jueves, 7 de agosto de 2025

«Y tú, quién dices que soy yo?»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy (Mt 16,13-23) deja una enseñanza que parte de la pregunta que Jesús hace: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» para luego cuestionar a sus discípulos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» para desembocaren la confesión de fe de Pedro, cuestión que está narrada en los tres evangelios sinópticos. Jesús antes de iniciar el camino hacia Jerusalén, pregunta acerca de su identidad. El Maestro quiere que sus discípulos tengan las ideas claras sobre quién es Él y cuál es su misión. Y es que el pueblo, dejándose llevar como en todas las épocas por lo llamativo, lo exuberante, lo que salga de lo común, sólo ve en él un personaje importante, semejante a los profetas: Juan Bautista (esto cree Herodes Antipas); Elías, el profeta que tenía que venir como precursor (Ml 3,23); Jeremías, el que luchó para que el pueblo fuese fiel a los planes de Dios, sin confiar en alianzas humanas; o algún profeta importante.

A diferencia del pueblo, Simón, portavoz de los discípulos, reconoce a Jesús como Mesías, Hijo de Dios vivo. En él la afirmación de quién es Jesús, no es fruto de la naturaleza humana, «carne y sangre», sino de la revelación del Padre que está en los cielos. La iglesia se funda sobre la fe de aquellos que, como Pedro, creen en Jesús y le confiesan como Hijo de Dios. La respuesta de Pedro marca el comienzo de un nuevo período, en el que Jesús se dedica a instruir a sus discípulos sobre el sentido que tiene su mesianismo, que acaban de reconocer, y sobre el que les ha impuesto secreto: es un mesianismo que se realiza muriendo y resucitando, de acuerdo con el plan de Dios, que él acepta. Pedro, como los demás, debe seguir reconociendo su condición de discípulo y entender que los pensamientos de Dios y su modo de proceder no son como los de los hombres, el Señor actúa con criterios nuevos y diferentes. 

A partir de este diálogo tantas veces leído, estudiado y meditado, se nos invita a que respondamos también nosotros, cada uno desde nuestra vocación específica y la propia experiencia, y le digamos de frente a Jesús quién es Él para mí. Yo creo que con el paso de los años, el recuento de los logros y los propios pecados, a uno, por la misericordia de Dios, le va quedando cada vez más claro quién es el Señor. El Señor descubierto en la alegría de celebrar un cumpleaños, un aniversario... El Señor al sentirlo al final de un retiro espiritual o en medio de una convivencia eclesial. El Señor que se manifiesta en el sacerdote que nos da la absolución de las fallas cometidas. El Señor que se hace presente en esa persona a la que pudimos ayudar. El Señor que no nos deja solos a la hora de cargar la cruz…. Creo que a lo largo de toda nuestra vida vamos respondiendo una y otra vez a esa pregunta: ¿Y tú, ¿quién dices que soy yo? Que María nos ayude a reconocerlo en cada espacio, en cada tiempo, en cada persona, en cada encomienda, en cada triunfo y en cada dolor. ¡Bendecido jueves eucarístico y sacerdotal!

Padre Alfredo.

miércoles, 6 de agosto de 2025

«Como en el Tabor, juntos en la mística y la mástica»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

La fiesta de la Transfiguración del Señor inunda hoy nuestro miércoles. Para los Misioneros de Cristo un día especial, pues en este día hemos recibido a más de 60 sacerdotes religiosos de los distintos institutos que tenemos presencia en Monterrey y algunos padres diocesanos para compartir el rezo del Rosario en nuestra parroquia de «Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás» y  compartir luego los sagrados alimentos en torno al Señor Obispo Fray César Garza Miranda, quien está al frente de la vicaría de la Vida Consagrada en Monterrey y de la dimensión episcopal de la vida consagrada en México. No nos cabe duda alguna que la Beata María Inés Teresa, tan al pendiente siempre de los sacerdotes y amante de la vida religiosa, debe haber estado feliz en el Cielo. Acá, al final cada misterio del Rosario Sacerdotal que preparamos, se escuchaba de la voz de todos los sacerdotes: «Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento», ruega por nosotros.

