viernes, 20 de noviembre de 2020

«Los cambistas del Templo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Casi llegando al final del Año Litúrgico, tenemos un Evangelio (Lc 19,45-48) en el que Jesús realiza un signo profético. A la manera de los profetas del Antiguo Testamento, realiza una acción simbólica, plena de significación de cara al futuro. Al expulsar del templo a los mercaderes que vendían las víctimas destinadas a servir de ofrenda y al evocar que «la casa de Dios será casa de oración» (Is 56,7), Jesús anunciaba la nueva situación que Él venía a inaugurar, en la que los sacrificios de animales ya no tenían cabida. San Juan definirá la nueva relación cultual como una «adoración al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,24). La figura debe dejar paso a la realidad. Santo Tomás de Aquino decía poéticamente lo que cantamos en el Tantum Ergo: «Et antiquum documentum, novo cedat ritui» —«Que el Antiguo Testamento deje paso al Nuevo Rito»—. El Rito Nuevo es la Palabra de Jesús. Por eso, san Lucas ha unido a la escena de la purificación del templo la presentación de Jesús predicando en él cada día. 

Sin duda alguna, todo este comportamiento de Jesús produjo una impresión muy profunda en la sociedad de su tiempo, especialmente entre los dirigentes religiosos, pero la escena puede ser también muy ilustrativa para nosotros. Jesús ha venido a expulsar todo aquello que ha manchado nuestros corazones, pues no podemos llamar Padre a Dios ni ser sus hijos en verdad mientras continuemos esclavizados al pecado y continuemos manifestando signos de muerte que se quedan solamente en cosas externas. No podemos convertir nuestra vida, «Templo del Espíritu Santo», en una cueva de ladrones donde anide todo aquello que nos esté robando el amor, la paz, la bondad, la misericordia, la justicia, la solidaridad y nos esté convirtiendo en unos malvados. Cristo nos quiere, en verdad, llenos de su Vida y de su Espíritu de tal forma que, con nuestras palabras, nuestras obras y toda nuestra vida, nos convirtamos en una continua alabanza a su Santo Nombre.

Entre los santos y beatos que se celebran el día de hoy, destaca san Edmundo Rey, que, a sus catorce años, fue coronado rey, el día de la Navidad del año 855. Pronto dio muestras de una sensatez que no procede sólo de la edad. No se hizo amigo de lisonjas; amó y buscó la paz para su pueblo; se mostró imparcial y recto en la administración de la justicia; tuvo en cuenta los valores religiosos de su pueblo y destacó por el apoyo que daba a las viudas, huérfanos y necesitados. Reinó así hasta que llegaron dificultades especiales con el desembarco de los piratas daneses capitaneados, que sembraban pánico y destrucción a su paso con una aversión diabólica a todo nombre cristiano; con rabia y crueldad saqueaban, destruían y entraban al pillaje en monasterios, templos o iglesias que encontraban, pasando a cuchillo a monjes, sacerdotes y religiosas. Edmundo reunió, como pudo, un pequeño ejército para hacer frente a tanta destrucción, pero cayó en manos de los enemigos, fue azotado, herido como otro san Sebastián, hasta que su cuerpo parecía un erizo por tantas flechas y, por último, le cortaron la cabeza. Él puede ser para nosotros un muy buen ejemplo de defender los valores del Reino. Pidámosle junto a María Santísima, que no nos ganen las cosas y los intereses del mundo y que entendamos el mensaje de Cristo que nos hace libres. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 19 de noviembre de 2020

«Cristo lloró por Jerusalén»... Un pequeño pensamiento para hoy


El poder de Dios se ha hecho amor y debilidad en Jesús. Pero ese poder ha chocado contra la dureza del corazón humano. En el Evangelio de hoy (Lc 19,41-44) Jesús llora por Jerusalén que ha conocido la visita salvífica de Dios en Jesús, pero la ha rechazado. Ya no se le ofrecerá otra oportunidad, porque las oportunidades son siempre únicas. Ya sólo queda que se manifiesten las consecuencias de este rechazo, ya sólo queda la destrucción como herencia. Por eso Jesús llora por su ciudad con lágrimas de compasión y lágrimas de impotencia. Ha hecho todo lo posible por la paz de la ciudad y por que esta reconozca en él al Mesías Salvador. Este llanto es todavía llamamiento —aunque inútil también— a la conversión. Aceptar a Jesús es el camino para la paz y rechazarlo es la ruina. Sólo en él está la salvación (cf. Hch 4. 12) y el pueblo judío no lo comprenderá. Jesús trató de «convertir» Jerusalén, pero esa ciudad, en conjunto, le resistió, y lo rechaza: dentro de unos días Jesús será juzgado, condenado, y ejecutado... Jerusalén está ciega: no ha «visto» los signos de Dios, no ha sabido reconocer la hora excepcional que se le ofrecía en Jesucristo. Días vendrán sobre ti —dice Jesucristo— en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos, y no dejarán en ti piedra sobre piedra. Cuando san Lucas escribía eso, ya había sucedido: en el año 70, los ejércitos de Tito habían arrasado prácticamente la ciudad... esa hermosa ciudad que Jesús contemplaba aquel día con los ojos llenos de lágrimas.

