11 del texto masorético es el 10 en la Septuaginta. 

Cuando San Jerónimo —en el siglo IV de nuestra era cristiana— traduce la Biblia al latín, hace uso de la numeración de los Salmos según la versión en griego (la de los LXX). La versión traducida por San Jerónimo será conocida como la «Vulgata» y pasará a ser la versión «oficial» de la Iglesia por siglos, y la que se utilizará generalmente en la liturgia. Con el paso de los tiempos se harán traducciones de la Biblia a las lenguas vernáculas (los idiomas comúnmente hablados en nuestros países); y en estas versiones se hará referencia a la doble numeración de los Salmos, poniendo primero el número según el texto masorético (hebreo) y después el número según el texto de los LXX (griego) y de la Vulgata (latín). Por ejemplo, el Salmo 104 (103) es el 104 en el Texto Masorético y el 103 en el de los LXX y la Vulgata. En el caso de nuestras celebraciones litúrgicas, los textos se tomarán generalmente de la Vulgata o de versiones corregidas que de ella han surgido en tiempos posteriores. Por eso cuando vas a Misa, no encuentras una doble numeración del Salmo Responsorial en la hojita o el misal, sino solamente la numeración que corresponde según la Vulgata.

sábado, 1 de diciembre de 2018

«Terminamos el año litúrgico»... Un pequeño pensamiento para hoy

Terminamos el ciclo de este año litúrgico con una página tan luminosa del Apocalipsis. Ante nosotros se abre, ya desde esta tarde, vísperas del domingo, la puerta abierta para celebrar, con igual mirada profética, el Adviento con sus colores morado y rosa. Nuestra oración y nuestro canto, será ya «Maranatha. Ven, Señor Jesús»... ¡Se nos acaba el año litúrgico!, y ¿cómo nos encuentra Dios? En el fragmento que leemos hoy (Ap 22, 1-7), Juan recibe el regalo de la visión del río de agua viva que sale del trono de Dios y de Jesús el Cordero a la vez que recibe la promesa de que en la ciudad de Dios sus servidores le verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente. Ya no habrá más noche porque Dios será su luz. El Apocalipsis, en este último capítulo, nos muestra —a través de unas imágenes de asombrosa calidad poética— la plenitud de los tiempos, el Reino de Dios, de ese Dios que es el —«Enmanuel» —Dios con nosotros—: todo está lleno de la vida de Dios, no hay lugar para el mal —ni en el hombre ni fuera de él— ni para maldición alguna —como la que cayó sobre Adán y Eva—. El anhelo de los profetas y los justos de todos los tiempos, el contacto personal y directo con el Señor, se ve realizado en la Jerusalén celestial. El «contemplar a Dios cara a cara» será la felicidad inacabable que nadie nos podrá arrebatar. Pero, pretender saber el cómo y el qué de la nueva vida será siempre una tarea imposible. 

La visión final del Apocalipsis es esperanzadora ahora que culminamos un año litúrgico más, nos ofrece una escenografía triunfal que nos alienta a hacer vida el mensaje profético ha sido anunciado. Dichoso el discípulo–misionero que guarda estas palabras, el que actúa según las enseñanzas recibidas en este libro que concluye anhelando la llegada del Mesías salvador en unos versículos que la liturgia de la palabra de hoy no incluye pero que yo quiero poner aquí: «El Espíritu y la Novia dicen: “¡Ven!” Y el que oiga, diga: “¡Ven!” Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida. Yo advierto a todo el que escuche las palabras proféticas de este libro: “Si alguno añade algo sobre esto, Dios echará sobre él las plagas que se describen en este libro. Y si alguno quita algo a las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la Vida y en la Ciudad Santa, que se describen en este libro.” Dice el que da testimonio de todo esto: “Sí, vengo pronto.” ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. ¡Amén!» (Ap 22,17-21). Porque las palabras proféticas, inspiradas por Dios a través del ángel mediador no sólo podemos verlas proyectadas hacia el futuro, sino que se enraizan en el presente, en la praxis actual de la comunidad de creyentes, en la historia de salvación que vamos construyendo como protagonistas del amor de Dios en el «aquí y ahora». 

El «aquí y ahora» implica agradecer el pasado y ver hacia el futuro con un espíritu de vigilancia, porque lo que construimos hoy será la base del mañana. San Lucas por eso nos invita hoy a caminar por esta vida siempre vigilantes y nos deja la última recomendación de Jesús en su «discurso escatológico», un último consejo al cerrar el año litúrgico, que nos enlazará con los primeros días del Adviento: «estén alerta... velen y hagan oración continuamente». (Lc 21,34-36). «Que los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida» no nos emboten y nos distraigan de nuestro primer objetivo mientras caminamos por este mundo y vamos realizando las mil tareas que nos encomienda la vida. Los cristianos tenemos memoria: miramos muchas veces al gran acontecimiento de hace dos mil años, la vida y la Pascua de Jesús. Tenemos un compromiso con el presente, porque lo vivimos con intensidad, dispuestos a llevar a cabo una gran tarea de evangelización y liberación. Pero tenemos también instinto profético, y miramos al futuro, la venida gloriosa del Señor y la plenitud de su Reino, que vamos construyendo animados por su Espíritu. Hoy es sábado, y como cada sábado recordamos de manera especial a la santísima Virgen María. Que ella nos ayude a que nuestra fe no se eclipse con tantas cosas que en este mundo nos pueden embotar: el cambio de gobierno en México, el consumismo atrapante de la época navideña, la crisis económica que pega tan duro, la desorganización reinante en nuestra sociedad, la pérdida de valores a nuestro alrededor... sino que se purifique. ¡Bendecido sábado, último día de este año litúrgico y primer día del último mes del año! 

Padre Alfredo. 

P.D. Gracias por recorrer conmigo este año litúrgico leyendo y compartiendo «un pequeño pensamiento para hoy» iniciando cada día con la reflexión de la primera lectura de la Eucaristía diaria y los domingos con la segunda lectura. Este año litúrgico de 2019, les invito a recorre conmigo el mundo de los salmos iniciando la reflexión diaria con los textos del «Salmo Responsorial», que, dentro de la liturgia de la palabra en cada Misa, provoca la respuesta de fe y el asentimiento al diálogo de salvación que Dios realiza en nuestras vidas. ¡Gracias, mil gracias por leer, orar y meditar conmigo la Palabra de Dios cada día! Mi bendición para todos y para cada uno de mis 5, 20, 30... no se cuántos lectores. Si cada uno me regala un padrenuestro, un avemaría y un gloria... ¡me doy por muy bien servido! Bienvenido el Adviento en este año litúrgico 2018-2019 y bienvenidos nuevamente todos a mi vida para caminar por Cristo, con él y en él de la mano de María, guiados por el Espíritu al encuentro del Padre.

Padre Alfredo.