Quiero ir hasta San Juan Pablo II que dijo hermosamente unas palabras que concuerdan con lo que en esta convivencia sacerdotal hemos degustado: «A nosotros, peregrinos en la tierra, se nos concede gozar de la compañía del Señor transfigurado, cuando nos sumergimos en las cosas del cielo, mediante la oración y la celebración de los misterios divinos. Pero, como los discípulos, también nosotros debemos descender del Tabor a la existencia diaria, donde los acontecimientos de los hombres interpelan nuestra fe. En el monte hemos visto; en los caminos de la vida se nos pide proclamar incansablemente el Evangelio, que ilumina los pasos de los creyentes». Cierto que pasamos unas horas maravillosas... pero todos, Franciscanos, Jesuitas, Agustinos, Misioneros de la Natividad de María, Redentoristas, Oblatos de San José, Misioneros del Espíritu Santo, Legionarios de Cristo, Misioneros de Guadalupe, Misioneros Josefinos, Misioneros de Familia y Juventud, Fuego Nuevo, nosotros Misioneros de Cristo y otros asistentes más, además de nuestros hermanos sacerdotes diocesanos que nos acompañaron, hemos de bajar del Tabor a la vida diaria. 

Que nos anime el testimonio veraz de Pedro, Santiago y Juan junto al Señor Transfigurado para transfigurarnos también nosotros cada día en Jesús, para ser imágenes del Hijo de Dios, nuestro Modelo y Salvador. Nosotros, como sacerdotes y religiosos, necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor y convivir como los Apóstoles. Esto hemos hecho hoy en la oración con María. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a «bajar de la montaña» y volver a vivir nuestra consagración en el ser y quehacer de cada día. Dios bendiga a nuestro estimado Obispo Fray César por esta iniciativa que nos deja emocionados para seguir adelante en nuestro paso por esta querida arquidiócesis de Monterrey. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 5 de agosto de 2025

«Desplumar una gallina y querer pegarle las plumas otra vez»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

El relato del libro de los Números que nos presenta la primera lectura de la Misa de hoy (Núm 12,1-3) nos presenta a María y a Aarón criticando a su hermano Moisés a causa de la mujer extranjera que tomó por esposa —después del fallecimiento de Séfora— y murmurando de que solamente Dios le hablaba a Moisés. Decían: «¿Acaso no nos ha hablado también a nosotros?» Ellos pensaban que sin ayuda de Moisés podían liderar al pueblo, y la historia nos dice que no fueron capaces. Bien sabemos que cuando Israel hizo el becerro de oro, Aarón no pudo evitar que el pueblo cometiera el pecado de idolatría (Éx 32,1-6). El pasaje continúa diciéndonos que Dios oyó esa queja o murmuración y llamó a Moisés, María y Aarón y les dijo: «Escuchen mis palabras. Cuando hay un profeta entre ustedes, yo me comunico con él por medio de visiones y de sueños. Pero con Moisés, mi siervo, es muy distinto: él es el siervo más fiel de mi casa, yo hablo con él cara a cara, abiertamente y sin secretos, y él contempla cara cara al Señor. ¿Por qué se han atrevido ustedes a criticar a mi siervo Moisés?» y les envió un castigo.

La crítica y la murmuración de María y Aarón estaba motivada por la envidia y un deseo de protagonismo. El episodio muestra que tales actitudes son «pecados tontos» que hacen mucho daño y llevan a las consecuencias más graves. Desgraciadamente esos pecados se hacen hábitos que se practican con la constancia de los deportistas que entrenan a diario y es un enemigo de la unidad entre las familias, los grupos de amigos e incluso dentro de la iglesia, ya que perjudica el cuerpo de Cristo y la relación entre sus miembros. ¡Quién de nosotros no ha sufrido por ello! Vienen a mi recuerdo algunas frases cortas que el Papa Francisco hablando de estos temas pronunció en varias ocasiones: «Las murmuraciones matan, igual o más que las armas»... «Los que viven juzgando y hablando mal del prójimo son hipócritas, porque no tienen la valentía de mirar los propios defectos»...   «Cuando usamos la lengua para hablar mal del prójimo, la usamos para matar a Dios»...  «El mal de la cháchara, la murmuración y el cotilleo, es una enfermedad grave que se va apoderando de la persona hasta convertirla en sembradora de cizaña, y muchas veces en homicida de la fama de sus propios colegas y hermanos»... «Cuidado con decir solo esa mitad de la realidad que nos conviene»... «¡Cuántos chismorreos hay en el seno de la propia Iglesia!»… 