Las palabras de Jesús contra Jerusalén, que hoy pone el Evangelio, con su posible fondo histórico y su recuerdo de meditación eclesial, constituyen, así, una de las metas de la obra de san Lucas. Donde la salvación se ha preparado y ofrecido de un modo más intenso, la ruina y el rechazo vienen a ser más dolorosos. Subiendo hacia su Padre, en medio de la tierra, Jesús llora sobre el fondo de las ruinas de su pueblo muerto (Lc 19,41). Son pocas las imágenes más evocadoras que ésta. Teniéndola en cuenta podemos fijar dos conclusiones generales: El rechazo de los suyos constituye una de las bases de la pasión de Cristo sobre la tierra. Para la Iglesia, la muerte de Jesús, aceptada en un ámbito de obediencia, se ha convertido en fundamento de gloria y salvación. Por el contrario, la caída de Jerusalén, interpretada a la luz de su rechazo, se ha convertido en reflejo de una condena. Toda muerte puede recibir estos sentidos: lleva con Cristo a la Pascua o con Jerusalén hacia el fracaso.

Entre los santos y beatos que hoy se celebran en la Iglesia está san Federico Jansoone, que nació en Ghyvelde, en el Norte de Francia y muy pronto se sintió fascinado por la espiritualidad de san Francisco de Asís. Como era muy inteligente, realizó sus estudios de una forma brillante ante los ojos de sus compañeros y sus profesores. Cuando tuvo la edad adecuada, pidió entrar en el noviciado de la Orden franciscana y terminados sus estudios escolásticos, se ordenó de sacerdote en 1870. Fue capellán militar en su primer destino. Federico tenía valentía y arrojo para las cosas de Dios, por eso no dudó lo más mínimo en fundar un convento franciscano en Burdeos. Los destinos variados harían de él una persona obediente a la orden de sus superiores. La obediencia lo destinó luego a París para que se ocupara de los asuntos de Tierra Santa. Aquí estuvo poco más de un año entregado a la Custodia de los Santos Lugares, alternado su trabajo con el de la Biblioteca Nacional. Se dice que cada día celebraba la Eucaristía con una devoción impresionante. Dejó París para irse a Tierra Santa en 1881 donde estuvo poco tiempo. En seguida lo mandaron a Canadá en donde murió en 1916. ¡Cuánta alegría pudo dar este santo varón con su vida al Señor! Que no llore Jesús por nuestra falta de conversión, sino que se alegre por nuestra vida, eso lo pedimos hoy por intercesión de María Santísima. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

«Todos hemos recibido talentos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hay un libro de Carlo María Martini (1927-2012), que se llama «La alegría del Evangelio» en el que escribe algo que yo quisiera poner ahora aquí, dado que el Evangelio de hoy (Lc 19,11-28) es casi el mismo del domingo pasado y tal vez comentaría yo lo mismo. Prefiero invitarles a leer la frescura de este escrito como una herencia que nos dejó este Cardenal tan amante de la Sagrada Escritura: «A quien tiene la alegría del Evangelio, a quien tiene la perla preciosa, el tesoro, se le concederá el discernimiento de todos los otros valores, de los valores de las otras religiones, de los valores humanos existentes fuera del cristianismo; se le dará la capacidad de dialogar sin timidez, sin tristeza, sin reticencias, incluso con alegría, precisamente porque conocerá el valor de todas las demás cosas. Al que tiene la alegría del Evangelio se le dará la intuición del sentido de la verdad que puede haber en otras religiones.

