martes, 21 de julio de 2026

«Theresia Sri Mudjiati, una mujer consagrada que supo cosechar»... VIDAS CONSAGRADAS QUE DEJAN LA HUELLA DE CRISTO XCII

En la Lira del Corazón, hace muchos años, la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribió: «Mi tarea penosa, la de sembrar en el dolor, llena de lágrimas ya terminó, ahora me toca segar contigo en la alegría, y llena de júbilo santo poseerte eternamente...»

El camino de la vida consagrada, suele presentarse como un campo de cultivo exigente. El esfuerzo se realiza con lágrimas en los ojos. La vida de seguimiento de Cristo está llena de alegría que fortalece al alma para sembrar la Palabra de Dios en los campos del mundo, pero la tarea implica también sacrificios, pérdidas y el dolor que todos, en algún momento, debemos transitar. La tarea muchas veces es penosa, por las dificultades que se van presentando, pero ciertamente que ninguna cosecha nace sin antes haber enterrado una semilla en la oscuridad del suelo.

El 3 de febrero de 2016, hace ya 20 años, fue llamada a la Casa del Padre, en Indonesia, la hermana Misionera Clarisa Theresia Sri Mudjiati. Theresia dejó este mundo en la casa de Ngawi en este país en donde la Iglesia católica local cuenta con una fuerte labor de la Familia Inesiana. La sede en Ngawi funge como el noviciado oficial de las Misioneras Clarisas en Indonesia. Allí, además de encontrarse el espacio dedicado a la formación espiritual y académica de las jóvenes indonesias que aspiran a consagrar su vida al carisma inesiano, hay una ardua labor misionera de las hermanas que, fieles al legado de su fundadora, brindan asistencia social y acompañamiento espiritual en las comunidades de la región.

El Señor bendijo a la hermana Theresia con la cruz de una larga y penosa enfermedad, pues durante más de dos años, los últimos de su vida, sufrió las consecuencias de una embolia cerebral. Esta enfermedad la llevó con serenidad y paz, preparándose cada día al encuentro del Esposo convencida, como toda alma consagrada a Dios, que el dolor nunca tiene la última palabra. Nada es en vano. La enfermedad en el consagrado y en general en todo bautizado, es el agua que prepara la tierra para un fruto extraordinario. La promesa final es la transformación radical del sufrimiento en gozo. 

En la Familia Inesiana recordamos cómo nuestras hermanas de la Región de Indonesia, con fraternal solicitud estuvieron en todo momento al pendiente de ella, sobre todo en estos últimos días de su agonía y en esos momentos en que iba ya a recibir el premio de los que en esta vida han dejado todo para seguir a Cristo Esposo.

Llegar al momento de la cosecha junto a lo divino, implica, en toda comunidad religiosa, que el dolor, el cansancio, la enfermedad, se disipa para dar paso a una alegría que no es pasajera, sino profunda y permanente. Al final de la vida, luego de un largo periodo de sufrimiento, el júbilo santo viene a recordarnos que el propósito de haber sostenido la marcha en los días oscuros era alcanzar una comunión eterna en el descanso definitivo al estilo de Dios, que no es quietismo infecundo sin más, sino intercesión por quienes siguen en la tierra gracias a la comunión de los santos. La muerte fue, para la hermana Theresia, el abrazo que reparó cada herida causada por la enfermedad y la certeza de que todo lo sembrado en el dolor florece para siempre en un amor que ya nada puede marchitar.

Que María Santísima, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, nos alcance a todos el don de la perseverancia en la fe y en la vocación.

Padre Alfredo.

«La gente buena y santa en nuestro camino»... Un pequeño pensamiento para hoy

No hay duda alguna de que Dios quiere de nosotros un corazón humilde, un corazón agradecido y tierno; equitativo, misericordioso y compasivo; un corazón equilibrado, sacrificado, atento a las enseñanzas, precavido para no desviarse del camino. Para no salirnos del sendero, el Señor, en su infinita misericordia, nos pone junto a personas buenas y santas para guiarnos y cuidarnos en la vida. Estos compañeros de camino nos inspiran a hacer el bien y a mantenernos firmes en la fe. En mi caminar por la vida, el Señor ha puesto mucha gente de esta clase: mis padres, Lalo mi hermano,  las tías Celina (†) y Angélica, la madre Juanita, la Beata María Inés, la madre Teresa Botello (†), el señor arzobispo Rafael Bello (†), San Juan Pablo II, el beato Eduardo Pironio, mis padrinos los monseñores Juan Esquerda y Juan José Hinojosa (†) y mucha gente más que he dejado huella, pero hoy quiero hablar de uno de mis amigos del alma que, con una sutileza increíble y un humor extraordinario, a sus casi 90 años, rejuvenece mi espíritu en un instante y lo eleva al gozo de sentirme amado y llamado por Dios a vivir plenamente mi vocación sacerdotal–religiosa–misionera. Me refiero al padre Abundio.

