viernes, 25 de septiembre de 2020

«Y tú, ¿quién dices que es Jesús?»... Un pequeño pensamiento para hoy

En el Evangelio de hoy (Lc 9, 18-22), contemplamos, de entrada, a Jesús que se ha ido a un lugar solitario para orar. Es interesante ver que san Lucas muestra a Cristo en oración cada vez que va a tomar una decisión importante o va a comprometerse en una nueva etapa de su misión (cf. Lc 3,21; 6,12; 9,29; 11,1; 22,31-39). Este evangelista, en este caso, es el único que menciona la oración de Cristo (v. 18) antes de obtener la profesión de fe en los suyos y de anunciarles su Pasión. Jesús reza porque el futuro no está en sus manos, sino en las manos del Padre y ciertamente la incertidumbre sobre lo que va a pasar reina en su corazón. Hay cosas que solamente al Padre están reservadas (Mt 20,23). Él pide a su Padre luz y ayuda porque afronta el misterio de la muerte que se perfila en el horizonte de su ministerio en la oscuridad de la conciencia y del saber humanos. Que Jesús pueda reunir en su oración la profundidad de su persona, donde se establece su vocación mesiánica es el índice de que dispone del Espíritu de su Padre.

Después de aquel momento de oración es que Jesús interroga a los discípulos y les pregunta: «Quién dice la gente que soy yo?... Y ustedes, «¿quién dicen que soy yo? La pregunta empieza con algo general —la gente— y se centra en los discípulos, los más cercanos a Jesús. En este hecho, al leer el Evangelio, nos damos cuenta de que Jesús se arriesga a interrogarnos a nosotros también. Las respuestas abundan. Se han escrito libros enteros para darlas. ¿Jesús? Un profeta asesinado, el Sagrado Corazón, verdadero Dios y verdadero Hombre, super-star... pero Jesús impone silencio... acababa de orar cuando planteó esta cuestión a sus discípulos. En la hora de su pasión será cuando pueda decir de verdad: «Padre, les he dado a conocer tu nombre» (Jn 17,26). Por ahora le dice a los discípulos que callen, que guarden silencio hasta que todo haya pasado y se manifieste vivo y Resucitado en su Cuerpo glorioso. Por eso nosotros sí podemos decir a los cuatro vientos que Jesús es «el Mesías de Dios», nuestro Redentor. Conocer a Dios será siempre un nuevo nacimiento, por eso antiguamente se cambiaba los nombres a quienes ingresaban a los conventos, para empezar una vida nueva. Lo mismo sucede con el Papa. Somos humanos, sabemos que aunque reconozcamos al Salvador fallamos, san Pedro no podrá decir de verdad el nombre de Jesús más que después de su negación y de la Pascua: «Tú lo sabes todo; tú sabes que te amo» (Jn 21,17). Aquel día, en vez de imponerle silencio, Jesús le alentará en su vocación de afianzar a sus hermanos.

Conocer a Dios es una pasión; un amor inmenso y un profundo sufrimiento a la vez. Conocer a Dios es una vocación, una llamada: «El que quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo» (Mt 16,24). Hacerse discípulo–misionero del Señor es una cuestión de opción y de obediencia. Ser discípulo–misionero es abrirse a una pregunta, dejarse cuestionar. Sin más seguridad que la gracia para salir vencedor de la prueba. Así lo han atestiguado los santos, así han reconocido a Jesús como el Mesías Redentor y muchos han dado su vida por él. Ejemplo de ellos son algunos de los santos y beatos que se celebran en este día: En Amiens, en la Galia Bélgica (hoy Francia), san Fermín, venerado como obispo y mártir. En el monasterio de la Santísima Trinidad, en la región de Moscú, en Rusia, san Sergio de Radonez, que, elegido como abad, propagó la vida de recogimiento que él había practicado primero, y hombre de carácter afable, fue consejero de príncipes y consolador de fieles cristianos, finalmente está el ejemplo del beato Marcos Criado que cerca de la ciudad de Granada, siendo sacerdote de la Orden de la Santísima Trinidad, para la redención de cautivos, fue mártir, víctima de los moriscos. Que María Santísima nos ayude a reconocer en todo momento a nuestro Mesías Redentor. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

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