jueves, 10 de noviembre de 2022

«La llegada del Reino de los Cielos»... Un pequeño pensamiento para hoy


A lo largo de mis 33 años de vida sacerdotal, me he dado cuenta de que cuando hay una situación adversa como una enfermedad, una guerra o una pandemia con esta que aún nos acompaña y que parece ser ya llega a su final dentro de poco, la gente se acerca al sacramento de la reconciliación porque piensan que ya se va a acabar el mundo y que Cristo puede llegar inesperadamente en medio de la catástrofe... ¡Pero qué curioso! Cuando el peligro se aleja, el anhelo de estar en gracia y confesarse se esfuma y la gente se olvida del tema del Reino de los Cielos y la segunda venida de Cristo.

Hoy el Evangelio (Lc 17,20-25) toca el tema hablándonos de la segunda venida de Nuestro Señor con la instauración del Reino de Dios en plenitud. Creo que todos los creyentes rezamos muchas veces el Padrenuestro y repetimos la frase que Jesús nos enseñó: «venga a nosotros tu Reino». Pero este Reino es imprevisible, está oculto y ya está actuando aunque no en plenitud en la Iglesia, en su Palabra, en los sacramentos, en la vitalidad de tantos y tantos discípulos–misioneros que han creído en el Evangelio y lo van cumpliendo. Ya está presente en los humildes y sencillos: «bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos».

Pero como dije al principio de esta breve reflexión, la mayoría de la gente, en su ignorancia de las Escrituras, espera que el Reino de Dios venga al fin del mundo con una gran explosión, una pandemia que nos mate a todos o en revelaciones y signos cósmicos. Pero no acaba de ver los signos de la cercanía y de la presencia de Dios en lo sencillo, en lo cotidiano en donde ya se va estableciendo el Reino como un adelanto. Pensemos: ¿Qué aspectos o vivencia en mi vida me hacen ver que el Reino de los Cielos se va estableciendo? Vivamos el día a día en la presencia de Dios como vivió María. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 9 de noviembre de 2022

«El celo de tu casa me devora»... Un pequeño pensamiento para hoy


Procuro siempre escribir la reflexión para el día siguiente entre 1 y 3 de la tarde para enviarla antes de las 4... ¡Hoy ya son las 9:25 de la noche y apenas empiezo a escribir! Tengo la tentación de dejar de hacerlo, pero pienso en mis 4 o 5 lectores y en que me dicen que de algo les sirven mis mal hilvanadas reflexiones y me animo a seguir escribiendo. Aquí estoy ahora frente al Evangelio para este miércoles (Jn 2,13-22) y me topo con una frase que me llega al corazón: «El celo de tu casa me devora».

Esta expresión se encuentra en el Salmo 68 (v. 10), el mismo salmo del que el Señor dirá que «se cumple» cuando lo odian sin motivo (Jn 15,25; Sal 68,5), o que Juan afirma que se cumple cuando desde la Cruz el Señor pronuncia las palabras «tengo sed» (Jn 19,28s; Sal 68,22). El término hebreo «kinah» usado en el Salmo 68 y que se traduce por «celo», califica por lo general un ardor interior que la persona experimenta a causa de otra a la que ama apasionadamente, un como fuego o energía que le impulsa a defender, proteger o cuidar con acciones incluso violentas a quien es objeto de su amor.  Kinah designa en el caso específico del salmo mencionado un celo religioso, el celo del hombre por Dios y por el lugar en el que Él mora entre los hombres, «la casa de Dios», que también es celo por el cumplimiento de su Ley (ver Sal 118,139).  Kinah designa en otros momentos también el celo de Dios por su pueblo.

Esta frase del Evangelio de hoy me hace pensar en que debo tener celo por mi Iglesia, la Iglesia católica a la que pertenezco y que delante de mí no debo tolerar que se hable mal de la Iglesia, esta Iglesia a la que pertenezco con un gozo inmenso y a la que amo desposado con ella. Tú que lees estas líneas de mi reflexión... ¿cuánto amas a la Iglesia? ¿Cuánto cuidas tu parroquia? ¿Cuánto participas en la Iglesia? Que María santísima nos ayude para que junto con ella sintamos ese celo del que nos habla esta frase del Evangelio de hoy. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 8 de noviembre de 2022

«Servir a Dios y al prójimo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Los cristianos —recordemos que los cristianos más antiguos somos los católicos— debemos tener muy claro que toda clase de cargos que ocupamos en la dinámica eclesial, son siempre «servicios» que prestamos a los hermanos. Cristo nos lo recuerda en el Evangelio de hoy (Lc 17,7-10) cuando al final expresa: «No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que tenemos que hacer».