Abundio calca perfectamente en su ser y quehacer lo que Miqueas nos deja en herencia en la primera lectura de hoy (Miq 6,1-4.6-8) Este profeta, según podemos ver en este trozo de la Escritura, es un maestro por antonomasia, que, con pocas palabras y con el mejor modo de hacerse entender, nos enseña mucho. En primer lugar nos enseña que es de Dios de donde procede siempre y solamente el bien; luego nos muestra que es Dios mismo quien ha devuelto la libertad de hijos a todos y que espera siempre una respuesta, no para engrandecerle a él, sino para perfeccionarnos nosotros y ser lo que debemos ser porque libremente elegimos seguirle. Finalmente nos recuerda que la repuesta que nos pone con alegría ante él, esta forjada de humildad reconociendo a nuestro excelso Señor como quien da sentido a lo que somos y hacemos. ¡Cuánto aprendo del padre Abundio con solo mirarlo, con sentir su cariño de padre y de hermano, con sus consejos y con su testimonio de una vida cargada de años —con los achaques correspondientes— y marcada por una portentosa fidelidad y perseverancia!

¿Haz pensado en las personas buenas y santas que Dios ha puesto en tu vida comenzando con nuestras familias, ya sean biológicas o no? Podemos guardar recuerdos maravillosos, conmovedores e inolvidables de familiares y amigos que, en diversas circunstancias de la vida nos han acercado o regresado a Dios. Hay recuerdos que quizá desearíamos olvidarlos sin importar a qué categoría pertenezcan, pero los que vienen de gente de bien, representan la mano activa o de Dios en nuestras vidas. Desde que llegamos a este mundo, como peregrinos que vamos de paso, recibimos bendiciones y más bendiciones de estas personas que Dios pone en nuestro camino. Sus vidas nos inspiran, nos enseñan a perseverar y nos muestran caminos concretos de santidad. A través ellos Dios nos concede ayuda, consuelo y fuerza para seguir su voluntad. No olvidemos que junto a ellos nos acompaña María, los santos, la Iglesia por la comunión de los santos. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 19 de julio de 2026

«PACIENCIA, PACIENCIA»... Un pequeño pensamiento para hoy

La liturgia dominical al celebrar la Eucaristía, es siempre muy rica y este domingo no es la excepción. Las tres lecturas y el salmo están perfectamente integradas para recordarnos que el Señor es bueno y misericordioso, que es compasivo y sobre todo, es un Dios paciente. (cfr. Sáb 12,13.16-19; Rom 8,26-27; Mt 13,24-43 y el salmo 85). Su fuerza, su poderío, sí, sabemos que está en la justicia, pero más que eso, como dice Madre Inés, en su misericordia, en la indulgencia, en la benignidad de su corazón de Padre y hoy, luego de darle un vistazo a estas lecturas, podemos decir que indudablemente también en su paciencia. 

Dios es paciente porque permite que el bien y el mal coexistan en el mundo y espera por la conversión humana, como ilustra la parábola de la cizaña. Dios es paciente, porque espera unos meses a que de un granito tan pequeño como el de la mostaza brote un arbusto. Dios es paciente porque espera que la levadura fermente la masa. ¿Pero cuánto tardan el trigo y la cizaña en crecer? ¿En cuánto dura el crecimiento de la mostaza para llegar a ser un arbusto? ¿Cuánto tiempo tarda la levadura en fermentar la masa? El trigo y la cizaña llegan a su madurez entre 130 y 180 días. El granito de mostaza en tres o cuatro meses ya es un arbusto que ha e fortalecerse y la levadura tarda entre 3 o 4 horas. Pues Dios, como nos damos cuenta, es mucho, muchísimo más paciente con nosotros.

La paciencia de Dios con nosotros es infinita e incondicional. A diferencia de nuestra paciencia humana, la de él no depende de nuestro comportamiento, sino de su naturaleza misericordiosa, de su compasión, de su bondad. Su propósito no es castigarnos al primer error, sino darnos el tiempo y la oportunidad de arrepentirnos y cambiar. En la Sagrada Escritura, en otros pasajes, esta paciencia divina se describe como «lenta a la ira». Lejos de cansarse de nuestras fallas, Dios, como Padre bueno y cariñoso que nos ama, nos ofrece una y otra vez su gracia. Su mayor deseo es que nadie se pierda y todos tengan la oportunidad de acercarse a Él, sosteniéndonos con amor incluso cuando nos desviamos del camino. De seguro Jesús vio el crecimiento del trigo y la cizaña desde pequeño, al igual que los granos y arbustos de mostaza en los grandes patios de las pequeñas casas del oriente medio y allí, en la pequeña casita de Nazareth, vio fermentar la masa. Que María nos ayude a valorar la paciencia de Dios y a ser agradecidos. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

«María Luisa Ruiz Estrada, la hermana que hablaba desde el silencio de su sí»... VIDAS CONSAGRADAS QUE DEJAN LA HUELLA DE CRISTO XCI

Hay personas que pasan por el mundo aparentemente sin hacer mucho ruido. Personas sencillas que de manera callada van sembrando la semilla de la Buena Nueva por donde pasan. Este es el caso de la hermana María Luisa Ruiz Estrada, una Misionera Clarisa que dejó este mundo a los 93 años de edad y cuya larga vida, consagrada al servicio de Dios dejó, en lo oculto de las pequeñas y grandes tareas de la  ida ordinaria, las huellas de Cristo.