Por el contrario, al que no tenga se le quitará aun lo poco que tenga. Al que posee poca alegría del Evangelio se le irá de las manos la capacidad de diálogo y se obstinará en la defensa a ultranza de lo poco que posee, se cerrará dentro de sí mismo, entrará en liza con los demás por temor a perder lo poco que tiene. Este es nuestro drama, el drama de nuestra sociedad. La poca alegría del Evangelio es causa de mezquindad y de tristeza en todos los terrenos de la vida eclesiástica y social, produce corazones encogidos y es causa de absurdas discusiones sobre auténticas nimiedades». Les invito a leer el Evangelio de hoy y a ver cómo estas palabras de Carlo María Martini nos desmenuzan lo que el Señor nos quiere decir. Él llegará en el momento menos pensado y querrá encontrar que hemos multiplicado lo que hemos recibido. Los talentos que cada uno de nosotros hemos recibido —vida, salud, inteligencia, dotes para el arte o el mando o el deporte: todos tenemos algún don— los hemos de trabajar, porque somos administradores y no dueños. Es de esperar que el Juez, al final, no nos tenga que tachar de «empleado holgazán» o «arrastrado» —como se dice en el norte de México— que se ha ido a lo fácil y no ha hecho rendir lo que se le había encomendado. La vida es una aventura y un riesgo, y el Juez premiará sobre todo la buena voluntad, no tanto si hemos conseguido diez o sólo cinco. Lo que no podemos hacer es aducir argumentos para tapar nuestra pereza —el siervo indolente, con descaro, clarito echa la culpa al mismo rey de su inoperancia—.

Hoy celebramos la dedicación de las Basílicas de San Pedro y San Pablo allá en Roma. Dos de las cuatro «Basílicas Mayores» de la ciudad eterna. La actual Basílica de San Pedro en Roma fue consagrada por el Papa Urbano Octavo el 18 de noviembre de 1626, aniversario de la consagración de la Basílica antigua. La construcción de este grandioso templo duró 170 años, bajo la dirección de 20 Sumos Pontífices. Está construida en la colina llamada Vaticano, sobre la tumba de San Pedro. Mide 212 metros de largo, 140 de ancho, y 133 metros de altura en su cúpula. Ocupa 15,000 metros cuadrados. No hay otro templo en el mundo que le iguale en extensión. La Basílica de San Pablo, que está al otro lado de Roma, a 11 kilómetros de San Pedro. Fue inicialmente construida por el Papa San León Magno y el emperador Teodosio, pero en 1823 fue destruida por un incendio, y entonces, con limosnas que los católicos enviaron desde todos los países del mundo se construyó la actual, sobre el modelo de la antigua, pero más grande y más hermosa, la cual fue consagrada por el Papa Pío Nono en 1854. En los trabajos de reconstrucción se encontró un sepulcro sumamente antiguo (de antes del siglo IV) con esta inscripción: «A San Pablo, Apóstol y Mártir». Estas Basílicas nos recuerdan lo generosos que han sido los católicos de todos los tiempos para que nuestros templos sean lo más hermoso posible, y cómo nosotros debemos contribuir generosamente para mantener bello y elegante el templo de nuestro barrio o de nuestra parroquia. Que estos dos Apóstoles y María Santísima nos ayuden a multiplicar los talentos que el Señor nos ha dado. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 17 de noviembre de 2020

«Zaqueo»... Un pequeño pensamiento para hoy

El episodio de Zaqueo (Lc 19,1-10) es uno de los más conocidos e ilustrativos del Evangelio. San Lucas es el único evangelista que nos cuenta esta famosa escena de la conversión de este hombre de baja estatura que estaba además encogido por los prejuicios de la gente que lo marginaba y lo minusvaloraba. Él dirigía el grupo de cobradores de impuestos de la comarca, oficio que era sumamente despreciado en medio del pueblo, debido a los malos manejos y la corrupción de los cobradores de impuestos, oficio que era muy criticado por los fariseos porque los publicanos estaban en permanente contacto con los extranjeros —considerados impuros— y con monedas profanas. La multitud que lo desprecia le impide a Zaqueo ver a Jesús, que, como es pequeño, pudo haber estado en primera fila sin tapar a nadie, pero no se lo permitieron dejándole como única opción la de trepar a un árbol, pero de todos modos queda alejado del Maestro. Ya sea por el menosprecio de la gente o por el lugar que ha escalado (riqueza), Zaqueo no puede romper el cerco que lo sujeta. Jesús se percata de la situación y lo llama para que lo hospede.