La Beata María Inés decía que «las críticas negativas a espaldas, son ofensa de Dios» y pedía «no constituirse en sembradores de cizaña». Hoy la crítica y la murmuración imperan porque quienes están enraizados en eso tienden a justificarse diciendo que se limitan a informar, y que en esta vida es necesario tener un juicio crítico. Lo cierto es que hay que no hay que criticar o murmurar y para eso no solo se requiere controlar la lengua, sino que hay que cambiar la mentalidad y ver primero la viga en propio ojo (cf. Mt 7,3-5; Lc 6,41-42). No estamos ante un vicio superficial o epidérmico, o ante algo que no deja heridas como a veces solemos suponer equivocadamente. San Felipe Neri decía que criticar o murmurar es como desplumar una gallina y luego remediarlo queriendo poner las plumas en el mismo lugar. Bajo las críticas y las murmuraciones se camuflan pecados como el rencor, la envidia, la soberbia o la vanidad. Pero no solo esto, sino que también se esconden complejos, inseguridades y heridas. Lo moral y lo psicológico suelen caminar por el mismo carril, me recordaba la doctora Esthela. O dicho de otro modo: «el demonio sabe dónde nos aprieta el zapato, y tiende a pisarnos en el mismo lugar». Que María Santísima, que guardaba en su corazón las cosas que no entendía, nos ayude a guardar lo que es necesario y a cerrar la boca hasta que no hayamos meditado bien lo que vamos a corregir, enderezar o acabar. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 4 de agosto de 2025

«Una reflexión en mis 36 años de vida sacerdotal»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Todos podemos imaginar que el día más importante en la vida de un sacerdote, más allá del recuerdo y reafirmación de la fe en el día del bautismo, luego del cumpleaños, es el día de la ordenación sacerdotal y hoy he llegado a ese día celebrando 36 años de esta inigualable vocación. Lo he celebrado con manteles largos en la Misa de ordenación de 5 nuevos sacerdotes, entre ellos mi querido «Chato», Jesús Humberto, por quien después de haberlo conocido en una misión en la parroquia que tengo a mi cargo, no he parado de rezar para que fuera un santo sacerdote. Dios me dio el regalo de ser elegido para que junto a otros hermanos sacerdotes, besara sus manos recién consagradas y le diera la bienvenida al presbiterio. Chato: ¡Quiero que sepas que en 36 años nunca había asistido a una ordenación en el día de mi aniversario! Sé que harás un papel maravilloso de Cristo el Buen Pastor acompañado a los seminaristas que tendrás a tu cargo.

Por otra parte nunca olvido que hoy hemos celebrado a San Juan María Vianney, mi admirado patrono de ordenación, el «Cura de Ars», que poseía dones extraordinarios como la profecía o la capacidad para adentrarse en las profundidades del alma humana. Su espíritu intuitivo, compenetrado con la gracia de Dios, fue capaz de penetrar las intenciones ocultas de muchos de los corazones que se acercaban en busca de perdón. Dicen que no poseía muchos dones intelectuales pero su vocación estaba anclada en el Señor que, como a los apóstoles, ante la multitud hambrienta en el Evangelio de hoy (Mt 14,13-21) le dijo: «Denles ustedes de comer». Los sacerdotes, ciertamente, no tenemos quizá mucho que dar de nuestra parte. Quienes me conocen más de cerca saben de lo distraído, testarudo y ansioso —además de otros desperfectos de fábrica— que soy. Sin embargo, por 36 años consecutivos, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad; como en el matrimonio... ¡he buscado dar siempre de comer a las almas lo que el Señor ha querido!