La hermana María Luisa, desde joven, fue una mujer muy ejemplar en su vida cristiana destacando por ser una colaboradora siempre fiel y disponible en la parroquia de su pueblo, especialmente como catequista. 

Atraída por Dios a la vida misionera, ingresó a la congregación de del Santísimo Sacramento, de quien aprendió a vivir con sencillez y alegría las más preciadas virtudes.

Las hermanas que la conocieron la recuerdan hasta hoy como una hermana generosa y silenciosa en la vida de comunidad y con un espíritu muy mariano, pues siempre dejaba ver un intenso amor a la Santísima Virgen.

Fue una hermana que realizó con empeño los trabajos de la Vida de Nazareth, esa vida oculta que nos recuerda los años de Cristo en las tareas que no brillan pero que, en una vida de comunidad, son básicas seguía teniendo en su cuarto la máquina de cocer para hacer lo que sabía era necesario a la comunidad, pues era una excelente costurera. 

Luego de una delicada operación de columna, tuvo que convalecer y cuando se le preguntaba cómo estaba, con una sonrisa en sus labios, respondía: «¡Como Dios quiere!» Sus familiares la visitaban en el convento con mucha frecuencia mientras se recuperaba y la rodeaban de cariño y atenciones al igual que la comunidad. Pero, la voluntad de Dios es que no permanezcamos para siempre en este mundo y, por el peso de los años, se le dejaron venir nuevas complicaciones, que por su misma edad, médicamente no se le pudo hacer más
En un lapso corto de tiempo llegó a su vida la insuficiencia renal, los dolores que no le daban descanso y el desgaste de quien era imparable en los pequeños servicios. En sus últimos días ya no podía tomar sino poquísimo alimento. Aunque conservaba un rostro sereno, se veía que no tenía aliento ni para abrir sus ojos, mismos que cerró estando rodeada de hermanas que, rezando y cantando, la acompañaban en su silencioso y tranquilo tránsito al cielo.

No recuerdo con exactitud la fecha de su fallecimiento y no tengo más datos. No hay tampoco una fotografía a mi alcance pero su rostro quedó grabado en mi mente y en mi corazón. Me basta cerrar los ojos y verla sonreír con sencillez y sentir su silencio, reflejo de un alma pacífica y pacificadora.

¡Gracias hermana María Luisa por haber dejado las huellas de Cristo en mi vida!

Padre Alfredo.

«EL TRIGO Y LA CIZAÑA ADENTRO Y AFUERA»... Homilía en el Triduo Inesiano en la Casa Madre



HOMILÍA EN EL TRIDUO INESIANO
DOMINGO 19 DE JULIO DE 2026
CASA MADRE
CUERNAVACA, MORELOS, MÉXICO

Sáb 12,13.16-19
Sal 85
Rom 8,26-27
Mt 13,24-43

En esta época de la historia que nos toca vivir, donde con mucha frecuencia —de vez en diario— predominan la prisa, el juicio rápido, la intolerancia, el acelere; la Palabra de Dios de este domingo nos presenta, en las lecturas que hemos escuchado, a un Dios paciente y misericordioso que ofrece esperanza. En los tres trozos de la Escritura en la misa de hoy, se revela el verdadero rostro de Dios: un Dios paciente, compasivo y misericordioso. Por su parte, complementando esto, el salmo responsorial, nos recuerda que el Señor es bueno.

Nuestro Dios, queridos hermanos, no actúa como muchos fundamentalistas o extremistas apocalípticos quisieran. Dios tiene sus propios caminos, a veces a primera vista lentos e incomprensibles. Jesús, con la primera de las tres parábolas que hemos escuchado, nos sorprende mostrándonos la seguridad y confianza del dueño del campo en donde crece el trigo y la cizaña y en el que, al final, antes de la cosecha —aunque sean muy parecidos— se diferenciarán.

El día de ayer nos hablaban del mundo de hoy, de su lenguaje, de su forma de ver la vida, de la manera tan particular de llevar la vida, en donde puede ser difícil distinguir la cizaña del trigo. Hay que tener paciencia y esperar los acontecimientos finales. Esta parábola, que es exclusiva de Mateo, nos hace ver que en el campo del mundo no es solamente Dios quien siembra, hay otros que lo hacen... Pero lo importante y decisivo es saber esperar. No hace falta ser duros como el pedernal, no vale la pena actuar como inquisidores desaforados; al bien y a la bondad hay que darle sus oportunidades. ¿Por qué querer ir de prisa y adelantarse inútilmente corriendo el riesgo de arrasar con lo bueno que haya?

