El blog del padre Alfredo / Fr. Alfredo's blog
Páginas
- PÁGINA PRINCIPAL
- AD GENTES
- VAN-CLAR
- ENCUENTROS VOCACIONALES
- BEATA MARÍA INÉS TERESA
- SACRAMENTOS Y CELEBRACIONES
- «HORAS SANTAS»... Para un encuentro con el Señor de la Misericordia
- LOS MANDAMIENTOS
- COPYRIGHT Y COPYLEFT
- VIDAS CONSAGRADAS QUE DEJAN LA HUELLA DE CRISTO
- UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY
- CONOCIENDO LA FAMILIA INESIANA
viernes, 20 de noviembre de 2020
«Los cambistas del Templo»... Un pequeño pensamiento para hoy
jueves, 19 de noviembre de 2020
«Cristo lloró por Jerusalén»... Un pequeño pensamiento para hoy
El poder de Dios se ha hecho amor y debilidad en Jesús. Pero ese poder ha chocado contra la dureza del corazón humano. En el Evangelio de hoy (Lc 19,41-44) Jesús llora por Jerusalén que ha conocido la visita salvífica de Dios en Jesús, pero la ha rechazado. Ya no se le ofrecerá otra oportunidad, porque las oportunidades son siempre únicas. Ya sólo queda que se manifiesten las consecuencias de este rechazo, ya sólo queda la destrucción como herencia. Por eso Jesús llora por su ciudad con lágrimas de compasión y lágrimas de impotencia. Ha hecho todo lo posible por la paz de la ciudad y por que esta reconozca en él al Mesías Salvador. Este llanto es todavía llamamiento —aunque inútil también— a la conversión. Aceptar a Jesús es el camino para la paz y rechazarlo es la ruina. Sólo en él está la salvación (cf. Hch 4. 12) y el pueblo judío no lo comprenderá. Jesús trató de «convertir» Jerusalén, pero esa ciudad, en conjunto, le resistió, y lo rechaza: dentro de unos días Jesús será juzgado, condenado, y ejecutado... Jerusalén está ciega: no ha «visto» los signos de Dios, no ha sabido reconocer la hora excepcional que se le ofrecía en Jesucristo. Días vendrán sobre ti —dice Jesucristo— en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos, y no dejarán en ti piedra sobre piedra. Cuando san Lucas escribía eso, ya había sucedido: en el año 70, los ejércitos de Tito habían arrasado prácticamente la ciudad... esa hermosa ciudad que Jesús contemplaba aquel día con los ojos llenos de lágrimas.
miércoles, 18 de noviembre de 2020
«Todos hemos recibido talentos»... Un pequeño pensamiento para hoy
Por el contrario, al que no tenga se le quitará aun lo poco que tenga. Al que posee poca alegría del Evangelio se le irá de las manos la capacidad de diálogo y se obstinará en la defensa a ultranza de lo poco que posee, se cerrará dentro de sí mismo, entrará en liza con los demás por temor a perder lo poco que tiene. Este es nuestro drama, el drama de nuestra sociedad. La poca alegría del Evangelio es causa de mezquindad y de tristeza en todos los terrenos de la vida eclesiástica y social, produce corazones encogidos y es causa de absurdas discusiones sobre auténticas nimiedades». Les invito a leer el Evangelio de hoy y a ver cómo estas palabras de Carlo María Martini nos desmenuzan lo que el Señor nos quiere decir. Él llegará en el momento menos pensado y querrá encontrar que hemos multiplicado lo que hemos recibido. Los talentos que cada uno de nosotros hemos recibido —vida, salud, inteligencia, dotes para el arte o el mando o el deporte: todos tenemos algún don— los hemos de trabajar, porque somos administradores y no dueños. Es de esperar que el Juez, al final, no nos tenga que tachar de «empleado holgazán» o «arrastrado» —como se dice en el norte de México— que se ha ido a lo fácil y no ha hecho rendir lo que se le había encomendado. La vida es una aventura y un riesgo, y el Juez premiará sobre todo la buena voluntad, no tanto si hemos conseguido diez o sólo cinco. Lo que no podemos hacer es aducir argumentos para tapar nuestra pereza —el siervo indolente, con descaro, clarito echa la culpa al mismo rey de su inoperancia—.