Este último año, a raíz de algunas situaciones complicadas de malos entendidos y situaciones tontas a causa del deleite de algunas «santas mujeres» en la crítica, en la murmuración y en la difamación, he reforzado más lo que siempre he creído: para ser sacerdote se necesita un corazón de carne y hueso, para sentir y amar y un trocito del Corazón de Cristo, para ser como Él, a quien también se querían comer vivo por juntarse con publicanos y prostitutas (cf. Mc 2,16; Mt 21,31). Para ser sacerdote se necesitan también unas manos abiertas, dispuestas a acoger, a trabajar, a ofrecerse, a ponerse manos a la obra y a recibir. Para ser sacerdote se necesita una fraternidad sacramental con los hermanos sacerdotes. Para ser sacerdote se necesita no estar en los extremos, porque la actitud adecuada está en el medio, eso es la virtud, aunque almas laxas te quieran jalar para un lado o almas de conciencias escrupulosas más papistas que el Papa. Para ser sacerdote se necesitan —lo sé— muchas cosas más, pero hay algo que no puedo olvidar nunca junto a la Beata María Inés y Santa Teresita del Niño Jesús... el amor entrañable a María, que me cuida donde quiera que estoy, porque allí quiero estar. No se cansen de orar por mi conversión y por mi anhelo de ser un santo sacerdote hasta la eternidad. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 3 de agosto de 2025

«En la sociedad del Temu, el Shein, el AliExpress y otros»... Un pequeño pensamiento para hoy


Todos conocemos el libro del Eclesiastés, donde el sabio llamado Qohélet, expresa que «Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión». «¡Vanidad de vanidades!» dice. Esta es la primera lectura de nuestra Misa de este XVIII domingo del Tiempo Ordinario . (Ecl 1,1.2.23). Enseñanzas como las de Qohélet las ha habido siempre y no son cuestiones negativas radicalmente, sino que expresan, una actitud sabia que nos invita a tomar la vida de una manera radical porque el Cielo nos espera. Una vida sin soberbia, sin envidias, sin afanes contaminantes, sin comparación alguna con las riquezas de los otros. No se trata de una invitación a llevar una vida comodona y sin quehacer. Por eso al juicio de Qohélet hay que añadir lo que Jesús nos deja como ardua tarea en la parábola evangélica de hoy (Lc 12,13-21). La parábola del rico que acumula su cocecha y engrandece sus graneros, en vez de distribuirlo entre los que no tienen para comer, es toda una lección de cómo Jesús ve las cosas de esta vida, aunque él persiga objetivos más grandes, por eso no puede meterse en pelitos de gallinero por la distribución de herencias. El que acumula riquezas no entiende nada de lo que Jesús propone al mundo. Si no aprendemos a ser desprendidos, generosos, solidarios, además de cometer una gran injusticia con los que no tienen, nos encontraremos, al llegar a las puertas del Cielo, con las manos vacías. ¿Por qué no darnos tiempo para entregarnos a los demás haciendo a un lado la atracción esclavizante del consumismo exagerado que a todos nos atrapa la sociedad del Temu, del Shein, AliExpress, Wish, Romwe, Zaful, Banggood y otras, que nos hacen llenarnos de cosas innecesarias que dejan las carteras y tarjetas exhaustas?  

San Lucas, escuchando de Jesús, nos alerta sobre el peligro del acumulamiento para la verdadera vida cristiana. Ese acumulamiento que cierra los ojos y el corazón ante las necesidades de los demás y excluye la justicia, especialmente para los pobres y oprimidos en nuestra vida diaria... «¡Qué pena que les tocó vivir así!» se escucha a veces decir, al referirse a un pobre arapiento. Y no me refiero a quienes han explotado, también vacíos del verdadero significado del Evangelio de la alegría, esa forma miserable de vivir para no trabajar. Jesús nos dice, a todos, millonarios, ricos, gente de clase media, pobres y a quienes viven en la miseria, que quien se afana por las cosas materiales y no por lo que Dios quiere, al llegar al examen final, que será sobre el amor... ¿cómo podrá llenar su vida? ¿cómo se presentará ante Dios? La acumulación de riquezas, en el pobre y en el rico, es una injusticia llevada al extremo hasta en el corazón del más pobre, que corre al Oxxo, al Seven o a la tiendita de la esquina a gastar lo que no tiene y a comprar lo que no hace falta para vivir, y la injusticia, bien lo sabemos, es contraria al Reino de Dios. 