Nuestra Madre fue conocida y admirada por su paciencia heroica en las grandes pruebas, en las tareas ordinarias, en los incontables viajes y en la gestión de nuevas obras. En su vida de fundadora y de superiora general, vio crecer el trigo y la cizaña juntos y supo esperar a ver los frutos. A la hora de su retorno a la Casa del Padre, luego de que la cizaña se había separado del trigo, había más de 250 hermanas en 9 países, hoy la familia sigue creciendo.

Como misioneros, todos nosotros recorremos caminos, entramos en muchos corazones y sembramos la buena semilla del Evangelio. Sin embargo, a veces, no lo niego, desanima un poco el ver que, junto al fruto del esfuerzo, también crece a nuestro alrededor la división, la indiferencia o el egoísmo. Es el misterio del trigo y la cizaña que se sigue dando. Además hay que recordar que el trigo y la cizaña crecen también, al mismo tiempo, en nuestra mente y en nuestro corazón.

En dos de sus cartas, la Beata María Inés toca este tema de la cizaña e ilustra muy bien esto: En la primera de estas cartas apunta: «Bueno hijos, pidan mucho por nuestras misiones; son de Dios, y muy nuestras, de todo nuestro instituto; las debemos amar mucho y rogar y sacrificarnos para que se logre mucho fruto en las almas, y que el demonio no vaya a meter la cizaña». (Carta colectiva del 1 de junio de 1962). En la otra dice: «Ustedes, por caridad, no hagan caso de insinuaciones o críticas que les puedan llegar, no hay que constituirse en sembradores de cizaña». (Carta las Misioneras Clarisas de Costa Rica en marzo de 1970).

Jesús nos enseña que la misión principal del discípulo–misionero es cuidar el crecimiento del trigo y procurar que produzca frutos abundantes, incluso en medio de las dificultades que pueda acarrearle el crecer junto a la cizaña. Crecer junto a la cizaña para el hombre y la mujer de fe, sea cual sea su vocación específica, es crecer en Dios, porque sabemos y confiamos que Cristo nuestro Señor es nuestra defensa contra la «mala hierba». Redescubramos, a la luz de esta Palabra, el valor de la paciencia, de la comprensión y de la esperanza. El Señor sigue actuando en la historia y haciendo crecer el trigo en medio de las dificultades.

Este hermoso triduo inesiano en el que estamos participando, nos ayuda a abonar el terreno de nueva cuenta y a sembrar a sabiendas de que, como en la vida de nuestra fundadora, aparecerá la cizaña. Hay que ir adelante con esperanza. Hay que seguir gastando la vida por el Reino, sabiendo que al final de los tiempos, Dios mismo recogerá el trigo limpio en su granero. Pidamos a María santísima que n os ayude, como buena jardinera, a que nuestras vidas sigan siendo esa buena tierra donde la semilla de Dios dé fruto abundante. Amén.

Padre Alfredo.

sábado, 18 de julio de 2026

«Hora Santa para pedir perdón y preprarse a la reconciliación»... HORA SANTA 45


Monitor:
Bienvenidos queridos hermanos y amigos. Nos reunimos en oración, porque queremos adorar en esta Hora Santa a Jesús Sacramentado. Él desea inmensamente estar a nuestro lado y por eso nos invita a orar como sus discípulos-misioneros. Nuestro alimento en este espacio de tiempo será estar con Él en el Sacramento Eucarístico y escucharle en su Palabra, para ir, después, al encuentro de los hermanos más alejados. Nos ponemos de rodillas para entonar el canto y recibir a Jesús que llega en la Eucaristía.

CANTO
«ALTÍSIMO SEÑOR»

Altísimo Señor, 
que supiste juntar
a un tiempo en el altar,
ser cordero y pastor
Quisiera con fervor, 
amar y recibir
a quien por mí 
quiso morir.

Cordero divinal 
por nuestro sumo bien,
inmolado en Salén, 
en tu puro raudal
de gracias celestial, 
lava mi corazón,
que el fiel te rinde 
adoración.

Suavísimo maná, 
que sabe a dulce miel,
ven y del mundo vil 
nada me gustará.
Ven y se trocará 
del destierro cruel
con tu dulzura 
la amarga hiel.

Momentos de silencio para adoración.

Lector 1: Jesús Eucaristía, queremos pasar esta Hora contigo, para consolarte, y para hacer alguna reparación por medio del amor de nuestro pobre corazón, por la agonía que sufriste en Gethsemaní. 

Lector 2: En aquella hora solitaria fuiste abandonado, y las criaturas que Tú creaste para amarte, no te amaron. El peso de todos nuestros pecados recayó sobre Ti, y el de los míos también.

Lector 1: Por el dolor que te causamos entonces con nuestros pecados, queremos esforzarnos en satisfacerte con nuestro amor. Fortalece Jesús mío nuestro débil corazón, para que aunque sea en pequeña medida, te de consolación.