El Señor le dice: «Zaqueo, baja en seguida porque hoy —presente salvífico— tengo que hospedarme en tu casa» (Lc 19,5). Con esta acción del Maestro, empieza a vislumbrarse la futura «casa» de la comunidad de salvados provenientes del paganismo, de quienes el «archirrecaudador» Zaqueo es figura representativa en el Evangelio. «Él bajó en seguida y lo recibió muy contento» (Lc 19,6). La alegría es señal aquí de estar en línea con el proyecto de Dios sobre el hombre. Las caras tristes son reveladoras. La presencia de Jesús conlleva siempre alegría en la comunidad que lo acoge, aunque ésta, esté formada. en su mayoría, por pecadores. Al ver aquello —dice el Evangelio— todos se pusieron a criticar a Jesús diciendo: «¡Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador!» (Lc 19,7). Zaqueo en realidad no les importa; lo que les importa es que sea un ateo y que Jesús haya entrado en contacto con él. No captan que Jesús viene a buscar al hombre con el fin de salvarlo de la situación de autodestrucción en que él mismo se había sumergido. ¡Cuánto nos ama Jesús! Si aquella gente hubiera comprendido lo que es la misericordia. Las acciones de Jesús, como esta que hace con Zaqueo, se dirigen a poner de manifiesto el carácter ilimitado de la misericordia, esa misericordia de la que todos anhelamos gozar y deberíamos esparcir.

Hoy celebramos la memoria de santa Isabel de Hungría, una mujer que, siendo casi una niña, se casó y tuvo tres hijos, y al quedar viuda, después de sufrir muchas calamidades y siempre inclinada a la meditación de las cosas celestiales, se retiró a Marburgo, en un hospital que ella misma había fundado, donde, abrazándose a la pobreza, se dedicó al cuidado de los enfermos y de los pobres hasta el último suspiro de su vida, que fue a los veinticinco años de edad (17 de noviembre de 1231). Murió muy joven, pero supo esparcir la misericordia de Dios a su alrededor. Es poco lo que se sabe de su vida, pero fue canonizada apenas cuatro años después de su muerte. Luego de quedar viuda se dedicó por completo a ayudar a los más necesitados, en su castillo daba de comer a 900 pobres cada día. Cambió sus vestidos de princesa por un simple hábito de hermana franciscana. La Iglesia ha visto en ella un modelo admirable de donación completa de sus bienes y de su vida misericordiosa a favor de los pobres y de los enfermos. Que ella y la intercesión de María Santísima nos ayuden también a nosotros a ser misericordiosos. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 16 de noviembre de 2020

«La curación de un ciego»... Un pequeño pensamiento para hoy

Este día el Evangelio (Lc 18,35-43) nos presenta la escena de un ciego que, pidiendo limosna y escuchando que el Masías pasaba por allí, pide a Jesús que tenga compasión de él y pueda recobrar la vista. 18,35-43. La curación de este hombre ciego es narrada por San Lucas con detalles muy expresivos. Definitivamente hubo alguien que explicó al ciego que el que estaba pasando era Jesús, el Mesías. El ciego gritaba una y otra vez su oración: «Jesús, hijo de David, ten compasión de mí». La gente se enfadaba por esos gritos, pero Jesús «se paró y mandó que se lo trajeran». La gente no le quiere ayudar, «lo regañaron para que se callara», pero Jesús sí que quiere hacer algo por él. El diálogo es breve: «Señor, que vea» «recobra la vista, tu fe te ha curado». Y el buen hombre le sigue lleno de alegría, glorificando a Dios. De esta manera la actitud de Jesús le da un giro a la situación: envía por el ciego y lo escucha. El ciego entonces no le pide limosna, sino la restitución de sus sentidos. Jesús le da la vista, reconociendo en el hombre una fe transformadora de la realidad. Aquel hombre, gracias a la acción de Jesús, pasó de ser un marginado a ser un hombre en una nueva situación.

Nosotros somos discípulos–misioneros de este Jesús, el Mesías Salvador que hizo un sin fin de curaciones. No podemos seguramente devolver la vista corporal a los ciegos. Pero en esta escena podemos vernos reflejados de varias maneras precisamente en el ciego y no en los apóstoles. Ante todo, porque también nosotros recobramos la luz cuando nos acercamos a Jesús. El que le sigue no anda en tinieblas. Y nunca agradeceremos bastante la luz que Dios nos ha regalado en Cristo Jesús. Con su Palabra, que escuchamos tan a menudo, él nos enseña sus caminos e ilumina nuestros ojos para que no tropecemos a pesar de que nuestra fe es muchas veces débil como la de los Apóstoles, que «no comprenden» muchas cosas (Mc 8, 31-33; cf. Lc 2, 41-50). Igual que los Apóstoles, muchas veces no vemos claro... Es necesario que el Señor mismo nos dé unos «ojos nuevos» para llegar a ser capaces de entender muchas cosas. El Evangelio de hoy nos invita a que clamemos a Jesús para que el nos ayude a ver la realidad y a seguir su camino. Como discípulos–misioneros estamos llamados a testificar los numerosos milagros que hemos visto realizarse por la acción de Jesús. De ellos brota para nosotros una doble exigencia: la alabanza a Dios y el reconocimiento de la compasión como característica principal de la persona y la acción de Jesús.