Este domingo, la Eucaristía nos hace una llamada clara a vivir como San Pablo les recuerda a los Colosenses en la segunda lectura (Col 3,1-5.9-11): «pongan su corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios... No sigan engañándose unos a otros; despójense del modo de actuar del viejo yo y revístanse del nuevo yo». Si nuestra vida se desconecta de la solidaridad con los pobres y despreciados del mundo es que no hemos resucitado con Cristo en el bautismo. El bautismo es un compromiso de vida o muerte. Cristo es quien nos inspira, quien nos va liberando de todo aquello que en la tierra nos enfrenta los unos a los otros y nos mantiene ocupados comparándonos curiosamente, no con el que espera más de 40 minutos cada uno de los tres camiones que tiene que tomar para ir a trabajar, sino con el que tiene más, aunque sea, un pantalón de mejor marca que yo. Queridos hermanos, dejémonos abrazar por la sencillez de María, que seguro, no sé si de cerca o de lejos, escuchaba en aquel ambiente hostil de una sociedad marcada por la lucha de poderes, las palabras de su Hijo, y  hagamos el firme propósito de transformarnos, niños, jóvenes y adultos, de cualquier condición y orientación de vida, en personas nuevas, porque nos situamos ante los horizontes de lo que Jesús vivió. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.s

sábado, 2 de agosto de 2025

«EL JUBILEO»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Qué significativo me resulta que mientras en Roma se celebra este fin de semana el Jubileo de los jóvenes en el marco de este Año Santo, la liturgia de la Palabra de la Misa de hoy (Lv 25,1.8-17) nos presenta el origen del jubileo en el Antiguo Testamento. Eso me da la oportunidad y a ustedes junto conmigo, de reflexionar un poco en el sentido que un jubileo tiene para el hombre y la mujer de hoy. En el Antiguo Israel, el Jubileo se celebraba cada 50 años y ofrecía un reseteo total. La idea del Jubileo viene del Yobel (יובל) del Antiguo Testamento, que expresa el resonar del shofar «cuerno de carnero”». Este cuerno resonaba por todo el territorio para marcar el momento de regresar al orden establecido cada 50 años. Algunos expertos van un paso más allá y vinculan Yobel con el verbo hebreo «jabal», que significa «restituir» o «devolver». En todo caso, la idea la que nos remite es esta: restaurar lo que se había perdido.

Esta restauración hacía que la gente reconociera que la paz y la justicia solo eran posibles bajo una soberanía superior. Hasta la tierra descansaba durante el Jubileo, una práctica que debía expresar la confianza absoluta de todo el pueblo en que el sustento no venía solo del esfuerzo humano, sino especialmente de las bendiciones de Dios. Además, esta pausa servía para recordar que los israelitas no eran propietarios absolutos de los recursos que explotaban. El descanso, en este reseteo, también permitía reflexionar sobre lo que importaba de verdad. Era una oportunidad para volver a centrarse, reforzar compromisos y vivir según un sistema más justo. Otro aspecto central del Jubileo era la liberación de esclavos, una acción cargada de significado tanto práctico como espiritual. La misericordia, era el eje fundamental del Jubileo. Cancelar deudas, liberar esclavos, redistribuir recursos eran acciones que no se realizaban como meras transacciones. Eran recordatorios de un modelo donde los valores se imponían a la acumulación y el abuso. El Jubileo evitaba que las desigualdades se enraizaran. Renovaba las bases de una comunidad más equitativa. El Jubileo, en su origen y tal y como lo plantea el Antiguo Testamento, conectaba con la esperanza humana de un nuevo comienzo. 