Lector 2: Sagrado Corazón de Jesús, fortalecido en tu agonía por un Ángel, confórtanos en estos momentos en los que reconocemos que somos pecadores y que siempre estamos necesitados de ti.

Momentos de silencio para adoración.

Si está presente un diácono o un sacerdote, hace esta pequeña lectura. Si no, la lee alguien más: 

Del Evangelio según San Lucas (Lucas 22, 39-44)
«En aquel tiempo salió Jesús y, según su costumbre, se fue al Monte de los Olivos; y los discípulos lo siguieron. Al llegar al lugar, les dijo: “Oren, para que no caigan en tentación”... En medio de su gran sufrimiento, Jesús oraba aún más intensamente, y el sudor le caía a tierra como grandes gotas de sangre. Palabra del Señor. 

Momentos de silencio para adoración.

Lector 1: A cada petición vamos a responder: Perdona las traiciones, Corazón Agonizante de Jesús.

Por los que no quieren salir de sus pecados y más bien perseveran en ellos. R/
Por los incrédulos que dudan de la presencia real de Jesucristo en este adorable Sacramento. R/
Por los que desprecian tu presencia amado Jesús en el Santísimo Sacramento. R/
Por los que te profanan Jesús en tu presencia real en cuerpo, sangre, alma y divinidad. R/
Por los que ultrajan las Hostias Consagradas. R/
Por los que te reciben sin contrición, sin deseo de corregirse. R/
Por los irrespetuosos ante tu presencia real. R/
Por los soberbios que se creen merecedores de tan Altísimo Sacramento. R/
Por los desconfiados de las gracias y dones de Jesús en su presencia en la Eucaristía. R/
Por los que le son indiferentes ante su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad presente en todos los Sagrarios del mundo. R/
Por los que se presentan con fastidio ante El, Jesús Eucaristía. R/
Por los que prefieren divagar durante la Santa Misa, y en la adoración frente a el Santísimo Sacramento. R/
Por los que hablan, se duermen u ocupan ese tiempo sagrado en cosas terrenas. R/
Por los que no se reverencian, o lo hacen sin amor ante Su presencia Eucarística. R/
Por los que no se arrodillan en los momentos más sagrados en la Santa Misa, así como al entrar y salir del templo de Dios. R/

CANTO
«HASTA LA LOCURA»

Me puede faltar todo en la vida, me puede faltar hasta la vida
Pero nunca quiero que me falte, el deseo de amarte hasta el final.
Quiero amarte hasta el extremo, sin reservas darme por entero
Como los que se han enamorado, yo te canto mi amado, hasta el final.

Hasta la locura te amo, Señor
Ya no quedan dudas en mi corazón
De que te amo, de que te amo, Señor (bis).

Tú eres todo lo que tengo, todo lo que sueño y cuanto pienso
Y mi corazón te lo he entregado, desde siempre mi amado, hasta el final.

Hasta la locura (…)

Momentos de silencio para adoración.

Lector 1: Señor nuestro Jesucristo, nos acercamos a tu altar llenos de arrepentimiento por nuestros pecados, pero también llenos de confianza porque estamos seguros de tu misericordia.

Lector 2: Tenemos conciencia de que nuestros pecados son muchos y de que no hemos sabido dominar nuestros corazones y nuestras lenguas. Por eso, Señor de bondad y de poder, con nuestras miserias y temores nos acercamos a Ti. 

Lector 1: Fuente de misericordia y perdón, venimos a refugiarnos en Ti que has dado la vida por salvarnos, antes de que llegues como juez compasivo, pero justo, como debe ser, a pedirnos cuentas.

Lector 2: Señor, a pesar de todo no nos da vergüenza descubrirte a Ti nuestras llagas. Nos dan miedo estos pecados, cuyo número y magnitud solo Tú conoces, pero confiamos en tu infinita misericordia.

Lector 1: Señor nuestro Jesucristo, Rey eterno, Dios y hombre verdadero, míranos con amor, pues quisiste hacerte hombre para morir por nosotros. Escúchanos, pues espero en Ti. Ten compasión de nuestros pecados y miserias, Tú que eres fuente inagotable de amor.

Lector 2: Te adoramos, Señor, porque diste tu vida en la cruz y te ofreciste en ella como redentor por todos los hombres y mujeres del mundo, de todo tiempo y lugar.

Lector 1: Adoramos Señor, la sangre preciosa que brotó de tus heridas y ha purificado al mundo de sus pecados. Mira, Señor, a estos pobres pecadores, creados y redimidos por Ti. nos arrepientimos de nuestros pecados y proponemos corregir sus consecuencias.

Lector 2: Purifícanos de todas nuestras maldades para que podamos recibir menos indignamente tu sagrada comunión. Que tu Cuerpo y tu Sangre nos ayuden Señor, a obtener de Ti el perdón de nuestros pecados , buscando el sacramento de la reconciliación y la satisfacción de nuestras culpas; nos libren de nuestros malos pensamientos, renueven en nosotros los sentimientos santos, nos impulsen a cumplir tu voluntad y nos protejan en todo peligro de alma y cuerpo. Amén.