Hemos de servir ante todo a Dios, no con el propósito de hacer valer luego unos derechos adquiridos, sino con amor gratuito de hijos. Y lo que decimos en nuestra relación con Dios, también se debe aplicar a nuestro trabajo comunitario, eclesial o familiar. Si hacemos el bien, que no sea llevando cuenta de lo que hacemos, ni pasando factura, ni pregonando nuestros méritos. Que no recordemos continuamente a la familia o a la comunidad todo lo que hacemos por ella y los esfuerzos que nos cuesta, sino simplemente entregarse por amor.

El servicio que damos en la parroquia, en el grupo, en el movimiento... debe ser como lo hacen los padres en su entrega total a su familia. Como lo hacen los verdaderos amigos, que no llevan contabilidad de los favores hechos. Hay que ver el servicio que presta María santísima y los santos, que, en diversas circunstancias y épocas, nos contagian de la alegría de servir con sencillez y alegría. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 7 de noviembre de 2022

«Ay de aquel que provoca ocasiones de pecado»... Un pequeño pensamiento para hoy


Todos nos damos cuenta de que existe a nuestro alrededor toda una zona de influencia en la que influimos tanto en el bien que se hace en ella, como también en el mal. Este es un fenómeno de solidaridad porque nadie es una isla. Toda persona esta religada a otras. Hoy el Evangelio (Lc 17,1-6) nos lleva a meditar en esa realidad sobre todo para invitarnos a no influir para mal en los demás. «Ay de aquel que provoca ocasiones de pecado». Creo que con esto me quiero quedar de este relato: Hacer todo lo posible para no ser ocasión de pecado para quienes me rodean.

Cuánta responsabilidad tenemos de ser fermento de bien entre los que está a nuestro lado para llevarlos a Dios. No debemos ser ocasión de pecado sino que debemos influir en los demás para llevarlos por el camino de santificación que nos alcanzará la santidad. Hemos de ser, como solía decir la madre Teresa Botello Uribe —de quien guardo gratos recuerdos y que seguramente está ya gozando de la presencia de Dios—: «Un espacio de santificación para nuestros hermanos».

Podemos ser ocasión de escándalo para los demás con nuestra conducta. Si hay personas débiles, que a duras penas tienen ánimos para ser fieles, y nos ven a nosotros claudicar, contribuimos a que también ellas caigan, pero, si por el contrario, nos ven a nosotros y a nuestras familias dar testimonio de vivir en cristiano, contra corriente de la mayoría, podemos influir en los ánimos de los demás. Pidamos a la santísima Virgen que nos ayude a no ser piedra de tropiezo sino invitación a vivir para Dios construyendo la civilización del amor. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 6 de noviembre de 2022

«Llamados a la resurrección»... Un pequeño pensamiento para hoy


En la sociedad materialista, desbordante de un consumismo desmedido en el que mucha gente está sumergida, no hay espacio para pensar en una vida futura más allá de este mundo. Hay bastante gente, sobre todo jóvenes, que piensan que al morir se acaba todo y no hay esperanza de algo más. Hoy en el Evangelio (Lc 20,27-38) Jesús toca el tema de vida eterna ante un  grupo de saduceos que no creen en la resurrección y le ponen una trampa a ver si cae. El Señor afirma que los muertos resucitan. Ésta es la afirmación más importante y solemne. Veamos: «Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven» (Lc 20,37-38).