El Jubileo Católico, está basado en este hecho histórico y es un evento trascendental dentro de la Iglesia Católica no cada 50, sino cada 25 años, invitando a los fieles de todo el mundo a un tiempo de renovación espiritual, reconciliación y encuentro. Este año el lema es, como he compartido en otras reflexiones: «Peregrinos de la Esperanza», un lema que en el Jubileo busca inspirar a las personas a reflexionar sobre la misericordia, la solidaridad y la construcción de un mundo más justo, a través de peregrinaciones, oraciones y acciones concretas que promuevan la unidad y el servicio a los demás. Como signo visible del inicio de este tiempo de gracia, se lleva a cabo la apertura de las Puertas Santas, un gesto simbólico que invita a los creyentes a vivir este tiempo con fe y esperanza. Todos los miembros de la Iglesia hemos sido invitados a ir a Roma, participar, cruzar la puerta santa y ganar la indulgencia plenaria que esto concede. Algunos ya hemos podido vivir esta experiencia y para cada una de las vocaciones, las etapas de vida y las ocupaciones, se va viviendo de forma diferente, muy espiritual, profunda e impactante, como sucede este fin de semana con la presencia de más de medio millón de jóvenes. ¿Esperarás 25 años si puedes peregrinar este? Pidamos a la Virgen, «Esperanza Nuestra» que nos ayude a aprovechar todas las gracias de esta fiesta. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

jueves, 31 de julio de 2025

«Somos pequeños pececillos»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

El Evangelio de hoy (Mt 13,49-53) me trae hermosos recuerdos de Lungi —Lungui en español—, la hermosa ciudad costera del distrito de Port Loko en donde está el aeropuerto internacional de Sierra Leona y en donde, frente a una atractiva palaya, nuestras hermanas Misioneras Clarisas tienen el noviciado de esa encantadora nación africana. Las veces que he estado allí —conociendo que soy un pájaro madrugador— me he acercado tempranito a la orilla del mar a donde llegan los pescadores. Allí arriban las barcas con lo obtenido durante la noche para vaciar las redes y separar los peces buenos de los malos, como nos recuerda el relato evangélico. A veces, entre los peces gordos, se vienen pequeños peces que aún con vida, son devueltos al mar por las manos generosas y encallecidas de aquellos pescadores que así se ganan el pan de cada día. Luego se acercan allí mismo los compradores y en cuestión de poco tiempo, las barcas quedan estacionadas a la orilla del mar.

El célebre compositor, Pablo Casals (1876-1973) uno de los músicos más influyentes del siglo XX, casi al final de su longeva vida, al preguntarle qué ha sido la música para él en su vida, respondió: «la música ha sido para mí como un mar en el que nadé como un pequeño pez», expresando así la profundidad e inmensidad de la música en su vida. Y hago referencia a este hombre sensacional debido a que desde temprano, pensé en la figura de «un pez pequeño» en la inmensidad del mar de la misericordia de Dios. Yo creo que yo soy como uno de esos peces pequeños que al haber sido pescados, son regresados al mar porque les falta crecer... Muchos saben que yo nací enfermo, con una serie de complicaciones que en la carrocería no se ven pero se llevan en el motor y me han hecho llegar a la orilla en tres ocasiones por diversos padecimientos: 1994, 2016 y 2019. ¡Qué bueno ha sido el Señor para regresarme y darme una y otra y otra oportunidad antes de echarme a la basura! Porque su tarea, encomendada a los ángeles, de separar a los buenos de los malos, no se ha realizado aún en mí, y espero, con tanto retorno al agua viva, que llegue al cielo como un pez bueno.

De alguna manera pienso que la mayoría de nosotros somos «peces pequeños». Nuestra existencia se desarrolla entre grandes logros y fallas tremendas. Vamos navegando en espera de la red que con capture y nos haga llegar al cielo. No hay que perder la esperanza ni las oportunidades para acercarnos a donde está la red y alcanzar nuestra Salvación, porque somos peces necesitados de la misericordia divina. Es este mismo mar de la misericordia donde encontramos el alimento para sobrevivir y dar el kilo para ser dignos de dejar la red e ir a la eternidad: Palabra y Eucaristía, las dos mesas de las que habla el Concilio. Así nadamos esperando a que nos seleccione para una vida eterna. Somos convocados por Dios para ser peces que reflejen el encuentro con el Señor y sean, además, alimento para los demás. Existe un tiempo para sumergirnos en el agua —el bautismo— hasta que llegue nuevamente la oportunidad de caer en la red del Divino Pescador y ser alimento de vida para los demás. Que San Ignacio de Loyola —ese robusto pez a quien celebramos hoy— y María Santísima, la Estrella de los Mares, nos acompañen. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 30 de julio de 2025

«VER A DIOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Varias veces, en mis reflexiones, he hecho hincapié en que Dios está en constante diálogo con la humanidad. Él, según leemos en la Sagrada Escritura, ha hablado con el hombre y la mujer desde que los creó. La Biblia nos deja ver que Él ha estado a nuestro lado y nos ha dado todo tipo de mensajes que pocas veces hemos comprendido. La cuestión es que Dios nos sigue hablando con su lenguaje de amor y misericordia y nosotros, —empezando por mí—, seguimos sin entenderlo. Cuando oímos su voz, tal vez asustados, decimos que ha sido un trueno o alguna otra cosa, pero no Él y dejamos que su Palabra se pierda en el aire sin obrar en nosotros. Sabemos oírle, pero rara vez le escuchamos.