CANTO
«MORA EN MÍ, AMADO MÍO».

Mora en mí amado mío,
come mi pan, sacia tu sed.
Mi fuente en Ti se torna en río,
lo que tengo, lo que soy, a todos doy.

Te doy mi amor, te doy mi tiempo,
sin titubear confía en mí.       
Vive en mi amor, vive en mi huerto; 
lo que tengo, lo que soy, a todos doy. 

Cristo en amor tan generoso
desde la cruz lección nos dio.   
Como amo yo, amen con gozo,
lo que tengo, lo que soy, a todos doy. 

En el amor fraterno unidos  
con Cristo en Santa Comunión.  
Moren en mí como en un nido,  
lo que tengo, lo que soy, a todos doy. 

Momentos de silencio para adoración.

CANTO PARA RECIBIR LA BENDICIÓN:
«¡OH, BUEN JESÚS!»

¡Oh, buen Jesús!  
Yo creo firmemente
que por mi bien estás en el altar,
que das tu cuerpo y sangre juntamente
al alma fiel en celestial manjar,
al alma fiel en celestial manjar (2 veces).

Dulce maná y celestial comida,
gozo y salud de quien te come bien,
ven sin tardar, mi Dios, mi Luz, mi Vida,
Desciende a mí, hasta mi pecho ven. (bis)

¡Oh buen Pastor! amable y fino amante,
mi corazón se abraza en santo ardor;
si te olvidé, hoy juro que constante,

he de vivir tan solo de tu amor (bis).

Espero en ti piadoso Jesús mío,
oigo tu voz que dice: ven a mí
por que eres fiel, por eso en ti confío,

todo, Señor, espérolo de ti (bis).

(Si el ministro es sacerdote o diácono, hará las oraciones y dará la bendición, de otra manera, se hacen las oraciones correspondientes y se reserva el Santísimo Sacramento en el Sagrario).

Ministro: Nos diste, Señor, el Pan del Cielo
Todos: Que en sí contiene todas las delicias.

Ministro: Oh Dios que bajo este admirable sacramento del Altar, nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal manera los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

BENDICIÓN

Últimas oraciones:

Bendito sea Dios
Bendito sea su santo nombre
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre
Bendito sea el Santo Nombre de Jesús
Bendito sea su sacratísimo corazón
Bendita sea su preciosísima sangre
Bendito sea Jesucristo en el santísimo Sacramento del altar
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador
Bendita sea la gran Madre de Dios: María santísima
Bendita sea su santa e inmaculada concepción
Bendita sea su gloriosa Asunción
Bendito sea el nombre de María: Virgen y Madre
Bendito sea san José su castísimo esposo
Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos.

CANTO FINAL PARA LA RESERVA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO:
«VASO NUEVO»

Gracias quiero darte por amarme,
gracias quiero darte yo a ti Señor,
hoy soy feliz porque te conocí
gracias por amarme a mí también.

Yo quiero ser, Señor amado,
como el barro en manos del alfarero,
toma mi vida hazla de nuevo,
yo quiero ser un vaso nuevo.

Te conocí y te amé,
te pedí perdón y me escuchaste
si te ofendí perdóname Señor

pues te amo y nunca te olvidaré.
























«DEJARNOS MIRAR POR JESÚS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Escribo esta mañana mi reflexión desde este bendito lugar «La Casa Madre» en donde la Beata María Inés Teresa echó a andar el proyecto misionero que Dios, acompañado de su Madre santísima le encomendó: «La Familia Inesiana». Y lo hago en este marco hermoso que, desde ayer, renueva el carisma en cada uno de los más de 150 representantes de las 6 expresiones inesianas compartimos este «Triduo Inesiano». Mientras que la confabulación para el mal que en muchas partes del mundo busca instalarse en el corazón del hombre llevándolo a la guerra, a la violencia, al acoso, a las enemistades y las discordias, incluso en gente que se considera buena. Madre Inés, como Miqueas (2,1-15) no se queda callada y nos habla de esperanza. Así es y así se ha de vivir: el mal no tiene lugar en el corazón del que pertenece al Señor. Ni el odio, ni la mentira, ni el robo a los pobres, ni el racismo o la xenofobia es parte de la viña del Señor.

Madre Inés, con su testimonio de vida, que ayer hemos contemplado muy de cerca, nos invita a dejarnos mirar por Jesús con su actitud de apertura, seguro de que el bien y la bondad son la expresión de la misericordia a pesar de los pesares del mundo actual y que nada del mal ni de ninguna otra triquiñuela del enemigo puede, como dice el Evangelio de hoy (Mateo 12,14-21) quebrar la caña desquebrajada, ni apagar la mecha vacilante. Es verdad que vivimos tiempos de mucha incertidumbre, quizás más oscuros de los que hemos vivido en los últimos años, pero también es verdad que gente buena, gente santa como madre Inés, nos llenan de esperanza. Los tiempos en que ella escuchó la llamada el Señor y quiso responder con fidelidad, eran tiempos turbulentos. La persecución religiosa arreciaba en México y ella, con una valentía impresionante pero seguro acompañada del miedo natural de todo mortal, emigró, sin ser acompañada por ningún miembro de su familia, a los Estados Unidos para poder realizar su vocación.