Acabamos de celebrar, en esta semana, la conmemoración de todos los fieles difuntos, y nos consta que no suele ser el pensar sobre la muerte un tema fácil, por las diversas opiniones que giran al respecto. Todos hemos vivido acontecimientos que nos han puesto ante esta realidad y sabemos lo duro y difícil que es la vivencia de la misma cuando perdemos a un familiar o a un amigo muy querido. La filosofía cuando reflexiona sobre este hecho, reconoce la existencia de muchos interrogantes, de muchas preguntas que pueden quedarse sin respuestas la mayoría de las veces. Desde nuestra fe ¿qué podemos decir? Sólo la certeza de la resurrección puede evitar que los discípulos–misioneros de Cristo cedamos frente a la seducción del mundo e imitemos a cuantos ponen toda su confianza en la condición mortal presente, preocupados únicamente de su interés inmediato. Cuando recitamos el Credo, cada domingo afirmamos que creemos en la resurrección de los muertos y en la vida eterna.

Jesús en el evangelio de hoy rompe los esquemas de aquellos que intentaron enredarlo y ponerle una trampa. Hoy también Él quiere romper nuestros esquemas y nos pide que vivamos nuestra vida con tal intensidad que no nos aflijamos ante la muerte como los hombres sin esperanza. Nos pide que miremos su cruz y que no olvidemos la resurrección que Él nos quiso regalar. Por intercesión de María Santísima pidamos fe también en esos momentos en los que nos cuesta más descubrir al Señor, en los que nos cuesta tanto reconocerte, en los que nos cuesta más sentirte a nuestro lado, en los momentos de dolor, soledad y muerte. Se lo pedimos al Señor, como digo, por intercesión de su Madre y lo hacemos los unos para los otros, y lo hacemos sin olvidar a los que menos tienen, a los que sufren, a los que están enfermos, a los que están solos o los que carecen de todo, incluso de sentirse queridos por alguien. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 5 de noviembre de 2022

«Un tema peliagudo»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy (Lc 16,9-15) toca un tema peliagudo, el tema del dinero. Es un tema que, por ejemplo, en la Iglesia, a mucha gente no le gusta que se toque a pesar de que, por ejemplo, en mi caso como párroco, sé que la situación financiera de la parroquia medio se sostiene de las colectas dominicales y de los diversos estipendios por celebraciones. De allí sale el sueldo de los empleados, el pago de su seguro social, las primas vacacionales, la manutención de los sacerdotes, el pago de impuestos, la transferencia para la curia... Pero voy al texto: Jesús dice: «Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo». Más adelante Jesús nos recuerda que no podemos servir a Dios y al dinero, porque bien sabemos que el corazón acaba escogiendo: o se ama a Dios sobre todas las cosas o se acaba amando a todas las cosas sobre Dios. Creo que entonces queda muy claro que Jesús invita con estas palabras a no hacer del dinero un absoluto o una fuente de satisfacción solitaria, y en el fondo estéril, sino a pensar en los demás y compartir.

Ciertamente que esto no significa que si escogemos a Dios ya no podamos disfrutar de los bienes de la tierra. De hecho, es al contrario: el que sirve a Dios, usa las cosas como medios, no como fines; y ese desprendimiento hace que saboree las cosas con libertad. En cambio, el que sirve al dinero y pone su corazón en las cosas materiales, pierde constantemente la paz y la alegría, porque nunca tiene bastante. Así que a la luz de este pasaje evangélico hemos de preguntarnos qué destino damos al dinero y que lugar le damos al mismo en nuestras vidas. 

Alguien me platicaba que en su comunidad parroquial, que es bastante pobre porque va comenzando, varias familias, también de escasos recursos, se organizaron para terminar de edificar el templo parroquial y el salón de usos múltiples. Esta familia católica, junto con otras de esa misión parroquial, decidieron hacer una reducción de sus gastos para poder aportar un poquito más en la colecta dominical y en los bonos de cooperación. Ya sabemos que el dinero a la mayoría de nosotros no nos sobre, pero... ¿qué tan bien lo administramos en medio de una sociedad materialista que funda su sostén en el consumismo desmedido? Que la Virgen María nos ayude a hacer un buen examen y que, aunque a muchos no les guste tocar el tema, seamos conscientes de que el dinero no es para desperdiciarlo. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 4 de noviembre de 2022

«El administrador astuto»... Un pequeño pensamiento para hoy


San Lucas es el único evangelista que narra la parábola que el Evangelio de hoy nos presenta (Lc 16,1-8) y que nos habla del administrador astuto. De entrada el relato puede parecer extraño, pero leyendo detenidamente nos damos cuenta de que el hombre rico no alaba la infidelidad de su trabajador, por eso le despide. Lo que le interesa a Jesús, al narrar esta parábola, es subrayar la inteligencia de ese gerente que, sabiéndose despedido, consigue, con nuevas trampas, granjearse amigos para cuando se quede sin trabajo.