La primera lectura de la Misa de hoy, tomada del libro del Éxodo (Ex 34,29-35) nos muestra a Moisés que habla cara a cara con Dios, recibe sus mensajes y los transmite al pueblo. Parece evidente que el pueblo, que previamente había sido encandilado por la escena del becerro de oro, no tiene la suficiente capacidad para hablar directamente con Dios y esa es también nuestra realidad, que no por el becerro de oro, sino por otras cosas de la mundanidad, hemos sido hechizados y hemos quedado medio mudos para hablar con el Señor. Tenemos que hacer conciencia de que solamente por Cristo, con Él y en Él es como podemos entrar en comunicación con Dios. Cristo, al hacerse hombre, ha establecido el puente que nos permite hablar familiarmente con el Padre misericordioso que el mismo Jesús nos mostró y nos enseñó a quererle.

Este pasaje bíblico que nos ayuda a nuestra reflexión, narra que Aarón y todos los hijos de Israel, al encontrarse con Moisés que regresaba del encuentro con el Señor, lo vieron con la piel de la cara radiante, y no se atrevieron a acercarse a él. Los escritos de místicos como Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz enfatizan el amor ardiente y apasionado, similar al eros, que Dios tiene por el hombre. Me viene a la mente que, cuando Santa Teresita del Niño Jesús describe su encuentro con Jesús en la Adoración Eucarística, utiliza una analogía solar, hablando de los «rayos de la Hostia Divina». El efecto de esos rayos le hace exclamar: «¡Oh Jesús! en este día, has cumplido todos mis deseos. A partir de ahora, cerca de la Eucaristía, podré sacrificarme en silencio, esperar el Cielo en paz. Manteniéndome abierta a los rayos de la Hostia Divina, en este horno de amor, seré consumida, y como un serafín, Señor, te amaré». Pidamos a María Santísima, a quien cariñosamente le damos el título de «Nuestra Señora de la Luz», que nos ayude a dejarnos alumbrar por el Señor para hablar con él de corazón a corazón. ¡Bendecido miércoles, ombligo de la semana!

Padre Alfredo.

martes, 29 de julio de 2025

«Hospedar al Amigo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy recordamos a Santa Marta. San Juan y san Lucas hablan de ella y la colocan siempre junto a sus hermanos María y Lázaro. Los tres eran amigos de Jesús —de esos del cuadro chico— y vivían en Betania, en un lugar que debido a eso es ahora un importante centro de peregrinaciones. El Señor solía visitarlos con frecuencia para descansar y compartir tiempo con ellos. Del Evangelio de San Lucas podemos deducir que Marta era la mayor de los tres hermanos, porque es quien recibió a Jesús «en su casa» y porque ella se afanaba por tener todo limpio (cf. Lc 10, 38-41). Ciertamente si Marta no hubiera cuidado tener en orden la casa, María no habría podido sentarse a los pies de Jesús. Marta seguramente estaría «inquieta y nerviosa» porque había preparado todo para recibir a Jesús, pero, ante la llegada de las visitas, por más que sean los amigos más íntimos, siempre surgen asuntos pendientes de última hora. Seguramente ella también querría estar sentada a los pies de Jesús escuchándole y haciéndole preguntas, pero no había hornos de microondas o cafeteras eléctricas y por lo tanto alguien tenía preparar la comida y el alojamiento.