Hoy celebramos a Santa Margarita de Escocia, una mujer de estirpe regia y de santos. Por parte de su padre emparentó con la realeza inglesa y por parte de su madre con la de Hungría. Los santos son, por parte de su papá, san Eduardo Confesor que era su bisabuelo y, por parte de su mamá, san Esteban, rey de Hungría. Margarita llegó a ser reina de Escocia por casarse con el rey Malcon III. Margarita fue una mujer ejemplar que se dejó abrir los ojos por el Señor. Hizo grandes ocas en la corte y con la gente del pueblo. Delicada en el cumplimiento de sus obligaciones de esposa y esmerada en la educación de los hijos, supo estar en el sitio que como a reina le correspondió. Sus hagiógrafos señalan las continuas preocupaciones por los más necesitados: su visita y consuelo a enfermos llegando a limpiar sus heridas y a besar sus llagas. Ayudó habitualmente a familias pobres, socorrió a los indigentes con bienes propios y de palacio hasta vender sus joyas. Leía a diario la Biblia y de ella sacó las luces y las fuerzas que la sostuvieron. Una enfermedad le llevó a la muerte el año 1093, en Edimburgo. Es la patrona de Escocia, canonizada por el papa Inocencio IV en el año 1250. Que ella y María Santísima nos ayuden a mantener los ojos abiertos. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 15 de noviembre de 2020

«Los talentos»... Un pequeño pensamiento para hoy

La parábola de los talentos (Mt 25,14-30), que hoy nos presenta el Evangelio, es una de las más hermosas e ilustrativas de la Biblia. Casi todo mundo la conoce y habla de «los talentos». Esta parábola tiene fundamentalmente como finalidad hacer comprender a todo discípulo–misionero la verdadera naturaleza de la relación que existe entre Dios y el hombre. Es todo lo contrario de aquel temor servil que busca refugio y seguridad frente a Dios mismo en una exacta y fría observancia de sus mandamientos. Jesús nos ilustra, con estos ejemplos, que nuestra vida de fe es una relación de amor, del que únicamente puede brotar valor, generosidad y libertad. La parábola es bastante clara, el talento no se gana, no se conquista, no se merece; el talento «se recibe». Hay que hacer rendir a los talentos que Dios nos ha dado, las cualidades, los carismas, los dones. Ser discípulo–misionero de Jesucristo implica toda una tarea, un esfuerzo. El evangelio de hoy nos exhorta a producir, a dar frutos. Y esta es, ciertamente, una dimensión clara de la fe.

La fe, en definitiva, es uno de los talentos que más debemos hacer rendir. Somos depositarios de algo que tiene un valor más fabuloso que las enormes cantidades de dinero citadas en la parábola. Enterrar la fe, en el mero cumplimiento, en la rutina o en la estricta intimidad, es hacerse merecedores de la condena del Señor. Es preciso vivirla, alimentarla, testimoniarla y contagiarla... ¡multiplicar los talentos! y como decía san Juan Pablo II: «La fe se fortalece dándola». Cada uno con su peculiar estilo de negociar y sin infundados escrúpulos por lo que pueda pasar. Lo peor es no hacer nada, el resto siempre se justifica ante el Señor si se hizo pensando en el bien de los demás. Algunos entienden la fe como un esconder y conservar los dones recibidos, como hace el criado condenado por Jesús en la parábola; saben que Dios los salva (algunos ni eso), y piensan que lo mejor es estarse quietecitos y que Dios los coja recién confesados y comulgados; saben también que puede venir por sorpresa, pero olvidan que cuando venga nos va a preguntar por la positividad de nuestro amor y de nuestra luz, que nos va a preguntar, en definitiva, por nuestros hermanos: la fe de mi hermano, su esperanza y su felicidad son la fructificación de lo que yo he recibido.

El Evangelio de hoy se enmarca en el contexto de la IV Jornada mundial por los pobres a la que ha convocado el Papa Francisco con el lema «Tiende tu mano al pobre» (cf. Si 7,32). Así, a la luz de esta celebración, hemos de entender que los talentos, en especial la fe, no son para esconderlos, sino para compartir. Entre otras cosas, el Papa dice en su mensaje para este día que «mantener la mirada hacia el pobre es difícil, pero muy necesario para dar a nuestra vida personal y social la dirección correcta. No se trata de emplear muchas palabras, sino de comprometer concretamente la vida, movidos por la caridad divina. Cada año, con la Jornada Mundial de los Pobres, vuelvo sobre esta realidad fundamental para la vida de la Iglesia, porque los pobres están y estarán siempre con nosotros (cf. Jn 12,8) para ayudarnos a acoger la compañía de Cristo en nuestra vida cotidiana. Tenemos talentos qué compartir, sobre todo, como digo, la fe, pero también cosas materiales, tiempo y demás para dar. Que María Santísima nos ayude y sepamos multiplicar lo que Dios nos ha dado. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 14 de noviembre de 2020