En nuestra vida de discípulos–misioneros, en la evangelización, la catequesis, la construcción de la comunidad, debemos mantenernos despiertos, ser inteligentes para buscar los medios mejores. Al menos con la misma diligencia que muchos ponen para los asuntos materiales. Para que vaya bien el negocio la gente se sienta y hace números para ver cómo reducir gastos, mejorar la producción, tener contentos a los clientes. ¿Cuidamos nosotros así nuestra tarea evangelizadora?

Los hijos de este mundo se esfuerzan por ganar más, por tener más, por mandar más. Y nosotros, los seguidores de Jesús, los que hemos recibido el encargo de ser luz y sal y fermento de este mundo, tenemos que poner más empeño y esfuerzo para ser eficaces en la tarea que Dios nos ha encomendado. Bajo la mirada amorosa de María pensemos muy seriamente en esto y pongámonos listos para que Jesús sea cada vez más conocido y más amado a nuestro alrededor. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 3 de noviembre de 2022

«Las parábolas de la misericordia»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio, en diversos pasajes, nos muestra que los publicanos y pecadores se acercaban en masa a escuchar las enseñanzas de Jesús, cosa que los fariseos le reprochaban y criticaban. El Evangelio de hoy (Lc 15,1-10) nos presenta, de entrada, una de estas ocasiones. La murmuración de los fariseos y de los escribas, esta vez da pie a que Jesús pronuncie las llamadas «parábolas de la misericordia».

Estas parábolas son llamadas «el corazón del Evangelio». Son unas parábolas muy características: hoy leemos la de la oveja descarriada y la de la moneda perdida. La del hijo pródigo, la más famosa, la leemos en Cuaresma. Las imágenes del pastor que, lleno de alegría, carga sobre los hombros a la oveja perdida, y la de la mujer que reúne a sus vecinas para comunicarles su alegría por la moneda encontrada nos dejan ver la alegría del corazón al gozar de la misericordia de Dios. Así es la alegría de Dios de «los ángeles de Dios... por un solo pecador que se convierta».

Sí, Dios es infinitamente rico en misericordia. Su corazón está lleno de comprensión y clemencia. A pesar de que nosotros, a veces, nos alejemos de él, nos busca hasta encontrarnos y se alegra aún más que el pastor por la oveja y la mujer por la moneda. Esta misericordia la emplea, ante todo, con nosotros mismos, que también tenemos nuestros momentos de alejamiento y despiste. Y también con todos los demás pecadores. Que la Virgen María, que en su Magníficat cantaba a Dios porque «acogió a Israel su siervo acordándose de su misericordia» nos ayude a gozar siempre de la misericordia de Dios. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 2 de noviembre de 2022

«El día de los muertos»... Un pequeño pensamiento para hoy


El día de hoy se celebra el día de los fieles difuntos, o como coloquialmente se dice «el día de los muertos». Al celebrar a nuestros difuntos al día siguiente de la celebración de Todos los Santos la Iglesia nos quiere enseñar que tanto los que ya están en el cielo, santos todos ellos, aunque no estén canonizados, como los que están en el purgatorio, siguen siendo miembros de la Iglesia. En este día, con toda la Iglesia, celebramos que la muerte es la puerta que nos abre la eternidad y al encuentro con Dios y al tiempo que recordamos a los difuntos que nos tocan más de cerca, padres, hijos, abuelos, familiares, vecinos o conocidos, y que hace más o menos tiempo, nos separamos de ellos, al tiempo que los recordamos y pedimos a Dios por todos ellos, redoblamos nuestra confianza que Dios ya los ha acogido en su seno, y ellos desde allí interceden por todos nosotros.