No podemos dejar de proclamar que todos vivimos tiempos duros en los que nos damos cuenta de que somos cañas desquebrajadas; todos somos mechas que vacilamos entre la esperanza y el desengaño y la Palabra de Dios, pero los gestos de Jesús y el ejemplo de los santos, como estamos viendo en estos días aquí en Casa Madre, renuevan como siempre la confianza en que podremos seguir adelante. La confianza de que ante el dolor, la persecución o la muerte no estamos totalmente perdidos, nuestro lote nos lo ganó Aquel que lucha por el derecho de todos, por la dignidad ante todo y de todo ser humano, Aquel que, en el silencio de su amor, nunca nos abandona. Hay que dar gracias a Dios con María por personas como la Beata María Inés, cuya vida, es una muestra clara de lo que Dios espera de nosotros. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 17 de julio de 2026

«LA LEY DE LA MISERICORDIA Y DE LA COMPASIÓN»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Muchas veces he compartido que estar en la Casa Madre de nuestra Familia Inesiana es una bendición y una gracia muy especial. Aquí estamos este fin de semana el padre Carlos Careaga, el hermano José Carlos Piña y un servidor por parte de los Misioneros de Cristo junto a más de 150 miembros de las demás expresiones del Carisma Inesiano de muchos de los países en donde está establecida esta obra inspirada por Dios a la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, que este año cumple 75 años de haberse fundado precisamente aquí, en esta tierra de la eterna primavera escuchando la voz de Dios que por años y años nos ha hablado, como miembros de la Familia Inesiana, por medio de la vida y la obra de nuestra fundadora. Cada vez que vengo a la Casa Madre pienso en cuántas cosas tan difíciles vivió esta santa mujer que, a los 47 años de edad, se enfrentó a la vida de fuera el claustro al recibir, como muestra de que todo era voluntad de Dios, el rescripto de aprobación de su obra misionera. ¡Cuántos sacrificios!, ¡cuántas dificultades!, ¡cuántos obstáculos a vencer! pero a cambio... ¡cuántas gracias! 

No es casualidad que el evangelio de hoy (Mateo 12,1-8) me lleve a encontrarme con Jesús que ofrece vida sin fin, «enredado» en cuestiones legales, como tantas otras veces, con los fariseos. Para los fariseos todo se jugaba en el estricto cumplimiento de la Ley. Una ley que contaba con más de 613 preceptos —248 positivos y 365 negativos— que pretendían regir y controlar la vida entera de la persona. Quienes no los cumplían al pie de la letra eran, además de pecadores, personas impuras. Cierto que una gran parte del pueblo no los cumplía porque... ¡no los conocían! Es realmente difícil poder aprender 613 mandatos y tampoco se enseñaban a la gente sencilla, que era analfabeta en su mayoría, además de que las Escrituras estaban reservadas a las élites religiosas. Creo que ante esto vale la pena preguntarnos si nos sabemos los 10 mandamientos.

La cita elegida en esta ocasión por Jesús: «quiero misericordia y no sacrificio», (Os 6,6) nos deja ver que para Él lo único que hay que hacer es todo aquello que contribuya al bien del ser humano, y lo único que no hay que hacer es aquello que le hace daño. Es así como toda ley puede tener sentido. La primacía del amor, la misericordia, la compasión… por encima de toda normativa, precepto, casuística. Jesús lo anuncia con palabras y gestos, y terminará su vida pidiéndonos a sus discípulos–misioneros que nos amemos. No hay otra obligación, no hay otra prioridad. Es de esto e donde brotó la fuerza de Madre Inés para que la obra inspirada por Dios marchara en perseverancia y fidelidad. Al ver su vida nos damos cuenta de que la vida vivida con autenticidad no es fácil, pero no podemos excusarnos tratando de ignorar o tergiversar lo que Jesús propone. De hecho, desde nuestras pequeñas experiencias de compasión, solidaridad, entrega, compromiso con los más vulnerables, amor a los otros… es seguro que podemos dar continuidad a lo que la Beata, que nunca se soltó de la mano de María, empezó. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 16 de julio de 2026

«EL YUGO SUAVE Y LA CARGA LIGERA»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de la misa de este jueves es sumamente corto. San Mateo sitúa este pasaje (Mateo 11,28-30) justo después de haber reprendido a algunos pueblos —Corazín, Betsaida, Cafarnaúm— que habían presenciado milagros peo que no se habían arrepentido. La reprensión del Maestro es fuerte. El ambiente es pesado. No se trata de un sermón pacífico junto al lago como muchos otros, sino de un momento de confrontación, de rechazo casi unánime. Este contexto de resistencia y aparente fracaso de Jesús habla de que no siempre Jesús hablaba desde un pedestal de éxito. Estas pocas palabras provienen de un hombre que acaba de sufrir el rechazo, que ha visto a la gente indiferente a lo que ofrecía y que, a pesar de todo, se vuelve hacia los que se quedan y les dice: «Vengan».