«Orar confiadamente»... Un pequeño pensamiento para hoy

Como he venido diciendo, los temas de las lecturas de estos días en la liturgia de la Palabra, en especial del Evangelio, van todas en la línea del final de los tiempos, esto debido a que nos vamos acercando al fin del año litúrgico. Jesús nos habla de todo esto porque quiere que despertemos de nuestras impericias y de nuestras indiferencias, pero a la vez no quiere angustiarnos, por eso hoy nos deja, en medio de toda esta temática, una parábola (Lc 18,1-8) con la cual explica a sus discípulos–misioneros que tenemos que orar siempre y no desanimarnos. Sabemos que San Lucas es el evangelista de la oración y siempre nos va a recalcar eso, hay que orar. Él es el que más veces describe a Jesús orando y nos transmite más su enseñanza sobre cómo debemos orar. Esta parábola de la viuda insistente es entonces muy ilustrativa, hay que leerla detenidamente. El juez que aparece allí no tiene más remedio que concederle la justicia que la buena mujer reivindica. 

Y no se trata aquí de comparar a Dios con aquel juez, que Jesús describe como corrupto e impío, sino nuestro comportamiento con la conducta de la viuda, seguros de que, si perseveramos, conseguiremos lo que pedimos. Jesús dijo esta parábola para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse y es que el discípulo–misionero no puede dar espacio al desaliento. Dios siempre escucha nuestra oración. Él quiere nuestro bien y nuestra salvación más que nosotros mismos. Nuestra oración es una respuesta, no es la primera palabra. Nuestra oración se encuentra con la voluntad de Dios y busca sintonizar con Él, que desea siempre lo mejor para nosotros. El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa muy bien: «Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de él» (CEC 1560).

Los santos y los beatos son grande hombres y mujeres de una oración profunda. Algunos de ellos muy conocidos y otros invocados como beatos en una determinada región. Este es el caso del beato Juan de Licio, que en Caccamo, de Sicilia, allá por el 1500, ingresó a los 15 años con los Dominicos y se ordenó sacerdote allí en la llamada Orden de Predicadores, distinguiéndose por su comprometida oración y su incansable caridad para con el prójimo, además de la propagación del rezo del Rosario y la observancia de la disciplina regular. Entre otras cosas en su pueblo natal fundó el convento de los dominicos llamándolo de Nuestra Señora de los Ángeles. Fue prior y se distinguió, además de su profunda vida de oración, por su sabiduría, su humildad, su obediencia y su piedad. Vivió ciento once años la inmensa mayoría de ellos sumergido en una confiada oración al Señor que obró a través de él, muchos prodigios. Que él interceda por nosotros para que bajo el cuidado de María, la mujer siempre orante, sepamos esperar del Señor lo mejor para nuestras vidas esperando así la llegada definitiva del Reino. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 13 de noviembre de 2020

«Hablando del fin de los tiempos»... Un pequeño pensamiento para hoy

En tiempos difíciles, como sucede con la calamidad de esta pandemia atroz que estamos viviendo, la gente piensa obviamente más en temas como la muerte y el fin del mundo. No falta quien predice que estamos ya en el final de los tiempos y que toda esta plaga es nada más y nada menos que lo previo al juicio final. Lo cierto es que, como he dicho ya, cuando hay guerra, terremotos, pandemias u otro tipo de catástrofes el tema del fin del mundo se agudiza. La verdad no sabemos ni el día ni la hora en que este mundo acabará para dar paso a la eternidad nueva, eso el Señor dijo que se tenía reservado para el Padre Celestial cuando éste decida enviar a su Hijo Jesús de nueva cuenta a juzgar a vivos y muertos. Pero, por otra parte, a medida que el año litúrgico se acerca a su fin, nuestro pensamiento se orienta también hacia una reflexión sobre el «fin» de todas las cosas. A medida que Jesús subía hacia Jerusalén, su pensamiento se orientaba hacia el último fin y cada vez que a algo o a alguien le llega «su fin», deberíamos ver en ello un anuncio y una advertencia. Cuando muere uno de nosotros, es un anuncio de nuestra propia muerte.