Esta conmemoración de todos los fieles difuntos viene desde muy antiguo. Se sabe que en el siglo II ya los cristianos rezaban y celebraban la Eucaristía por sus difuntos. Al principio, en el tercer día después de la sepultura, luego en el aniversario. Más tarde, el séptimo día y el trigésimo. En el año 998, el abad Odilón de Cluny (994-1048) hizo obligatoria la conmemoración de los difuntos, el 2 de noviembre, en todos los monasterios a él sometidos. En 1915, el Papa Benedicto XV concedió a todos los sacerdotes el derecho a celebrar tres Misas en este día, con la condición de que: una de las tres se aplique libremente, con la posibilidad de recibir un estipendio; la segunda Misa, sin ningún estipendio, se dedique a todos los fieles difuntos; y la tercera se celebre según la intención del Papa. Con la participación en cualquiera de las Misas de este día, miramos al pasado para orar y revivir esas relaciones de vida, de familia, de amor y de fe que nos unieron a nuestros seres queridos que ya han dejado este mundo.

Las tres Misas para este día, todas ellas orientadas a resaltar el misterio pascual, la victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte, la liturgia nos ofrece tres evangelios que nos iluminen nuestro encuentro con el Señor en la oración por nuestros difuntos: San Mateo 25,31-46, San Juan 6,51-58 y San Lucas 23,44-46.50.52-53;24,1-6. Ayudados de cualquiera de estos evangelios, celebramos día de una forma especial, recordando a nuestros difuntos para manifestar que la muerte no es el final definitivo, sino que todavía permanecen entre nosotros, que su recuerdo los hace estar a nuestro lado, y sobre todo porque ellos nos animan y nos estimulan en la vida que a nosotros nos queda por vivir. Recurramos hoy a María, la Virgen fiel, el modelo de vida para todos los mortales, para que ella nos ayude a orar por quienes ya han dejado este mundo. ¡Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua! ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 1 de noviembre de 2022

«Las bienaventuranzas, un regalazo del Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy


Las bienaventuranzas han sido siempre el leitmotiv de la vida de los santos, de los beatos, de los venerables, de los siervos de Dios y de todos aquellos que quieren comprometerse, sea cual sea su vocación, a seguir a Cristo e imitarle en todo. Hoy que celebramos la solemnidad de todos los santos, la Iglesia nos coloca el pasaje de las bienaventuranzas en san Mateo (Mt 5,1-12) como centro de la liturgia de la Palabra que nos motive a imitar a todos aquellos que las han hecho vida y por eso han alcanzado la plena felicidad. Y es que ser bienaventurado es ser feliz por la recompensa de Dios que viene no por portarse bien, sino por ser como Jesús y por responder con fe a sus demandas. Las bienaventuranzas son los principios o valores del reino de Dios; son el espíritu del Evangelio. Cada bienaventuranza es un rasgo del carácter de Cristo y una huella de su obra en la vida de sus discípulos–misioneros.

Escribiendo a uno de los seminaristas Misioneros de Cristo, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento le anota: «El Evangelio es la buena nueva, es la Persona misma de Jesús, es vivir la vida de Jesús en todas las circunstancias radicalmente, reproducir en ti sus mismos criterios, actitudes, respuestas, impregnarse de Él; ¿Cómo era Cristo? ¿Cómo actuaba? ¿Cómo oraba?… en una palabra: vivir las bienaventuranzas, el sermón de la montaña». (7 de julio de 1980). Y es que ella comprendió siempre muy bien que allí está la clave de esa felicidad a la que todos estamos llamados. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica que las Bienaventuranzas son la respuesta «al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer». (Catecismo de la Iglesia Católica 1718).

Si alguien nos pregunta: ¿Qué hay que hacer para ser buen cristiano?, en las bienaventuranzas tenemos la respuesta de Jesús que nos indica estas cosas a contracorriente respecto a lo que habitualmente se hace en el mundo. Aquí está el ideal que intenta superar el egoísmo individual y colectivo para llegar a la solidaridad que el mundo busca. Aquí está el ideal para suprimir la violencia para construir la concordia y la paz. Aquí está el ideal para eliminar los determinismos, a fin de conseguir la plena libertad y la verdadera felicidad. Que María santísima nos ayude con su gracia a vivir las bienaventuranzas para edificar la civilización del amor con la que el Reino de Dios se empieza a vivir desde este mundo. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.