Hoy celebramos la dedicación de las Basílicas de San Pedro y San Pablo allá en Roma. Dos de las cuatro «Basílicas Mayores» de la ciudad eterna. La actual Basílica de San Pedro en Roma fue consagrada por el Papa Urbano Octavo el 18 de noviembre de 1626, aniversario de la consagración de la Basílica antigua. La construcción de este grandioso templo duró 170 años, bajo la dirección de 20 Sumos Pontífices. Está construida en la colina llamada Vaticano, sobre la tumba de San Pedro. Mide 212 metros de largo, 140 de ancho, y 133 metros de altura en su cúpula. Ocupa 15,000 metros cuadrados. No hay otro templo en el mundo que le iguale en extensión. La Basílica de San Pablo, que está al otro lado de Roma, a 11 kilómetros de San Pedro. Fue inicialmente construida por el Papa San León Magno y el emperador Teodosio, pero en 1823 fue destruida por un incendio, y entonces, con limosnas que los católicos enviaron desde todos los países del mundo se construyó la actual, sobre el modelo de la antigua, pero más grande y más hermosa, la cual fue consagrada por el Papa Pío Nono en 1854. En los trabajos de reconstrucción se encontró un sepulcro sumamente antiguo (de antes del siglo IV) con esta inscripción: «A San Pablo, Apóstol y Mártir». Estas Basílicas nos recuerdan lo generosos que han sido los católicos de todos los tiempos para que nuestros templos sean lo más hermoso posible, y cómo nosotros debemos contribuir generosamente para mantener bello y elegante el templo de nuestro barrio o de nuestra parroquia. Que estos dos Apóstoles y María Santísima nos ayuden a multiplicar los talentos que el Señor nos ha dado. ¡Bendecido miércoles!
Padre Alfredo.
martes, 17 de noviembre de 2020
«Zaqueo»... Un pequeño pensamiento para hoy
El Señor le dice: «Zaqueo, baja en seguida porque hoy —presente salvífico— tengo que hospedarme en tu casa» (Lc 19,5). Con esta acción del Maestro, empieza a vislumbrarse la futura «casa» de la comunidad de salvados provenientes del paganismo, de quienes el «archirrecaudador» Zaqueo es figura representativa en el Evangelio. «Él bajó en seguida y lo recibió muy contento» (Lc 19,6). La alegría es señal aquí de estar en línea con el proyecto de Dios sobre el hombre. Las caras tristes son reveladoras. La presencia de Jesús conlleva siempre alegría en la comunidad que lo acoge, aunque ésta, esté formada. en su mayoría, por pecadores. Al ver aquello —dice el Evangelio— todos se pusieron a criticar a Jesús diciendo: «¡Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador!» (Lc 19,7). Zaqueo en realidad no les importa; lo que les importa es que sea un ateo y que Jesús haya entrado en contacto con él. No captan que Jesús viene a buscar al hombre con el fin de salvarlo de la situación de autodestrucción en que él mismo se había sumergido. ¡Cuánto nos ama Jesús! Si aquella gente hubiera comprendido lo que es la misericordia. Las acciones de Jesús, como esta que hace con Zaqueo, se dirigen a poner de manifiesto el carácter ilimitado de la misericordia, esa misericordia de la que todos anhelamos gozar y deberíamos esparcir.
Hoy celebramos la memoria de santa Isabel de Hungría, una mujer que, siendo casi una niña, se casó y tuvo tres hijos, y al quedar viuda, después de sufrir muchas calamidades y siempre inclinada a la meditación de las cosas celestiales, se retiró a Marburgo, en un hospital que ella misma había fundado, donde, abrazándose a la pobreza, se dedicó al cuidado de los enfermos y de los pobres hasta el último suspiro de su vida, que fue a los veinticinco años de edad (17 de noviembre de 1231). Murió muy joven, pero supo esparcir la misericordia de Dios a su alrededor. Es poco lo que se sabe de su vida, pero fue canonizada apenas cuatro años después de su muerte. Luego de quedar viuda se dedicó por completo a ayudar a los más necesitados, en su castillo daba de comer a 900 pobres cada día. Cambió sus vestidos de princesa por un simple hábito de hermana franciscana. La Iglesia ha visto en ella un modelo admirable de donación completa de sus bienes y de su vida misericordiosa a favor de los pobres y de los enfermos. Que ella y la intercesión de María Santísima nos ayuden también a nosotros a ser misericordiosos. ¡Bendecido martes!