Así, lo que Jesús dice del final de la historia de hoy (Lc 17,26-37), con la llegada del Reino universal, podemos aplicarlo al final de cada uno de nosotros, al momento de nuestra muerte, y también a esas gracias y momentos de salvación que se suceden en nuestra vida de cada día. Estamos terminando el año litúrgico. Las lecturas como la del día de hoy son un aviso para que siempre estemos preparados, vigilantes, mirando con seriedad hacia el futuro, que es cosa de sabios. Porque la vida es precaria y todos nosotros, muy caducos, ya lo estamos palpando muy de cerca con esta pandemia. Vale la pena asegurarnos los bienes definitivos, y no quedarnos encandilados por los que sólo valen aquí abajo. Sería una lástima que, en el examen final, tuviéramos que lamentarnos de que hemos perdido el tiempo, al comprobar que los criterios de Cristo son diferentes de los de este mundo. La seriedad de la vida va unida a una gozosa confianza, Jesús será nuestro Juez como Hijo del Hombre y en el confiamos.

La Iglesia celebra hoy a San Diego de Alcalá, que nació en San Nicolás del Puerto, Sevilla, hacia el año 1400. Desde muy joven, diego abrazó la vida eremítica, dedicándose por entero a la oración y al trabajo. Posteriormente ingresó en la Orden franciscana, como hermano lego, y desempeñó con toda humildad los oficios más sencillos y ordinarios confiando en que, a la legada del Señor, lo encontrara haciendo lo que debía hacer. En 1441 partió como misionero a las Islas Canarias y en 1450 se trasladó a Roma, donde le tocó vivir en medio de una epidemia de peste y con su oración curó a muchos enfermos. Finalmente regresó a España. Falleció el 12 de noviembre de 1463 en Alcalá de Henares, donde se veneran sus reliquias. San Diego fue un hombre que vivió cada día consciente de que el Señor llegaría en cualquier momento y no perdió nunca el tiempo trabajando en su santificación y en la de quienes le rodeaban. Que él. San Diego y la Santísima Virgen nos ayuden a estar vigilantes, esperando la llegada del Señor. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 12 de noviembre de 2020

«El Reino de Dios ya está en lo sencillo de cada día»... Un pequeño pensamiento para hoy

Estamos viviendo, definitivamente, tiempos muy difíciles en medio de esta pandemia que nos tomó por sorpresa a todos en la humanidad. Cuando escuchamos o vemos las noticias nos sentimos sobrepasados; nada parece ser alentador y muchos están de capa caída pensando que la actividad de Dios parece haber desaparecido de la faz de la tierra. Sin embargo, los discípulos–misioneros de Jesucristo sabemos que la presencia y el Reino de Dios están siempre activos. Cada vez que alguien actúa por amor, aún en los más pequeños detalles de cada día en medio de este prolongado encierro de muchos, es por el Reino de Dios. Cuando hay justicia, aunque sea pequeña, ahí está el Reino de Dios; donde hay belleza, ahí está el Reino de Dios; donde hay servicio, ahí está el Reino de Dios; donde hay caridad y amor, ahí está el Reino de Dios.

¿Cómo vemos en tiempo de pandemia el mundo a nuestro alrededor? a pesar del dolor y sufrimiento... ¿puedo ver la actuación de Dios? Al mirar nuestro día a día, que en este tiempo es tan diferente a lo que era antes de la Covid-19, hay que hacer una lista de los pequeños gestos de amor, tales como mensajes positivos, una llamada telefónica, un mensaje de WhatsApp, etc. Debemos agradecer por estas cosas y pedirle a Jesús que nos ayude a ver su actividad y nos libre de la ceguera que el pesimismo nos pudiera causar. Hoy el Evangelio (Lc 17,20-25), en este sentido, es alentador. El Reino de Dios, nos deja ver Jesús en este relato, viene sin dejarse sentir de una forma estrepitosa sino en lo pequeño de cada día. En medio de las adversidades que esta calamidad nos ha traído, Dios reina de una manera discreta, modesta, casi «sin dejarse sentir» pero está con nosotros porque él a nadie abandona. El Reino en su plenitud llegará, como dice el señor, cuando menos lo esperemos, por eso no hay que preocuparse, ni creer en profecías y en falsas alarmas sobre el fin del mundo que ahorita circulan por doquier queriendo asustar a los creyentes. En cada epidemia y en cada guerra, en cada terremoto y en cada infortunio muchos han pensado que ya es el fin del mundo y han perdido tiempo. No podemos perderlo nosotros porque es tiempo de amar, y amar en lo concreto a los que tenemos a nuestro lado.