De una manera indirecta podemos percibir que Marta estaba dedicada totalmente a Jesús. Era por él y para él por lo que trajinaba. Ese «andaba inquieta y nerviosa», que nos dice San Lucas en su Evangelio, podría tener múltiples causas: el afán por ofrecerle a Jesús lo mejor, el no entender por qué su hermana no la ayudaba, el querer terminar pronto lo que estaba haciendo para estar con el Amigo... o ciertamente era «nerviosita» como yo, pero menos preferir las tareas de la casa a estar con Jesús. Marta y María, con su hermano Lázaro, los amigos de Jesús, son, por así decir, un canto a la amistad. Ellas, cada una en su papel, actúan y se mueven con sencillez; no se dice nada de Lázaro en esta ocasión, pero es normal pensar que también estaba allí. El temperamento de las dos hermanas es diferente, como suele suceder en todas las familias. 

En esta visita y lo que allí acontece, nos deja una joya preciosa de las enseñanzas de Jesús. Sus palabras, que parecen dichas al vuelo, dejan ver la sencillez y la confianza de Marta para comprender el orden de lo necesario y lo superfluo. Primero la oración y, unida a ella, el trabajo, lo demás puede esperar. Jesús reveló aquí, cómo la oración es el núcleo y la raíz de toda actividad para que de ésta resulte algo vivo y sano. Marta y María, se han convertido para muchos hombres y mujeres en modelo de vida, sobre todo en la vocación a la vida consagrada. La beata María Inés, al fundar a nuestras hermanas Misioneras Clarisas, dijo —como consta en una carta que escribe al Siervo de Dios Luis María Martínez, en ese entonces arzobispo de México— que quería fundir en una sola a Martha y María. Marta, Lázaro y María recibieron a Jesús en su casa no solo como un huésped pasajero, sino que le hicieron partícipe de sus vidas. Contaron con él. Acudieron a él. Le acogieron en todo momento. A la luz de este hermoso testimonio podemos nosotros preguntarnos: ¿Cómo acojo al Amigo Jesús en mi vida y en mi corazón? Que la Virgen nos ayude a estar siempre atentos, para recibirle con alegría. ¡Bendecido martes y felicidades a todas las Martas y Marthas!

Padre Alfredo.

lunes, 28 de julio de 2025

«DIOS SIEMPRE ES PROVIDENTE Y MISERICORDIOSO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Dios providente y misericordioso cuida siempre de nosotros, aunque la idolatría —el cambiar a Dios por otros dioses— ha estado siempre presente en la historia de la salvación, como nos narra hoy la primera lectura de la Misa (Ex 32,15-24.30-34). Y es que la vida de fe no puede sostenerse de «fabricar un dios» sino de algo más elaborado: una relación de corazón a corazón con el verdadero Dios por quien se vive. Con cuanta facilidad el hombre y la mujer de hoy rompen el vínculo de relación con la excusa de autoafirmarse. Así como Moisés intercede por el pueblo en este pasaje bíblico, así también, si nos dejamos interpelar, aparecen señales que nos indican por dónde seguir renovando nuestra confianza en Dios.

A partir de este pasaje podríamos preguntarnos: ¿Cómo es mi relación con Dios?, ¿Qué personas y situaciones me ayudan a descubrir el amor de Dios en mi vida? Frente a las realidades que me toca vivir según mi vocación específica ¿me dejo interpelar por Dios o me encierro en mis propios esquemas? ¿Cuándo he podido ayudar a otras personas a encontrar el rumbo que lleva al Señor?

En el evangelio de hoy Jesús utiliza dos semejanzas para evocar y explicar la dinámica del Reino de Dios: la semilla de mostaza y la levadura. Este pasaje de todos conocido (Mt 13,31-35) nos recuerda que Dios actúa desde lo pequeño, desde lo débil, desde lo cotidiano. La vida y la enseñanza de Jesús se guiaron por esta manera de concebir la acción de Dios, descubriéndole en la cotidianeidad de la vida ordinaria. Jesús, manso y humilde de corazón (cf. Mt 11,29), con un amor ferviente y desinteresado, sin cálculos y sin límites, respetando la libertad de las personas. Estas parábolas nos invitan a la confianza, porque Dios está siempre presente y actúa en medio de la historia humana. Él está actuando en todo momento, tiene la fuerza de la semilla que crece y la potencialidad de la levadura que fermenta. Que María Santísima nos ayude y nos mantengamos firmes en la fe. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.