La expresión «los que están fatigados y agobiados por la carga» designa dos tipos de fatiga. Están los que trabajan, es decir, los que se agotan en un esfuerzo constante e infructuoso. Y están, por otra parte, los que soportan una carga, es decir, los que han recibido un peso que no pidieron. Unos se agotan intentando, otros se ven aplastados bajo el peso de lo que se les ha impuesto. Y en tiempos de Jesús, al diario trabajar había que añadir un «yugo» muy especial —La Ley— que se había vuelto más pesado debido a las interpretaciones acumuladas causadas por una casuística que transformaba cada acción cotidiana en una ocasión para el pecado potencial y que no dejaba ser libre.

Jesús no condena ni el trabajo ni la Ley ni. No dice: «Deséchenlo todo». Dice: «Tomen mi yugo sobre ustedes». Su yugo es la relación con Él que da fuerza para llevar la carga. En este pasaje Jesús no dice: «Deja tu carga y descansa», sino: «Deja tu carga y toma la mía». No se trata de quitar el yugo, sino de intercambiar un yugo por otro.  La diferencia entre su yugo y los del mundo reside en él mismo: «pues soy manso y humilde de corazón». El amo determina la naturaleza del yugo. Un yugo impuesto por un tirano es diferente de un yugo impuesto por alguien que te conoce, te ama y comparte tu carga. Y lo curioso es que Jesús conoce muy bien nuestras cargas, esas pesadas que no provienen tanto de la realidad objetiva sino de lo que creemos que deberíamos ser, de lo que imaginamos que los demás esperan de nosotros, de lo que nos imponemos para aparentar estar a la altura. El yugo de Jesús aligera porque pide algo más: no desempeño, sino humildad. Pidamos a la Virgen, a quien hoy celebramos como Nuestra Señora del Carmen que nos ayude. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 15 de julio de 2026

San Buenaventura y los sabios y entendidos... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Hoy amanezco en el aeropuerto de Monterrey acompañado por la hermana Silvia Burnes. Vamos a mi querida «Selva de Cemento» a una reunión con uno de los postuladores más destacados de México, el Dr. George Herbert Foulkes. Mientras esperamos el vuelo, repasando las lecturas de la misa de este miércoles, me topo con lo que parece una paradoja: hoy celebramos a San Buenaventura, Doctor de la Iglesia y uno de los grandes sabios de la historia, pero el Evangelio nos muestra a Jesús dando gracias al Padre por esconder sus misterios a los sabios y entendidos, revelándolos a la gente sencilla (Mateo 11, 25-27). Esta aparente contradicción se resuelve al entender que Jesús no critica la inteligencia, sino la soberbia espiritual de quienes confían solo en su intelecto y desprecian a Dios. La grandeza de San Buenaventura fue, precisamente, poseer una sabiduría de amor unida a un corazón de niño, destacando siempre por su sencillez, humildad y por saberse guiado por la fe.

Él logró unir la más alta teología con una profunda mística que brotaba de su capacidad contemplativa. Desde niño, cuando se llamaba Giovanni di Fidanza, quedó prendado de la humildad de San Francisco de Asís, quien intercedió por él y lo sanó milagrosamente de una grave enfermedad. Con el tiempo, ingresó a la orden franciscana y llegó a ser su Ministro General durante 17 años, logrando unificarla en tiempos de división, por lo que es considerado su «segundo fundador». Destacó como sacerdote defendiendo la fe católica con una profundidad impresionante y una claridad excepcional, lo que llevó al Papa Sixto V a declararlo Doctor de la Iglesia en 1588. Su obra maestra, «El Itinerario de la mente hacia Dios», refleja su convicción de que estudiar teología y filosofía no sirve de nada sin la oración. A pesar de ser una de las mentes más brillantes de la Edad Media, sus contemporáneos solían encontrarlo lavando platos o trapeando pisos, equilibrando el estudio riguroso con el carisma de pobreza de San Francisco.

Los misterios del Evangelio se siguen ocultando a los soberbios que creen bastarse a sí mismos, pero se revelan a los humildes que reconocen que toda sabiduría viene de lo alto. Ese es nuestro reto actual: estudiar y profundizar en nuestra fe, pues la falta de formación debilita la vivencia religiosa y nos vuelve vulnerables ante ideologías o sectas. La incapacidad de defender la doctrina, el abandono de los sacramentos y una fe inconsistente nos desafían a ser nuevos «Buenaventuras» que unan el conocimiento con el encuentro con Nuestro Señor en momentos privilegiados de oración. Que la Virgen María, con quien San Buenaventura tuvo una profunda devoción rezando el rosario con sencillez, interceda por nosotros y nos ayude. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.