Hoy celebramos a san Josafat Kunsevich. Nació en Vladimir de Volhinia (actual Polonia) hacia el 1581. En el año de 1601 ingresó en el monasterio de la Santísima Trinidad de Vilna y 13 años después fue nombrado abad de este. Católico en tierra de cisma, buscó descubrir a su pueblo la fe de la Iglesia universal y la presencia del Reino que se empieza a manifestar desde esta tierra, aunque alcanzará su realización plena en la parusía del Señor. Cuando fue nombrado, contra su querer, por el Papa Paulo V, arzobispo de Polotsk, se hizo inconmensurable su celo y caridad en una arquidiócesis infestada por el cisma. Su actividad, su fuerza moral y su vida interior suscitaba envidias y celos porque la Rusia blanca, rejuvenecida, se estaba pasando al lado de Roma. En 1623, un tumulto invadió su domicilio y fue asesinado y arrojado su cuerpo al río. El Reino, nos recuerda el Evangelio, está «dentro de ustedes», o bien, «en medio de ustedes»", como también se puede traducir, o «a su alcance» Y es que el Reino, independientemente de lo que vivamos al exterior, es el mismo Jesús. Que, al final de los tiempos, se manifestará en plenitud, pero que ya está en medio de nosotros. Y más, para los que reconocemos su presencia eucarística: «el que me come, permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56). Que María Santísima, fiel compañera de nuestras vidas, nos dé ánimo para seguir estableciendo el Reino de Dios desde este mundo. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

«Gracias, Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy


UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY MIÉRCOLES 11 DE NOVIEMBRE DE 2020:

En el Evangelio de hoy (Lc 17,11-19) vemos diez leprosos que habitaban en la frontera de Galilea y Samaria y que buscan ser curados por Jesús. Él los manda a presentarse a los sacerdotes para que ellos constaten que han sido curados por el camino. Todos han sido beneficiados sobre manera, pero solamente uno muestra su gratitud a Jesús, y lo muestra con un signo de adoración reconociéndole como Dios, «se postró a los pies de Jesús», es decir, no sólo le dio las gracias, sino que expresa su fe en Cristo como el Mesías. Y vaya que la gratitud de aquel hombre brotaba del corazón, porque la lepra, en tiempos de Jesús, era considerada una maldición. Tenían que estar apartados de la comunidad, portar una especie de campana que anunciara su proximidad para alejarse de ellos. Vivían en cavernas a las orillas de los caminos y comían lo que los peregrinos le arrojaban. Eran considerados impuros y no aptos para vivir en sociedad. No se podían acercar a nadie, bajo riesgo de morir si incumplían las prescripciones. Prácticamente, no eran considerados seres humanos.

Sin embargo, Jesús permite que el grupo de leprosos se le acerque. Rompe con este gesto la mentalidad segregacionista que divide el mundo en puros e impuros, sacros y profanos. Jesús afronta solo la escena. Los discípulos se ausentan ante tamaño grupo de leprosos proscritos. La petición de los leprosos es simple: «¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!» Y como menciona el Evangelio y ya lo he dicho, Jesús los remite a los sacerdotes, que era la institución encargada de decidir quién es puro y quién impuro. De camino, todos quedan curados, pero únicamente uno se regresa. El leproso que regresó con Jesús sabe que quien le dio la sanación vale más que la institución a la que ha sido remitido. Reconoció a Jesús por encima de otras instancias de Israel. Ya curado, entendió que Jesús lo había reintegrado a la comunidad humana, no importando que como leproso y extranjero fuera un doble marginado. Frente a Jesús se postró y reconoció al Mesías que ha sido su redentor. La fe de aquel hombre enfermo y marginado fue la que le permitió ser completamente redimido.

Hoy la Iglesia celebra a San Martín de Tours, que nació en Sabaria, en Panonia (Hungría) hacia el año 316. Es muy conocido por la narración del episodio en que, cabalgando envuelto en su amplio manto de guardia imperial, encontró a un pobre que tiritaba de frío, con gesto generoso cortó su manto y le dio la mitad al pobre. Por la noche, en sueños, vio a Jesús envuelto en la mitad de su manto, sonriéndole agradecido. Este hombre recibió el bautismo a los 18 años y tras un período de eremita, fundó el monasterio de Ligugé y el de Marmoutier. Posteriormente fue elegido obispo de Tours, donde revolucionó la diócesis durante sus 27 años de vida episcopal con su amor hacia los pobres y necesitados y su servicio incansable. Se le considera el primer santo no mártir con fiesta litúrgica. Que la sencilla narración evangélica de hoy y el testimonio de vida de San Martín de Tours, bajo la mirada protectora de María, nos ayuden a encontrar las claves de lo que debe ser la vida del cristiano agradecido con Dios. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.