Padre Alfredo.
lunes, 16 de noviembre de 2020
«La curación de un ciego»... Un pequeño pensamiento para hoy
domingo, 15 de noviembre de 2020
«Los talentos»... Un pequeño pensamiento para hoy
La fe, en definitiva, es uno de los talentos que más debemos hacer rendir. Somos depositarios de algo que tiene un valor más fabuloso que las enormes cantidades de dinero citadas en la parábola. Enterrar la fe, en el mero cumplimiento, en la rutina o en la estricta intimidad, es hacerse merecedores de la condena del Señor. Es preciso vivirla, alimentarla, testimoniarla y contagiarla... ¡multiplicar los talentos! y como decía san Juan Pablo II: «La fe se fortalece dándola». Cada uno con su peculiar estilo de negociar y sin infundados escrúpulos por lo que pueda pasar. Lo peor es no hacer nada, el resto siempre se justifica ante el Señor si se hizo pensando en el bien de los demás. Algunos entienden la fe como un esconder y conservar los dones recibidos, como hace el criado condenado por Jesús en la parábola; saben que Dios los salva (algunos ni eso), y piensan que lo mejor es estarse quietecitos y que Dios los coja recién confesados y comulgados; saben también que puede venir por sorpresa, pero olvidan que cuando venga nos va a preguntar por la positividad de nuestro amor y de nuestra luz, que nos va a preguntar, en definitiva, por nuestros hermanos: la fe de mi hermano, su esperanza y su felicidad son la fructificación de lo que yo he recibido.
El Evangelio de hoy se enmarca en el contexto de la IV Jornada mundial por los pobres a la que ha convocado el Papa Francisco con el lema «Tiende tu mano al pobre» (cf. Si 7,32). Así, a la luz de esta celebración, hemos de entender que los talentos, en especial la fe, no son para esconderlos, sino para compartir. Entre otras cosas, el Papa dice en su mensaje para este día que «mantener la mirada hacia el pobre es difícil, pero muy necesario para dar a nuestra vida personal y social la dirección correcta. No se trata de emplear muchas palabras, sino de comprometer concretamente la vida, movidos por la caridad divina. Cada año, con la Jornada Mundial de los Pobres, vuelvo sobre esta realidad fundamental para la vida de la Iglesia, porque los pobres están y estarán siempre con nosotros (cf. Jn 12,8) para ayudarnos a acoger la compañía de Cristo en nuestra vida cotidiana. Tenemos talentos qué compartir, sobre todo, como digo, la fe, pero también cosas materiales, tiempo y demás para dar. Que María Santísima nos ayude y sepamos multiplicar lo que Dios nos ha dado. ¡Bendecido domingo!
Padre Alfredo.
sábado, 14 de noviembre de 2020
«Orar confiadamente»... Un pequeño pensamiento para hoy
Y no se trata aquí de comparar a Dios con aquel juez, que Jesús describe como corrupto e impío, sino nuestro comportamiento con la conducta de la viuda, seguros de que, si perseveramos, conseguiremos lo que pedimos. Jesús dijo esta parábola para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse y es que el discípulo–misionero no puede dar espacio al desaliento. Dios siempre escucha nuestra oración. Él quiere nuestro bien y nuestra salvación más que nosotros mismos. Nuestra oración es una respuesta, no es la primera palabra. Nuestra oración se encuentra con la voluntad de Dios y busca sintonizar con Él, que desea siempre lo mejor para nosotros. El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa muy bien: «Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de él» (CEC 1560).
Los santos y los beatos son grande hombres y mujeres de una oración profunda. Algunos de ellos muy conocidos y otros invocados como beatos en una determinada región. Este es el caso del beato Juan de Licio, que en Caccamo, de Sicilia, allá por el 1500, ingresó a los 15 años con los Dominicos y se ordenó sacerdote allí en la llamada Orden de Predicadores, distinguiéndose por su comprometida oración y su incansable caridad para con el prójimo, además de la propagación del rezo del Rosario y la observancia de la disciplina regular. Entre otras cosas en su pueblo natal fundó el convento de los dominicos llamándolo de Nuestra Señora de los Ángeles. Fue prior y se distinguió, además de su profunda vida de oración, por su sabiduría, su humildad, su obediencia y su piedad. Vivió ciento once años la inmensa mayoría de ellos sumergido en una confiada oración al Señor que obró a través de él, muchos prodigios. Que él interceda por nosotros para que bajo el cuidado de María, la mujer siempre orante, sepamos esperar del Señor lo mejor para nuestras vidas esperando así la llegada definitiva del Reino. ¡Bendecido sábado!
Padre Alfredo.
viernes, 13 de noviembre de 2020
«Hablando del fin de los tiempos»... Un pequeño pensamiento para hoy
Así, lo que Jesús dice del final de la historia de hoy (Lc 17,26-37), con la llegada del Reino universal, podemos aplicarlo al final de cada uno de nosotros, al momento de nuestra muerte, y también a esas gracias y momentos de salvación que se suceden en nuestra vida de cada día. Estamos terminando el año litúrgico. Las lecturas como la del día de hoy son un aviso para que siempre estemos preparados, vigilantes, mirando con seriedad hacia el futuro, que es cosa de sabios. Porque la vida es precaria y todos nosotros, muy caducos, ya lo estamos palpando muy de cerca con esta pandemia. Vale la pena asegurarnos los bienes definitivos, y no quedarnos encandilados por los que sólo valen aquí abajo. Sería una lástima que, en el examen final, tuviéramos que lamentarnos de que hemos perdido el tiempo, al comprobar que los criterios de Cristo son diferentes de los de este mundo. La seriedad de la vida va unida a una gozosa confianza, Jesús será nuestro Juez como Hijo del Hombre y en el confiamos.
