viernes, 16 de marzo de 2018

«El Mesías incómodo»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Qué barbaridad! Justo dos semanas más y ya estaremos en el Viernes Santo, meditando en la pasión de Nuestro Señor Jesucristo... ¡el tiempo vuela! Las lecturas de hoy parecen irnos llevando ya a ese día. Algunas frases de hoy cobrarán sentido en otras que escucharemos aquel día: «ha puesto su confianza en Dios, que le salve ahora, si es que de verdad le quiere» (Mt 27,43). La primera lectura de hoy está tomada del libro Sabiduría (Sab 2,1,12-22), que nos pone una dinámica que luego vemos cumplirse a lo largo de los siglos y también ahora: los justos siempre son incómodos y por tanto hay que eliminarlos. «Nos resulta incómodo, se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados... es un reproche para nuestras ideas... lleva una vida distinta de los demás». La decisión es: «Tendamos una trampa al justo... lo condenaremos a muerte ignominiosa». Pero Dios, como nos dice el salmista (Sal 33), «vela por los huesos del justo... está cerca de los atribulados... el Señor se enfrenta con los malhechores... aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor». 

La persecución del justo por parte de los impíos, en el libro de la Sabiduría, anticipa la persecución de Jesús por parte de las autoridades de Israel. Esos mismos que en los Evangelios de los días anteriores manipulaban la Escritura y la religión de acuerdo a sus intereses. Los mismos que en el Evangelio de mañana intentarán prenderlo, al grado de que Jesús no puede subir abiertamente a Jerusalén, sino que lo hace inicialmente de incógnito; y no se presenta en la ciudad santa sino cuando ya la multitud de peregrinos, con motivo de la fiesta de las Tiendas o de los tabernáculos, le sirve de escudo protector. Al identificarlo, la gente se pregunta si no será que al fin han reconocido que Él es el Mesías. Esa es, pues, la gran interrogación: ¿quién es Jesús? ¿De dónde viene? ¿Qué pretende? Los judíos esperaban ansiosos al Mesías, al ungido de Dios, al nuevo rey de Israel que como David o Salomón les devolviera la libertad perdida, expulsando a los paganos invasores, a los romanos, y restaurando el prestigio y el honor del pueblo elegido. No entendían ni entiende la mayoría del mundo hoy, el misterio de Cristo, Hijo de Dios cuya palabra o hace amigos y discípulos o provoca reacciones de enemistad. Cuanto hacía y decía Jesús, en aquellos días, no resultaba nada agradable para el sector judío más representativo: los que sabían, los muy letrados, los más cumplidores de la Ley. El Señor, motivado por su fidelidad a su Padre, les echaba en cara su traición al Dios misericordioso que le ha enviado. La conducta y la palabra de Jesús se oponía y desmontaba los planteamientos religiosos y sociales de aquellos dirigentes empecinados en su ego. Esa fue la razón de tramar su muerte y quitarle de en medio: «Les echaba en cara su mala conducta» y así hería su reputación. 

Los discípulos–misioneros de hoy, estamos convocados para realizar también nuestra subida a Jerusalén. Es la lucha por la verdad, la justicia y la paz, que brotan del amor a Cristo y al hermano que sufre, que es despreciado, que no tiene un puesto en la sociedad. Nuestro criterio de vida y el motor que nos impulsa a vivir nuestro compromiso es Jesucristo, sí, este Jesucristo que habla fuerte y con convicción. Si creemos y somos fieles al justo Jesús, que resulta incómodo . ¿Cómo permanecer al lado Señor en una sociedad como ésta en la que nos ha tocado vivir? Es probable que nosotros también resultemos incómodos, que «molestemos a muchos que intentarán quitarnos de en medio». El Señor nos dice que «no tengamos miedo, que no seamos cobardes, que le sigamos hasta Jerusalén». Cierto que en Jerusalén fue crucificado. Pero también en esa ciudad santa venció a la muerte resucitando. Al final del pasaje que el Evangelio de hoy nos presenta, Jesús proclama solemnemente, en pleno templo, que Él viene de Dios, del verdadero Dios a quien los judíos no conocen porque se han olvidado de sus favores, de su bondad y han abandonado sus mandatos por seguir mandatos puramente humanos. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, que nos conceda la gracia de saber ser valientes para darlo a conocer a los demás a través de una vida íntegra aunque incomode a algunos. Entonces, gracias a nuestro testimonio de fidelidad al que dio la vida por nosotros, el mundo conocerá y experimentará el amor que Dios nos tiene a todos. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

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