La Iglesia celebra hoy a San Diego de Alcalá, que nació en San Nicolás del Puerto, Sevilla, hacia el año 1400. Desde muy joven, diego abrazó la vida eremítica, dedicándose por entero a la oración y al trabajo. Posteriormente ingresó en la Orden franciscana, como hermano lego, y desempeñó con toda humildad los oficios más sencillos y ordinarios confiando en que, a la legada del Señor, lo encontrara haciendo lo que debía hacer. En 1441 partió como misionero a las Islas Canarias y en 1450 se trasladó a Roma, donde le tocó vivir en medio de una epidemia de peste y con su oración curó a muchos enfermos. Finalmente regresó a España. Falleció el 12 de noviembre de 1463 en Alcalá de Henares, donde se veneran sus reliquias. San Diego fue un hombre que vivió cada día consciente de que el Señor llegaría en cualquier momento y no perdió nunca el tiempo trabajando en su santificación y en la de quienes le rodeaban. Que él. San Diego y la Santísima Virgen nos ayuden a estar vigilantes, esperando la llegada del Señor. ¡Bendecido viernes!
Padre Alfredo.
jueves, 12 de noviembre de 2020
«El Reino de Dios ya está en lo sencillo de cada día»... Un pequeño pensamiento para hoy
¿Cómo vemos en tiempo de pandemia el mundo a nuestro alrededor? a pesar del dolor y sufrimiento... ¿puedo ver la actuación de Dios? Al mirar nuestro día a día, que en este tiempo es tan diferente a lo que era antes de la Covid-19, hay que hacer una lista de los pequeños gestos de amor, tales como mensajes positivos, una llamada telefónica, un mensaje de WhatsApp, etc. Debemos agradecer por estas cosas y pedirle a Jesús que nos ayude a ver su actividad y nos libre de la ceguera que el pesimismo nos pudiera causar. Hoy el Evangelio (Lc 17,20-25), en este sentido, es alentador. El Reino de Dios, nos deja ver Jesús en este relato, viene sin dejarse sentir de una forma estrepitosa sino en lo pequeño de cada día. En medio de las adversidades que esta calamidad nos ha traído, Dios reina de una manera discreta, modesta, casi «sin dejarse sentir» pero está con nosotros porque él a nadie abandona. El Reino en su plenitud llegará, como dice el señor, cuando menos lo esperemos, por eso no hay que preocuparse, ni creer en profecías y en falsas alarmas sobre el fin del mundo que ahorita circulan por doquier queriendo asustar a los creyentes. En cada epidemia y en cada guerra, en cada terremoto y en cada infortunio muchos han pensado que ya es el fin del mundo y han perdido tiempo. No podemos perderlo nosotros porque es tiempo de amar, y amar en lo concreto a los que tenemos a nuestro lado.
Hoy celebramos a san Josafat Kunsevich. Nació en Vladimir de Volhinia (actual Polonia) hacia el 1581. En el año de 1601 ingresó en el monasterio de la Santísima Trinidad de Vilna y 13 años después fue nombrado abad de este. Católico en tierra de cisma, buscó descubrir a su pueblo la fe de la Iglesia universal y la presencia del Reino que se empieza a manifestar desde esta tierra, aunque alcanzará su realización plena en la parusía del Señor. Cuando fue nombrado, contra su querer, por el Papa Paulo V, arzobispo de Polotsk, se hizo inconmensurable su celo y caridad en una arquidiócesis infestada por el cisma. Su actividad, su fuerza moral y su vida interior suscitaba envidias y celos porque la Rusia blanca, rejuvenecida, se estaba pasando al lado de Roma. En 1623, un tumulto invadió su domicilio y fue asesinado y arrojado su cuerpo al río. El Reino, nos recuerda el Evangelio, está «dentro de ustedes», o bien, «en medio de ustedes»", como también se puede traducir, o «a su alcance» Y es que el Reino, independientemente de lo que vivamos al exterior, es el mismo Jesús. Que, al final de los tiempos, se manifestará en plenitud, pero que ya está en medio de nosotros. Y más, para los que reconocemos su presencia eucarística: «el que me come, permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56). Que María Santísima, fiel compañera de nuestras vidas, nos dé ánimo para seguir estableciendo el Reino de Dios desde este mundo. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.






